13 de julio de 2007

Defensa del pleonasmo y la redundancia

Creo que ya va siendo hora de colocar aquí una necesaria, imprescindible y obligada loa al pleonasmo. Lo creo porque he abusado de él a lo largo de estos mis primeros años de ejercicio blogueril y, ya que retomo tan perniciosa práctica al viejo estilo, tras esas casi cuatro semanas que otros llaman mes por economizar vocablos, en las que he procurado contener la verborrea o graforrea con no poco esfuerzo y aún más encomiable denuedo que, digan lo que digan, es cosa de mayor grado que el simple esfuerzo, bueno será que lo haga con un ejercicio de sinceridad impropio por lo que tiene de indiscreto pero adecuado para evitar críticas y acusaciones fuera de lugar y, ya puestos, fuera de tiempo o, lo que es peor, fuera de tono.

No vayan a creer que con pleonasmo quiero referirme a aquella figura retórica “que consiste en emplear en la oración uno o más vocablos innecesarios para que tenga sentido completo, pero con los cuales se añade expresividad a lo dicho”. Me refiero más bien a la segunda acepción del término: “Demasía o redundancia viciosa de palabras”, definición que a mi entender se queda algo corta por demasiado escueta, con lo que el propio concepto se ve privado de una ilustración que a los señores lexicógrafos les habría resultado la mar de sencilla y para cuya composición les presumo particularmente dotados, que no es mucho presumir.

Que las palabras han sido aquí demasiadas es cosa al alcance de cualquiera a poco que le de al caletre (los aficionados a las precisiones helvéticas deben saber que mi cuenta las sitúa en torno a las trescientas noventa mil ciento noventa, más o menos). Que tal demasía sea viciosa es asunto más discutible, que entra en el resbaladizo terreno de lo opinable, donde florecen los argumentos por doquier. Pero, créanme, lo es. Viciosa hasta extremos patológicos. Sé bien por qué lo digo aún cuando supongo que más de uno habrá que me considere incapaz de saber bien ninguna cosa.

Qué mejor prueba quieren de ello, de la viciosa demasía, que el hecho de estar abriendo el cuarto párrafo de mi loa al pleonasmo sin haber entrado en harina, sin haberme metido en faena por más que ésta sea de aliño y carezca de florituras. De hecho empiezo a temerme que en el quinto párrafo voy a verme en la misma situación y empiezo a angustiarme un poco por esa sensación, que hasta el más tarugo o zoquete ha experimentado, de caminar sin rumbo ni propósito. Confiemos, en todo caso, en que todos los caminos conduzcan a Roma, aunque ya no se encuentre allí como bien advirtió Quevedo, y, al igual que Ulises, en que alguno de ellos pase por Ítaca por la cuenta que, tanto a Ulises como a mí, nos trae. Si además el viaje es largo y se confirma eso que cuentan de que Lestrigones y Cíclopes no existen, brindaremos a la salud del señor Kavafis.

¿Ven? Ya se lo decía o, más bien, se lo escribía. Sin acabar de arrancar, atrapado en los prolegómenos me veo asaltado por un segundo temor si cabe más acuciante: la posibilidad cierta de que tan tortuoso camino me obligue a dejar al pleonasmo sin su más que merecido elogio. Seré conveniente que haga el esfuerzo de centrarme en lo que aquí me ha traído aunque pueda conducirme al extravío.

De la definición de pleonasmo cabe deducir que los ilustres señores lexicógrafos creen que hay ocasiones en que las palabras pueden llegar a sobrar. Es, cuando menos, una petición de principio. No en vano la expresión “sobran las palabras” suele utilizarse cuando, por paradójico que esto suene, faltan las palabras, lo que, las más de las veces, es fruto de graves carencias por parte del hablante o escribiente y no cabe achacarlo a las pobres palabras, que poca culpa tienen de nuestra inepcia.

Parece, además, que los enemigos del pleonasmo son partidarios de eso que llaman “ir al grano”, que es una suerte de acné literario que, contrariamente al tradicional, sobreviene a cualquier edad y no respeta clase ni condición con la excepción de la clase política y la condición física. Nadie ha demostrado la ventaja de decir “cuchitril” en lugar de “solución habitacional”, ni mucho menos la de referirse a las personas con discapacidad auditiva con un brevísimo “sordos” que en nada tiene en cuenta la magnitud de su desgracia.

Puede argumentarse en este último caso que no hay razón para preocuparse por cómo se llame a los sordos toda vez que no van a oírlo. Craso error. Nadie ha dado a los sordos vela en este entierro, cosa lógica, pues nadie puede considerar sensato erigir en juez a quien ostenta la condición de víctima. Supongo que de estar en su mano la elección del término con que referirlos optarían por algo como “individuos atractivos y de gran potencia sexual” en lugar del mucho más obvio y políticamente correctísimo “individuos desentendidos del mundanal ruido”.

Para terminar, si es que esto es posible, debo afirmar que no veo razón para renegar del vicio por el simple hecho de serlo. No hay ni ha habido quien pueda decir que está libre de ellos. No son pocos los que no manifiestan ningún interés des deshacerse de sus vicios. Y aún es considerable el número de los que los alimentamos con esmero porque son de las pocas cosas que todavía nos conceden alegrías y ayudan a sobrellevar los sinsabores cotidianos que tanto abundan. Tampoco es desdeñable el número de los que se dedican a inventarlos nuevos, cosa siempre de agradecer.

Leónidas Antúnez, el contradictorio escritor tapihiano, escribió una vez que él habría empezado el Quijote diciendo tan sólo: “En Campo de Montiel vivía un hidalgo”. Al Quijote, a su nada modesto entender, le sobraban muchísimas palabras, afirmación que apoyó nada menos que en la autoridad del mismísimo Alonso Quijano, el cual, mientras escuchaba a Sancho referir una historia, “la mejor de las historias”, reconvino a su escudero por repetirse demasiado. Si desa manera cuentas tu cuento –dijo don Quijote– repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días: dílo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.

Diríase que en el fondo se esconde el miedo a perder el tiempo, a dejar escabullirse la vida breve en un mar de palabras que a nada conducen. Qué manera más contemporánea de tomarse las cosas. Son formas de verlo. Formas equivocadas, por supuesto, pues el tiempo que nos es dado, sea breve o largo, nada es si no se llena. Aunque sea de palabras. El mismo Antúnez escupió una infinidad de ellas demostrando que poco se aplicaba sus propios consejos y por eso le recordamos hoy día, que es forma pleonástica de decir “hoy”.

(Comunicación presentada al XVIII Congreso Internacional de Ponencias Absurdas a celebrar en Tapihi el próximo mes de octubre, retocada para acomodarse a las formas blogueriles)