7 de marzo de 2007

¿Qué fue de Basil Winthorpe?

(Por su indudable interés reproduzco aquí el artículo que, con el título arriba indicado, apareció publicado en el Baltimore Gazette el 13 de diciembre de 1982 con la firma, evidentemente falsa, de Arthur Brandauer)

Baltimore siempre ha sido agradecida con sus hijos predilectos. Sin embargo, no siempre la fortuna ha permitido que los más preclaros hombres de nuestra ciudad hayan disfrutado del favor del público. El caso de la dinastía Winthorpe es, con seguridad, uno de los que manifiestan con mayor evidencia este hecho.

Poco recuerdo queda ya en nuestras calles del viejo Louis Winthorpe a pesar de haber sido uno de sus más destacados benefactores . No hace tanto todavía era recordado como uno de los principales impulsores de nuestra saneada economía. Sé que algunos maledicentes han sugerido que fue el propio Louis Winthorpe el que, contando tan sólo siete años, se introdujo la mañana del domingo 7 de febrero de 1904 en las oficinas de la John Hurst and Company para jugar con una caja de cerillas que había encontrado por la calle. También sé que es la envidia y la indignidad las que les empujan a propalar tales ignominias que sólo buscan manchar el buen nombre de uno de los hombres más probos y rectos que ha visto nuestra ciudad.

No es propósito de estas líneas, no obstante, hablar del viejo Louis Winthorpe, al que la historia juzgará con más propiedad que yo. Tampoco de su primogénito, Louis Winthorpe II, que tanto destacaría cuando, acabados sus estudios y trasladada la familia a Filadelfia, tomó las riendas de los negocios familiares. De todos es sabido que logró levantar un imperio económico que, de no haber sido por ciertas irregularidades detectadas en los años sesenta, figuraría con seguridad entre los principales grupos industriales del mundo. No hay escuela de negocios que no haya reconocido la valía de este gran hombre y se cuenta que en las Islas Caimán se ha llegado a erigir una estatua en su honor. Sobre ambos descansa la sólida reputación de la familia Winthorpe entre las gentes de bien y poco puedo añadir yo aquí que no sea ya de dominio público.

Pero Louis Winthorpe tuvo otro hijo, Basil, del que poca noticia nos ha quedado. Hasta el mes pasado creí que tal ausencia de información era fruto de su propia mediocridad, de su incapacidad para despertar interés y, en consecuencia, lo juzgaba condenado a un merecido olvido. Pero el mes pasado, como digo, me vi obligado a abandonar todas esas ideas asaltado por una curiosa historia.

Como ya sabrán si leyeron mi crónica publicada en estas mismas páginas hace un par de semanaa, el pasado noviembre tuve ocasión de asistir como jurado al Certamen Anual de Tartas de Calabaza que desde hace noventa y ocho años viene celebrándose ininterrupidamente en Filadelfia y constituye una de las más arraigadas tradiciones de nuetro país. Allí coincidí con Louis Winthorpe III, que actualmente presta sus servicios como ejecutivo del más alto rango en la compañía Duke & Duke, y con su adorable prometida, la señorita Penélope Witherspoon, de los Witherspoon de toda la vida. Con ellos departí amigablemente sobre muchos aspectos de la historia nuestra ciudad en una agradable tarde otoñal. Fue el propio Louis el que me narró en primera persona su asombroso encuentro con quien decía ser su tío Basil y quien me hizo sopesar la necesidad de brindarles hoy estas líneas.

Según me contó, andaba el jóven Louis enfrascado en la preparación de una de esas extrañas operaciones en el mercado de opciones que tanto éxito le han dado cuando irrumpió en su despacho, a pesar de la oposiciòn de su secretario que en vano intenó detenerle, un extraño personaje. Cómo llegó a superar todas las barreras de los servicios de seguridad y alcanzar la vigésimoquinta planta del edificio de la Duke & Duke es cosa que aún no ha podido ser explicada.

Vestía de manera informal y un tanto dejada. Llevaba el pelo largo recogido en una coleta, mostraba barba de seis días y portaba un estuche que resultó ser de una trompeta. En definitiva y por referir las exactas palabras de Louis, “presentaba el aspecto de tantos mediocres que ejemplifican la decadencia moral y económica por la que se desliza este gran país”. Espantado al ver que hasta calzaba sandalias, la primera reacción de Louis Winthorpe III fue echar mano del teléfono para pedir a los empleados de seguridad que desalojaran a aquel individuo cuando éste le dijo:

– Eres igual que tu madre. No pareces un Winthorpe.
– ¿Quién se ha creído que es para dirigirse a mí en esos terminos? – le respondió Louis.
– Pero ¿acaso no me reconoces?– exclamó el inesperado visitante– ¡Soy tu tío Basil!

Recordó entonces su infancia, tan cargada de recuerdos felices. Recordó también que, en efecto, tenía un tío Basil cuyos rasgos, un tanto difusos ya en su memoria por conocerlos sólo a través de fotografías, bien podrían coincidir con los de aquel extraño caballero. Basil Winthorpe había abandonado el hogar familar siete años antes de que naciera Louis y nada sabía éste de las razones que podían haberle impulsado a hacerlo. Jamás, como dicta la buena educación, se hablaba de ese tipo de cosas en su familia. Callar y olvidar siempre fue una consigna observada a rajatabla en todo tipo de asuntos que supusieran, siquiera lejanamente, algún tipo de escándalo.

– Desde luego, quien no parece un Winthorpe es usted– le espetó con cierto desprecio.

Pero la sombra de la duda ya se había instalado en su cabeza y no se atrevió a cursar la orden de expulsión. Comenzó así una charla que se extendió durante dos largas horas. Louis supo así que quien decía ser su tío había recorrido medio mundo y desempeñado los más diversos oficios, hasta el de pescador en el golfo de Siam. También, para espanto de mi informador y amigo, se había visto mezclado en actividades artísticas y había alternado con esos inmorales personajes a los que llaman bohemios como si no dispusieramos de adjetivos mucho más apropiados para calificarlos. Muchas cosas más le contó, incluídas las razones de su visita, que no airearé aquí por pertenecer a la esfera privada de mi buen amigo.

Y así, intrigado por el conocimiento de tan extraño personaje y animado por la posibilidad de que efectivamente fuera el desaparecido tío de Louis, he dedicado los escasos ratos libres que nuestro amable redactor jefe me ha dejado durante las últimas dos semanas a indagar un poco sobre la figura de Basil Winthorpe llevándome no pocas sorpresas. Creo poder afirmar sin temor a equivocarme que efectivamente, tal y como puede deducirse del hecho de que portara un instrumento de viento, es músico, pero también que es, o fue, escritor, actor y un sinfín de cosas más igual de impropias de una familia de tan alto rango.

He sabido, por ejemplo, que escribió una novela que, aunque no he tenido ocasión de leerla, estoy seguro de que responde a los sólidos valores morales que siempre han caracterizado a los Winthorpe. Por mucho que uno se aleje del camino recto, los principios asentados durante la primera educación perviven para siempre en nosotros.

Una consulta a los registros militares me ha permitido confirmar también la veracidad de otras de las afirmacionesde aquel extraño visitante. Basil Winthorpe participó en la guerra de Corea, donde, estoy seguro, hizo gala del valor y la hombría que siempre ha caracterizado a los de su estirpe y, aunque su ficha militar no registra condecoración alguna, no me cabe duda de que debieron ser muchas las acciones heroicas en las que participó si es que no las encabezó valerosamente.

Al parecer, las cosas a su regreso del frente no le resultaron nada fáciles. La generalizada falta de agradecimiento a nuestros héroes de guerra es cosa que hemos tenido ocasión de comprobar en más de una ocasión y Basil no fue excepción a tan lamentable regla. No encontró quien le proporcionara un trabajo honrado y, por lo visto, acabó rondando los bajos fondos y relacionándose con gentes de mal vivir y peor obrar. Supongo que frecuentar semejantes compañías es lo que le llevó a desempeñar oficios tan indignos como el de escritor aunque, en honor a la verdad, tal vez la cosa viniera de antes porque su semioculta novela data de 1947.

En todo caso parece que durante aquellos días Basil no hizo nada de provecho. Dedicó buena parte de 1954, por ejemplo, a corregir el deplorable estilo de la novela que un conocido suyo había escrito en un rollo de papel contínuo lo que le supuso a la postre un agrio enfrentamiento con aquel aspirante a escritor. Al fin y al cabo los que se tachan de artistas suelen padecer un enfermizo narcisismo que les hace incapaces de asumir la más mínima crítica y este caso no fue excepción a la regla. Ninguna de las sugerencias de Basil fue aceptada y todo su esfuerzo resultó baldío.

También he sabido que hacia finales de 1954 actuó como trompetista en ciertos locales de la calle 52 de Nueva York en compañía de un saxofonista drogadicto cuyo nombre no acabo de recordar en este momento y, al menos un par de noches, también acompañó a una tal Billie Holiday, aunque no creo que fuera ese su verdadero nombre. No se me alcanzan las razones que alguien puede tener para ocultarlo.

No he sido capaz de encontrar información sobre sus actividades entre 1955 y 1971. En ese año, según se desprende de los archivos de Mr. Michael Laughlin, participó como actor en el rodaje de una extraña película llamada Two-Lane Blacktop, aunque en el montaje final se descartaron todas sus escenas. También se implicó, aunque no he podido saber hasta qué extremo, en el rodaje de otra titulada Vanishing Point. Hizo entonces, al parecer, buenas migas con uno de los guionistas con el que acabó viajando a Londres, donde permaneció al menos dos años. Ignoro el contenido de ambas películas pero no sería de extrañar que defendieran los valores tradicionales tan olvidados hoy día. A eso quiero achacar lo difícil que me ha resultado encontrar información sobre ambas en estos tiempos de degradación creciente.

Pero no he querido conocer, por mantener limpio el buen nombre de los Winthorpe, las habladurías que circulan en algunos mentideros acerca de cierta película obscena. De ser ciertos les aseguro que actuaré como ha sido siempre costumbre entre nosotros. Callaré y olvidaré porque el mundo, conviene recordarlo, sólo es como lo queremos ver.