17 de febrero de 2007

Deportes

Hace tiempo José Luis Coll (confío en que esta vez Mr. Beukelaer no me corrija) declaró que no era partidario del deporte. Su razón era, a mi entender, incontestable: a nadie le gusta que le deporten. Sin embargo no son pocos los que discrepan de esta apreciación y cuentan los deportes entre sus aficiones. Allá ellos aunque, en honor a la verdad, más valdría decir “Allá nosotros” porque ellos disfrutan de su sobredosis deportiva a diario. Prensa, radio, televisión dedican buena parte de su tiempo o espacio a tales, por nombrarlas de forma neutra, actividades.

Pero como en los tiempos que corren las tradiciones gozan de muy mala prensa es necesario inventar deportes cada semana para cubrir las cuotas de necesaria novedad demandadas por el siempre insatisfecho espíritu humano. En consecuencia, ha nacido una nueva profesión, la del inventor de deportes, individuo que con toda discreción (nadie ha visto jamás a ninguno) va proponiendo innovadoras formas de sudar.

Así, ha aparecido una curiosa variante a la que llaman “deportes de riesgo”, dando a entender, erróneamente, que no existen riesgos en los deportes digamos tradicionales. Al final la cosa se limita a chorradas tales como tirarse por un puente atado a una gomilla (la novedad es la gomilla porque tirarse sin gomilla viene haciéndose al menos desde que existen los puentes). Lo paradójico de la cuestión es que quienes han hecho de estas “disciplinas” un negocio no paran de insistir en el estricto control de la seguridad que mantienen. Da la impresión de que la única forma de evitar los riesgos es practicar estos llamados “deportes de riesgo”.

Otra novedad aún más absurda es la conocida como “deportes de aventura”, basados en una limitadísima idea de lo que es una aventura. La primera vez que oí esa expresión recuerdo que mi imaginación se encendió. Pensé en salir en busca de un tesoro perseguido por unos pìratas y cosas así. Comprenderán mi decepción al enterarme de que la cosa se limitaba a despeñarse voluntariamente o llenarse de magulladuras en los rápidos de un río. Hasta Tom Sawyer vivió mayores y mejores aventuras que estos deportistas.

Hace unos días tuve ocasión de conocer una de las últimas estúpidas variedades, los llamados “deportes urbanos” y, en particular, la llamada “carrera libre” que consiste, al parecer, en recrear un episodio de Starsky y Hutch pero sin delincuentes a los que perseguir. Lo más maravilloso de todo fue la definición de aquella bobada que dio uno de sus prácticantes. “Carrera libre es el ejercicio de trasladarse desde A hasta B de la manera más rápida y eficiente posible”, dijo un mozalbete intentando poner cara de ingeniero de la NASA. En aras de tal soñada eficiencia, el chavalín iba dando piruetas a diestro y siniestro mientras yo me preguntaba qué demonios entendía el muchacho por “eficiencia”. De alguna manera me recordaba esa otra “eficiencia”, la burocrática ministerial, para la que toda mejora consiste en añadir tres o cuatro formularios por triplicado a tramitar en ventanillas los más alejadas entre sí que sea posible, pero cualquiera se lo explica a un miembro de esa secta.

Tampoco es que estas cosas me preocupen en demasía. Lo malo es que por muy aislada que esté, Tapihi no se libra de alguna suerte de contaminación exterior y esto de la invención de deportes ha llegado a la isla. Sin ir más lejos la semana pasada Ignatius O´Hara inventó y celebró el I Campeonato Mundial de Petanca sobre Patines. Yo he tenido noticia de esto al consultar la programación televisiva del día de hoy y, la verdad, no sé cómo tomármelo.