27 de julio de 2007

Gastrosofía

Los caprichos del destino han querido que el célebre bandido Francisco Carrasco, “Frasquito”, pase a la historia antes por sus prácticas gastronómicas que por su historial delictivo. Y eso a pesar de que este último no anda escaso de tropelías de lo más singulares y variadas. Se cuenta que una vez asaltó el convoy en el que viajaba doña Úrsula de Valdés y Fuenteoliva, duquesa de Gamoneu y, admirado por la belleza y presencia de ánimo de ésta, sólo permitió a sus hombres violar a aquellas de sus damas de compañía que desconocieran cuál era la capital de Mongolia. Martín Céspedes, en su Crónica de abusos, fechorías y faltas con el añadido de algún que otro estupro, singular obra de referencia sobre el bandolerismo español de los siglos XVIII y XIX, refiere sus últimas palabras antes de ser ajusticiado: Antes muerto que… Interrumpida por el pelotón de fusilamiento, nadie sabrá jamás cómo terminaba la frase.

Pero, como digo, Frasquito es hoy recordado por su singular aportación al rico acervo culinario de nuestro de nuestro país debido a una curiosa leyenda. Andaban al parecer sus hombres ocultos en el monte sufriendo la implacable persecución del aún más implacable capitán Díaz cuando se vieron escasos de víveres. Se ha dicho, creo que con demasiada alegría, que la naturaleza provee en abundancia de todo cuanto podemos necesitar. Nada hay menos cierto. Frasquito y sus compinches, atrapados en los alrededores de la cueva que habían tomado por discreto refugio, sólo habían sido capaces de localizar ciertas bayas silvestres de indudable poder laxante que el ilustre botánico Robles Flórez, en contra de la opinión del resto de sus colegas, ha querido identificar con la zaragatona.

Pronto la desesperación comenzó a hacer mella en los recios delincuentes. Uno de ellos, llamado el Bellotero aunque hay quien se ha referido a él como el Bello Otero, de natural voraz, andaba ya próximo a perder el juicio ante la falta de sustento, cosa que despertó la alarma de otro al que llamaban “el Licenciado” porque, al parecer, había cursado estudios en la Universidad de Salamanca nada menos que con Diego de Mattafulatta. Pero será mejor que transcriba el relato tal y como yo he tenido noticia de él.

Sucedió pues que, avisado por el Licenciado del cariz que tomaba la cuestión, Frasquito tomó cartas en el asunto con intención de recobrar el orden que el hambre se había llevado. Y así, tomó una marmita del todo vacía y la puso en el fuego y durante varias horas hizo como que preparaba un guiso. Simuló también colocar algo en el espetón y con el cuchillo anduvo maniobrando como si cortara verduras en juliana.

Los hombres le miraron sorprendidos sin alcanzar a comprender el propósito de tales manejos hasta que, por fin, dio por terminadas las obras de cocina e hizo como que servía la mesa y, sosteniendo una fuente invisible, se dirigió a sus hombres con estas palabras:

–Tomad, comed, triunfad– les dijo–, que mejor vida os voy a dar que la del Papa de Roma. Sobre la mesa tenéis los más exquisitos manjares que el mundo ha conocido. Garbanzos de Fuentesauco y lentejas de La Armuña, chuletas de morucha de Salamanca, alcachofas de Tudela, queso del Roncal, asado de cordero segoviano, habas a la alavesa y muchas otras delicias.

Y en diciendo esto hizo ademán de tomar los imaginarios alimentos y llevárselos a la boca. Los otros le siguieron y pronto vieron calmarse su apetito. Comieron con ansia desconocida hasta que, a los postres, el Bellotero, saciado como nunca antes había estado, le tendió el puño cerrado diciendo –Toma del frasco, Carrasco–, a lo que Frasquito, viendo y celebrando el éxito de su estratagema, respondió haciendo como que lo tomaba y bebía de él como si del mejor vino de Toro se tratara.

Y ansí pasaron más de seis meses, durante los cuales los bandoleros celebraron dos y hasta tres banquetes diarios, según dictaran el vicio y las apetencias, y algunos llegaron a echar tal barriga que se vieron en necesidad de recomponer calzones y calzas para poder vestirse, y ninguno quiso abandonar aquel forzado destierro en la cueva al saber que no había rincón en el mundo en el que se prodigara tal colección de manjares y exquisiteces más dignas de un pontífice romano que de una cuadrilla de salteadores de caminos.

Un día el Licenciado, maravillado ante todos estos milagros que tanto costaba creer, por más que a diario los tuviera ante los ojos, se dirigió a su jefe.

– El fruto de vuestro ingenio vale su peso en oro.
– No hay idea, amigo mío–contestóle Frasquito–, capaz por sí de mover la aguja de la balanza. De haberla, no estaríamos aquí.

Mi fuente no es otra que la Relación de Imprudencias de Fray Junípero de Castrejana, monje de insólita capacidad creadora que fue capaz de componer este voluminoso compendio de historias legendarias desde su encierro en el Monasterio de Santa Eduviges, en una de cuyas celdas permaneció recluido desde los doce años hasta el fin de sus días por orden del prior, que siempre vió en él a un potencial agitador que convenía tener a buen recaudo. Fray Junípero supo admitir con resignación su obligada vida contemplativa y se consagró a sus letras desde temprana edad, letras que se habrían perdido para siempre de no haber sido por la intervención del hermano Anastasio, jardinero de la congregación y hombre aficionado a los trabajos literarios del monje prisionero, con los que disfrutaba en gran medida durante sus escasas horas de asueto. Resuelto a que tan enjundiosas historias no cayeran en el olvido y animado por otros impulsos, aprovechó algunas sus salidas del monasterio para hacer llegar una copia a manos de un impresor a cambio de ciertos favores que el decoro me impide nombrar y así, por esta concatenación de circunstancias, vieron la luz los cuatro volúmenes en folio que hoy se consideran la edición prínceps de la Relación de Imprudencias.

Es cierto que la Relación de Fray Junípero de Castrejana es fuente a la que no cabe conceder demasiado crédito toda vez que en la Descripción de Grecia que debemos a Pausanias de Lidia ya se hace mención de prácticas e historias sospechosamente semejantes a las de Frasquito con un grado de detalle que siempre ha hecho las delicias de los especialistas alemanes consagrados a desgranar las minucias de los antiguos para disfrute de propios, esto es, de ellos mismos, y extraños, porque bien extraño hay que ser para disfrutar con tales ejercicios. Pero no se vayan todavía, aún hay más. El Arte Culinario y Metafísica de las Costumbres, de Joest Ambrosius, publicado en Amberes en 1643 y que conoció un éxito inusitado para lo que era costumbre en aquellos días, menciona en su recetario a un tal Ferranus Adrianus que, por lo visto, había alcanzado cierta notoriedad por su capacidad para cocinar ideas sin el concurso de ingredientes materiales que las sustentaran. Tan sólo nos han llegado dos de sus delicias. Una de ellas, el Espíritu de libertad al aroma del libre albedrío sobre fondo de inevitable realidad, era costumbre servirla a aquellos peregrinos del Camino de Santiago que, a pesar de disponer de recursos dinerarios suficientes, se mostraban reacios a asumir el pago de las viandas. Según los tratadistas más rigurosos era obligado servirla en una escudilla pulida de forma que el comensal pudiera ver en ella el reflejo de su cara. La segunda de ellas, las Albóndigas de libertad sobre el reino de la necesidad, es todavía hoy muy popular en Tréveris y se cuenta que era uno de los platos preferidos de Karl Marx. Ninguna de las dos, todo hay que decirlo, figura en el Libro de guisados, manjares y potajes de Ruperto de Nola.

El caso es que en la ocurrencia de Frasquito se ha querido ver una alegoría del poder de las ideas sobre las cosas materiales. No han sido pocos los moralistas de la segunda mitad del siglo XIX que han recurrido a la figura de este bandolero para ilustrar sobre la infinita capacidad de la mente para superar las privaciones y calamidades. Entre ellos destaca el padre Benito Garcés, en cuya Guía de Rectitud puede leerse una encendida defensa del solipsismo que acabó por costarle la excomunión al coquetear en exceso, a juicio de las autoridades eclesiásticas, con peligrosas ideas orientales que prefiero no detallar aquí.

Sobre la realidad histórica de Frasquito, es de justicia admitirlo, existen no pocas dudas. No es menos cierto que, de haber existido efectivamente el personaje, es poco probable que consiguiera alimentar a sus hombres con platos imaginarios durante más de seis meses. Y, por supuesto, resulta increíble que los cinco fornidos bandoleros llegaran a ganar peso alimentándose tan sólo del aire, aunque todavía hoy haya quien crea en esa posibilidad. Pero hay que reconocer que, sea todo esto verdad o no, resulta una historia de lo más sabrosa y de la que cabe extraer mucho jugo. Otra cosa es que yo no haya sabido cocinarla.