5 de marzo de 2007

Las volubles dimensiones de Pamela Wilkins

Sólo los más avezados aficionados a la novela negra han oído hablar del oscuro novelista Basil Winthorpe, sin que el adjetivo deba entenderse con referencia a su raza o aspecto. Su única novela, que llevaba por título La muerte tenia un pecio y fue publicada en 1934 por una desconocida editorial neoyorquina, nunca conoció el éxito. De hecho la mayor parte de la tirada inicial y única de tres mil ejemplares jamás llegó a salir de los almacenes. El fracaso comercial de la romántica novela Pasiones revueltas, en la que la empresa había depositado todas sus esperanzas de salir del profundo bache financiero en que se encontraba prácticamente desde su fundaciòn, había supuesto el corte inmediato del suministro de carbón en las dependencias editoriales por lo que fue necesario recurrir a los ejemplares de la novela de Winthorpe para superar los rigores del duro invierno de aquel año.

Las escasas dos docenas de ejemplares que sí llegaron a distribuirse tuvieron una fortuna desigual. Al menos tres ejemplares fueron depositados en la biblioteca de un colegio para niños sordomundos y autistas que en diversos arrebatos los redujeron a pedazos llegando a comerse algunos de los capítulos más interesantes. Una partida de entre seis y ocho ejemplares se envió por error a la sede central de la Iglesia Episcopaliana Ortodoxa de los Siete Santos de los Últimos Días y la Palabra Verdadera cuyo jefe espiritual, al verlos, sufrió un infarto que no le impidió ordenar su inmediata destrucción. Otros cinco ejemplares se enviaron a una pequeña librería del Bronx para estudiar la reacción del público y desaparecieron cuando ésta, durante un atraco, se incendió como consecuencia de un escape de gas provocado por unos butroneros que se habían desorientado en el subsuelo. Dos o tres ejemplares más se enviaron a un granjero de Wisconsin que todavía no ha recibido el paquete y, a pesar de su edad, sigue echando pestes sobre el lamentable estado del servicio de correos. El autor conservó otros tres ejemplares, pero se ignora el paradero de los cuatro.

Tan sólo se tiene noticia de tres ejemplares supervivientes. Uno de ellos pertenece a la colección privada de Antonio Gala, aunque él no lo sabe, pues se lo colaron de tapadillo cuando le vendieron la colección completa de libros esotéricos titulada Otros Mundos. El segundo se encuentra en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, aunque, por un error administrativo, no fue fichado y nadie ha sido capaz de localizarlo entre sus fondos. El tercero, supongo que ya se lo imaginan, lo tengo yo y por eso les puedo contar alguna cosilla sobre él.

Según se cuenta, Winthorpe se había topado con un curioso relato detectivesco titulado Seis balas en el cargador firmado por un tal Walter Pinkerton. Nunca ha habido forma de confirmar la existencia de esta obra ni la de su autor y no son pocos los que sospechan que se trata de una invención del propio Winthorpe para justificar su novela. El caso es que Basil Winthorpe, en la introducción que preparó para la segunda edición que jamás vio la luz, afirmaba que La muerte tenía un pecio era la continuación natural de Seis balas en al cargador.

El relato de Pinkerton era, según Winthorpe, una curiosa historia en la que un inepto detective trataba de resolver un misterioso crímen ocurrido en un club nocturno llamado “El Pedregal”. La total ausencia de pistas y el hecho de no haber sido llamado por los dioses para la investigación criminal le hace conducir sus pesquisas casi a ciegas. El lector pronto tiene la sensación de que si el culpable llega a ser descubierto, lo habrá sido más por puro azar que por los méritos del investigador. Lo que el lector no sabe es que el criminal, incapaz de predecir los movimientos de su contrario, se ve también forzado a ocultarse a ciegas, cada vez más desesperado. La trama alcanza su punto álgido cuando Molly Flanders, una cabaretera algo ligera de cascos y poco dotada para la reflexión especulativa, irrumpe en escena desatando instintos y pasiones que mejor habría sido contener para dedicar las energías a cosas más provechosas.

A Winthorpe le pareciá que Seis balas en el cargador tenía un final demasiado abierto, casi se podía decir que no tenía final. El relato, siempre según la version de Winthorpe, finalizaba así:

Patterson se volvió y le dijo que

Es en este exacto punto en el que Basil Winthorpe arranca su novela:

mas le valdría saber nadar que saber inglés.

La trama de La muerte tenía un pecio, se sustenta alrededor de una fracasada operación de contrabando de latas de melocotón en almíbar organizada por el comodoro Jennings, personaje que ya apareció en Seis balas en el cargador. El naufragio del paquebote que debía entregar la mercancía en una solitaria cala inicia una concatenación de equívocos que culmina con la muerte accidental de Waylon Santafé, un jóven y prometedor estudiante de taquigrafía. Las circunstancias del suceso, sobre todo el hecho de que el fallecimiento de produjera por un disparo por la espalda, llevan a todos a pensar en un ajuste de cuentas entre gangsters rivales. Bueno, a todos no, a todos salvo Patterson que se empeña en demostrar que todo es obra de los servicios secretos intentando ocultar el avistamiento de una nave extaterrestre.

De quedar la novela en esto no pasaría de ser una de tantas. Pero Winthorpe aprovechó tan enrevesada trama para enmarcar la acalorada pasión entre el detective Patterson y una exuberante camarera llamada Pamela Wilkins que aporta el necesario contrapunto sentimental y, sobre todo, gran número de tórridas escenas que acaban por hacer olvidar al lector el asunto del contrabando y la muerte de Santafé gracias a su lenguaje directo, carente de tapujos y desprovisto de los absurdos circunloquios tan habituales en la época para referirse a las cosas mas prosaicas.

Tal vez un ejemplo ilustre mejor este extremo. Cuando Patterson conoce a Pamela Wilkins, Winthorpe escribe:

En la puerta, a contraluz, apareció su figura deslumbrante. Caminó despacio, con un bamboleo de caderas que habría despertado al más gélido relojero suizo ensimismado en otros péndulos. Sólo un Papa travestido habría causado mayor sorpresa entre los presentes. Patterson, extasiado, no acertaba a cerrar la boca. Ella, mientras se recreaba en el andar, fumaba con desgana. Sus pechos desafiaban las más secretas sospechas de Sir Isaac Newton. Patterson, fascinado por la firmeza de aquellas nalgas, pensó que si hubiera tenido el culo de mármol le habría parecido menos admirable. Así, aunando desconfianza e interés por aquella Venus Calipigia, decidió cachearla.

– Debe entender que es preciso que me asegure, señorita…
– Wilkins, Pamela Wilkins– respondió ella algo ausente y se dejó caer en el sillón como si le acabara de desaparecer la columna.

Recostada como un invertebrado se dejó manosear hasta que se aplacaron los instintos de Patterson. Entonces, mientras éste se aflojaba el nudo de la corbata, se dirigió a él con intrigante sonrisa.

– ¿Está seguro de que ha mirado en todas partes?

La sociedad de la época no estaba preparada para muchas de las explícitas escenas de la camarera Pamela Wilkins. En casi todas sus apariciones, hasta las más insignificantes, está completamente desnuda, cosa que Winthorpe siempre se encarga de aclarar antes o después.

Era uno de esos días que no merecen sitio ni en los calendarios que cuelgan en los talleres mecánicos. Patterson llamó a la puerta y Pamela abrió tan rápido que se diría que estaba esperándolo.

– Buenos días– dijo Patterson con fingida desgana.
– Si a usted se lo parecen… –contestó Pamela.
– Me preguntaba si podría prestarme medio limón, –dijo Patterson– estoy preparando un pescado al horno y…
– Por supuesto– contestó ella con un guiño travieso– si algo me sobra son limones.
– Lo sospeché desde un principio– respondió Patterson acercándole su gabardina para que cubriera su desnudez.

Lo que ya no es tan conocido es que Winthorpe tuvo muchas discusiones con su editor a cuenta del tono sicalíptico de muchos de sus diálogos. Al autor le parecía adecuado, pero el editor exigía mayor procacidad en desesperado intento de salvar su compañía de la bancarrota. La discusión se zanjó aumentando en dos tallas el pecho de Pamela Wilkins y alargándole las piernas en casi un palmo. No deja de ser curioso cómo los rasgos más perdurables de los personajes literarios son fruto de los azares del destino.