29 de agosto de 2007

El secreto tapihiano (VI)

(Indagaciones prescindibles sobre el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson)
[Primera parte - Segunda Parte - Tercera Parte - Cuarta Parte - Quinta Parte]

Toda investigación que se pretenda mínimamente seria y con las necesarias dosis de solvencia debe contar con un punto de partida claro. Por ello Stierscheiße y Eselbohrung comenzaron por realizar un repaso exhaustivo de la literatura tapihiana descubriendo, con no poca sorpresa, que las referencias más o menos evidentes al mapa de Sir Conrad Melville Stevenson eran harto frecuentes.

Tal vez por esta razón, Stierscheiße y Eselbohrung abren su artículo con una cita atribuída al editor británico del más famoso profesor de Weissnichtwo, Diógenes Teufelsdröckh, y que dice así:

Readers of any intelligence are once more invited to favor us with their most concentrated attention: let these, after intense consideration, and not till then, pronounce, Whether on the utmost verge of our actual horizon there is not a looming as of Land; a promise of new Fortunate Islands, perhaps whole undiscovered Americas, for such as have canvas to sail thither?

Cita que, para los ignorantes de la lengua del cisne del Avon, podría traducirse, de forma aproximada, de la siguiene manera:

Una vez más, los lectores de cierta inteligencia están invitados a concedernos su atención más concentrada: dejemos que sean ellos quienes se pronuncien tras una larga consideración, pero no antes, y nos digan si, en el más lejano confín de nuestro actual horizonte, no hay un atisbo como de Tierra, la promesa de unas nuevas Islas Afortunadas, tal vez de Américas enteras por descubrir, para quienes tengan velamen suficiente para llegar hasta allí.

Estudiosos y académicos del mundo entero llevan años discutiendo sobre si Teufelsdröckh se refería veladamente a Tapihi con estas palabras. No en vano, Tapihi ha ocupado a lo largo del último siglo el lugar de las olvidadas utopías en más de una tradición, llegando a ser sinónimo de tierra de promisión para más de una secta no necesariamente ilegal. Ahora bien, si Stierscheiße y Eselbohrung abren su artículo recurriendo indirectamente al profesor Teufelsdröckh a través de las palabras de uno de sus editores, no deja de ser curioso que Leónidas Antúnez mencionara al mismo profesor Teufelsdröckh en uno de sus más conocidos ensayos, D(es)escribir, que arranca con esta recargada frase, claro ejemplo de su rebuscado estilo:

Cierto escrito del profesor Teufelsdröckh ha servido, sin proponérselo, de motor y acicate para estas líneas con las que he pretendido una reflexión, todo lo modesta que mi condición exige, acerca de la deriva de las letras a lo largo del último siglo, durante el que ciertos vicios han usurpado la categoría de virtudes condenando a la verdadera grandeza a jugar un papel de comparsa mientras minucias insignificantes han sido elevadas a altares que jamás deberían siquiera haber soñado ocupar.

Antúnez no aclara en ningún lugar cual pueda ser ese texto pero, dado que el tema central del ensayo es el abuso de la descripción espúrea en cierta literatura contemporánea, se lo ha querido identificar con el que reproduzco a continuación:

Poco antes de que se erradicase la viruela apareció en Europa una nueva enfermedad de carácter espiritual: me refiero a la epidemia, hoy endémica, de los coleccionistas de paisajes. Los poetas de la antigüedad, poseedores como eran de unos sentidos privilegiados, también habían disfrutado de la naturaleza exterior, pero siempre tal y como nosotros disfrutamos de la copa de cristal que contiene un buen o mal licor, es decir, en silencio o con un breve comentario incidental, nunca, que yo sepa, hasta después de «Los sufrimientos de Werther», hubo nadie que dijera: “¡Vamos, hagamos una descripción! ¡Consumido el licor, comámonos la copa!” Enfermedad que por desgracia aún no ha tenido su Jenner.

Lo cierto es que Antúnez defendía un uso del adjetivo todo lo escueto que permitese la conservación del sentido de las frases. Es bien sabido que en un conocido artículo llegó a escribir que él habría empezado el Quijote así:

En Campo de Montiel vivía un hidalgo.

Sin embargo, debe reconocerse que poco se aplicaba el cuento. Sus párrafos suelen ser enrevesados, alambicados hasta extremos inimaginables. Pero no de trata aquí de la crítica a las formas de Leónidas Antúnez, sino, más bien, del ejemplo que utilizó en el citado ensayo para ilustrar sus tesis. Recurrió al parecer, pues no ha habido forma de confirmarlo, a un pasaje de una desconocida novela que es el que reproduzco a continuación:

El documento estaba lacrado en varios sitios con un dedal en lugar de un sello; quizá fuera el mismo dedal que había encontrado yo en el bolsillo del capitán. El médico abrió los sellos con mucho cuidado y cayó el mapa de una isla, sin latitud y longitud, sin sondeos, ni nombres de colinas, ni ensenadas, ni caletas, ni ninguno de todos los detalles que podían hacer falta para que un barco pudiera anclar a seguro en sus costas. Tenía unas nueve millas de largo y cinco de ancho y podríais decir que su forma era la de un dragón gordo puesto de pie, con dos buenos puertos naturales y un volcán en el centro, aunque no se señalaba su nombre. En fechas ulteriores se le habían añadido varias cosas, pero sobre todo tres cruces en tinta roja: dos en la parte norte de la isla, una en el sudoeste y, junto a esta última, con la misma tinta roja y en letra pequeña y clara, las palabras: «Aquí está la mayor parte del tesoro».

Este pasaje, sobre todo el detalle del dedal en lugar del sello, confirmó a los investigadores que se encontraban en el buen camino y motivó que los profesores Stierscheiße y Eselbohrung dirigieran una nueva consulta a las autoridades de la municipalidad marsellesa. Querían saber, en concreto, si las tres cruces que mostraba el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson habían sido dibujadas efectivamente con tinta roja, ya que las reproducciones que habían publicado los periódicos de medio mundo no permitían apreciar ese detalle al estar hechas en blanco y negro. La respuesta no se hizo esperar, es decir, que hubo que esperar unas dos semanas para recibir a vuelta de correo lo siguiente:

Estimados señores Stierscheiße y Eselbohrung,

Seguimos agradeciendo su interés por los intrigantes asuntos que ocupan nuestro diario quehacer. No podemos, sin embargo, dejar de manifestar la sorpresa que ello nos causa pues hace ya meses que periodistas y demás reptiles han dejado de prestar atención a los avances de nuestras investigaciones y se han dedicado a otros asuntos a su juicio de mayor interés público y quién sabe si mayor rentabilidad mercantil.

Con respecto a la consulta que nos hacen debemos decirles que no resulta fácil dar una respuesta concisa, pues es cuestión que ha suscitado no pocas controversias entre los investigadores y sabios dedicados a desentrañar estos misterios. Por resumir, les comunicamos que un cierto grupo de ellos anda convencido de que las cruces presentan un color grosella mientras que otros tantos afirman con vehemencia que se trata de color carmín degradado por el tiempo. Llevábamos ya muchos días dedicando buena parte de nuestra jornada a evitar que los miembros de uno y otro grupo llegaran a las manos cuando se recibió el dictamen del profesor Winston de la Torre, del Instituto Greenwich de Cromatografía Abstrusa. Para nuestra desgracia, este afirmaba, tras una ingente cantidad de complejos y prolijos cálculos, que las cruces mostraban claramente las tonalidades de los grandes reservas riojanos basados en las uvas de tempranillo y graciano sin que pueda descartarse la presencia residual de la garnacha. Ni que decir tiene que no contribuyó precisamente a calmar los ánimos. Contamos con una cuarta teoría, defendida por el profesor Afflelou, que sitúa el color entre el siena tostada y el azul cobalto. Imagino que ya sabrán, pues es cosa de dominio público, que el profesor padece una de las formas más extremas de daltonismo y nadie le hace mucho caso.

Confío en que esta información les resulte de utilidad. Tengan por seguro que si se produce algún avance relevante en nuestros trabajos se lo haré saber sin mayor dilación. Sin otro particular, sigan contando ustedes con toda la colaboración que esté en nuestras manos proporcionarles.

Atentamente,

Serge Louis Pigou y Noémie Melissa Cresson
Responsables del Departamento de Hallazgos Curiosos

P.S. No ha contestado a mis inquisiciones sobre su nombre. No insistiré más, pero ¿hay alguna razón para ello?

Todo parecía encajar a la perfección. La tesis de que buena parte de los literatos tapihianos, si no todos, conocían al detalle el mapa de Sir Conrad Melville Stevenson desde mucho antes de su descubrimiento parecía irse confirmando poco a poco. Era el momento de dar un paso más, paso que aquí daremos en una próxima entrega.