10 de marzo de 2007

Un inocente pornógrafo

Posiblemente la obra de Basil Winthorpe jamás habría perdurado de no haber sido por el pornógrafo maltés Julius Fraunhofer, el hombre que se empeñó en llevar al cine su única novela. Según cuenta éste en sus recién publicadas memorias, cuando era niño y vivia con una familia de Wisconsin durante cierto intercambio estudiantil, se recibió en el domicilio familar un extraño paquete a nombre del abuelo, fallecido seis años atrás. Nadie mostro especial interés por su contenido y Julius lo guardó para sí. Aquella misma noche descubrió que contenía tres ejemplares idénticos de La muerte tenía un pecio, la novela de Basil Winthorpe que habría de cambiarle la vida.

No es necesario insistir en la profunda influencia que ciertas lecturas tienen sobre las personas cuando éstas se producen a edad temprana. Julius Fraunhofer pasó muchas noches leyendo a escondidas las secretas líneas de Winthorpe y desarrollando por ello enfermizas obsesiones. La primera vez se encerró en la buhardilla con una linterna, pero pronto comprendió las intenciones y efectos del libro y trasladó sus lecturas, por razones de comodidad e higiene, al cuarto de baño. Hay quien piensa que la fama de limpios que tienen los malteses en Wisconsin se debe a este hecho. En todo caso, el resultado fue su firme resolución de ser pornógrafo, aunque por entonces desconociera esa palabra.

De vuelta en su Malta natal, a Julius Fraunhofer no le resultó nada fácil iniciar su carrera de pornógrafo. La industria audiovisual local era paupérrima y se dedicaba, casi en exclusiva, a documentar celebraciones de boda y realizar spots publicitarios. Julius, de todas formas, creyó que trabajar en tan poco atractivos asuntos le proporcionaría la necesaria formación técnica para llevar a delante su plan y no se detuvo hasta lograr un puesto de ayudante del ayudante en una pequeña productora. Allí comenzó una ascendente y exitosa carrera que le llevó en poco más de dos años a verse al frente de un rodaje profesional.

Se especializó en anuncios publicitarios de detergentes con la esperanza de que llegara el día en que pudiera poner su talento al servicio del registro audiovisual de arrumacos, revolcones y sus más gruesas consecuencias. Finalmente, convencido de que su oportunidad no llegaría si no hacía algo por encontrarla, resolvió producir una película lúbrica con sus propios y bien escasos medios. Cargado de entusiasmo, logró convencer a la meretriz local, Cassandra Perignon, para que prestara sus carnes al experimento y, armado con un tomavistas Super 8mm de segunda mano y sin conocimiento alguno de los trucos y secretos del género produjo La más alegre comadre de Windsor, un mediometraje que hoy es considerado obra de culto en los ambientes profesionales. El rodaje tuvo lugar durante sus días libres en el minúsculo apartamento que por entonces habitaba. Lógicamente, la obra se resiente de la pobreza de medios pero tiene algo que tanto crítica como público ha sabido apreciar aunque no nombrar.

La distribución de La más alegre comadre de Windsor tampoco resulto cosa fácil. Al principio, se vendían copias en el ultramarinos de la esquina de la calle donde vivía, pero Ferdinand Leblanc, el tendero, se llevaba una abusiva comisión del 75% sobre el precio de venta y estaba claro que el camino del éxito no pasaba por sus manos. Sólo cuando el conocido productor Sean Dean, que casualmente pasó por allí para comprar una lata de alubias Heinz, vio la película, las cosas cambiaron para Julius.

Sean Dean se vio gratamente sorprendido por la cinta de Julius. Supo valorar su fuerza narrativa, su impecable sentido del ritmo, su sólida estructura y su acertada utilización del claroscuro en los momentos dramáticos o, en otras palabras, supo valorar los elementos que distinguen una película pornográfica del montón de una verdadera obra maestra. Por eso decidió contratar a Julius para que rodara una película sin restricciones de ningún tipo, que es como los productores llaman a un presupuesto mediocre. Julius se sintió tocado por los dioses. Al fin podría iniciar su carrera de pornógrafo y, además, podría hacerlo rodando la historia que le venía obsesionando desde su más tierna infancia.

Decidido a rodar una versión X de La muerte tenía un pecio, pronto comprendió la necesidad de rebajar el tono del original para adaptarlo a las convenciones del género. El espectador medio de películas pornográficas no estaba acostumbrado a tanto y tan encedido ajetreo. Las escenas de sexo en la novela resultaban demasiado realistas y, por tanto, alejadas de lo que solía verse en las pantallas por aquel entonces. También fue necesario realizar una serie de cambios menores destinados a aproximar el resultado a los deseos del público, siempre tan quisquilloso con sus cosas, sobre todo si se refieren a esas cosas de ahí abajo. Por ejemplo, el detective Patterson pasó a ser un vendedor de enciclopedias a domicilio que sufre de amigdalitis. Hay que reconocer que este cambio resultó de lo más efectivo. La escena en que Patterson intenta decirle por señas a una clienta que le de un polo de fresa es apoteósica. Pero será mejor que no avance demasiadas cosas y siga esta exposición por su orden lógico.

La confección del reparto, eso que ahora llaman casting, no estuvo exenta de problemas el mayor de los cuales fue, sin lugar a dudas, la elección de la actriz protagonista. Cassandra Perignon había decidio retirarse tras una serie de desencuentros con el párroco, que le había afeado su participación en el rodaje de La más alegre comadre de Windsor, así que no quedaba mucho donde elegir. Julius Fraunhofer sabía que no encontraría a su protagonista en Malta y logró de Sean Dean que le financiara un viaje en busca de su musa.

Durante un fin de semana en Marsella, el presupuesto no daba para llegar mucho más lejos, conoció a Antonella Cavalcanti, una hermosa mujer con algo de experiencia en estas lides. Convencerla para que se embarcara en el proyecto no llevó más de una botella de champagne y dos o tres bocadillos de mortadela pero, por si alguno no la conoce, sera mejor que se la presente.

Antonella Cavalcanti era una mujer especialmente dotada para el exhibicionismo pero con un pequeño inconveniente, pesaba más de ciento cincuenta kilos y pocos eran los esforzados mozos capaces de soportar su peso manteniendo el entusiasmo exigido por el género. De hecho uno de ellos que tenía fama de irresponsable, Lumberjack Sam se hacía llamar, acabó de ganársela, la fama, falleciendo asfixiado bajo sus carnes durante el rodaje de ¿Qué tienen de malo las hortalizas?. Nadie del equipo se dio cuenta de que no respiraba hasta que al recoger los trastos, ya bien entrada la noche, se percataron de que no se movía y seguía tumbado en un horrible diván decimonónico con expresión que primero creyeron de éxtasis y luego supieron de espanto.

El luctuoso suceso había empujado a la Cavalcanti a especializarse en números en solitario. Solía actuar por los locales de los bajos fondos con un irreverente striptease disfrazada de monja. No era infrecuente que cuando arrojaba el hábito a la sala, más de cinco filas de público quedaran completamente cubiertas, cosa que siempre era muy celebrada. Fue una de aquellas noches cuando Julius, enterrado bajo el descomunal manto que Antonella había lanzado a los espectadores, comprendió inmediatamente que nadie mejor que ella podía interpretar a la casquivana Pamela Wilkins que para entonces, con tanto cambio de guión, se llamaba Jessica Storm y era heladera. Tras una ligera adaptación, el personaje se convirtió en Sor Agnes Traumgarten, una inocente monja de clausura que padecía tórridas visiones místicas ante la incomprensión de su superiora.

Julius Fraunhofer se las prometía muy felices. Ya contaba con su estrella y un par de albañiles en paro habían aceptado hacer los papeles de Patterson y Jennings. El propio director, a la manera de Hitchcock, se reservó una breve aparición como Waylon Santafé. Tan sólo quedaba ponerse a rodar. Entonces comenzaron los problemas.

Los primeros fueron de orden técnico y no presagiaban los que habrían de venir. Nada más coger la cámara para encuadrar a su primera actriz, Fraunhofer se dio cuenta de que necesitaba un objetivo de gran angular si quería que la protagonista entrara en plano. No hubo forma de encontrarlo, por lo que no le quedo más remedio que alejar la cámara todo lo posible. Esta es la razón por la que en muchos de los planos de la película se aprecia un cierto bamboleo de la imagen. Julius Fraunhofer se encontraba, cámara en mano, a dos millas de la costa en un pequeño bote de remos y cuando el oleaje se encrespaba no resultaba nada fácil mantener el pulso.

Si este hubiera sido el único problema que Julius hubo de enfrentar las cosas podrían haber tomado otro rumbo. Pero la Cavalcanti, educada en las convenciones del Actor’s Studio se había tomado tan en serio su papel que acabó por creerse reverenda madre y empezó a abominar de los juegos para cuya filmación se la había contratado. A ello se añadió el tardío descubrimiento de que uno de los albañiles había resultado castrado por una granada perdida en la Primera Guerra Mundial y encontrada infelizmente durante su viaje de bodas por este desdichado trabajador de la construcción, que vio así truncadas las posibilidades de estrenar en novedosa función lo que hasta entonces sólo había servido para desaguar. El otro, para colmo de males, padecía de eyaculación precocísima. Tan precoz, o más bien veloz, era que para cuando Julius alcanzaba remando las dos millas pertinentes el muchacho ya no estaba para trotes de ninguna clase y por eso aparece en todos los planos sentado al fondo en un butacón en estado de absoluta quietud sólo interrumpida de vez en cuando por quejumbrosos jadeos.

Sólo a base de buena voluntad y terca insistencia, Julius Fraunhofer consiguió reunir material suficiente como para componer algo con cierto sentido. Sentido, todo hay que decirlo, situado en las antípodas del pretendido por el proyecto original. El director pasó cerca de tres meses estudiando con gran minuciosidad todo el material hasta convencerse de que replanteando el montaje, doblando la banda sonora de algunas escenas y añadiendo tres o cuatro secuencias cuyo rodaje no planteaba problemas, era posible obtener como resultado un largometraje presentable.

Y así lo hizo, dando lugar a una de las piezas más celebradas del cine religoso y que fue aplaudida hasta por Cassandra Perignon, que para entonces lideraba la Asociación Maltesa por la Severidad y la Sobriedad de Costumbres. La sinopsis presentada a los medios el día del estreno decía así:

En un convento aparece un bebé tierno y sonrosadito. Las monjas se alborozan con él y lo acogen en el lugar. Cuando crece comienza a indagar por la ausencia de una madre, mientras siente una inexplicable atracción hacia una misteriosa habitación en un ático. Cuando ahí se interna descubrirá una enorme monja que levita en presencia de San Ambrosio, que permanece inmóvil, en éxtasis, sentado al fondo…

Según todos los asistentes al estreno la película rozaba la prefección, mostraba una maestría impropia de un director debutante. Todos, sin excepción, destacaron su sorprendente final, que empujaba al espectador hacia las más profundas reflexiones morales, aquellas ocultas en los abismos del espíritu y que sólo afloran ante circunstancias de especial gravedad. Fue toda una pena que un grupo de exaltados, confundidos por los engaños del tendero Ferdinand Leblanc, destruyera aquel día la única copia existente del último rollo de la película, pero esa es otra historia.