12 de mayo de 2007

El secreto tapihiano (III)

(Indagaciones prescindibles sobre el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson)
[Primera parte - Segunda parte]

Es posible que a los más escépticos el extraño y ficticio mapa que aparece en Rosario no les sugiera o recuerde el misterioso aunque muy real mapa de Sir Conrad Melville Stevenson encontrado en Marsella hace algunos años. Sin embargo, en la segunda de las referencias halladas por el profesor Stierscheiße en las obras de Atanasio Farniente, que se encuentra en la conocida pieza Appleby el enciclopedista, las similitudes son harto mayores, tanto que es fácil que acaben con las reservas de los incrédulos.

Para aquellos que no conozcan el relato, Appleby el enciclopedista es una curiosa pieza en la que Farniente narra las peripecias de un singular empleado de una casa editorial especializada en enciclopedias y responsable de la llamada Gran Enciclopedia de las Cosas en General. Según nos cuenta el narrador, nada menos que el director de la oficina, el rutinario trabajo se divide entre dos departamentos especializados: uno responsable de la redacción de nuevos artículos a incorporar a la obra, y otro cuyo cometido es decidir los artículos que han de ser eliminados en aras de hacer sitio para los nuevos sin alterar la extensión de la enciclopedia. Será mejor, de todas formas, que transcriba aquí la explicación con que arranca el relato y, de paso, se hagan una idea sobre su protagonista.

Hay quien me considera joven, pero tengo edad suficiente como para haber visto y olvidado innumerables cosas. Durante los últimos diecisiete años, mi trabajo me ha puesto en íntimo contacto con un interesante gremio sobre el que, hasta donde yo sé, poco o nada se ha escrito: el de los productores de enciclopedias o enciclopedistas, como nos gusta, impropiamente, llamarnos. He conocido a tantos que podría referir cientos o miles de historias que harían reir o llorar hasta a las estatuas de Agéladas y Fidias. Pero a todas ellas prefiero anteponer algunos episodios de la vida de Appleby, el más singular de todos los que he llegado a tratar y, sin duda, el único imposible de describir de forma cabal y completa.

Antes de presentar a Appleby será conveniente que deje aquí registro de algunos datos sobre mi, sobre mis asuntos y sobre la desconocida organización de nuestro trabajo. Semejante registro se me antoja indispensable para entender en lo posible las particularidades que hacen de Appleby un caso único. Siempre he creído en las virtudes del esfuerzo callado y la dedicación serena. Tal vez por ello pronto encaminé mis energías hacia el gremio enciclopedista, que encarna estas bondades en grado sumo, y puedo decir con cierto orgullo que Sir Dennis Eton-Hogg, personaje poco dado a declaraciones entusiastas, ha alabado en más de una ocasión el resultado de mis esfuerzos al frente de su Gran Enciclopedia de las Cosas en General, a la que he dedicado toda mi carrera.

No sería de extrañar que el común de los lectores desconozca las peculiares características de la organización del trabajo enciclopédico. Ignorancia que, por otra parte, no sería tal de poseer cierta dosis de curiosidad e inteligencia, pues de muy pocos y evidentes elementos es fácil deducir que nuestra labor no puede desarrollarse de otra forma. La enciclopedia, todas las enciclopedias y, en consecuencia, la nuestra en particular, tienen una extensión prefijada. Sus editores nunca han creído que deban engordarse como se hace con el ganado. La Gran Enciclopedia de las Cosas en General, por ejemplo, siempre ha abarcado, desde su primera edición de 1847, veinticinco volúmenes encuadernados en piel procedente de las más selectas vacas de Herefordshire. Su contenido, por el contrario, ha ido variando edición tras edición como fruto de los humanos esfuerzos por comprender el universo. Dadas estas premisas, es sencillo colegir que el trabajo cotidiano del enciclopedista abarca dos clases opuestas de tareas: de una parte, la redacción de nuevos artículos a incluir en las nuevas ediciones; de otra, decidir cuáles de las entradas existentes han de ser eliminadas o recortadas para no afectar a la extensión de la obra. Por ello en nuestras oficinas conviven dos departamentos diferentes, la sección de altas, encargada de añadir saber, y la sección de bajas, que se ocupa de la dura y penosa tarea de condenar al olvido lo que una vez mereció ser recordado.

Por aquellos días las oficinas ocupaban los dos últimos pisos del número 221a de Baker Street. La sección de altas se hallaba instalada en el ático. Era un lugar luminoso, muy adecuado a su noble función de extender el conocimiento entre los hombres. Allí trabajaban los más brillantes representantes de todas las ramas del saber que discutían, siempre a viva voz y con esplendorosa lucidez, sobre las más variadas materias.No era extraño sentirse allí como si uno se encontrara en la auténtica Academia, deslumbrado ante tanta sabiduría, desconcertado como todo hombre recién salido de la caverna.

La sección de bajas ocupaba el piso inmediatamente inferior, pero parecía estar muchísimos metros más abajo. Su terrible tarea se desarrollaba a media luz y en un escrupuloso silencio. He de señalar que las responsabilidades de las bajas sorprenden al incauto por su dureza. Pocas son las personas dotadas de suficiente entereza para asumir tan severa carga. No fueron pocos los empleados que no lo soportaron y se vieron obligados a renunciar a la seguridad de un empleo en nuestras oficinas. Al fin y al cabo un enciclopedista tiende a considerarse un urbanista que procura alojamiento a los grandes nombres de la historia. Cada entrada es como una edificación, y así construye grandes palacios para aquellos que lo merecieron o humildes moradas para aquellos otros con menores virtudes. Cada baja, por el contrario, equivale a un deshaucio. Deshaucio que, aunque necesario, es difícil de sobrellevar para los corazones sensibles.

En los días anteriores a la llegada de Appleby yo tenía bajo mis órdenes a dos subdirectores, encargado cada uno de ellos de una de las secciones de la oficina. El primero, Cavendish, responsable de las altas, era un venerable anciano meticuloso en grado extremo y cuya mirada, en apariencia distraída, era capaz de desarmar al más hábil orador. Habia ostentado una cátedra en la Universidad de Oxbridge hasta que ciertas desavenencias de orden político le hicieron caer en desgracia. Abandonado a su suerte por la academia a una edad en la que pocos están para presentar batalla, fue recogido por Sir Dennis al enterarse este de que había intentado arrojarse al Avon con varios tomos de nuestra enciclopedia atados a los pies.

El otro subdirector, Bartlett, se encargaba supervisar la sección de bajas. Era sensiblemente más joven que Cavendish y respondía a los cánones de lo que hoy día se conoce, demostrando escaso conocimiento de las cosas humanas, como self-made man. Procedía, al parecer, de una humilde familia irlandesa y siempre parecía inquieto, como si llegara tarde a todas partes. Podría decirse que le incomodaba no habitar en el futuro.

Con ocasión de una de las frecuentes renuncias que se producían en la sección de bajas me vi en la necesidad de requerir un nuevo empleado para cubrir la vacante. En contestación a mi aviso apareció una mañana en mi despacho un joven taciturno, de tez cetrina y ademanes cadenciosos. Cargaba, para mi sorpresa, un saco marinero y un pequeño cofre de madera. Reveo ahora su figura: ¡tan sobria, tan impávida, tan cinrcunspecta! Era Appleby.

(Continúa aquí)