25 de mayo de 2007

Mi gato

En el principio fue el Big Bang, o al menos eso dicen los doctores en materia tan abstrusa como lo es la cosmología. Aunque, para ser más preciso, lo que en realidad dicen estos señores ilustres es que el Big Bang hizo el principio. A menor escala, claro está, también ha hecho el principio de este párrafo y, por extensión, de este post.

Habrá quien, con exceso de impaciencia, ya se esté preguntando por qué diablos traigo aquí tan singular asunto. Pues bien, esta vez la explicación es sencilla y no se la voy a ocultar: mis cavilaciones del último día sobre la originalidad me llevaron a rescatar un párrafo ajeno que tenía guardado para otros menesteres:

Si un hombre posee un punto de vista vehemente y poco usual sobre cualquier cosa, está obligado, aunque sea al hablar de su gato, a empezar por los orígenes del universo; pues su universo será tan particular como su gato. Horacio pudo aconsejar a sus discípulos que empezaran siempre por el meollo del asunto, pues tanto ellos como él estarían de acuerdo en el asunto concreto; el autor y sus lectores tendrían en lo fundamental el mismo parecer en cuanto a la belleza de Helena o los deberes de Héctor. Pero Blake necesariamente tenía que comenzar por el principio, pues se trataba de un principio diferente. Esto explica el extraordinario aspecto digresivo y trivial que puede observarse en las mentes más directas y sinceras. Esto explica la desconcertante capacidad de alusión indirecta de Dante; el galopante paréntesis de Blake; los gigantescos prefacios de Mr. Bernard Shaw. El hombre brillante parece más lento y minucioso en sus explicaciones que ninguno, pues tiene algo que decir sobre cualquier asunto. La misma rapidez de su pensamiento es la que hace lento su discurso. Pues encuentra sermones en las piedras, con paso lento recorre cada baldosa de las calles. Cada hecho o cada frase que surge al abordar la cuestión más inmediata le obliga a remontarse a través de los siglos hasta el inicio de los tiempos. Porque es original siempre está volviendo a los orígenes.
(G.K. Chesterton; William Blake)

Reconozco idea sugerente eso de que la digresión es característica del hombre de genio pero no es difícil caer en la cuenta de que entraña el peligro de tomar por cierto algo que no se deduce de la misma, a saber, que toda digresión procede de una mente brillante. Tanto un servidor de ustedes como el célebre Tristram Shandy son pruebas, viviente la primera y durmiente la segunda (o al revés, que no estoy seguro), de lo contrario.

Ahora bien, que carezca de genio y brillantez no significa que no pueda tratar aquí sobre el origen del universo a pesar de que, ya desde los griegos e incluso desde antes, sepamos que desciende del caos. Supongo que en tan peculiar origen se encuentra la razón que llevó a don Eduardo Torres a expresar, con su habitual desparpajo y sinceridad, aquello de «¡Pocas cosas como el universo!»

No obstante, la ascendencia materna del universo nunca ha dejado de estar sujeta a controversia. De tenerse en cuenta la opinión de los tibetanos, cosa que no se hace ni en la O.N.U., la madre del universo sería el Monte Everest, al que ellos llaman “Qomolangma”, que es como, al parecer, se dice “madre del universo” en su pintoresca lengua. Pero Andrew Scott Waugh, digno hijo del siglo XIX, no estaba para mitos cuando decidió rebautizarlo Everest, en honor del coronel Sir George Everest, individuo del que desconozco si tiene algún lejano parentesco con el músico Isaac Buda Eberest (así, con «b»), como desconozco si tiene alguna relación con algún imputado en el caso Malaya.

En realidad sabemos bien poco de Isaac Buda Eberest. No descarto que haya quien sepa mucho sobre él, sólo digo que somos muchos los ignorantes de sus cosas, de sus andanzas, de sus padecimientos, en fin, qué sé yo. Sólo sé una cosa, que no debía gustarle mucho su apellido y poco antes de 1819 decidió cambiárselo, no por su “equivalente” tibetano, que habría sido lo apropiado, si no por el nombre de su localidad natal, que no era otra que Offenbach del Meno.

No fue otra la razón por la que su hijo pasó por la pila bautismal, por la escuela, por la vida adulta y finalmente a la posteridad con el nombre de Jacques Offenbach, compositor y violonchelista cuyas artes son de sobra conocidas por lo que no veo necesario abundar sobre ellas. El caso es que tal decisión de Isaac Buda Eberest ha llevado a muchos a creer que Guillermo Cabrera Infante apreciaba en gran manera el violoncello de opereta y por eso bautizó a su gato con ese nombre, Offenbach. No caigan en ese error, el propio Caín se preocupó en muchas ocasiones de aclarar el origen del nombre de su gato, que proviene de un hecho inusitado:

Todos me preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.

Ante un gato cantarín de madrugada a uno sólo le quedan dos opciones: el tradicional zapatazo o buscar alguna forma de “nivelar sus emociones”, que es cosa que no sé muy bien en qué consistirá pero para la que, por lo visto, viene muy bien “extraer las vibraciones” de las “flores de Bach”. No sé cual de las dos irá mejor, tal vez el caballero Chin, con más experiencia que yo en estos asuntos, pueda ilustrarnos.

Desconfío, en todo caso, de la cosa esta floral cuyo nombre nada tiene que ver con las excelencias de la música barroca. Johann Sebastian Bach le compuso una cantata al café (BWV 211), brebaje que nivela mis emociones con mayor efectividad que cualquier otra planta con la probable excepción del tabaco. Pero, según veo, un tal Edward Bach, de los Bach galeses, no de los de Turingia, tuvo la feliz idea de enfrentarse a los males del mundo armado con alegres florecillas e inventó una de esas cosas que ahora llaman “terapias alternativas” queriendo decir “alternativas a las terapias”. Nada tan “natural” como el embaucamiento, por eso se llama a todos estos engaños “medicina natural”.

Lo del zapatazo lo veo mucho mas ventajoso. Es sencillo, al alcance de cualquiera. No precisa una preparación especial y ni siquiera es necesario el concurso de un profesional empeñado en cobrar por sus servicios. Además, es poco probable que tenga consecuencias graves habida cuenta de que los gatos, es de dominio público, tienen siete vidas (salvo en el condado inglés de Cheshire, donde este extremo no se ha podido confirmar) y las administran con encomiable diligencia.

Tan abultado numero de vidas (ni siquiera el más generoso videojuego las proporciona en cifra tan elevada) constituye la principal objeción que puede hacerse a uno de los más famosos experimentos imaginarios de la historia de la ciencia y que sufrió en sus carnes el gato del conocido físico austríaco Erwin Schrödinger. El caso es que tras unos cuantos tejemanejes del científico, más dignos de una película de Fu-Manchú que de un laboratorio serio, el pobre minino se vio, o eso creyó Herr Erwin, en la terrible situación de encontrarse vivo y muerto a la vez sin que a George A. Romero le diera por hacer una película sobre ello.


Schrödinger y su gato poco antes de iniciar el experimento

A mí siempre me ha asombrado lo poco que doctores y académicos se han dedicado a explorar las consecuencias legales del asunto. En el improbable caso de que don Erwin se hubiera visto acusado de un crimen ya me imagino a su defensor esgrimiendo la ecuación de onda para demostrar que el gato está probablemente vivo y no hay, en consecuencia, nada que juzgar. El fiscal, por su parte y frunciendo el ceño como sólo estos profesionales saben hacer, basaría su acusación exactamente en el mismo argumento. No me veo capaz de imaginar cómo acabaría la cosa.

Que Schrödinger fundó la física cuántica es cosa archisabida. Lo que ya no es tan conocido es que fueron precisamente las especiales dificultades que presentaba la solución del terrible crimen del gato de Schrödinger las que llevaron al F.B.I. (que, para su información, significa: Fidelidad, Bravura e Integridad) a crear un departamento de asuntos dificultosos cuya sede central está, como no podía ser de otra manera, en sus oficinas en Quantico, Virginia.

Lo que no sé es por qué estoy contándoles todo esto del gato de Erwin Schrödinger cuando la única intención que traía hoy era la de asegurarles que yo no tengo gato, ni siquiera hidráulico, aunque de tenerlo estoy seguro de que se llamaría Gutiérrez y no Theodor W. Adorno, como el de otro que yo me sé.