15 de marzo de 2007

El secreto tapihiano (I)

(Indagaciones prescindibles sobre el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson)

Un reciente trabajo de los profesores Stierscheiße y Eselbohrung, de la Universidad de Weissnichtwo, hermanada históricamente con la Universidad de Tapihi por lazos que exceden lo meramente académico, sugiere una interesante teoría acerca del intrigante mapa de Sir Conrad Melville Stevenson que, además, y por si esto fuera poco, propone una curiosa reinterpretación de algunos pasajes de los diarios del capitán James Cook. Creo que ambas cosas son de suficiente enjundia como para merecer aquí una exposición con cierto detalle que les permita explicarse el agrio debate suscitado y en el que, lamentablemente, hemos tenido ocasión de volver a ver los argumentos descalificatorios de siempre por parte de aquellos incapaces de ver más allá de sus narices. No hagan caso, por tanto, de los que niegan la existencia no ya de la Universidad de Weisnichtwo, sino de Weissnichtwo mismo. Atiendan al fondo y no a los detalles accesorios. Se ahorrarán así más de un disgusto y disfrutarán, no me cabe duda, de una agradable excursión intelectual de las que ya no se estilan en estos infantiles días.

Comencemos por los antecedentes del caso. En 1997, durante el desalojo de un ruinioso inmueble en Marsella, previo a su derribo, se produjo el hallazgo de un curioso mapa fechado en 1874 y firmado por un tal Sir Conrad Melville Stevenson. Se encontraba en un pequeño arcón junto con otros documentos que no despertaron tanto interés por razones que en seguida les resultarán evidentes.

Dos fueron los elementos del mapa que más llamaron la atención de los estudiosos. El primero, la carencia absoluta de noticias sobre el tal Sir Conrad Melville Stevenson. Tras una tan laboriosa como minuciosa inspección de todos los registros de la época conocidos no ha sido posible localizar referencia alguna a tan oscuros personaje, tal y como documentan, tal vez con exceso de celo por lo prolijo de su enumeración de tales registros, los profesores Stierscheiße y Eselbohrung. El segundo, la fecha del mapa. Tapihi fue descubierta, o eso se ha creído siempre, en 1898 por Thomas Wassermeier y, por tanto, resulta inconcebible la existencia de un mapa anterior, sobre todo si, como es el caso, éste presenta una sorprendente precisión y muestra con todo detalle todos los accidentes geográficos de la isla por accidentales que sean.

Un examen atento del mapa revela que su autor poseía un conocimiento muy preciso de Tapihi. Los análisis realizados sobre el papel y las tintas utilizadas han revelado que se trataba de un ejemplar auténtico o, al menos, de la mejor falsificación conocida hasta el momento. No obstante, el misterioso Sir Conrad se preocupó muy mucho de eliminar toda referencia a latitudes y longitudes imposibilitando, en consecuencia, la exacta localización de la isla. Un hecho tan inusual en la cartografía de la época tan sólo puede ser debido a la intención consciente de mantener su posición en secreto. Da la impresión de que, quienquiera que fuese el tal Sir Conrad, tenía un gran interés en que no se conociera la existencia de Tapihi.

No creo necesario señalar las importantes consecuencias que tendría dar por auténtico el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson. Pues bien, la tesis de los profesores Stierscheiße y Eselbohrung es precisamente que Tapihi ya era conocida por el tiempo en que Wassermeier llegó a ella. Esa es la idea central de su artículo El secreto tapihiano, según el cual fue el capitán James Cook el primer europeo en llegar a ella. Según estos doctos autores, muchos otros navegantes habían pasado muy cerca de la isla sin reparar en ella. Louis Antoine de Bouganville, por poner un ejemplo, llegó a estar a escasas dos millas, y si no dejó constancia de su avistamiento fue, con toda probabilidad, por causa del terrible resfriado que padecía por aquellos días y que propició que sus observaciones dejaran mucho que desear durante un par de semanas.

Más de uno pensará que pocos viajes están mejor documentados que los que llevó a cabo el capitán Cook. Conocemos sus diarios de cabo a rabo y raro sería haber pasado por alto el descubrimiento de Tapihi. De hecho, en los diarios de Cook no existe la más mínima mención a Tapihi. No es otra la razón de que ningún estudioso le haya atribuido hasta hoy su descubrimiento. Pero Stierscheiße y Eselbohrung han reconstruido con enfermiza precisión el periplo de Cook entre los días 1 de marzo y 11 de abril de 1769 encontrando singladuras impropias del régimen de vientos habitual en las latitudes en que se encontraba. Diríase, y esa es la conclusión de los profesores, que James Cook alteró de manera consciente los datos de su bitácora para ocultar su verdadera derrota entre aquellos días.

Debo señalar, no obstante, que su apuesta por Cook no es casual o resultado de una frívola ocurrencia. Tal y como dejan claro en El secreto tapihiano, el punto de partida de su investigación fue la asunción de que Tapihi había sido descubierta, aunque mantenida en secreto, en algún momento de la exploración del Pacífico, como demuestra la propia existencia del mapa y el hecho de que ciertas personas hayan mostrado tener conocimiento del mismo con anterioridad al desalojo de aquel inmueble marsellés. Con intención de identificar el momento así como al directo responsable del hallazgo dedicaron largos años a estudiar a fondo todos los viajes de los que existe noticia llevados a cabo durante los siglos XVIII y XIX, hasta dar con el candidato sospechoso de ser el verdadero descubridor de Tapihi. Ni que decir tiene que aquello fue tarea descomunal que habría sido imposible de no contar con el generoso apoyo financiero de la Fundación Fenster-Parrish.

Pero la pregunta primera es, ¿en qué basaron Stierscheiße y Eselbohrung su hipótesis? ¿Por qué dieron por hecho que Tapihi ya era conocida con anterioridad a su descubrimiento? ¿Qué les hizo suponer que había personas que tenían conocimiento de la existencia del mapa de Sir Conrad Melville Stevenson con anterioridad a 1997? La respuesta, y he aquí lo apasionante del caso, es que la fuente de sus sospechas es la lectura de algunos de los más afamados literatos tapihianos, en cuyas obras han creído encontrar referencias a este misterioso mapa cuya existencia, en principio, no podían conocer. En otras palabras, y si mi lectura de su artículo no se ha dejado llevar por las sugerentes fantasías a las que tan propenso soy, lo que Stierscheiße y Eselbohrung sugieren es que la existencia de Tapihi era conocida en fecha muy anterior a su “descubrimiento” y fue mantenida en secreto por un grupo de gentes de mar con no se sabe qué intenciones, pero que permitió a algunos de sus primeros pobladores sentar los cimientos de la actual sociedad tapihiana sin interferencias de las potencias marítimas imperantes. Es más, de ser cierta esta teoría, el misterioso hombre barbado que embarcó a Thomas Wassermeier en la aventura del descubrimiento debía saber muy bien cuál era su destino, por más que al final éste resultara el ser enterrado en Ciudad del Cabo.

Hay que reconocer que tan fascinante conjetura explicaría muchas de las lagunas e inconsistencias que muestran las Crónicas de Tapihi de Wassermeier, que en ningún momento refieren las previsibles dificultades de todo asentamiento en lugar inhóspito e incivilizado y dan a entender en más de una ocasión que las dos familias aborígenes que allí encontró, los Oteapu y los Rarotanga, mostraban cierta familiaridad con avances teconológicos occidentales tales como el daguerrotipo, el mosquete, la bigotera o la zambomba.

Hasta aquí el enigma. Dedicaré un segundo artículo a desentrañar las fuentes de las sospechas de Stierscheiße y Eselbohrung. Será necesario pasar revista a buena parte de las letras tapihianas y en particular a la obra de la llamada «generación del 14» en la que sobresalen cinco nombres: Leónidas Antúnez, Harald Gómez, Arthur Brandauer, Gustav Gandolfini y Atanasio Farniente.

(Este apasionante serial continua aquí)