22 de abril de 2007

El secreto tapihiano (II)

(Indagaciones prescindibles sobre el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson)
[Si se perdió la primera parte, puede encontrarla aquí]


Como bien saben todos los interesados en los asuntos tapihianos la aparición del mapa de Sir Conrad Melville Stevenson desató numerosos interrogantes y aún más especulaciones, muchas de ellas del todo enfrentadas al recto uso de la razón y el discernimiento. Con idea de poner algo de orden en tan apasionantes asuntos, más por aclararme yo mismo que otra cosa, he dedicado los últimos días a repasar las tesis de los iliustres profesores de la Universidad de Weissnichtwo con recurso a las fuentes originales. No creo, de momento, haber alcanzado puerto alguno, pero todo se andará o, mejor dicho, todo se navegará. Vayamos al grano y a la paja, que ya habrá tiempo de separarlos.

Stierscheiße fue el primero en constatar que dos de las obras de Atanasio Farniente contenían referencias más o menos explícitas al mapa de Sir Conrad Melville Stevenson a pesar de haber sido publicadas muchos años antes de su halllazgo. La primera de ellas se encuentra en el culebrón llamado Rosario, en el que se habla de un mapa encontrado tras un extraño lienzo y cuya descripción es, cuando menos, asombrosamente similar al que luego hemos tenido ocasión de conocer. La cosa tiene lugar hacia el final del relato, cuando todos los parroquianos de La Esquina deciden salir de excursión en el autobús de línea convenientemente distraído por el Tranviario para tal menester. Como quiera que, por razones que ahora no viene al caso mencionar, deciden llevarse consigo el lienzo que decora las paredes del comedor, dejado allí años atrás en pago por un menú por un extraño extranjero, tal circunstancia provoca la aparición del misterioso mapa. No está de más que reproduzca en extenso el pasaje:

El común de los mortales coincidirá conmigo en que descolgar un cuadro cuando las dimensiones de éste exceden lo que puede abarcarse con ambos brazos es tarea dificultosa y no exenta de riesgos. No otra fue la razón por la que don Alirio organizó la operación con precisión ingenieril que cabría calificar de germánica de ser ciertas las comunes afirmaciones sobre las habilidades del pueblo tedesco. Colocó un par de taburetes a cada lado del cuadro ordenando a Herminio y a Revilla que se subieran cada uno en uno de ellos, cosa que habrían hecho de inmediato de no haber sido detenidos por Rosario, que se empeñó en que cubrieran su calzado con unas bolsas de plástico al objeto de preservar el mobiliario de molestas suciedades y posibles deterioros.

Una vez esterilizados, por así decirlo, los dos maestros del dominó procedieron a descolgar el lienzo. Al primer ligero desplazamiento Rosario comenzó a celebrar con orgullo el hecho de que, a pesar de llevar el cuadro allí colgado una buena ristra de años, no se apreciara diferencia alguna de tonalidad entre la sección de pared que había estado cubierta por el cuadro y la que había permanecido expuesta a la intemperie. Intrigados por este hecho, Herminio y Revilla volvieron la cabeza desatendiendo momentáneamente su tarea con tal mala fortuna que el lienzo perdió su equlibrio vertical precipitandose con peligro cierto hacia las mesas que se encontraban a su lado. De no haber sido por la providencial interveción de don Alirio, que dio muestras de una agilidad impropia de su edad, no sé yo en qué habría acabado la maniobra.

En esta situación, con Herminio y Revilla aún subidos en sus respectivos taburetes y don Alirio sosteniendo a duras penas el cuadro, se produjo un curioso hallazgo. Fue el Tranviario quien primero se dio cuenta de que entre el lienzo y el bastidor asomaba un pequeño papel doblado. Debía de tener sus años porque amarilleaba lo suyo, casi tanto como los rostros de los encargados eventuales de descolgar la pieza, que aún no se habían repuesto del sobresalto. Don Germán, como propietario del local y, en consecuencia, de cuanto en él había, pronto hizo valer tal condición asegurando que, sobre todo de tratarse de algo de valor, sólo a él correspondía la disposición del objeto. Don Alirio, una vez depositada la obra sobre un par de mesas colocadas a tal efecto, se comprometió a estudiar la cuestión con su diligencia habitual, cosa que inicialmente no resultó fácil.


Lamentablemente el dichoso papelillo estaba, como luego tuvimos ocasión de comprobar, grapado al bastidor. Por más que tirábamos con fuerza no había forma de sacarlo de donde se encontraba y no quedó más remedio que desmontar el cuadro por completo, cosa que se hizo mientras don Alirio velaba por la seguridad de la pintura como si esta fuera un tesoro y no el despojo de un arrastrado cualquiera. Supongo que su especial sensibilidad hacia las cosas del arte le hacía tratar con reverencia cualquier obra por desastrosa que fuera. El caso es que lograda la completa separación de lienzo y bastidor pudimos comprobar la existencia de una vieja y oxidada grapa que unía el papel a la pieza central por su parte interior. De este hecho don Alirio dedujo que, fuera lo que fuera aquello, había sido puesto allí antes de que el cuadro se hubiese pintado, cosa que nos comunicó no poco disimulada excitación. Por fortuna el Tranviario nunca salía de casa sin su navaja multiusos gracias a la cual fue sencillo liberar el curioso documento que, fíjese usted qué cosas, resultó ser un viejo mapa.


La decepción fue casi general. El que más o el que menos esperaba alguna revelación extraordinaria que nunca llegó. Influido por no sé qué lecturas juveniles y decidido a mantener la esperanza mas allá de lo razonable, Revilla preguntó si no se trataría del mapa de un tesoro, a lo que don Alirio le respondió que más bien el mapa era el verdadero tesoro, dada su aparente antigüedad. No convenció a nadie y hasta don Germán perdió el interés por el hallazgo una vez que se hizo a la idea del escaso rendimiento económico que podría sacarle.


El mapa era rectangular y sólo mostraba lo que parecía un islote remoto. Don Alirio no supo decirnos ni siquiera el mar en que se encontraba, cosa que no constaba en ninguna parte por extraño que pudiera parecer. No sé yo para qué demonios puede servir un mapa que no informa de la localización precisa de aquello que representa, pero son tantas las cosas que no sé, que ésta, se lo aseguro, no me quita el sueño. Como le digo, a todos nos dejo de interesar la cosa a los cinco minutos. Sólo don Alirio permaneció enfrascado en su estudio mientras los demás volvimos nuestra atención hacia el alegre día de campo que se avecinaba.


Hasta aquí Rosario. No ha faltado quien ha señalado que la gran mayoría de los mapas son rectangulares, por lo que no cabe asombrarse por esta coincidencia entre la descripción de Farniente y el verdadero mapa de Sir Conrad Melville Stevenson. Más rara es la ausencia de coordenadas, indicaciones y demás elementos que dotan de utilidad a un mapa. No es de extrañar, por tanto, que Stierscheiße, buen conocedor de la obra de Atanasio Farniente pues escribió su tesis de grado sobre sus Estampas Tapihianas, recordara este pasaje al tener noticia del hallazgo marsellés.

(Continúa aquí)