1 de marzo de 2007

P.C. Macintosh y los basiliscos

Como bien sabrán si siguen estas garambainas mías con algo de atención y aprovechamiento, el basilisco tapihiano es completamente inofensivo y su mirada es tierna como la de un inocente corderito. Sin embargo y si hemos de creer la siempre bien documentada pluma de Plinio el (más) Viejo, los extintos basiliscos de otros pagos han resultado ser más bien peligrosos y con bastante mal carácter por esa extraña manía que tienen o tuvieron de matar con la vista. Nada dejaban vivo y, como en su día dijo o escribió Jorge Luis Borges, sembraban el desierto a su alrededor.

Una característica tan inusitada, como es razonable, despertó la curiosidad de muchos estudiosos y hasta la del común de los mortales, por lo que no es de extrañar que toda clase de teorías y aseveraciones sobre los más diversos aspectos de este intrigante bicho hayan proliferado por doquier. Allá por la Edad Media, por ejemplo, no se salía de viaje sin portar un espejo para poder, en caso de verse sorprendido por la alimaña, enfrentarlo a su terrible mirada. Desde mi modesto punto de vista uno de las historias más curiosas es la que se refiere al naturalista escocés Patrick Charles Macintosh, que consagró su vida y obra a intentar averiguar cómo tenía lugar la reproducción del basilisco al no ver posibilidad de apareamiento sin graves consecuencias para los participantes en el mismo.

Tal dificultad reproductora es la que está en la base de la antigua creencia popular de que el basilisco es una suerte de error de la naturaleza que nace cuando el azar lleva a una serpiente a incubar un huevo puesto por un gallo. Sin embargo, en los tiempos de P.C. Macintosh, en los que ya comenzaba a germinar la ciencia moderna, se hacía muy difícil aceptar semejante absurdo. Hacía falta una nueva explicación más acorde con la cada vez más asentada idea de que bajo todas las cosas del mundo subyacía un orden racional, comprensible y aprehensible que estaba esperando ser descubierto por el primero que llegara. A esa carrera se apuntó P.C. Macintosh, aunque un poco a su manera.

La ciencia de principios del XVIII se encontraba en plena efervescencia. Cada semana, cada día, casi cada hora afloraban nuevos descubrimientos y teorías que maravillaban a todos aquellos capaces de entenderlos y entenderlas, que eran pocos pero bien avenidos. Sin embargo, las ramas de la biología no acababan de arrancar en esta acelerada carrera por el saber y el conocimiento que tan prometedora parecía por entonces. Linneo, por ejemplo, era sólo cinco años mayor que Macintosh y ninguno de los dos tuvo jamás noticia de la existencia y el trabajo del otro.

En este desolador panorama, casi sin referencias y, por decirlo todo, sin estudios de ningún tipo, Patrick Charles Macintosh decidió, con poco más de veinte años, escribir el tratado definitivo sobre la vida y costumbres del basilisco común. Con alguna dificultad consiguió hacerse con un cuaderno para tomar notas y salió al campo dispuesto a resolver, por el bien de la humanidad, todas las dudas que persistían sobre tan enigmático animal. Su primer descubrimiento fue inmediato. No sin sorpresa comprobó que el basilisco común era cualquier cosa menos común. A ese primer cuaderno, de escaso interés porque acabó llenándolo a base de repetir el nombre de una mocilla por la que tomaba los vientos en aquellos días, siguió otro. Y a ese otro, hasta completar un total de cincuenta y ocho cuadernos que contienen todas sus observaciones y reflexiones sobre los basiliscos

La totalidad de estos cuadernos de campo se encuentra expuesta en el Museo de Desperdicios de Edimburgo, que alberga todo aquello de interés encontrado en los cubos de basura de tan noble ciudad desde el siglo XVI hasta nuestros días. Su lectura no resulta fácil pues, al parecer, compartieron ubicación con los restos de un salmón Kedgeree preparado a la manera tradicional, es decir, desmenuzado con arroz, manteca y huevos cocidos. Entre las manchas grasientas, no obstante, es posible adivinar algunas de sus sorprendentes conclusiones científicas siempre que uno sea capaz de soportar el olor.

Será mejor, por mantener un cierto orden y permitir la correcta comprensión de los consecuentes, que les ponga en antecedentes sobre el personaje y su método.

Vida de Patrick Charles Macintosh

P.C. Macintosh nació alrededor de 1712 en los alrededores de Edimburgo. Como todo escocés de bien, pronto comenzó a litigar con su hermano a cuenta del honor, el patrimonio familiar y cierta muchacha ocasionando varias desgracias y propiciando su temprana huída del domicilio familiar tras un duelo. Así, se vio forzado a pasar un par de años como mercenario al servicio de los más terribles tiranos hasta que el arrepentimiento le empujó a regresar al hogar.

En Escocia y por tradición, todo hijo de regreso al hogar se encuentra con el padre fallecido, el patrimonio expoliado por alguna malvada autoridad y la novia casada con el hermano. P.C. Macintosh siempre fue muy respetuoso con las costumbres de su tierra, así que hubo de vengar todos los ultrajes antes de poder llevar una vida normal, que en aquel preciso tiempo y lugar consistía en distribuir equitativamente las horas entre la cama y la taberna. No abundaré en la relación pormenorizada de sus venganzas por considerar que es historia que carece de interés y sobre a la que a nadie se le ocurriría escribir siquiera una novelilla.

El caso es que con veintiún años, P.C. Macintosh se encontró con la vida resuelta, siendo propietario de una suntuosa mansión y sin familia con que compartirla. Fue el afán por llenar los días, siempre cargados de tedio, el que despertó sus inquietudes científicas. Poco más hay que reseñar, desde entonces hasta su fallecimiento en 1780 se consagró al estudio de la naturaleza con sorprendentes resultados o, al menos, por sorprendentes caminos.

El Método P.C. Macintosh

Las investigaciones de Macintosh se basan en un principio metodológico que, todo hay que decirlo, nunca tuvo mucho éxito y ya se encuentra completamente olvidado. Se trata de la conocida como “deducción inspirada”. Macintosh, consciente de las insalvables dificultades para la observación directa de los basiliscos en su estado natural se vio obligado a desarrollar una forma más o menos oblicua de aproximación al trabajo científico consistente en buscar la inspiración suficiente para imaginar las observaciones y tomar buena nota de ellas. No por ello dejaba de lado las tareas de documentación, fundamentales para una correcta deducción inspirada y así, aunque nunca observó nada directamente, sí es cierto que contó con el testimonio de muchas personas que habían tenido contacto con basiliscos.

La utilización de la deducción inspirada como fundamento principal de sus investigaciones exige leer sus trabajos teniendo siempre esto en mente. Así, por ejemplo, cuando en sus cuadernos apunta expresiones como “He podido observar”, el lector informado debe leer cosas como “Me ha dicho un paisano” cuando no “No se me ocurre que pueda ser de otra manera”.

El lego en estos asuntos puede pensar que la deducción inspirada es cosa de poca importancia y al alcance de cualquiera. Nada más lejos de la realidad. Alcanzar el correcto estado de inspiración no es tarea sencilla y exige muchos años de dedicación y entrenamiento. No son pocos los que han querido establecer un cierto paralelismo con ciertas doctrinas orientales y hasta existe un extraño grupúsculo espiritista en Johannesburgo que afirma que son las almas de los grandes hombres de la historia los responsables últimos de las observaciones obtenidas a través de este método. P.C. Macintosh, racionalista hasta las cachas él, jamás hubiera compartido tan peregrinas ideas. Sus inspiraciones, muy trabajadas ellas, tenían un fundamento mucho más material.

La reproducción del basilisco según Macintosh

La historia de las investigaciones de P.C. Macintosh constituye una apasionante aventura intelectual no exenta de pinceladas de humanidad a la que, con seguridad, no lograré hacer justicia en este breve apartado. A las limitaciones de espacio hay que añadir las mías propias, que ya conocen de sobra. Seguiré un orden cronológico por ser práctica en desuso.

La apreciación de que el resto de las bestias de la naturaleza gozaban o padecían, según los casos, de periodos de celo llevó a P.C. Macintosh a establecer la primera de sus hipótesis fundamentales: los basiliscos deben limitar su actividad reproductora a una determinada época del año que las investigaciones de campo habrán de determinar. Sus primeros pasos se encaminaron, por tanto, a descubrir cuál era esa época.

Con su cuaderno en una mano, un espejo en la otra y un lapicero en la oreja decidió iniciar sus trabajos en primavera por ser ésta una época más agradable para pasar el día a la intemperie. No logró avistar ningún basilisco, cosa que le hizo concebir esperanzas de hacerlo durante el verano entrante. A lo largo del otoño siguiente los basiliscos siguieron sin aparecer y ya mediado el invierno, mientras se recuperaba de una neumonía de caballo, comenzó a sospechar que tal vez había equivocado el lugar de sus observaciones. Las palabras que escribió entonces en su cuaderno son de lo más elocuente.

El camino del conocimiento es arduo y exige los más duros sacrificios. Sólo una férrea voluntad, capaz de superar los fracasos y desengaños como lo que son, simples obstáculos menores de la carrera en pos de la cumbre del saber, puede recorrerlo en toda su extensión. No es momento pues de rendirse ante la primera dificultad.

Llegó entonces a sus oídos que el basilisco era una sabandija frecuente en los campos de una zona de España que comprendía parte de las actuales provincias de Ávila, Segovia y Valladolid. A pesar de desconocer por completo el idioma hacia allí dirigió sus pasos. De haber sabido hablar español se habría enterado al llegar de que allí se creía que los basiliscos eran muy habituales en Edimburgo. Pero no se enteró y hubo de pasar otras cuatro estériles estaciones antes de regresar desolado a su tierra natal acompañado de un cuaderno repleto de sinsentidos fruto de las noches pasadas al raso sin nada que hacer. Su afición por el queso de oveja merina data de esos días.

Fue entonces cuando resolvió cambiar de método e inventó su singular “deducción inspirada”. La cosa nació como una revelación. Tras una noche en que el trasiego de cerveza supero en mucho las cantidades a que estaba acostumbrado, en ese preciso momento en que la habitación da vueltas y uno, acechado por el sueño pero aún consciente, se debate entre levantarse a devolver o caer en brazos de Morfeo, P.C. Macintosh vio su primer basilisco.

Lo vi con una claridad como nunca antes había visto nada. Diríase que hasta entonces había vivido ofuscado, con los sentidos embotados, nublado por la sobriedad…

Por fortuna, P.C. Macintosh vio el basilisco de espaldas y salió ileso de la experiencia. Desde entonces hasta el fin de sus días pasó cada tarde por la taberna del viejo Bill antes de encerrarse en una habitación con sus cuadernos dispuesto a realizar todas las observaciones que le fuera posible. Sus primeras notas son mas bien de corte descriptivo:

El macho medirá como cosa de un palmo y un poquito y presenta una cresta abultada del tamaño del bigote del viejo Bill.

Por entonces la inspiración le trajo otra idea clave: es razonable pensar que durante su época de celo los basiliscos cierren los ojos y deambulen a ciegas por los pedregales en busca azarosa de pareja con que aparearse.

Al verse impedidas de contemplarse antes de la reproducción so pena de impedir la necesaria fecundación, estas sabandijas han de establecer mecanismos de selección independientes de la vista. Dos son los que me parecen más probables: el olfato y el tacto.

No tardó mucho en descubrir que los basiliscos carecen de sentido del olfato y su sentido del tacto es más bien burdo, lo justo para distinguir los sólidos de los líquidos. Así Macintosh se vio obligado a admitir que, contrariamente a lo que sucede con otras especies, en que las parejas se forman tras un cortejo más o menos fundado y en el que entran en juego elementos como la fuerza física o la vistosidad del plumaje, los basiliscos se emparejan sujetos al más puro azar.

He podido observar en el pedregal como la hembra, con los ojos cerrados, se desplaza en círculos cada vez mayores mientras el macho, también a ciegas, recorre el territorio en un extraño zigzag con esperanza poco fundada de toparse con ella. A veces la presencia de otros animales o rocas de formas voluptuosas conduce a desagradables encuentros que se resuelven con el desperdicio de la simiente.

Fueron muchas las veces que Macintosh observó a los basiliscos con los ojos cerrados intentando montar a pequeños ratones de campo, rocas arcillosas, ramas de árboles y hasta un zapato abandonado mientras las hembras se daban topetazos contra toda clase de obstáculos en su camino circular. Más de una vez hubo de interrumpir sus observaciones para poder llorar a gusto la desgracia de estos animales casi condenados a la soledad más absoluta.

La recepción de la obra de Macintosh

Ya en su época Macintosh fue un incomprendido y sus trabajos denostados por todos los académicos que tuvieron noticia de ellos. En nuestros días la cosa no ha ido a mejor. De hecho ha ido a peor. Patrick Charles Macintosh es un personaje completamente olvidado cuyos esfuerzos investigadores nunca han sido valorados. Son muchos los que argumentan que este desprecio es ciertamente de justicia, pues nada de lo que hizo merece una simple muesca en los libros de la historia y aún son muchos mas los que al oír su nombre responden con un lacónico “¿cómo ha dicho que se llama?”.

Este abrumador olvido generalizado de los casos y cosas de Patrick Charles Macintosh concede interés a la obra del escritor Walter Pinkerton, autor de un relato inspirado en las dificultades del basilisco para encontrar pareja y que lleva por título Seis balas en el cargador. Pinkerton, tomándose las necesarias licencias poéticas, transcribió en su práctica literalidad los cuadernos de Patrick Charles Macintosh y presentó el resultado al certamen literario anual del Centro para la Tercera Edad de la pequeña población rural estadounidense en que residía.

Bien es cierto que los sutiles cambios introducidos por Pinkerton impidieron en su día apreciar la precisa similitud del relato con los estudios de Macintosh. La hembra del basilisco, protagonista de la narración, se ve transformada en un minero desempleado al que la necesidad obliga a participar en un crimen. El basilisco macho, representado por el detective Patterson, camina en línea recta en lugar de hacerlo en zigzag. La cabaretera Molly Flanders, que hace el papel de las rocas voluptuosas, adquiere algo más de protagonismo al intentar mediar en el enfrentamiento entre el minero y el detective proponiendo un menáge a trois. Y por último, el comodoro Tanner, que algutina los papeles de narrador, asesino, contrabandista y propietario de una lavandería representa al omnisciente redactor de los cuadernos de campo, es decir, al propio P.C. Macintosh.

Pinkerton ganó el certamen con Seis balas en el cargador y le fue entregado el premio correspondiente, una cubertería completa con iniciales grabadas (en concreto, las iniciales de su anterior poseedor, el finado reverendo Jennings). Sólo tiempo después, cuando uno de los miembros del jurado que concedió el galardón visitó el Museo de Desperdicios de Edimburgo y cayó en la cuenta de que el relato premiado era una tosca adaptación de la obra de Macintosh, el pastel se descrubrió. El autor no se había tomado la molestia de ocultarlo mucho ya que el club nocturno en el que transcurre toda la acción se llamaba justamente “El Pedregal”, en clara alusión al lugar donde el ilustre naturalista escocés situaba sus imaginarias observaciones y experimentos. Ni que decir tiene que Pinkerton fue inmediatamente desposeído del premio, aunque con cierta discreción, porque los escándalos nunca le han sentado bien al mundo de las letras.