12 de diciembre de 2006

La vanidad, el bolsillo

Tal vez alguno de ustedes conozca a Lucas Modim, inolvidable personaje y autor capaz de arrancar una novela con estas palabras:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un horrible insecto.

Palabras que evocan tantos nombres que corro el riesgo de dejar muchos en el tintero: Ana Rosa Quintana, Pierre Menard, Lucía Etxebarría, Benito Jerónimo Feijoo, Eduardo Torres, Atanasio Farniente, Eduardo Allende, …

Aún a riesgo de que don Pelu vuelva a llamarme, sin criterio alguno, “maestro” he de retomar tangencialmente este recurrente asunto porque, no creo habérselo revelado aquí, la charla sobre blogs que me tocó dar el otro día y que he de repetir, espero que con más tino, este mismo martes, llevaba y llevará por título La libre difusión de contenidos.

Los habituales ya tendrán claro que no soy quién para ponerme a largar por ahí sobre derechos de autor, propiedad intelectual y demás elevadisimas cosas de las que depende el futuro de la humanidad. Por eso me limito a recomendarles un paseo por uno de los recientes posts de La Petite Claudine que expone las cosas con gran sensatez, que es lo que más se echa en falta en estas polémicas.

En ese post tendrán noticia de varios pleitos curiosos. Por ejemplo, este al que me referiré. John Lennon y Yoko Ono grabaron (es un decir) en 1969 su Two Minutes Silence sin que, al parecer, John Cage se sintiera agredido, expoliado u ofendido. En 2002, con el “autor” ya descansando en paz, las cosas habían cambiado algo. The Planets, una banda creada por Mike Batt, editó un album titulado Classical Graffiti que incluía un minuto de silencio titulado con alarde creativo “A One Minute Silence”. Incontinente como yo en esto de las estupideces, a Batt se le ocurrió firmar la "composición" junto con Cage y no tardaron en aparecer los buitres. Los herederos de John Cage demandaron a Batt por plagio y éste, incrédulo, se vio obligado a aceptar un acuerdo extrajudicial que le obligó a pagar una cifra de la que sólo ha trascendido que tenía seis cifras.

Cada vez que recuerdo esta historia y hago balance de todo lo que he copiado aquí temo por el futuro de mis hijos. No me tranquiliza saber que casi todos mis plagios tienen más de doscientos años (no les he confesado todos aquí, pueden jugar a buscarlos) Seguro que alguno que otro es manifiestamente ilegal y me llevará a la ruina, a una ruina añadida a la que ya padezco, claro. Hasta el silencio tiene dueño.

Y es que este de la propiedad es un concepto de lo más curioso. Con exceso de petulante jactancia, el ser humano se ha creído siempre capaz de disponer de las cosas más peregrinas haciendo ridícula abstracción de las fuerzas superiores que le rodean. Se ha creído capaz de poseer el planeta e incluso de poseer personas, aquellos esclavos que los romanos llamaban Instrumentum vocale para distinguirlos del ganado, que emitía ruidos pero no hablaba y por eso eran llamados Instrumentum semivocale (a su vez distinguidos de los simples objetos inanimados, Instrumentum mutum).

Pero de entre todas las extrañas cosas que al hombre le ha dado por creer poder poseer, la propiedad de las ideas es la que se lleva la palma. Muchas veces me he preguntado qué diría Platón si se le hablara de la “propiedad intelectual” de su obra.

Los anglosajones, tan prácticos ellos, siempre lo han tenido claro. Uno tiene derecho a explotar económicamente el resultado de su trabajo, sea éste un taburete, un transistor o un gran novelón decimonónico. Lo he hecho yo y hago con ello lo que me place, vienen a decir. En su favor hay que decir que no establecen distinciones absurdas y no andan por ahí pegando voces a favor de entes abstractos como “la cultura”. Por estos pagos en los que la “cultura” es cosa sagrada cual vaca hindú el asunto es algo distinto. A los derechos estrictamente económicos se añaden los llamados “derechos morales sobre la obra”.

Derechos morales. Es cosa esta que tiene su gracia. El derecho a ser autor de algo de lo que uno ya es efectivamente autor es algo tan sin sentido como el derecho de todos los que se llaman Eduardo a llamarse Eduardo. Pero claro, los tiros no van por ahí. El primer derecho moral del autor es el derecho a ser reconocido como tal autor, es decir, a que otros le aplaudan o vilipendien. Es, de forma palmaria, un ejercicio de vanidad que probablemente esconda extraños complejos. Ya me contarán si le ven sentido. Yo, se lo avanzo, no se lo veo por ninguna parte ni me parece que pueda ser considerado causa trascendental de las cruzadas que vemos por doquier. Puestos a añadir bobadas abogaría por incluir el derecho exclusivo del autor a firmar una segunda parte de su obra aún peor que la primera (aunque el recuerdo de Avellaneda me hace dudar) o el derecho exclusivo de uso y disfrute de los personajes propios (siempre que no sea contrario a las buenas costumbres).

Una vez abierta la “vía moral” no es difícil que ésta se vaya llenando de despropósitos de orden superior. El derecho a la integridad de la obra es el siguiente de la lista; el derecho a decidir en qué forma se difundirá la obra viene a continuación; el derecho a retirar la obra del mercado viene después, y el derecho a acceder a un ejemplar raro o único cierra la colección (¡pero si todos los ejemplares de mis obras son raros!). Qué cosas tan importantes y que permiten a cualquier merluzo divertirse con frívolas arbitrariedades no siempre muy edificantes (lean, por ejemplo, en La Peiit Claudine las bromillas del nieto de Joyce). ¿Alguien imagina a un superproductor hollywoodiense que se ha gastado miles de millones de dólares en una película de esas tan del gusto actual llena de mamporros y efectos digitales concediendo al director de turno el derecho a retirar la obra del mercado? Pero no sólo es dinero lo que se pierde.

Hace ya más años de los que quiero recordar, cuando el dúo hoy conocido como Gomaespuma era cuarteto y respondía al nombre de El Flexo, yo tenía por costumbre asistir algún que otro viernes a un pequeño local de la Plaza Vázquez de Mella donde éstos presentaban su espectáculo en directo, El Flex-Show. Allí, dos poetas, el señor Rubirondo y el señor Rubirendo, mantenían un encendido debate sobre el plagio. Más en concreto sobre el plagio de uno al otro. Decía el poema del señor Rubirondo:

Negra noche,
negro horizonte,
negras gaviotas.

Por su parte, Rubirendo había escrito:

Noche oscura,
horizonte azabache,
pelícanos marrones.

Creo evidente, y supongo que coincidirán conmigo en ello, que, plagiados o no, los versos del señor Rubirendo son notoriamente superiores. Donde Rubirondo acumula lugares comunes Rubirendo encuentra insinuantes figuras de indudable valor zoológico, excelente métrica y mejor prosodia. De hacer valer sus “derechos” Rubirondo, el resto de la humanidad se perdería las excelencias de Rubirendo, algo a todas luces injusto.

Pero en fin, a esta defensa de la vanidad del autor se añade la otra, la que si tiene sentido, la de su bolsillo. Es comprensible que quien desarrolle un trabajo, sea este taburete, transistor o novelón decimonónico, pretenda cobrar por ello. Faltaría más. Lo que ya no acabo de ver claro (soy un tanto corto de entendederas) es que se pretenda cobrar cada vez que se use el resultado de su trabajo (recuerden el canon por el préstamo bibliotecario). Yo, se lo aseguro, me peino todas las mañanas y el fabricante del peine no me exige ningún canon, tasa o alcabala. Nadie paga a los fabricantes de ascensores cada vez que se sube en ellos.

Otra cosa es que estos trabajillos se pueden copiar. Gracias a ello ha florecido el negocio editorial (discográficas incluidas, por supuesto). El modelo de difusión que conocemos, a fin de cuentas, se basa en una única premisa, que se pueda otorgar el derecho exclusivo de reproducción y comunicación pública de una obra a una sola persona. La cosa tiene difícil solución y no seré yo quien proponga alguna aquí (alguna tengo, de todas formas). Además, ya está llena la blogosfera de luchadores por la libertad. Se puede estar de acuerdo o no con que se cobre por cada copia realizada. Se puede incluso estar de acuerdo con que se cobre por cada copia aunque no se realice (es el fascinante argumento de los de la cornucopia). Por pedir, se puede pedir cobrar por cada línea propia que quede en la memoria del lector.

Pero hay otra cosa, alguna vez antes se me ha escapado, que me preocupa al hilo de todo esto. ¿Se imaginan que cualquier ocurrencia se pudiera patentar? (añado aquí que los derechos de autor no son más que una forma “elevada” de la patente). No hay obra humana que no haya nacido de una cabeza. Si al inventor de la tortilla de patatas le hubiera dado por reservarse sus derechos el mundo sería un poco más infernal de lo que es. Tal vez incuso los bares andarían llenos de agentes secretos infiltrados investigando si alguien tiene la desfachatez de pedir un pincho de tortilla sin pagar derechos de autor (los derechos de interpretación siempre se abonan al cocinero). Tal vez no habría obras derivadas y nos habríamos quedado sin conocer la tortilla paisana o la tortilla sacromonte, tan del gusto de doña Ana.

Por fortuna, al inventor de la tortilla de patatas le dio por dedicarse a lo suyo, hacer tortillas, y no esperó retirarse en una lujosa mansión a disfrutar de los réditos de un golpe de inspiración. Al fin y al cabo, con huevos y patatas pueden hacerse muchas cosas, hasta filosofía posmoderna.

Además, la pregunta sobre cuánto hay de obra ajena en la propia nunca tendrá respuesta. En Tapihi, por ejemplo, hay dos cineastas llamados Amedóvar y Almonábar cuya única motivación profesional es cosechar éxitos para hacerlos valer como afrenta al otro. Recuerdan en cierta manera la terrible y absurda disputa entre Wilfred Carrasco y Walter Menéndez que ya inmortalizó Atanasio Farniente en sus Estampas Tapihianas y luego fue recreada por Teddy Mars en un celebrado tema musical.

Ambos, me refiero a los cineastas, parecen haber olvidado que el valor reside en las obras y no en sus autores. Aunque lo que a mí me da que pensar es que ambos “crean” obras “originales” procurando distinguirse lo más posible del otro y empiezo a pensar que eso también es una apropiación de las ideas. Para hacer lo exactamente contrario de algo hay que partir de lo que uno quiere negar y ninguna de sus películas habría existido de no existir las del otro. ¿Por qué prohibir el plagio y admitir el contraplagio?

Pero en fin, todo esto, insisto, se reduce a la vanidad y el bolsillo. Lo de la vanidad tal vez tenga arreglo recurriendo a un psicólogo. Lo del bolsillo ya es más difícil, pero hay una cosa segura, más vale no recurrir a economistas o abogados en busca de luz.