23 de mayo de 2007

Examen a conciencia, que no de conciencia

Quien se califica de lobo, especie que siempre creí que caza en manada, ha tenido a bien (o mal) someter a examen estas letras mías. No creo que sea cosa de agradecer por muchas razones entre las que, sin ánimo exhaustivo, puedo enumerar las siguientes:

  • En primer lugar, un examen supone, por definición, una exigencia de demostrar algo. A uno le examinan para que demuestre que sabe manejar un automóvil o practicar un transplante de cerebro con los ojos vendados. No me creo en la necesidad de demostrar nada en este absurdo mundillo y menos a desconocidos. Es lo que me faltaba.

  • Tamposo he entendido nunca que alguien pueda disfrutar erigiéndose en juez de las cosas humanas, pero ya que, me consta, los hay a patadas, más bien serían los examinadores los que deberían mostrar agradecimiento hacia sus examinandos. Al fin y al cabo nos dejamos evaluar gratuita y voluntariamente para satisfacer sus secretos deseos.

  • Como digo, no comparto la vocación justiciera, con o sin antifaz. Pero tampoco creo que la vocación de servicio sea cosa que tenga que ver con tamaña memez. La función de la crítica no es “poner las cosas en su sitio” o “hacer justicia”, actividades que ya tienen sus instancias pertinentes. Se trata más bien de informar (para mi gusto, de la forma más subjetiva posible).

  • Además, mi sufrido evaluador, tal vez en previsión de una reprimenda que no tengo ganas de hacer, atribuía las bondades de su ejercicio a su supuesto carácter “constructivo”. Yo, ya se lo dije en mi respuesta, no veo especial virtud en tal carácter. Supongo que es consecuencia de haber padecido y disfrutado a partes iguales a y de los pensadores frankfurtianos a temprana edad. En todo caso las “virtudes” de las críticas residen en un plano más profundo.

  • Un brevísmo repaso a la blogosfera me ha mostrado que este examinador anda a la busca desesperada de fama blogueril, aunque infame que decía Sancho. No es cosa que case bien con su propia declaración de principios, ya desaparecida. En todo caso parece que su única participación en los blogs que visita (con lo que valora la participación de los demás en sus juicios) se limita a autoenlazarse en los comentarios. No me extrañaría nada que Monsieur Borjamari se esté refiriendo precisamente a este inquisidor en su último post. Quede claro que no me convencen sus maneras, razon por la que no daré noticia de su paradero, filiación y demás datos. Es cuestión de formas. Quien quiera encontrarlo lo tiene bien fácil.

En todo caso, un examen detenido de sus andanzas y decires (por escribires, claro) me ha llevado a una serie de reflexiones que, por ser de aplicación o interés general, bien pueden merecer un espacio entre mis montañas de basura, que no por ser de basura dejan de ser montañas. Vayamos por partes como recomienda Aristóteles.

Declaraba el anónimo caballero en su extinta declaración de principios que el crítico debe ser anónimo para así garantizar la necesaria neutralidad (no recuerdo sus palabras exactas porque esa declaración ya ha desaparecido de su página). No veo por qué abstruso camino se puede deducir semejante cosa. El crítico anónimo puede estar tanto o más vendido que el que no lo es. Puede ser tan torticero como aquel con valor para firmar sus críticas. Simplemente se hace más difícil comprobarlo. En realidad la mejor garantía de neutralidad es precisamente que cada uno se haga responsable de lo que hace y dice. Sobre todo si no le avergüenza (es mi caso y mira que sobran las razones para el sonrojo). Otra cosa es que tampoco le veo especiales ventajas a la “neutralidad” (que nunca suele ser tal, por supuesto).

De todas formas, puesto a ser anónimo hay maneras mucho más sensatas de hacerlo. No hace falta llegar a la elegancia del innominado autor del Lazarillo de Tormes pero tampoco es aconsejable llegar al extremo de bautizarse con un nombre que recuerda uno de esos tebeillos que en ciertos despachos insisten en calificar de “cultura”. Más que nada por no llamar a la risa a destiempo. Vaya aquí un consejo bienintencionado: cámbiese el nombre si quiere que alguien le tome en serio.

Como he dicho, no acabo de entender ese insano disfrute del examen que en realidad suele esconder una afición aún más insana por la condena. Que no lo entienda no significa que le niegue el derecho al ejercicio de tales vicios a quienes muestren inclinación por ellos. Soy defensor de la práctica de cualquier vicio siempre que la cosa se haga de forma radical y con escrupuloso respeto de la legalidad vigente por lo que pueda pasar. Juzgar blogs, hasta donde yo sé, no es ilegal, pero puesto a hacerlo, como todo, hay que hacerlo bien.

Reconozco que la cosa no es fácil. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo en qué demonios es un blog. Mucho menor es el acuerdo sobre su utilidad. No es, por tanto, tarea sencilla “evaluarlos”. No hay canon o medida para ello. Eso no lo hace imposible, pero sí, si se es medianamente honesto y racional, exige recuperar el olvidadísmo, sobre todo por estos lares, arte de la crítica. Más de uno no haría mal en perder algo de tiempo con algunas muestras de lo que antes solía hacerse para tratar asuntos similares. Por proponer algunos ejemplos de entre los que tengo más a mano, es decir, encima de mi mesa en este momento, los escritos críticos de Oscar Wilde recogidos por Taurus bajo el título de Intenciones; los escritos sobre biografía y crítica de Henry James reunidos por Alba en La imaginación literaria, o el magnífico libro que Chesterton escribió sobre William Blake y que acabo de terminar (vaya aquí mi agradecimiento a Ediciones Espuela de Plata).

En este mucho más estrecho planeta blogueril el crítico por antonomasia es, no creo que quede duda, el ínclito Borjamari, caballero(s) que, salvando las necesarias distancias con los grandes maestros, reúne(n) muchas de las virtudes de estos. Una de ellas, quizá poco importante, es que sabe(n) escribir, cosa que confiere la indudable ventaja de poder criticar por escrito y el pequeño inconveniente de exigir un mínimo esfuerzo por parte del lector, individuo cada vez más vago y dejado en quien poco se puede confiar.

Quien por propia limitación, pereza, prisa u cualquier otra causa quiera ahorrarse el esfuerzo de escribir un ensayo tiene a su alcance muchas otras posibilidades. Entre las más ridículas se cuenta poner unos numerillos a la manera en que lo hacen los jurados de las pruebas de patinaje artístico. Es cosa sencilla, eficaz y llena de ventajas la más destacable de las cuales es esa extraña aureola sacrosanta que traen siempre las cifras consigo como si acabaran de salir de un instrumento de precisión (carísimo, por cierto) sin mácula alguna. Tan sólo hay un pequeño escollo inicial, escollo que, una vez salvado, permite tumbarse a la bartola y ejercer la “crítica” sin afectar en demasía los quehaceres cotidianos.

Ya se imaginarán a qué dificultad me refiero. No hay escala que valga para, por poner un ejemplo, juzgar la bondad de una novela y si alguien llegara de pronto y proclamara solemnemente que En busca del tiempo perdido ha obtenido un 7,5 sería, con toda justicia, tachado de majadero porque no hay forma de reducirla a una cifra y, de poderse, convendrán en que sería esta muy superior.

En desesperado intento de superar este obstáculo algunos señores decidieron hace tiempo que es suficiente con ampliar el conjunto de cifras para que cada una represente alguno de los aspectos que se consideran relevantes en el asunto a tratar. Se trata de una técnica, la construcción de indicadores sintéticos, que no suele llevar a nada bueno. Sobre todo si, como suele ser el caso, la formación matemática de sus perpetradores deja mucho que desear, cosa que lleva casi siempre a suponer aditividades donde no las hay (parece mentira lo que les cuesta a algunos recordar lo de que no se pueden sumar peras y manzanas). Les aseguro que yo he visto a un laureado sociólogo midiendo con toda “objetividad” la felicidad de las personas (la mía ni pudo imaginarla). Les ahorraré saber qué es lo que sumaba.

Como digo, los indicadores sintéticos tiene una gran virtud: ahorran la lectura. Es mucho más fácil retener en la cabeza un vulgar 6,5 que las ideas, no siempre bien expuestas, desarrolladas a lo largo de tres o cuatro páginas. Otra cosa es si se gana algo con este “exceso de síntesis”. Mi opinión, por obvia, no creo necesario hacerla constar.

En todo caso, hasta para reducir las cosas a un numerillo hay grados. Los que se dedican a estas cosas, con los que he tenido no pocos encontronazos profesionales, insisten en la virtud de representar cada aspecto que pretenden estudiar con varios indicadores. No valdría, a su juicio y por ejemplo, calificar alegremente algo tan vago como la “estética”, sino que ésta ha de definirse a través de unos parámetros todo lo “objetivos” (evidentes comillas para señalar la estrechez de su idea de objetividad) que sea posible. Como ya les conté en su día la legedaria historia del lecho de Procusto y me consta que les aprovechan mis bobadas, no veo necesario abundar más en ello.

Este estrecho sendero ha sido el camino seguido por mi examinador, aunque no parece tener muy claro su “sistema de indicadores” porque las tres veces que he regresado a disfrutar de mi evaluación me he encontrado con que el esquema había cambiado. Por respeto me limitaré a comentar el último del que tengo noticia y que supongo el más refinado. La cosa tiene su cuerpo central en un apartado denominado “Análisis” que me resulta muy alejado del despiece aristotélico que ya les traje por aquí hace tiempo. Dicho “análisis” consta de cinco apartados: Forma, Orden, Dedicación, Contenido e Impacto Público. Permítanme unas breves reflexiones sobre cada uno de ellos antes de entrar en harina.

  • Forma: por forma cabe entender muchas cosas, entre ellas la que tiene sentido a mi entender para el ejercico crítico. Pero como mi esclarecido examinador parece reducir la “forma” al “aspecto” no parecen ir por ahí los tiros. Yo no creo que eso sea cosa de mucha importancia: el grueso de los blogs son casi iguales porque la inmensa mayoría utilizan plantillas standard. No creo que sea para echarse las manos a la cabeza. Antes al contrario, es de agradecer que sean legión los que se preocupan antes de lo que quieren decir que de que los títulos aparezcan en rosa fosforescente con fondo melocotón en almíbar. Es cierto que todos, antes o después, sucumbimos a “personalizar” (qué horrenda palabra) el “diseño” (qué horrible palabra y todo junto qué penosa expresión). Sin ir mas lejos ahí tienen abajo a la derecha un genuino basilisco tapihiano, segundo de la serie que ha vigilado estas salidas desde sus primeros tiempos. Qué decir del detalle de un lienzo de Archibald Fenster-Parrish que decora la cabecera de este modesto rincón. Pero, insisto, me parece algo menor, insignificante, que no da más que para un chascarrillo. Les he mencionado antes el libro de Chesterton sobre Blake, es poco probable que mi hipotética crítica mencionara la necesidad de que los márgenes interiores de las páginas fueran algo más anchos, pero de hacerlo, nadie en su sano juicio lo consideraría algo relevante.

  • Orden: Siempre he sospechado lo peor de las personas obsesionadas por el orden. Suele ser síntoma de toda clase de patologías y desequilibrros mentales. Además, la idea de orden, tan intuitiva ella, dista mucho de ser simple (cosa que explica que a uno pueda parecerle ordenado lo que a otro le resulta caótico, prueben a definir el caos para experimentar los límites de su idea de orden). Hay desórdenes de lo más ordenados (recuerdo ahora el que Umberto Eco nos mostró en Sylvie de Nerval).

  • Dedicación: haré caso omiso de la evidente falta de educación que supone decirle a un blogger que no se dedica lo suficiente a su blog. Pero, en todo caso, ¿qué valor añade la dedicación? Lo que está bien está bien le haya dedicado uno dos minutos o tres años. Monterroso se pasó años corrigiendo las fábulas de La Overja Negra, Stevenson tardó tan sólo tres días en escribir El extraño caso del Dr.Jekyll y Mr. Hyde. Saben de mi debilidad por ambas obras, y nunca me ha importado la “dedicación” de sus autores.

  • Contenido: Reconozco que en mi primera y superficial revisión entendí este apartado como “el fondo” por oposición al primero, el que creí “la forma”. Pero según mi evaluador el “contenido” lo es todo, el fondo y la forma. Es, ya lo dice la palabra, el contenido del blog. No entiendo por tanto por qué lo reduce a mero apartado entre otros que, en consecuencia, se refieren a lo no contenido por el blog.

  • Impacto Público: es una pena que la original declaración de principios de mi examinador haya desaparecido. En ella se demonizaban los ránkings de blogs y se afirmaba que, al margen de los exitosos de siempre, existían muchos blogs de calidad eclipsados por el inmerecido fulgor de aquellos. Siempre debe sospecharse que esta clase de afirmaciones esconden una buena dosis de envidia de la mala (que la hay sana). Lo que ya es más que mera sospecha es el evidente contrasentido de elaborar un ranking de blogs para evitar el pernicioso efecto de la elaboración de rankings de blogs (a mi tampoco suelen gustarme los blogs que salen bien parados en tales ejercicios, pero para señalar que me gustan otros jamás se me ocurriría montar este circo examinador). No entiendo que en su afán descubridor de joyas escondidas cuente el “impacto público” entre las virtudes a tener en cuenta.

En definitiva, creo que estos apartados son en su mayor parte irrelevantes (y a veces antes defectos que virtudes). El problema es que la cosa se agrava cuando una se para a observar qué es lo que hay detrás (o más bien debajo) de cada una de estas absurdas categorías. Sigamos en plan Aristotélico:

Forma

Como digo, mi evaluador anónimo llama forma al “aspecto general” del blog que, salvo detalles menores, es en mi caso, y en el de muchos otros, mérito exclusivo de los diseñadores de plantillas de blogger. El caso es que, por lo visto, esta “forma” es suma de “estética”, “estructura", “ausencia de publicidad” y “comodidad de lectura”. A despiezar se ha dicho.

Sobre lo primero qué decir: hay gustos para todo (descarto, por razones que no pienso molestarme en aclarar, que mi examinador se haya enfrentado a un verdadero tratado de estética en su vida así que la cosa se reduce a si un blog le parece bonito). En mi caso, es obvio que no todo el mundo aprecia la obra de Fenster-Parrish, pintor al que el éxito no ha salvado de ser un incomprendido. Poco más se debe a mi mano. Y nada, ni entre lo que me es achacable, ni entre lo que cabe atribuir a los chicos de Mountain View o como quiera que se llame donde está Google, me parece cosa relevante a la hora de calificar un blog. Ni que decir tiene que nada de eso tengo en cuenta a la hora de seleccionar mis lecturas. Tal vez será por eso, porque son lecturas y tan sólo me dedico a leerlas. Todos nos intercambiamos consejos sobre estas cuestiones “de diseño” y agradezco a muchos la ayuda prestada como creo que no son pocos los que agradecen la mía. Pero nunca he dejado de comprar un libro porque no me guste el papel en que está impreso. Soy así de raro.

El caso es que mi “estética”, al parecer, merece un 6, con lo que, de paso, los millones de blogs prácticamente iguales al mío ya tienen garantizado el aprobado. No deja de ser curioso que este otro, radicalmente distinto en lo “formal”, haya merecido un flamante 9. A veces me gustaría aprender a ser sutil.

Lo de “estructura” también tiene su aquel, porque no alcanza a entenderse a qué se refiere. Ya que hay otra supercategoría llamada “orden” habra que suponer que no se trata de eso y ya que se encuadra dentro de la “forma” entendida como “aspecto” me imagino que la cosa es más bien si el blog tiene dos o tres columnas o si el blogroll está a la izquierda o a la derecha. De ser así hay que reconocer que puntuar este apartado tiene su mérito. Yo no sabría por donde empezar (aunque sí por donde terminar). Yo tengo un 7 (el que les enlacé antes, tan distinto, se ha quedado en 6) así que será mejor que no toque nada no vaya a ser que despierte la ira de los académicos.

Viene luego el manido asunto de la publicidad que tanto me aburre y que tanto obsesiona a unos cuantos descerebrados que todavía hoy siguen sin dar una razón convincente que justifique su cruzada. No veo la ofensa por ninguna parte. No creo que mis anuncios puedan molestar a nadie (con dos dedos de frente, claro). En muchos casos (en todos salvo AdSense) me he cuidado muy mucho de seleccionar lo que anuncio y respondo de su calidad (sobre todo, de la de lo aunciado en los posts). Si a alguien le ofende que me saque unas perrillas con las que financiar mis experimentos en internet allá él. Tampoco encuentro razonable la lamentable costumbre católica de considerar sucio el dinero. No veo nada de malo en ganar dinero. En realidad es algo que todos hacemos por la cuenta que nos trae (y nunca mejor dicho). Mis hijos, por supuesto, no comen de AdSense o de Amazon y la estupidez esa de que la publicidad afecta al contenido no merece el menor comentario. Sorprende, de todas formas, que sin hacer nada haya mejorado en mucho mi puntuación, que era la primera vez que la ví de -4 y ahora es de 6 (¡diez puntazos sin haber hecho nada!). Tal vez para el domingo ya haya llegado al 10.

Tampoco tengo claro qué entender por “comodidad de lectura”. Mi blog no se puede leer tumbado, por lo que no debe ser este el factor que explique mi flamante 8. Tampoco es que pueda decirse que mi redacción, innecesariamente abigarrada y con abuso del anidamiento de oraciones subordinadas, resulte cómoda de leer (claro que más incómodo es el Finnegan’s Wake y no me ofende). Si la cosa, ya que estamos en la forma, se refiere a que el fondo es blanco y el texto negro me remito a lo dicho antes sobre la “forma” en general. Mis fuentes tipograficas, tal como recomienda el World Wide Web Consortium, son de tamaño proporcional y pueden aumentarse o disminiuirse a gusto del lector para volverlas “cómodas”, así que tal vez vayan por ahí los tiros.

El último apartado es “uso de imágenes y otros”, uso cuyo valor se me escapa. Yo uso imágenes cuando el texto lo requiere y casi nunca uso “otros” (¿Tal vez se refiere a las canciones de Teddy Mars?). Es un recurso como otro cualquiera. Tan importante como el uso de la letra G, sin que a nadie se le haya ocurrido investigar si la aprovecho en lo que vale, que no es poco (ahora recuerdo que cierta vez me tome la libertad de poner aquí a una sensual meretriz deambulando por el Liceo, ¿será eso un uso lícito de “imágenes y otros”?).

Es una pena que haya desparecido la categoría “Equilibrio”, en la que había sacado un 7 y eso que en general es palabra siempre ha estado reñida con todo lo que rodea a mi persona salvo la señora Rus. Será que el juez se percató de su error al atribuirme inmerecidos equilibrios.

Pues ya ven, todo esto es la forma y ahora viene la bromilla que les decía antes sobre la aditividad. La forma es la suma de todo esto. Así, todo junto, churras con merinas. Si estas cosas ya suelen hacer aguas porque bien pudieran haberse seleccionado otros apartados, ¿por qué hay que suponer que la “estructura”, sea lo que sea, tiene la misma importancia que la “comodidad”? Habrá quien considere más relevante lo primero y quien conceda mayor importancia a lo segundo. En definitiva, que al menos podrían ponderarse las puntuaciones a la hora de agregarlas (mi ponderación, es obvia, sería nula: nada de todo esto me importa un pimiento).

A falta de ponderaciones y con elemental recurso a la artitmética aún más elemental mi “forma” merece un 6,4 (ya puestos no estaría de más añadir la desviación típica). Ya ven. Con lo vulgar que me parecía a mí. Menos mal que me han abierto los ojos.

Orden

Ahondar en el insodable misterio de lo que mi examinador entiende por orden es ejercicio condenado a una terrible decepción. La cosa se reduce a tres apartados. El primero tiene la virtud de parecer claro: “facilidad de búsqueda”. Me sorprende verme con un 10 en esta categoría ya que más allá del menú de archivo por meses tan sólo tengo puesto el buscador de Technorati, que falla más que una escopeta de feria y no sirve para (casi) nada. Yo la única ventaja que le veo es que si alguien examina la facilidad de búsqueda de tu blog es probable que te ponga un diez siempre que no lo pruebe. Los otros dos apartados son asaz inescrutables. Empezare por el segundo de ellos por hacer honor al asunto del orden.

Agárrense, se trata nada más y nada menos que del “orden cronológico”. En mi ignorancia, todavía no he visto un blog que carezca de él ni se me alcanza qué debería hacer para merecer un 10. Consultaré con Stephen Hawking a ver si se me hace la luz.

El segundo es el “orden temático”, estrepitoso fracaso personal que me ha hecho merecer un cero mondo y lirondo. Y eso que no acabo de entender qué clase de desorden temático puede haber en un sitio con un único y repetitivo tema que los habituales conocen de sobra y los recien llegados no llegan a vislumbrar por su renuencia a respetar el “orden cronológico” y leer las cosas desde el principio. Claro que en este blog hay publicados varios miles de folios (la última vez que los conté, hace ya bastante, pasaban de tres mil) y es comprensible que la cosa desanime al más osado (también al menos osado e incluso a mi examinador).

Éxitos y fracasos dejan mi nota media en un simple 6. Podía haber sido peor.

Dedicación

Yo ya sé que mi dedicación al blog es escasa. De hecho lo es por decisión propia. También fue decisión propia allá por 2004 que mi dedicación fuera excesiva (fueron aquellos muchos meses a razón de mil palabras diarias). No esperé agradecimiento entences ni esperaba queja ahora y por eso me ha sorprendido sobremanera este extraño apartado. La dedicación se mide, a juicio de mi abnegado evaluador por agregación de la regularidad (mis entradas siempre ha sido regulares, es decir, ni buenas ni malas) y la longevidad. No ha debido hacer bien las cuentas porque afirma que publico una entrada cada cuatro días cuando llevo tiempo publicando entre dos y tres al mes (no merecen más castigo, les tengo aprecio). Y de atenernos al promedio histórico mi ritmo ha sido de una entrada cada 2,96 días. No sé de donde sale eso de cada cuatro días, pero el caso es que mi “dedicación” merece un 8,5 aunque de contarse por palabras en lugar de por entradas estoy seguro de que mejoraría en algo la nota.

Por discrepar, que es vicio contraído hace tiempo, hago constar aquí que mi dedicación es, en mi opinión, mucho más baja de lo que sus números dan a entender. Raras veces corrijo un texto. Suelen caer llenos de erratas y cosas peores. Es costumbre que no pienso cambiar. La calma y la reflexión las reservo para otros menesteres donde me resultan más provechosas. Esto no es más que un juegecito que no merece desvelos (aunque le sorprenda a mi inquisidor), ni los míos ni los de nadie.

Contenido

Llegamos por fin al meollo, el kernel que dicen los informáticos amantes de los frutos secos, el busilis que dicen los aficionados a la etimología, el corazón que dicen los que poco saben de cardiología, el núcleo que diría Ernest Rutherford para espanto de Leucipo, el blog, para entendernos. En otras palabras lo que verdaderamente debiera ser objeto de revisión y no la parafernalia anterior (y la que viene después). Por lo visto, el primer factor a considerar es el “interes inicial”. De nuevo se hace necesario multiplicar las suposiciones. Las mías concluyen que mi Torquemada electrónico se refiere a la capacidad para “atrapar” al lector, para engancharlo en la lectura. Por eso no entiendo que me ponga un 9. Si algo ha sido consciente y premeditado desde el primer día de estas salidas ha sido precisamente lo contrario. He buscado desanimar la lector, ponerle todas las dificultades que he sabido encontrar o inventar para impedir que llegue al final de la página. Casi nunca entro en harina antes del cuarto o quinto párrafo y cuando lo hago suelo llevar a la decepción. Hay que recorrer mucho desierto para alcanzar el oasis (de haberlo, claro). Y, ya lo digo, lo hago de forma consciente. Sí, quiero expulsar lectores. Sólo me interesan aquellos capaces de superar mis tormentos (si ha llegado hasta aquí va por buen camino). En definitiva, que hago todo lo contrario a lo que recomiendan los cursos de literatura democrática, lo opuesto a lo que aconseja la emulación de grandes y poco democráticos maestros como Franz Kafka, como ya me hizo ver Borges hace muchos años.

Tampoco creo que sea cosa de fácil valoración. Me cuesta decidir el grado de “interés inicial” que despierta en mí algo como “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” por no hablar de “Debo a la conjunción de un espejo y una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”. Y ya puestos ¿no es más relevante valorar el “interés” y no sólo el “interés inicial”?. La vida de Thadeus Winkelkraut, por poner un ejemplo, proporciona un indudable “interés inicial” que no impidió a Harald Gómez desarrollar una de las novelas más aburridas de la historia de las letras, La zanahoria y el palo, digna del peor Saramago.

Sigue a esto del interés el “Valor de la información”, aspecto que nos convierte en periodistas o profesores sin haberlo pretendido. No negaré que he diseminado mucha información por estas salidas. Alguna de cierto interés por ser infrecuente en nuestro idioma, como las aventuras del inigualable Quirin Kuhlmann con los sultanes otomanos. Otra merecedora, en mi opinión, de ser rescatada del olvido, como los pleitos del padre Feijoo por verse acusado injustamente de plagiar a Sir Thomas Browne. Y hasta otra que creo obligado extender en lo posible, como las navegaciones y divagaciones de Bernard Moitessier. Más de uno me debe su exhaustivo conocimiento de la morfología y costumbres del basilisco común y maneja con igual soltura la Historia Natural de Plinio el Viejo y los oscuros cuadernos de campo de Patrick Charles Macintosh. Les he refierido autores de obra oscura como Lezama Lima y obras de autor oscuro, como Basil Winthorpe. Más de uno se habrá enterado de que Ambrose Bierce leyó a Epicuro más de lo que dio a entender. He despiezado sin piedad la ética aristotélica y les he contado la única dimisión conocida de un Papa con ayuda de Dante y Constantino Cavafis (sin que deba entenderse que tal dimisión se produjera por mediación de tan ilustres plumas). Por informar, hasta he detallado las curiosas experiencias místicas de ciertas religiosas con el santo prepucio o las preocupaciones de Montaigne por la alarmante autonomía del miembro viril. Otra cosa es si toda esa información tiene algun valor. No soy quién para decirlo. Mi evaluador tampoco, por supuesto.

En tercer lugar tenemos la “originalidad de las ideas”, algo que debe tomarse como un halago porque presupone la existencia de estas. En ejercicio de inusitada honestidad mi primera entrada ya dejaba claro que no debe confundirse idea con ocurrencia y que poca idea podía esperarse de una colección de ocurrencias. Más de dos años después debo decir que lamento que tan elemental idea u ocurrencia siga sin calar en algunas cabezas. La idea es fruto del esfuerzo y cierta coordinación neuronal que aquí han escaseado tanto como escasean en la cabeza de mi examinador. No negaré que añadiendo estos dos ingredientes a todo mi material pueden extraerse buenas (o malas) ideas, pero es cosa que les dejo a ustedes, que no lo voy a hacer yo todo.

Negada la mayor, neguemos también la menor. Reniego de la “orginalidad” como valor si por ello se entiende el carácter “novedoso”. Es esta enfermedad de nuestro tiempo, hambriento de novedades a una escala perjudicial para la salud mental. Bloom hablaba de la angustia o ansiedad de la influencia, pero yo más bien veo que lo mas común es pasarse la influencia por el escroto y negar las tradiciones porque sí. Lo verdaderamente original es lo que se refiere al origen (¿recuerdan cuando hablé de lo verdaderamente radical?) y la novedad, como todo lo demás, debe justificarse. Nada es bueno porque sea nuevo. No me parece tan difícil entenderlo.

Dicho esto, añadiré que no creo en la originalidad de mis Salidas. Cualquiera que las haya leído conoce de sobra todas sus fuentes. Algunos guiños son obvios para el lector medianamente informado, como mi último homenaje a Bartleby. Otros están algo más escondidos, como algunos detalles del secreto tapihiano que proceden directamente de Thomas Carlyle. Tampoco muy escondidos. De todo he dejado pistas suficientes para el que quiera jugar a encontrarlas. Las aventuras del consultor Unai Nomás, que narran una experiencia de lo más real, fueron justificadamente sospechosas de ser plagio del gran don Tito sin serlo. Farniente copiaba todo lo que escribía logrando no parecerse al original (hay quien ha dicho que copió a Kafka sin haberlo leído, pero de eso ya tendrán noticias a su debido tiempo). En fin, que tengan por seguro que si algo aquí les parece original es porque desconocen a su verdadero autor.

El siguiente punto a valorar es la “correción en el lenguaje” que, para hacer honor a la misma, mi inqusidor denonima “corrección lenguaje”. Habida cuenta de lo mal que se escribe hoy dia es campo en el que no resulta difícil destacar y supongo que por eso me ha puesto un 10. Pero ya es hora de que se sepa. Yo escribo rematadamente mal (claro que al menos escribo y no me limito a poner números). Todo aquel que disfrute de mi prosa debe saber que tiene un problema grave que no me corresponde a mi solucionar. No digan que no les he avisado.

El último punto, recien aparecido porque no estaba las primeras veces que accedí a mis resultados, es algo tan etéreo como el “estilo expresivo”. No puedo menos que evocar aquí el seminal texto de Juan Benet sobre la inspiración y el estilo, otro magnífico ejemplo de crítica, cuya lectura recomiendo a mi evaluador (sin publicidad, por supuesto, para no ofender) antes de que siga con su numerología. Se ahorraría, por de pronto, colocar ese horrísono adjetivo a tan elevada palabra.

Por supuesto ignoro cual pueda ser mi “estilo expresivo”. Ni siquiera sé si lo tengo. El suyo es un tanto limitado. Es lógico. Es más difícil tener “estilo expresivo” con diez cifras que con 26 letras, y eso que hay más números que palabras. Tengo para mí que, de tener estilo, lo tengo más bien de broma. La afectación, que es un recurso no siempre bien entendido, la ironía, el adorno estrambótico, el rebuscamiento son piezas de un juego, de este juego que, como todos, tiene sus reglas aunque no todas estén escritas. Quien quiera jugar debe aprenderlas. Sería prolijo enumerarlas todas pero hay una inexcusable: saber leer. Tengo mis fundadas dudas de que mi examinador sepa. De saber, me habría puntuado mucho más bajo. Un 8,4, con tantos ejemplos como les he mostrado que me dejan a la altura del betún (¿Era en Religio Medici donde leímos la recomendación de no ponerse junto a plumas ilustres para no desmerecer?).

Impacto Público

Para acabar el examen cree necesario mi analizador, que no analista, juzgar el “impacto público”. Yo impactar lo que se dice impactar es cosa que nunca he pretendido. Me resulta muy violento y poco adecuado para mi edad, más proclive al sosiego privado. Pero el caso es que esto del “impacto”, ah enfermedad blogueril, parece reducirse a lo de siempre y que tanto parece odiar mi examinador: yo te enlazo, tú me enlazas, nosotros nos enlazamos, etc. La agencia matrimonial de siempre. Nunca he creído en su valor. Muchos enlaces, lo siento por los adoradores web 2.0, no garantizan nada más que eso, muchos enlaces. Yo aquí he colocado enlaces a todo aquel que me lo ha pedido (y algunos de cosecha propia) y sólo hoy he negado uno. Nunca he persegudo ninguno hacia estas páginas. Los que vengan serán bienvenidos porque aumentan la pasibilidad de traer de visita a alguien interesante a pesar de incrementar también las molestias colaterales. Es cierto que algunos de los enlaces a mi rincón me tienen especialmente orgulloso (es el caso, por ejemplo, del de don Pelu), pero es porque valoro su criterio. La vanidad es cosa que dejo para los bloggers de verdad como mi examinador.

Hay otra pata es este apartado, la “participación de los lectores”. Cómo no recordar aquellos viejos tiempos en que los comentarios parecían un chat. Andan ahora algo alicaídos pero mi contacto con la extraña secta surgida alrededor de mis tonterías sigue siendo, en líneas generales, continuo y agradable aunque más privado. Es lo que más agradezco a mi blog, haber traído a mi vida tanta gente merecedora de estima.

Y todo arrejuntado, tal como pretendí, resulta que me convierte en un blog poco impactante. Me quedo en un 4,6 que considero un suspenso porque no entiendo de reformas educativas

Ahora bien, repasados estos aspectos queda pendiente lo fundamental. Convertir este desestructurado conjunto de aspectos azarosamente reunidos en una “valoración global” que, según veo, se divide en tres apartados:

  • Valoración del blog, que sería a mi entender lo único con cierto sentido.

  • Valoración del blogger, cosa que me resulta de muy mala educación por pertenecer a esa generación a la que se enseñó que está feo señalar con el dedo.

  • Valoración de la calidad propia, sin dejar claro si lo que se excluye es la calidad impropia o la calidad ajena.

La primera valoración se corresponde con la suma de los cinco apartados. Al blogger tan sólo se le juzga a partir del “orden”, la “dedicación” y el “contenido”. La “calidad propia” es, al parecer, la reunión de “forma”, “orden” y “contenido”. Dejo de lado lo que tiene esto de ponderación implícita toda vez que en la nota final, “Orden” y “Contenido” suman tres veces; “Dedicación” y “Forma” suman dos veces, e “Impacto” sólo suma una vez. No sé si felicitarme o lamentarlo pero apruebo en las tres categorías, como blogger hasta con nota (un 7,7). Mi “calidad propia” es la que sale peor parada, pero creo que es cosa que compensa con creces la calidad ajena de lo que traigo por aquí.

Comentario

Consciente de que tanto numerillo al tuntún difícilmente atrapa la esencia de cualquier blog, mi sufrido examinador completa su revisión con un comentario que me permitiré “recomentar” frase a frase por acalarar alguna cosilla.

Narrativa que crea mundos imaginarios tomando situaciones reales, como salida o escape de éste tan aburrido.

He sabido siempre que no faltarían los incrédulos que tacharían de imaginario lo que aquí documento lo mejor que puedo. Allá ellos. Como bien dijo Jusep Torres Campalans (de cuya autenticidad espero que nadie dude) “Dios les conserve la vista que bien la necesitarán el día de mañana para ver su condenación”. En todo caso no creo que mis motivaciones vengan a cuento para juzgar mis resultados. ¿A quién le importa si yo estoy escapando o no? Tampoco creo que el mundo sea aburrido. Me parece que es algo fácilmente deducible de la forma en que lo miro.

Pero coincido con este tio que el mundo blogosférico es igual de soporífero, asi que no tenemos "salidas" porque son un espejismo.

Me asombra que alguien coincida conmigo en algo que no comparto (y ya puestos, me asombra que me llame tío). Es verdad que hay blogs aburridos. También los hay divertidos y hasta interesantes. Si yo mismo estoy aquí será que algo positivo les veo. Claro que yo nada he escrito de espejismos y sí mucho de espejos, de esos espejos abominados por Borges y adorados por Caín que difuminan esa realidad que tanto parece tranquilizar a los que no saben volar sólos.

Pues sí, todo ésto tiene un aire a Garcia Marquez porque cada cual crea su propio universo-isla para buscarse una "salida" quedando finalmente atrapado en esa isla imaginaria que es su propio blog, igual de insulso y aburrido que los demás.

¡Dios bendito! ¡Nada menos que García Márquez! Vaya por delante que es autor que respeto (por tres libros que se cuentan entre los pilares de las letras de hoy en dia) pero que no es santo de mi devoción y cuyo estilo, dedicación, orden temático, orden cronológico, ausencia de publicidad y uso de imágenes y otros no me satisface en absoluto. No creo, de todas formas, que García Márquez (sobre todo él) haya creado isla alguna para escapar no sé de qué. Mucho menos, por supuesto, que esté atrapado en ella. Podría decir lo mismo de mí mismo, pero me resulta un tanto violento destapar mis intimidades y tampoco se me hace agradable repetir tanto la palabra “mismo”.

En todo caso cada cual es libre de considerar “insulsas” mis cosas, lo que no es más que forma cursi de decir que no le excitan el gusto. La misma razón asiste al lector para disfrutar de su más que legítimo derecho a aburrirse, aunque no han sido pocos los doctores que insisten en achacar el tedio al que lo padece, que es quien, en definitiva, revela una incapacidad. A mí me aburren muchísimo, lo he declarado públicamente muchas veces, las letras de don José Saramago, pero creo obligado mantener la duda de si no seré yo el culpable de ello (y mira que me cuesta hacerlo).

Ha sido agradable fumar debajo de las palmeras de esta isla pero debo partir hacia otras islas igualmente aburridas, sólo pido que al menos sean tan complejas como ésta, aunque no recuerde su nombre en mi cuaderno de a bordo.

Lo supongo ambigüedad calculada pero poco afortunada: ¿es Tapihi esa isla o lo son, figuradamente, mis Salidas, que ya el diccionario se encarga de aclarar que son ocurrencias? De referirse a la primera no está de más recordarle el cartel en elevado italiano que despide a los que parten del puerto de Tapihi: Lasciate ogne speranza. Claro que entonces no entiendo que le parezca compleja. Con lo pequeña que es. Si se recorre en una tarde si se dispone de una vespino.

De tratarse de mis Salidas el objeto de su partida sólo puedo dejarle otro cartel que estoy tentado de colocar en lugar bien visible: No te echaremos de menos porque no has dejado aquí más que la constatación de que no te has entrado de nada, aunque, como cualquier otro, siempre encontrarás estas puertas abiertas.

En resumen, que no le veo ni piés ni cabeza a los esfuerzos de este guerrero crítico al que me permito aconsejar que reformule sus criterios (tampoco estaría de más que los explicara, porque no estoy seguro de haberlos entendido). Y como la vocación de servicio (¿o será vacación de servicio?) nunca ha faltado aquí voy a tener la desfachatez de sugerirle una propuesta:

Forma

  1. Ya que estoy hoy aristotélico me parece que lo primero sería valorar la “forma pura” del blog. Los blogs rectangulares debieran ser los más valorados por respetar la forma de las pantallas. Los blogs circulares o hexagonales deberían, por el contrario, sufrir pena de excomunión.

  2. Adecuación del colorido: de todos es sabido que los blogs rosas son cosa de quinceañeras (con la excepción de doña Ana, por supuesto); los blogs pretendidamente góticos han de ser negros; los poco ambiciosos, verdes. Lo que no es de recibo es homenajear a Kafka sobre un fondo amarillo. Toda crítica debería ser muy severa con este apartado.

  3. Aspecto del autor; un blogger guapo no merece ningún respeto (se asume que quenes ocultan su pinta son parientes de Picio o, en su defecto, del sargento de Utrera).

Orden

  1. Orden religiosa: si el blog más bien parece una secta debería tenerse en cuenta aunque no tengo muy claro si a favor o en contra.

  2. Orden animal: cuanto más cerca se encuentre el blog de las especies más evolucionadas más debiera agradecerse. Es obvio que casi todos andamos a la altura del percebe pero no hay que desfallecer.

  3. Orden de caballería: es decir, valorar el trato que se da al recién llegado. Cuanto más se cargue contra él mejor que mejor.

  4. Orden establecido: lo que no es más que poner en valor la forma de resolver los inevitables conflictos infantiles entre estos seres tan poco desarrollados. Cuantas más pataletas mejor. Dan espectáculo.

Dedicación

  1. Promedio de faltas de ortografía por línea: sé que es tirar piedras contra mi tejado, pero no veo mejor manera de medir esto.

  2. Testarudez o renuencia a asumir la propia estupidez: un blogger que se sepa imbécil ni tiene futuro ni vale gran cosa.

Contenido

  1. Interés final: cuanta mayor sensación quede tras la lectura de haber perdido el tiempo miserablemente más se estará respetando el dignisimo espíritu blogueril que ilumina a las almas cándidas.

  2. Calidad de la deformación: los blogs, no nos engañemos, nacieron con intención de confundir y perturbar. Es justo que se reconoca el respeto de tales princpios.

  3. Criterio a la hora de plagiar: hasta para copiar hay que saber y es cosa que parece estarse olvidando.

  4. Innovación lingüística: para escribir bien ya hay otros medios más apropiados. Los blogs son cuna indispensable del neologismo imbécil, la sintaxis azarosa y el desprecio por la argumentación. Ya va siendo hora de reconocerlo.

  5. Maneras verduleras: más de una vez he insistido en que toda esta “macroconversación global” (digo esto por apuntarme tantos en el anterior apartado) no difiere mucho de las charlas de bar o mercado. No estaría de más apreciar el seguimiento de sus normas.

Impacto público

  1. Tentativas de suicidio confirmadas: probablemente la única variable reveladora del verdadero impacto de un blog.

  2. 2. Número de insultos por comentario: ¿qué sería de un blog sin agravios e injurias? Probablemente algo tan insulso como este.

Ni que decir tiene que, en general, concedo la más alta puntuación a mi evaluador según este apresurado esquema. Llegado a este punto más de uno se preguntará por qué tantas letras sobre tamaña bobada. No es difícil de entender: hacía ya días que no publicaba nada y no quiero que piensen que mi dedicación es baja aunque lo sea.

Y ahora, para su divertimento, un juego que me ha tenido entretenido por la vía privada con una lectora de este blog. Se trata de calificar autores y obras, no necesariamente literarias, según el esquema “analítico” que he desmenuzado aquí. Para cada variable les propongo dos (a veces más) nombres. Al primero le pongo un cero, al segundo un diez. Espero sus contribuciones.

  1. Estética: Marcial Lafuente Estefanía / El Libro Guinness de los récords

  2. Estructura: Laurence Sterne / Cervantes

  3. Ausencia de publicidad: Andy Warhol / Lazarillo de Tormes

  4. Comodidad de lectura: James Joyce y Marcel Proust / Cuadernos Rubio

  5. Uso de imágenes y otros: Charles Baudelaire / William Blake y Max Aub

  6. Facilidad de Búsqueda: De los Apeninos a los Andes / Real Academia Española de la Lengua

  7. Orden temático: Enciclopedia Britannica / Robert Burton

  8. Orden cronológico: Virgilio / Tucídides

  9. Regularidad: Juan Rulfo / Corín Tellado y Georges Simenon

  10. Continuidad en el tiempo: John Kennedy Toole / Francisco Ayala

  11. Interés inicial: Lepoldo Alas “Clarín” / Dan Brown

  12. Valor información: Julio Verne / Plinio el Viejo

  13. Originalidad ideas: Santo Tomás de Aquino / Quirin Kuhlmann

  14. Corrección lenguaje: Juan Ramón Jiménez / Fernando Lázaro Carreter

  15. Estilo expresivo: Antonio Gala / Antonio Gala

  16. Participación lectores: Franz Kafka / John Keats

  17. Enlaces blogroll en otros blogs: Diego Clemencín / Francisco Umbral

  18. Enlaces de texto en otros blogs: Basil Winthorpe / Augusto Monterroso