30 de mayo de 2007

El secreto tapihiano (IV)

(Indagaciones prescindibles sobre el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson)
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No es cuestión de destripar el relato más de lo necesario no vaya a ser que exista quien se sienta capaz de disfrutarlo, así que me limitaré a dar noticia de los aspectos relacionados con el asunto que aquí me traigo. El caso es que, desde el primer momento, Appleby se nos muestra como un empleado problemático. Retraído, discreto, sigiloso, actúa con una autonomía que choca con las rígidas normas de la oficina y se toma libertades que constituyen faltas graves de disciplina en tanto que atentan contra el orden establecido. Así, Farniente narra diversos desencuentros menores hasta llegar al momento en que Appleby es sorprendido intentando dar de alta la biografía de un oscuro filólogo nórdico del que ni el más avezado de los enciclopedistas tenía siquiera noticia.

La casualidad, madre de todos los infortunios, quiso que Bartlett descubriera en la enciclopedia, ya lista para la imprenta, una entrada referida a un extraño filologo noruego que nadie recordaba haber redactado. La gravedad del caso no se debía tanto al hecho de que el cuerpo de especialistas desconociera por completo al personaje como al hecho de que no pareciera existir el responsable de aquel artículo. Ninguno de los doctos académicos que integraban la sección de altas reconoció su mano tras la extraña historia de un oscuro catedrático atrapado en una suerte de cámara frigorífica por los días de los días, lo que hizo cundir una alarma no exenta de cierta desazón. Al fin y al cabo es el orden, la organización, la recta y adecuada disposición de la información lo que confiere valor al trabajo enciclopédico y su quiebra supone el más duro golpe que puede asestarse contra aquellos cuyo empeño se guía por la estricta observancia de tales principios. Cuál no sería mi sorpresa cuando, tras conducir las pertinentes pesquisas, supe obra de Appleby tan terrible irregularidad.

Interrumpo aquí el pasaje para no desvelar la asombrosa reacción de Appleby, que se convertirá en eje central del relato. Baste con señalar que a partir de este momento el cofre del empleado, mencionado de pasada en su primera aparición y cuyo contenido guarda su propietario con celo enfermizo, adquiere un protagonismo creciente. En efecto, según se van sucediendo las insólitas maquinaciones de Appleby, todas ellas destinadas a incorporar al cuerpo enciclopédico cada vez más extravagantes artículos con desconocido propósito, el cofre va tomando un creciente aire misterioso. Llegado a un punto, el narrador se obsesiona con intentar descifrar el oculto propósito de su empleado y asume que la respuesta ha de encontrarse necesariamente en el pequeño arcón del que nunca se separa Appleby. Es en este momento cuando Farniente introduce el siguiente pasaje.

Observé que jamás iba a almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna parte. Jamás, hasta donde llegué a saber, había estado ausente de la oficina. Era un centinela perpetuo de aquel extraño cofre del que parecía incapaz de separarse. En más de una ocasión pude comprobar que siempre lo llevaba consigo cuando la naturaleza le obligaba a ausentarse de su escritorio. No tardé en sospechar que su interior debía contener las explicaciones sobre su comportamiento que mi ánimo tanto precisaba. Se trataba de una simple caja de madera de unas quince pulgadas de ancho con un asa de hierro, pero a mis ojos fue cobrando día a día la imagen de una caja que, a semejanza de aquella de Pandora, encerraba la esperanza en su interior, la esperanza de comprender.

Se comprenderán ahora las sospechas del profesor Stierscheiße. Sospechas en mi opinión más que fundadas, aunque dejaré que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Para ello, nada mejor que reproducir textualmente la nota con que cierto periódico local marsellés dio cuenta del hallazgo del mapa de Sir Conrad Melville Stevenson (excusen mi pobre traducción).

Curioso hallazgo histórico
Las obras de demolición de un ruinoso edificio del muelle comercial han deparado el hallazgo de un sorprendente mapa del siglo XIX, entre otros documentos que han despertado menor interés entre los expertos que los han examinado. El descubrimiento se produjo cuando los operarios de la Société Coup de Ville, empresa de demoliciones designada por la municipalidad para llevar a cabo las obra de derribo, retiraron un camastro. Bajo éste encontraron un viejo cofre de madera de escasos cuarenta centimetros de ancho y con asas de hierro. Tras dar cuenta del hecho a las autoridades, el contenido del cofre fue analizado por expertos y estudiosos locales que sólo supieron ponerse de acuerdo en el indudable interés histórico del mapa, a pesar de desconocerse qué es lo que representa.

Creo innecesario insistir en el asombroso parecido existente entre ambos cofres, entre el efectivamente hallado en Marsella en 1997 y el imaginado por Farniente más de cuarenta años antes. Pero las coincidencias son aún mayores. En efecto, cuando, al final del relato, el narrador logra abrir el cofre de su empleado encuentra, no sin cierta decepción, ¡un mapa!

Me dispuse a abrir la caja preso de emociones encontradas. De un lado, la incómoda sensación de estar violando de manera ilegítima una intimidad tan celosamente guardada frenaba mis impulsos. De otro, la posibilidad de hallar en su interior una explicación a los hechos que tanto habían perturbado mi ánimo a lo largo de tantos meses, los empujaba con mayor fuerza. Sabedor de que Appleby ya nunca habría de vigilar su secreto resolví forzar la cerradura. A ello siguieron largos minutos durante los cuales no encontré el valor necesario para levantar la tapa. Cuando al fin reuní el coraje suficiente mis esperanzas resultaron, para desgracia mía, vanas. En el interior sólo hallé el viejo mapa de una estraña isla. Sin más indicación que su nombre, el de su autor y las iniciales MCV en su esquina inferior izquierda.

Cualquiera que haya tenido ocasión de observar el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson concidirá conmigo en que difícilmente la descripción del mapa podría adecuarse más a la del hallado en Marsella que, para asombro, primero de Stierscheiße y luego del resto de hombres de bien convenientemente informados, también muestra en su esquina inferior izquierda esas intrigantes iniciales. El narrador del relato, no obstante, concluye confesando su incapacidad para comprender las motivaciones de su empleado.

Pero antes de despedirme del lector, quiero advertirle que si esta narración ha logrado interesarle lo bastante como para despertar su curiosidad sobre quién era Appleby y qué secreto propósito había motivado su extraño comportamiento, sólo puedo decirle que comparto esa curiosidad, pero que no puedo satisfacerla.

Las primeras ediciones de «Appleby, el enciclopedista» contenían, sin embargo, un párrafo adicional que bien puede arrojar algo de luz sobre el asunto central de estas líneas. No existe constancia de las razones que llevaron a Farniente a eliminarlo de la versión definitiva, pero por su interés y a pesar de traicionar con ello los deseos del autor, creo conveniente transcribirlo a continuación.

Se cuenta, no obstante, que Appleby había sido marinero de fortuna –hecho que parecía avalado por la circunstancia de que su único equipaje más allá del cofre fuera un saco marinero– y había recorrido largamente los siete mares antes de recalar en nuestras oficinas, tal vez en busca del sosiego que la navegación nunca puede proporcionar y que empuja a los hombres de mar a acabar sus días en la tierra más firme que hayan sido capaces de encontrar. De tal suposición, pues otra cosa no es, Bartlett quiso deducir que Appleby tan sólo había pretendido dejar registro de sus propias experiencias antes de abandonar este mundo, pero diecisiete años de dedicación a la disciplina enciclopédica me aconsejan desconfiar de las habladurías sin fundamento.

Como he señalado, estas dos referencias encontradas por Stierscheiße en las obras de Atanasio Farniente fueron las que despertaron sus alertas. Sin embargo, tal vez la cosa no habría pasado de ahí, de un simple hallazgo fácilmente olvidable, de no ser por cierta casualidad. Y ello a pesar de que en Weissnichtwo es costumbre y hasta tradición estar siempre abierto a explorar cualquier indicio, por nimio que parezca, en pos de la siempre oculta verdad, que invariablemente huye despavorida de las evidencias y lugares comunes. Pero será mejor que detenga aquí la exposición por no resultar pesado y deje para una próxima entrega la mención de tal casualidad, que pondría en marcha las esforzadas investigaciones que desembocarían en el sorprendente artículo de los profesores Stierscheiße y Eselbohrung.

(Continúa aquí)