24 de febrero de 2007

Los inocentes calzoncillos de Benito Jensen

Benito Jensen, que no es un personaje tapihiano sino un nombre de mi invención, era un hombre limpio y ordenado. Por esta razón y deseoso de observar las más aceptadas normas de la higiene adquirió cierto día un paquete de siete calzoncillos variados con idea de asignar cada uno de ellos a un día de la semana. No había en el surtido dos iguales. Uno tenía florecillas estampadas, otro gruesas listas rojas, un tecero finas rayas azules, el cuarto era liso y de un desagradable azul pálido, el quinto lucía cuadros escoceses, el sexto era de un blanco inmaculado y el séptimo tenía unas horribles siluetas de ositos y por eso venía al fondo del paquete sin que pudiera verse sin abrirlo.

El día que Benito tropezó en una zanja partiéndose una pierna llevaba puesto el azul pálido y, por esa extraña inclinación de los hombres a encontrar causas en cualquier parte, decidió que aquella prenda traía mala suerte y resolvió no vestirla más. Quedaron así seis calzoncillos, número suficiente para arreglarse a poco que lleve uno una vida ordenada.

Poco después, mientras regresaba a casa tras un duro día de trabajo, fue atracado por unos desalmados que lo molieron a palos. Aquel día llevaba puesto el de cuadros escoceses. Con verdadero dolor de corazón, pues de los siete era el que más le gustaba, renunció a ponérselo para evitar desgracias en lo sucesivo. Al fin y al cabo con cinco calzoncillos era perfectamente posible mantener la recomendable costumbre de usar a diario ropa interior limpia.

Cuando se derrumbó un andamio a su paso por una obra, Benito tenía puesto el que era completamente blanco. Renunció, era de esperar, a este tercer calzoncillo atemorizado ante la posibilidad de volver a romperse tres costillas como había sucedido en esta ocasión. Para entonces ya creía que tentar a la suerte era un ejercicio de resultados perfectamente predecibles.

La explosión de la bombona de butano le cogió llevando el de las florecillas estampadas. Las consecuencias fueron relativamente graves ya que hubo de pasar dos semanas ingresado en el hospital. Durante aquellas largas horas reflexionó mucho sobre lo azaroso del destino y aún más sobre la estricta organización que había de llevar en adelante para que, contando sólo con tres calzoncillos, tuviera siempre uno limpio disponible cada mañana.

No había razones para sospechar del eje de la rueda delantera de su bicicleta, pero el hecho es que se rompió cuando descendía por una inclinada pendiente que acabó por recorrer rodando. No solo se rompió el eje, el parte médico diagnosticaba fractura múltiple de cúbito y radio. El calzoncillo retirado de la circulación fue el de las gruesas rayas rojas. Benito se consoló pensando que era posible alternar los dos calzoncillo que le quedaban.

El deportivo rojo se salió de la carretera a las 6:36. A esa hora Benito Jensen se encontraba en el exacto lugar del suceso y fue despedido contra el muro adyacente. Vestía el calzoncillo de líneas azules al que Benito achacó toda la responsabilidad de lo sucedido. Aunque no hubiera querido renunciar a él, que quiso, lo cierto es que la prenda quedó destrozada. Desde ese día, Benito se vió obligado a lavar su calzoncillo al llegar a casa para tenerlo seco a la mañana siguiente.

La mañana del 23 de febrero el tren en el que viajaba Benito descarriló por razones aún desconocidas. El vagón en que se encontraba fue aplastado por los que le sucedían. Atrapado en su interior, sangrando profusamente mientras esperaba a los servicios de rescate, Benito Jensen empezó a pensar que tal vez los calzoncillos fueran inocentes.

Hasta aquí la fábula. Aquellos de ustedes capaces de una libérrima interpretación en la dirección adecuada sabrán exactamente cómo me siento en estos momentos.