5 de junio de 2007

Olor de santidad

En el prólogo a la primera parte del Quijote se encuentra un valiosísimo consejo que nunca he seguido y así me va. Me refiero a aquello de “no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo”. Mis palabras en este rincón nunca han estado bien colocadas. Han sido siempre poco significantes y nada llanas. Y, por si fuera esto poco error, he mendigado mucho sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos y lo que hoy me trae aquí, milagros de santos.

Tal vez recuerden los vuelos acrobáticos de San José de Copertino, el extraño uso que Santa Catalina de Siena hizo del Santo Prepucio o la soprendente multiplicación de las muelas de Santa Apolonia (por no hablar de las inefables y no menos milagrosas traducciones de San Jerónimo, precursoras de las de Anastasio Méndez sobre los textos de Gaspar Felipe de Kalamazoo). Tanta santidad como ha habido en estas páginas debería haberme dejado con la lección bien aprendida y poco dispuesto a seguir ahondando en tan trascendentales asuntos.

Pero no es así y vengo pertinaz, dispuesto a reincidir. No puedo evitarlo. Cada vez que tengo noticia de algún milagro me asaltan extrañísimos pensamientos. Cada vez que me topo con la imagen de un santo acabo por tener visiones, cosa que, por raro que parezca, es lo contrario de ver.

Lo cierto es que la iconografía de los santos es asunto extenso cuyo conocimiento cabal exige más de una vida de dedicación. Sobre todo si, como es mi caso, se poseen las neuronas en estado gasesoso y, en consecuencia, empeñadas en realizar asociaciones absurdas para las que don Santiago Ramón y Cajal no habría encontrado explicación. Les pondré un ejemplo.

Andaba yo hace tiempo visitando el Museo Diocesano de Santillana del Mar. Supe entonces que éste poseía una extensísima colección de imágenes del patrono del lugar, San Roque. Déjenme que les ponga en situación. San Roque se dedicó a ayudar a los infectados por la peste, enfermedad que acabó contrayendo y que le costó la vida. Por eso se le suele representar alzándose el traje y luciendo una llaga en el muslo. En fin, una cosa más o menos así:


San Roque y su famoso perro

Pero las diferencias de número, aún cuando no parecen preocupar a muchos, suelen traer consecuencias cuando menos inapropiadas. La imagen de un San Roque puede inspirar devoción o sentimientos piadosos, pero la de muchos reunidos sugiere, al menos en mi caso, cosas bien diferentes. Intentaré reproducir el efecto con ayuda del photoshop a ver si consigo explicar lo que ví yo allí.


(Reconstrucción ficticia)

No me digan que la cosa no cobra un aspecto de lo más cabaretero, que parecen estarse oyendo los compases del Can Can (inmortalizado, por cierto, por el gato de Guillermo Cabrera Infante) o cualquier otro baile aún más frívolo y libertino. Vaya aquí pues un llamamiento a los responsables del magnífico Museo Diocesano de Santillana del Mar (de obligada visita, como toda Santillana) a que dispongan las figuras de San Roque de manera separada por no dar lugar a malinterpretaciones de dudoso gusto.

Pues bien, mis extrañas relaciones con el mundo de los santos, de las que acaban de tener un ejemplo, han visto añadido un nuevo capitulo recientemente. Pocos días atrás he tenido noticia de una historia santa que, en mi supina ignorancia, desconocía por completo. Se trata de la referida a los santos Cosme y Damián, que al parecer siempre iban juntos, como Ramón y Cajal, del que fueron colegas. Por lo que se cuenta, Cosme y Damián eran gemelos, árabes (aunque cristianos) y médicos. Por ese orden, que es el que el tiempo da a las cosas. Como gemelos y como árabes lo cierto es que no llegaron a destacar gran cosa, pero como médicos alcanzaron cumbres todavía hoy inimaginables para sus más preclaros colegas, que no siempre reconocen sus gestas. Suele decirse, por ejemplo, que los transplantes quirúrgicos comenzaron a practicarse hacia la mitad del siglo XX, pero lo cierto es que muchos siglos antes estos dos ilustres sucesores de Hipócrates y Galeno ya los ejecutaban con grandes eficacia y maestría.

De todas formas, el hecho más asombroso es que ambos prestaban sus servicios médicos con carácter gratuito, motivo por el que fueron llamados “anargiros” y, lo que es más grave, por el que despertaron los recelos del resto de profesionales sanitarios de su época, que llegaron a denunciarlos por cristianos ante el gobernador de Egea, por ver si se así se libraban de tan desleal competencia.

Ahora bien, si Cosme y Damián despuntaron como médicos, el gobernador, que antendía por Lisias, no les iba a la zaga en lo que a maestría en la dispensa de tormentos se refiere. Así, aprovechó la ocasión para repasar con todo detalle el manual de torturas y suplicios. En primer lugar los mandó azotar sin que la cosa pareciera producir menoscabo alguno en sus convicciones. Después se procedió a arrojarlos al mar encadenados (algunas fuentes afirman que con pesos atados), pero fueron rescatados por un ángel especializado en tales menesteres. Se procedió luego a quemarlos vivos en la hoguera, pero las llamas evitaron sus cuerpos milagrosamente. Seguidamente conocieron las virtudes del ecúleo, instrumento tal vez desconocido para el lego en materia de torturas y para cuya ilustraciòn reproduzco aquí la explicación de Pedro de Ribadeneyra en sus Vidas de Santos:

Era cosa muy ordinaria el tormento del ecúleo, el cual era un instrumento de madera, a manera de caballete, con sus ruedas a los cabos, para estirar y descoyuntar al mártir.

Tampoco el ecúleo logró doblegar la fé de Cosme y Damián por lo que hubo de proseguir la sucesión de martirios. Se les ató a cruces, se les lapidó y se les asaeteó, todo ello con absoluta ineficacia. No quedó más remedio que recurrir a las artes mayores, artes que, aunque proporcionan menor espectáculo, no suelen fallar. Cosme y Damián fueron decapitados con todo éxito y Lisias pudo dedicarse a otras cosas agradecido por la oportunidad que los cielos le habían dado para ampliar la experiencia profesional de su cuerpo de torturadores (aprovecho para dejar claro que la famosa espada de San Cosme y San Damián no formaba parte de su instrumental quirúrgico, es aquella con la que se les cortó la cabeza).

Es de suponer que esta terrible historia es la que ha llevado a médicos, boticarios, matronas y encargados de baños a designar a San Cosme y San Damián como sus patrones. Al fin y al cabo son un magnífico ejemplo de las funestas consecuencias de la competencia desleal. Pero no es de sus martirios y tormentos, ni de su desconocimiento de los usos mercantiles de lo que quería hablar aquí hoy, sino de sus indiscutibles hazañas médicas, entre las que destaca, sin ninguna duda, el que pasa por ser uno de los primeros transplantes de la historia y que, por si ya la complicación técnica fuera poca cosa, Cosme y Damián llevaron a cabo después de haber sido decapitados.

Veámos cómo lo cuenta La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine:

El papa Félix abuelo cuarto de Gregorio construyó en Roma una magnífica iglesia en honor de los santos Cosme y Damián. Un hombre encargado de la limpieza yvigilancia de ese templo cayó enfermo de cáncer, que al cabo de cierto tiempo le corroyó totalmente la carne de una de sus piernas. Cierta noche, mientras dormía, soñó que acudían a su lecho los santos Cosme y Damián provistos de medicinas y de los instrumentos necesarios para operarle: pero antes de proceder a la operación uno de ellos preguntó al otro ¿Dónde podríamos encontrar carne sana y apta para colocarla en el lugar que va a quedar vacío al quitarle la podrida que rodea los huesos de este hombre? El otro le contestó: Hoy mismo han enterrado a un moro en el cementerio de San Pedro ad víncula: ve allí, extrae una de las piernas del muerto, la que haga falta, y con ella supliremos la carroña que tenemos que raerle a este enfermo.

Uno de los santos se fue al cementerio, pero en vez de cortar al muerto la carne que pudiera necesitar, cortóle una de sus piernas y regresó con ella, amputó luego al enfermo la pierna que tenía dañada, colocó en su lugar la del moro, aplicó después un ungüento al sitio en que hizo el injerto y seguidamente los dos santos se fueron después al cementerio con la pierna que habían amputado al sacristán y la dejaron en la sepultura, al lado del moro.

Existen en mi opinión varios elementos destacables. El primero de ellos es la diferencia racial entre donante y receptor, que en la época le daba a la cosa aún mayor espectacularidad. El moro, etíope según otras fuentes más interesadas en dejar bien patente la distinta pigmentación, tenía la piel mucho más oscura que el sacristán, cosa que todas las representaciones que el arte nos ha dado se han preocupado muy mucho en mostrar de manera destacada. Vaya como ejemplo la que debemos a Pedro Berruguete y que se encuentra en la Real Colegiata de San Cosme y San Damian de Covarrubias (pueblo que, como Santillana del Mar, merece mucho la pena visitar).


El milagro de San Cosme y San Damián por Pedro Berruguete

No obstante, en la patria chica de don JPQ, más concretamente en el santuario dedicado a su patrona, Santa Eulalia de Mérida, existe otra versión asaz interesante, que difiere de la que les he referido en un detalle no menor. Según ésta, Cosme y Damián, supongo que por puro amor al orden y la simetría, no se limitaron a colocarle la pierna al enfermo. También se tomaron la molestia de injertarle la pierna gangrenada al pobre etíope, cosa que, cuando menos, da que pensar.


El milagro de San Cosme y San Damián de Totana

No es esta la única imagen que avala esta versión. En el mismísimo Museo del Prado se conserva un lienzo atribuído a Fernando del Rincón que muestra con la misma claridad al moro disfrutando de su nueva pierna defectuosa. Yo me pregunto qué movería a tan sabios y santos médicos a hacer una cosa así.


El milagro de San Cosme y San Damián atribuído a Fernando del Rincón

De una parte no se le ve el sentido a realizarle un transplante a un cadáver, lo que hace sospechar que el donante muy muerto no debía de estar (alguna talla hay, aunque no he conseguido localizar una imagen, en que puede verse al etíope a los pies de la cama retorciéndose de dolor). Menos se entiende aún que el miembro transplantado sea una pierna gangrenada que poco bien puede hacerle a su receptor. No, señores, aquí hay un misterio que exige ser estudiado hasta su completo desentrañamiento. Además, ¿por qué Cosme y Damián lucen orgullosamente sus cabezas en todas las representaciones? ¿Acaso se las habían transplantado? ¿Qué garantias tenemos de que la cabeza de Cosme está efectivamente en el cuerpo de Cosme y no en el de Damián? ¿Alguien puede arrojar algo de luz en todo este embrollo?