13 de junio de 2007

Lookin' Back

Cuando yo era niño, toda la música que había en casa se almacenaba en unos extraños artilugios que los más jóvenes ya ni recuerdan. Se llamaban cassettes y nunca hubo acuerdo pleno sobre la forma de pronunciar su nombre.

Tenían sus inconvenientes. No había forma de localizar el comienzo de una canción con facilidad. A veces se enganchaban en el reproductor y demostraban una asombrosa facilidad para recorrer todo su interior como la más escurridiza de las culebras. Es cierto que cabían en el bolsillo pero eso entonces no se tomaba por virtud sino por grave inconveniente. Era una época que entendía el fetichismo de forma bien diferente a la actual.

Pasé, pues, la infancia envidiando a los privilegiados que tenían tocadiscos y podían comprar discos, elepés e incluso álbumes. Yo me las arreglaba con mis cassettes y soñaba con el día en que pudiera ingresar en tan selecto grupo, dejar caer la aguja en el corte que quisiera y pasar las tardes tumbado, observando la funda como si fuera el más denso de los tratados filosóficos.

Corría el año 1978 cuando, con gran esfuerzo, logré reunir el monto suficiente para hacerme con un tocadiscos. Todavía recuerdo el precio, quince mil pesetas. Todo un capitalazo que pagué gustoso a cambio del placer de disfrutar de aquellos extraños objetos de deseo que ahora se llaman vinilos pero entonces eran simplemente discos. Entonces caí en la cuenta de mi falta de previsión. De nada servía un tocadiscos a quien no tenía ninguno que reproducir.

Hube de reunir, también con esfuerzo, las seiscientas pesetas que costaban por entonces para inaugurar mi discoteca. Aún guardo ese disco. Como guardo todos los que compré desde entonces. Era el Street Legal de Bob Dylan, ese señor al que acaban de conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.



En circunstancias normales me asaltarían sentimientos encontrados. No veo yo a Dylan en ese pedestal. No por falta de méritos, que le sobran, sino por que no encaja en cosa de tanto oropel. No es el galardón precisamente “prestigioso”, como se dice ahora. Al fin y al cabo el año pasado se lo dieron a Pedro Almodóvar y entre los candidatos que competían con Dylan este año se contaba nada menos que el pesado de Andrew Lloyd Weber e incluso, agárrense, un afamado cocinero filosófico-mercantil que no es necesario nombrar.

Me resulta curiosa la imagen que hoy día se tiene de Bob Dylan por estos pagos. Con total inconsciencia de su crucial influencia y absoluto desconocimiento de su obra se le suele despachar con dos líneas absurdas (“el autor de la mítica Knockin on Heaven’s Door”, dice hoy ABC, por poner un ejemplo).



En los sesenta se decía que Clapton era Dios, pero era Dylan el que ejercía como tal. Y siguió haciéndolo durante la década siguiente. La parte final de The Last Waltz, el largometraje de Martin Scorsese sobre la despedida de The Band, deja bien a las claras la respetuosa reverencia con que era tratado siempre por quienes eran entonces auténticas estrellas. Razones, que tal vez un día me dé por enumerar aquí, no faltaban para ello.

El caso es que en aquellos días en que escuchaba mis discos y estudiaba las portadas con escrupuloso detalle, recuerdo haber pasado muchas horas leyendo y releyendo el texto que Pete Hamill escribió para la contraportada de Blood On The Tracks, uno de mis preferidos. No está de más que lo conozcan, está en la página oficial de Dylan.

He had remained, in front of us, or writing from the north country, and remained true. He was not the only one, of course; he is not the only one now. But of all the poets, Dylan is the one who has most clearly taken the rolled sea and put it in a glass.



Pero, aunque convertido en leyenda (y las leyendas sólo existen para ser olvidadas), en realidad Dylan sólo pretendió ser él mismo. Padeció tales ansias de libertad que siempre huyó, patológicamente, de la pertenencia a cualquier colectivo. Jamás formó parte de una banda (con una única excepción, y entonces usó el pseudónimo de Lucky Wilbury) porque sabía que el acuerdo en todo, la total coincidencia, es imposible. Y él sólo hablaba en nombre propio. Por más que le llamaran portavoz de una generación, sólo fue portavoz de sí mismo.

De hecho vio pasar las generaciones. Aquel disco que inauguró mi colección en 1978 se abría precisamente con un reproche a aquella en cuyo nombre, supuestamente, había cantado y ya no estaba a su lado. Cambio de guardia, llevaba por título la canción. Unos que vienen y otros que se van, dice el lugar común (tan común que hasta se cuenta en el repertorio de Julio Iglesias). Pero Dylan sigue sin irse y hasta nos ha regalado hace nada Modern Times, una auténtica joya a la que me considero incapaz de hacer justicia.



Se diría que la importancia de Dylan ha pasado a ser secreto iniciático. Conocido por una selecta minoría (entre ellos, Andrés Calamaro, que hace todo lo que está al alcance del ser humano por ser Bob Dylan) y oculto al vulgo. Ni siquiera el premio principesco rescatará sus valores de un olvido que no es tal porque se esconden en casi todo lo que oímos hoy día.

Si tienen interés por ingresar en la secta repasen la gira de 1966 (Scorsese, que siempre anda por en medio de todas estas cosas, ha firmado un documental imprescindible, No Direction Home). Y ya puestos, dense una vuelta por los documentales de Pennebaker (sobre todo el más conocido: Don’t Look Back). Buceen en todo lo que esté fechado entre 1964 y 1975 (sin que ello implique prescindir de cualquier otro año). No pierdan detalle de la gira de 1975, conocida como Rolling Thunder Revue (lo que incluye tragarse las cuatro horas de Renaldo and Clara). Investiguen las ediciones piratas convenientemente catalogadas en cierto lugar. Les aseguro que se llevarán más de una sorpresa. Mientras tanto, seguiré considerando la posibilidad de traer aquí una glosa sobre Bob Dylan que, es lo único seguro, no estará a la altura de las circunstancias. Pero eso ya es norma en este rincón.



Dicho esto, ¡enhorabuena a los premiados!

P.S. Deséenle una pronta recuperación a mi señora madre, que acaba de sobrevivir al ataque de un intrépido equipo de cirujanos capaces de extirpar hasta el espíritu