1 de mayo de 2007

Siguen las estampas anotadas

(Continúa hoy mi edición crítica de las Estampas Tapihianas de Atanasio Farniente anunciada aquí e iniciada aquí)

Duelo con par (1)

De entre la inmensa cantidad de casos y cosas inusuales de Tapihi quiero destacar el hecho de que su descubridor, Thomas Wassermeier, cuya vida puede interpretarse como un permanente duelo contra la adversidad, aborreciera en gran manera éstos, los duelos. En general cualquier clase de competición o disputa le disgustaba hasta extremos inimaginables. No en vano una de sus sentencias más conocidas y reconocidas es «La pugna me repugna», dictamen que en Tapihi ha alcanzado casi rango de Ley (2).

Sin embargo y muy a su pesar, la historia de la eterna rivalidad entre dos de sus súbditos ha llegado a adquirir dimensiones legendarias en toda la isla, lo que por otra parte no tiene mayor mérito habida cuenta de sus reducidas dimensiones. De un tiempo a esta parte la imagen de las abuelas relatando a sus nietos bajo los cocoteros los pormenores de esta contienda se ha vuelto con todo merecimiento un lugar común. De hecho no queda cocotero en toda la isla que no disponga de su correspondiente abuela cronista, narradora o simplemente chismosa(3). Y de entre el amplio repertorio de las ancianas destaca por su éxito, tanto de critica como de público, la historia de este curioso enfrentamiento. No es cosa de extrañar a poco que uno caiga en todo lo de exótico que tiene una riña en esta tierra de paz y promisión. A mí me fue referida precisamente bajo un cocotero por Vania Oteapu una vaga tarde de abril en que andaba a la caza de mi destino sin saber que éste habría de ser dejar registro de esta peculiar historia. Dejo aquí al escritor que soy(4) para volverme mero transcriptor, copista, registrador fiel de las palabras de la abuela Oteapu(5):

Pues sí. Que dos hombres tan tranquilos a primera vista mantuvieran durante tantos años tan encarnizada lucha causó no poca sorpresa y desconcierto. Supieron, además, trasladar a cualquier aspecto de la vida sus querellas. No resulta fácil entender la extraña forma de demencia que los animaba a enfrentarse por cualquier cosa, por nimia que fuese. Pero no es tarea del relator ahondar en el laberinto de las causas de las cosas(6), que fueron como fueron y así las cuento ahora. Aún menos si estas causas se esconden en las profundidades del alma, en los abismos insondables del espíritu a los que nunca es prudente asomarse(7).

Se llamaban Wilfred Carrasco y Walter Menéndez y habían llegado a Tapihi de forma asombrosamente similar. Wilfred lo hizo por el norte en un paquebote de escasas esencias marineras. Walter arribó por el sur en un desvencijado bajel. Ninguno de los dos navegó sólo hasta la isla. En realidad, ambos fueron abandonados allí por sus respectivas tripulaciones con las que, al parecer, habían tenido ciertas diferencias(8).

Wilfred era guatemalteco o al menos eso decía. Walter, que no lo decía, era efectivamente guatemalteco(9). Su nacionalidad, de todas formas, resultó completamente irrelevante para lo que habría de suceder. Marineros de fortuna a los que ésta había reunido en una minúscula roca para asegurarse su encuentro, parecían destinados a forjar la que ya es leyenda(10).

Se cuenta que Wilfred se ganó la enemistad de la marinería por su falta de respeto al severo programa de racionamiento de víveres impuesto por el capitán tras haber sufrido una terrible tempestad. El buque en que navegaban había desarbolado quedando a la deriva en la inmensidad del proceloso océano(11). Sin capacidad de gobierno, era bien posible que pasaran muchos días, meses incluso, antes de que avistaran tierra o alguna otra embarcación dispuesta a prestarles auxilio. En otras palabras, Wilfred comía con peligroso descontrol y poniendo en peligro la supervivencia de la tripulación.

Walter, por el contrario, y siempre según las habladurías, había sido echado por la borda en razón de su estricto gobierno de la despensa del barco, de la que cada día extraía el mínimo de subsistencia para una tripulación que, aunque famélica, supo reunir fuerzas para deshacerse de este dictador de la manutención(12). De alguna manera era de esperar que la coincidencia de ambos en el tiempo y el espacio resultara explosiva.

En aquellos tiempos Tapihi tenía mucho de proyecto y poco de realidad. Todas sus virtudes, tan asentadas hoy, eran entonces meras elucubraciones y proyectos de sus escasos habitantes, un hatajo de soñadores sin criterio formado alguno para las cosas de la convivencia. En semejante circunstancia anómica(13) se produjo aquel primer encuentro entre Wilfred Carrasco y Walter Menéndez.

Ambos, a su llegada, al desembarcar, recorrieron la costa por su lado oriental hasta llegar al Yatch Club regentado por Jean-Pierre Meunier, maestro sin par del fogón y la papiroflexia(14) que andaba en ese momento deshuesando unos basiliscos para servirlos como menú del día. Wilfred, que llevaba más de media hora sin comer, cosa a la que no estaba acostumbrado, vio inmediatamente la posibilidad de saciar sus insaciables(15) ansias alimentarias con aquellos para él extraños animalejos que prometían sensaciones indescriptibles para el paladar. Walter, que sólo llevaba treinta y seis horas en ayunas, no pudo evitar una desagradable sensación de repugnancia al contemplar los alimentos en proceso de preparación.

El caso es que si Wilfred hubiese llegado por el sur y Walter por el norte es probable que nada de lo que ocurrió después hubiera llegado a suceder. De haber sido así las cosas no habría sido Walter el interpuesto entre Wilfred y el objeto de su deseo. El uno huyendo de las viandas y el otro arrojándose hacia ellas no habrían protagonizado una de las colisiones más espectaculares ocurridas sobre la faz de la tierra. Pero la protagonizaron y lo hicieron de forma harto violenta y aún más sonora(16). Hasta algunos peñascos de la cima del volcán Farupiti se desprendieron arruinando para siempre la perfecta reproducción de la silueta de la nariz del gran Wassermeier que formaba hasta entonces(17). Al choque, no podía ser de otra forma, siguió un largo silencio(18) durante el cual cruzaron gélidas miradas amenazadoras. Más de uno temió lo peor al no poder imaginar lo que iba a ocurrir, que cada uno se fue por su lado.

Había nacido la enemistad que habría de presidir todos sus días desde entonces. Cada uno dedicó casi todo su tiempo a intentar echar por tierra los proyectos del otro. Así, cuando Wilfred tuvo noticias de que Walter pretendía los favores de una agraciada muchacha(19) hizo todo lo que estuvo en su mano para seducirla, llegando al extremo de engominarse el pelo. Walter contratacó dejándose un bigote de guías caídas que trajo como consecuencia que Wilfred comenzara a vestir pantalones bombachos. No está al alcance de ningún escritor la descripción fiel del aspecto que llegaron a tener ambos pretendientes. Baste decir que por superar los extremos del contrario alcanzaron cotas todavía hoy inimaginables en las pasarelas de medio mundo mientras iban, inadvertidamente, perdiendo el interés por la joven, cosa que fue aprovechada por un tercero, Ananías Bermúdez, que fue el que se la llevó al huerto sin necesidad de hacer el indio.

No hubo aspecto o circunstancia que no aprovecharan para sus pleitos. Cierta vez, Wilfred se cayó de un cocotero fracturándose el fémur por dos sitios, lo que llevó a Walter a arrojarse al vacío repetidas veces hasta conseguir partirse las dos piernas. Cada idea del uno derivaba en competición entre ambos, lo que propició un notorio desarrollo de la industria del juego y las apuestas(20).

Pasado un tiempo, Wilfred resolvió dedicarse al cultivo de la perla(21), dadas sus naturales facultades para el buceo a pulmón. Walter, que también se creía llamado para el submarinismo deportivo, vio en ello una oportunidad para vencer de una vez por todas a su enemigo del alma y así, como quien no quiere la cosa, se acabo organizando un duelo de apnea entre ambos. Todos los isleños mostraron una enorme curiosidad por el evento.

Al principio, se decidió que el desafío tendría lugar en el muelle, lugar de lo más apropiado para grandes concentraciones de público, pero tanto Walter como Wilfred, que en sus querellas habían desarrollado un destacado sentido del espectáculo(22), insistieron en que resultaba más adecuado el acantilado de Taha Nui y allí se instaló la mesa de cronometradores oficiales.

Las reglas eran bien sencillas. Ambos se arrojarían al mar y procurarían permanecer sumergidos el mayor tiempo posible. Aquel que asomara en segundo y por tanto último lugar sería el ganador. Por darle a la cosa un tono deportivo, la orden de lanzarse al agua sería dada por un pistoletazo disparado al mediodía por un juez neutral(23).

Y así fue. El propio Ananías Bermudez, acompañado por su amada, se encargó del disparo, que tuvo lugar a las 12:13 porque nadie había tenido la precaución de llevar munición y hubo que volver a buscarla. Durante largos minutos(24) todos permanecieron en silencio observando las aguas para ver quién aparecía primero. Poco a poco, los asistentes empezaron a aburrirse y fueron regresando a sus quehaceres. Con el tiempo fue necesario sustituir los cronómetros por unos calendarios que aun hoy pueden verse en el acantilado(25). De esto hace ya veintidós años.

Supimos después que eran hermanos, aunque de distinta madre. Su padre, un representante de persianas aficionado al disfraz y la poligamia y que había recorrido el continente americano con escaso éxito en lo mercantil pero abundante en lo carnal, demostró inusitadas capacidades reproductoras dejando centenares de familias dispersas por toda la geografía continental. No sería de extrañar que Obdulio Jensen, pues así se llamaba este fértil o, con mayor propiedad, fecundo comerciante aunque Walter lo hubiera conocido por Wilfred y Wilfred por Walter, se cuente entre los ascendientes de todo aquel por cuyas venas corra algo de sangre americana. Todos allí, es más que probable, tienen algo de Wilfred Carrasco y Walter Menéndez aunque sólo aquí, en Tapihi, hemos llegado a vislumbrarlo. Quién sabe cómo se tomarán su parentesco el día en que por fin emerjan(26).

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Notas

(1) Tiempo después Farniente declararía en Radio Tapihi que el título original de este capítulo era ‘Duelo sin par’, pero que pudo corregirlo a tiempo al percatarse de que si algo tenía el duelo era precisamente “un par”. Nunca aclaró un par de qué.

(2) No está de más recordar que en Tapihi no existen tribunales por innecesarios. Tal vez sea esta la razón por la que una historia tan insulsa como la que relata este capítulo llamara tan poderosamente la atención de los lugareños, para los que la discordia, como el propio Farniente señala más adelante, resulta tan exótica como la sevillana Feria de Abril. No hace falta señalar los orgullosos que están los tapihianos del exotismo de ambas cosas.

(3) Esta afirmación, que puede parecer exageración o licencia, es una de las pocas reproducciones fidedignas de la realidad que pueden encontrarse en las Estampas Tapihianas. De hecho, desde hace ya muchos años, se realiza anualmente un recuento oficial para comprobar que el número de abuelas en la isla no excede el de cocoteros y así garantizar que todas ellas dispongan de un espacio para sus batallas o, más bien, para el relato de estas. El último censo disponible, de 2006, arrojó la cifra de 55 abuelas, por lo que se ve lejano el día en que los cocoteros comiencen a escasear.

(4) Señalo aquí esta inequívoca afirmación gratuita. En el momento de componer esta estampa, Farniente aún no había publicado nada y parece a todas luces un exceso calificarse de escritor. Claro que aún más extraño habría resultado escribir “dejo aquí al escritor que seré” y aún peor “dejo aquí al escritor que estoy empezando a ser” por lo que mejor será no hacer mala sangre.

(5) No hace falta ser un profundo exégeta para convencerse de la falsedad de esta afirmación, falsedad que no califico de rotunda por quedarse corto el término (casi todos los términos se quedan cortos con Farniente). Que Farniente conoció a la abuela Oteapu es cosa demostrada. Que la anciana pudo referirle la historia de Walter y Wilfred se cuenta entre lo probable, ya que era una de sus favoritas. Que lo que sigue a continuación es una reproducción fiel del relato de la anciana es un monumento a la falsedad como podrá comprobar cualquier lector con criterio suficiente.

(6) “…ahondar en el laberinto de las causas de las cosas”. ¿Ven lo que les digo? Que levante la mano el que haya oído a su abuela hablar en estos términos. Vania Oteapu jamás se planteó que las cosas tuvieran causas, lo que ayuda a explicar su perenne sonrisa. Para ella sólo había dos principios, la fatalidad y la fortuna. Podría decirse que profesaba una concepción dualista del devenir, cosa que, con seguridad, la haría reír a carcajada limpia. Pero si se pretende ser fiel a los hechos bastaría con decir que la anciana dividía los sucesos en aquellos ante los que decir “¡Qué bien!” y aquellos ante los que decir “¡Qué pena!”. Un esquema que Farniente jamás comprendió.

(7) Ni que decir tiene que Vania Oteapu jamás de los jamases se asomó a abismo alguno. Si alguna virtud destacaba entre las muchas que poseía era la prudencia. Buena prueba de ello era su costumbre de sentarse bajo los cocoteros llevando una suerte de casco o chichonera que la protegiera de los frecuentes desprendimientos, costumbre que acabó por arraigar como tradición hasta el punto de que la industria local de protectores cefálicos es una de las más desarrolladas del mundo y nada tiene que envidiar a las alemanas o japonesas. De hecho algunos equipos de la liga profesional de fútbol americano encargan sus cascos a fabricantes tapihianos.

(8) Aparece aquí la inconsistencia fundamental que crítica y público han coincidido en señalar en esta estampa: Walter y Wilfred ya eran “problemáticos” antes de encontrarse y cuesta creer que “a primera vista” parecieran “tan tranquilos”. En el Congreso de la Asociación Sudanesa de Neuropsiquiatría celebrado en 1958, un tal Nicholas Palmero presentó una ponencia que versaba sobre los desórdenes de la personalidad de Wilfred Carrasco y Walter Menéndez. Sus conclusiones eran, como cabía esperar, harto evidentes: ambos mostraban un grado de testarudez hasta entonces desconocido que el ponente se empeñó en bautizar como Obcecación Idiopática de Palmero con idea de procurarse un lugar en la historia de su disciplina. Por un error tipográfico a día de hoy se conoce esta patología como el “Mal de Palermo”.

(9) Años después Farniente confesaría que en este punto se tomó una imperdonable licencia y que en realidad no tenía ni idea acerca del origen de ambos personajes, pero que el gentilicio “guatemalteco” le sonaba muy bien y no supo resistirse a usarlo. Esta confesión se produjo con posterioridad a la emisión en Guatemala de una serie de sellos de correos en honor de ambos personajes que fue necesario retirar de la circulación a toda prisa.

(10) Reconozco que es una opinión subjetiva, pero personalmente me resulta cargante la insistencia en darle a la historia un barniz épico que no tiene por ninguna parte. Tal vez un escritor en condiciones habría sido capaz de lograr un resultado satisfactorio. Farniente no lo era y más le hubiera valido ser fiel a sus intenciones y transcribir en su literalidad la historia tal y como la oyó de boca de Vania Oteapu.

(11) Tal vez con exceso de celo interpretativo, el profesor Stierscheiße ha sugerido que estas líneas prefiguran la poesía de Pet Posse, autor incapaz de concebir un océano en calma. Ningún otro estudioso ha osado contradecirle, pero es que nadie más ha dedicado un solo segundo a la obra de Farniente.

(12) Siempre he sospechado que en esta expresión está el origen de Otro artista del hambre, la siguiente Estampa que escribiría. No he encontrado autoridad que avale mi tesis, pero en todas las estampas, a poco que uno rebusque, es fácil encontrar alguna frase o detalle que avanza la que ha de venir. Por no adelantar acontecimientos y dar al traste con el dudoso disfrute de esta obra, dejo aquí el asunto.

(13) Sorprende el uso de este tecnicismo sociológico habida cuenta de que Tapihi es la viva demostración de las desconocidas virtudes de la anomia, esto es, de la ausencia de normas sociales de cualquier tipo, a poco que se use la cabeza para algo más que para llevar sombrero (o casco de seguridad, como Vania Oteapu).

(14) Meunier era incapaz de doblar una cuartilla por la mitad por causa de unos dedos sorprendentemente rechonchos más preparados para trabajar la masa pastelera que para ejercicios de precisión. No se entiende, por tanto, esta extraña referencia a unas virtudes de las que carecía a todas luces. Se ha especulado con la posibilidad de que se trate, una vez más, de una ironía fallida aunque lo más probable es que sea más bien una broma privada relativa a la abultada cuenta que Farniente siempre tuvo pendiente en el Yatch Club. No otra es la razón por la que no se le considera miembro de pleno derecho de la generación del 14, llamada así por ser este el día del mes en que Antúnez, Brandauer, Gómez y Gandolfini liquidaban sus deudas en los diferentes establecimientos hosteleros de la isla. Farniente jamás se hizo cargo de sus consumiciones y su cuenta, lujosamente encuadernada en cinco volúmenes en piel, se encuentra actualmente expuesta en el Yatch Club junto al Fenster de Archibald Fenster-Parrish.

(15) “Saciar lo insaciable” es lamentable figura que sólo un autor sin principios como Farniente podía atreverse a poner por escrito. Esta frase forma parte de la extensa colección que él mismo seleccionó para colocar en su testamento en una sección que llevaba por título Vayan aquí mis disculpas y que, en principio, recoge todo lo imperdonable que dio a la imprenta. Ni que decir tiene que son legión los que opinan que la lista se le quedó corta.

(16) Tan sonora fue que en Tapihi es común referirse a este topetazo como el “trompetazo”. Se cuenta que no hubo rincón de la isla al que no llegara el estruendo del encontronazo, lo que demuestra lo mentirosas que pueden llegar a ser las personas hasta en Tapihi.

(17) En efecto, parece estar más que documentado este sorprendente hecho. Antes del desprendimiento el volcán Farupiti mostraba una silueta que se correspondía con asombrosa equivalencia al perfil del descubridor de Tapihi hasta el punto de que hay quién asegura que Wassermeier supo que había alcanzado su destino al descubrirse sobre el horizonte.

(18) Los testimonios de los protagonistas del testarazo contradicen esta afirmación, aunque no se ponen de acuerdo sobre si los alaridos proferidos por ambos sonaban como un quejumbroso ayayay o bien como un apagado uyuyuy. Tampoco ha faltado quien ha referido una multitud de palabras malsonantes que no reproduciré por no dar al traste con el elevado tono de esta edición pero que, de haber sido humanos los protagonistas del incidente, se cuentan entre las más probables de oír en tales situaciones. Quede para la imaginación del lector todo lo que la imaginación de Farniente no alcanzó.

(19) Ni más ni menos que Raffaella Morgensten, que tiempo después se haría célebre por sus habilidades contorsionistas, habilidades que supo aprovechar para entretener a la infancia durante el día y a los parroquianos de ciertos locales nocturnos por las noches. La segunda parte de las Estampas Tapihianas contiene una semblanza de esta célebre artista (por más que se desconozca el nombre de su arte) aunque Farniente nunca llegó a saber que se trataba de la pretendida por estos duelistas.

(20) Una de las más afamadas fue la carrera que protagonizaron alrededor de la isla, en la que, por un exceso de confianza, Wilfred Carrasco concedió a su oponente unos metros de ventaja y ya no fue capaz de alcanzarlo por las mismas razones que muchos años antes habían llevado a Aquiles a hacer el ridículo persiguiendo a una tortuga.

(21) Las perlas tapihianas, de un curioso color arcilloso, son muy apreciadas en todo el mundo por su asombroso parecido con los cálculos biliares del ganado vacuno.

(22) Para entonces ya se había construido el hoy célebre Gran Teatro de las Disputas, en el que tuvieron lugar muchos de sus enfrentamientos. A falta de querellantes, en la actualidad alberga el mercado central de abastos y es uno de los epicentros de la vida social tapihiana aunque pocos reparan en las dos esculturas que, al fondo, representan a Wilfred Carrasco y Walter Menéndez vestidos de boxeadores, atuendo que, por cierto, jamás llevaron por su sentido del decoro.

(23) Cosa que no fue posible por no hallarse arma alguna en toda la isla. Se cuenta que el disparo se realizó finalmente con un tiratacos artesanal aunque no he tenido forma de confirmarlo.

(24) Diga lo que diga Farniente, tengo el convencimiento de que todos ellos duraron exactamente sesenta segundos cada uno.

(25) Esto es completamente cierto y sorprende la escasísima explotación turística que se hace de este hecho cuando, de todos es sabido, son esta clase de tonterías las que despiertan el interés de los turistas, lo que permite tenerlos alejados de los centros verdaderamente importantes y así evitar que importunen a los residentes con sus majaderías, su sonrisa bobalicona y esa extraña manía que tienen de tomarse retratos con cosas al fondo.

(26) Stierscheiße, que a veces se pasaba con la bebida, insiste en hacer una interpretación alegórica de este pasaje, en el que acaba por ver referencias a un idílico hermanamiento universal. La cosa, por supuesto, no se sostiene por ninguna parte. Supongo que la resaca que debió padecer al día siguiente de escribir aquello ya fue suficiente castigo.