14 de junio de 2007

El secreto tapihiano (V)

(Indagaciones prescindibles sobre el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson)
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Tal y como avancé en la anterior entrega de estas elucubraciones mías, el profesor Stierscheiße andaba con la mosca detrás de la oreja al haber constatado que ciertas referencias a mapas en las obras de Atanasio Farniente guardaban una asombrosa similitud con las características del mapa de Sir Conrad Melville Stevenson hallado en Marsella en 1997. Quiso entonces el destino que el profesor, durante una apacible tarde otoñal, se cruzara en el café Lieschen con su colega Eselbohrung. Este acababa de recibir por correo certificado la edición tapihiana del Compendio del Arte de navegar de don Rodrigo Zamorano, tratado imprescindible que Thomas Wassermeier llevaba a bordo del GHEL durante el viaje del descubrimiento de Tapihi. Ni que decir tiene que andaba exhibiendo el volumen con orgullo casi infantil ante la asombrada concurrencia.

Dicha edición incluye una serie de artículos redactados ex-profeso por intelectuales tapihianos de la talla de Arthur Brandauer, Gustav Gandolfini y el Club de Amigos de lo Referente, que como todo el mundo sabe, firma sus obras colectivas con el nombre de Lemuel Wickpick. Stierscheiße, según deduzco de su artículo aunque en este punto es poco claro, tuvo ocasión de estudiar someramente el libro. Al abrirlo por una página al azar sus ojos fueron a posarse en cierto párrafo del artículo que Brandauer dedicó a analizar el extraño convencimiento de Wassermeier de que la tierra era cóncava. Convencimiento que tiempo después influiría tan grandemente en las ideas de Roscoe Eames. El artículo llevaba y lleva por título De la concavidad, y este es el párrafo que leyó nuestro profesor (las negritas son mías):

Es importante señalar que la instrucción naútica de Thomas Wassermeier era, cuando menos, sui generis. Su fuente principal y pieza clave de su biblioteca de a bordo era el “Compendio del Arte de Navegar” de Rodrigo Zamorano. Pero no manejaba la conocida edición impresa en Sevilla en el año de 1591, sino otra bien extraña en la que por no haber ni siquiera había identificación del impresor. Mucho menos podía saberse en qué lugar se había editado. Según se cree, le fue regalada por aquel misterioso hombre barbado que habría de cambiarle la vida y sobre el que estamos condenados a desconocerlo todo. No ha faltado, no obstante, quien asegura que esta obra, como el conjunto de su biblioteca, procede de los desaparecidos fondos de la colección de George Lewisborg, dispuestos con exceso de frivolidad por su viuda al fallecimiento de éste con la lamentable consecuencia de la desparición de piezas tan valiosas como el único ejemplar conocido de los “Viajes de varones prudentes” de Suárez Miranda. A todo ello debo añadir una tercera versión un tanto extraña que ha visto la luz recientemente en algunos periódicos europeos. Según ésta, la obra procedería del ajuar de un desconocido marinero alojado en Le Perroquet Bléu que guardaba con celo enfermizo cierto conjunto documental en un pequeño cofre de madera bajo su camastro.

Creo innecesario señalar el estado de excitación que estas líneas produjeron en el profesor Stierscheiße. Brandauer parecía sugerir que el inmueble derruido en Marsella era nada menos aquel en el que se encontraba Le Perroquet Bléu, local cuya ubicación exacta siempre ha estado sujeta a controversia entre los historiadores tapihianos. No obstante, no tenía noticia de que algún periódico europeo hubiera establecido relación alguna entre el hallazgo del mapa de Sir Conrad Melville Stevenson y las escasas posesiones de Thomas Wassermeier. Es más, todo lo que había llegado a saberse era que en el cofre hallado había, además del mapa, una serie de documentos que nadie se había molestado en detallar.

La prudencia intelectual siempre se ha contado entre las virtudes más arraigadas en la universidad de Weissnichtwo. Por ello, Stierscheiße dedicó varios días a documentar sus sospechas antes de exponérselas a las claras a Eselbohrung. No fue capaz de comprobar si la dirección de Le Perroquet Bléu coincidía con la del inmueble derruido, pero sí pudo saber que ambos, con seguridad, se encontraban en la misma zona de la ciudad. Envió, además, una carta a las autoridades pertinentes solicitando información sobre el contenido del cofre. La respuesta, aunque escueta y en parte decepcionante, contribuyó a alimentar sus incipientes conjeturas. Decía así.

Estimado señor Stierscheiße,

Agradecemos su interés por el patrimonio cultural e histórico de nuestra ciudad y procedemos a informarle del contenido del reciente hallazgo sobre el que nos inquiere con todo el detalle que la comisión de sabios y estudiosos ha considerado oportuno ofrecer. Le rogamos comprenda la necesidad de discreción hasta que todo este asunto se haya aclarado por completo.

El contenido completo del cofre es el que se relaciona a continuación.

  • Un mapa firmado por Sir Conrad Melville Stevenson.

  • Una serie de biografías apócrifas de personajes desconocidos.

  • Un sextante en pésimo estado de conservación.

  • Una serie de pruebas de imprenta de cierta enciclopedia.

  • Un dagerrotipo con la imagen de una mujer.

  • Un reloj de bolsillo fabricado en Renania

  • Un pañuelo con las iniciales W.A. bordadas.

El mapa, por su parte, se encontraba en el interior de un paquete de hule cosido y estaba lacrado en varios sitios con un dedal en lugar de un sello.

Sin otro particular, cuente usted con toda la colaboración que esté en nuestra mano proporcionarle.

Atentamente,

Serge Louis Pigou y Noémie Melissa Cresson
Responsables del Departamento de Hallazgos Curiosos

P.S. ¿De verdad se llama usted así?

No es difícil imaginar hasta qué punto llegó a calentarse la imaginación del profesor. Las biografías apócrifas y las pruebas de imprenta recordaban demasiado las andanzas de Appleby el enciclopedista, personaje al que, además, se le sospechaba un pasado marinero, por lo que no era de extrañar que guardara un sextante. Por si esto fuera poco, Tobías Wassermeier, el padre de Thomas, tenía su taller de relojería precisamente en Renania. Las coincidencias empezaban a resultar demasiadas como para fiarlas a la simple casualidad. Stierscheiße supo llegado el momento de confiarle sus ideas a Eselbohrung.

Como cabía suponer, las revelaciones de Stierscheiße causaron una honda impresión en Eselbohrung, que, tras largos minutos de silenciosa meditación, tomó el volumen de don Rodrigo Zamorano y comenzó a recitar los primeros párrafos de A tomar viento, el artículo que Gustav Gandolfini había dedicado a glosar poéticamente la relación de Wassermeier con los vientos.

El artículo de Gandolfini arranca con estas palabras:

Cuéntase que en cierta ocasión, en Marsella, alguien envió a Wassermeier a tomar viento y éste quedó de lo más extrañado al no ver precisado cuál de ellos había de tomar. La anécdota, como tantas otras, cuenta con todos los visos de ser falsa pues no es probable que en aquellos tiempos hubiera nadie en tan marinero puerto desconocedor de la diversa naturaleza y variedad de los vientos, variedad en la que el propio Wassermeier tuvo ocasión de ilustrarse gracias a don Rodrigo Zamorano en lo que a la teoría se refiere y a haber tenido que dormir a la intemperie en más de una ocasión en lo que a la praxis toca.

Vientos hay, ha habido y habrá de toda índole y condición. Desde las más suaves brisas a los más encendidos huracanes. Desde los gélidos vientos del Norte hasta los cálidos soplos del Sur. Desde los vientos subterráneos que al decir de Epicuro causan los terremotos, hasta el curiosísimo viento solar que los modernos físicos nos han traído a la imaginación. Todos ellos son símbolo y prueba de nuestra insignificancia ante el vasto reino de Natura. ¿Quién no se ha sentido minúsculo ante tamaña magnificiencia? Ventiscas, tornados, vendavales y ciclones muestran una diversidad que unida a la llamada, con toda propiedad, rosa de los vientos componen un cuadro infinito ante el que sólo cabe descubrise con humildad.

Thomas Wassermeier contaba en sus primeras navegaciones cinco vientos: Tramontana, Siroco, Mistral, Cierzo y Levante, que él llamaba, creo que con cierta sorna, el quinteto de vientos. Pero pronto ciertas lecturas, tal vez desaconsejables, le llevaron a mudar de esquema y sustituirlo por los vientos griegos clásicos: Solano, Euro, Auster, Áfrico, Céfiro, Eolo, Septentrión y Aquilión.

Lo que había llamado la atención de Eselbohrung era la descripción que Stierscheiße le había hecho de una extraña rosa de los vientos que se encontraba en la esquina inferior izquierda del mapa de Sir Conrad Melville Stevenson. Al parecer, cierto detalle la hace única: tiene un pentágono inscrito en su interior cuya utilidad ningún experto ha conseguido vislumbrar.

Eselbohrung quiso ver en la figura la conjunción del “quinteto de vientos” original con el más tradicional esquema de ocho vientos. Stierscheiße, menos propenso a las fantasías sin fundamento, consideró el argumento traído por los pelos. Pero la acumulación de indicios era tal que resultaba aconsejable no descartar ninguna pista por alocada que pareciera a primera vista. Resolvieron, pues, aunar esfuerzos en la investigación de tan sorprendentes hechos.

Tras este segundo encuentro ambos comenzaron el intenso trabajo que se desembocaría en su monumental artículo y que ya habrá tiempo de desgranar en una posterior entrega.

(Continúa aquí)