25 de septiembre de 2007

Introducción a la música

Recientes conversaciones y la sempiterna vocación de servicio que siempre me ha condenado me impulsan a redactar este breve cursillo con el que confío aportarles la seguridad necesaria para adentrarse sin complejos en el proceloso mundo de la música, ese arte huidizo que pasa por ser el más puro. No en vano fue directamente inspirado por las musas y de ahí su nombre.

Lamentablemente, como pasa con casi todo, cuando uno empieza a desgranar este complejo asunto van desapareciendo la poesía, los sentimientos y las demás lindezas. No esperen, por tanto, prosa elevada y aún más elevados conceptos. Mi intención, pedestre como es habitual, es simplemente procurarles unas nociones básicas para manejarse en el laberinto de corcheas y bemoles sin riesgo de extravío. Veremos si lo consigo.

Propósito

Introducir, lo que se dice introducir, es cosa que puede hacerse de muchas maneras. Hasta no hace mucho gozaba de gran predicamento la introducción violenta, administrada por severos maestros armados con reglas de madera. Hoy en día, por esos vaivenes pendulares a los que tan propenso es el espíritu humano, se estila más bien lo contrario. Se habla, siempre con una sonrisa, de “motivación”, de “aprender a aprender” y muchas otras cosas igual de biensonantes pero que, por lo que se ve, producen escasos resultados.

Sin embargo, del hecho de que descrea de la moderna pedagogía no deben deducir que vaya a optar por la vieja escuela para mi propósito. Del indudable hecho de que la letra con sangre entra no cabe deducir que la nota también lo haga, y así, he creído oportuno tirar por la calle de en medio a pesar de dudar, con cierto fundamento, de la existencia de tal calle.

El ruido y la música

Decía el manual escolar con el que me intentaron enseñar estas cosas que la música es el arte de combinar los sonidos con el tiempo. No sé a ustedes, pero a mí la cosa me recuerda a un barman de los que ya no se estilan. Se cogen unos pocos sonidos y algo de tiempo, se meten en la coctelera, se agita convenientemente y … ¡hala!. Ya tiene uno el combinado. Lo malo es que si no se tiene arte acaba uno preparando eso que llamaban música máquina y que tiene más que ver con un martillo hidráulico que con don Antonio Machine e incluso con la Miami Sound Machine.

Convengamos, por simplificar, en que la música es un arte aunque no se sepa muy bien qué esconde ese concepto y que el ruido (y a veces la furia) viene a ser la ausencia de arte. Es declaración vacía, pero tampoco vamos a ponernos tiquismiquis por un quítame allá esas pajas. Será mejor entrar en harina estudiando brevemente los sonidos.

Los Sonidos. Conceptos básicos

Los más selectos libros dedicados a tan trascendental asunto coinciden en afirmar que las características del sonido son: intensidad, tono y timbre. Y ya que cierta tradición aconseja definir las cosas a través de sus características, no está de más que los repasemos con cierto detalle.

  • La intensidad, que no es otra cosa que el volumen, eso que todos llamamos alto y bajo, no es más que la amplitud de la onda sonora. Cuanto más amplia es ésta, más alto se oye, pero si lo dijéramos así no sonaría muy científico.
  • El tono,como el sexo, es cuestión de frecuencia. Cuanto más alta es ésta, más agudo es aquel, el tono, por supuesto.
  • El timbre viene a ser el hecho diferencial de los instrumentos. Un violín y un piano pueden producir sonidos de igual tono e intensidad y, sin embargo, son perfectamente distinguibles (quiero decir distinguibles al oído; ya sé que también lo son a simple vista o al cargar con ellos). Una explicación sencilla es afirmar que ambas ondas tienen formas diferentes. Una explicación menos sencilla se basa en el número de armónicos y el análisis de Fourier, según el cual toda onda periódica puede descomponerse como suma infinita de senos y cosenos. Aclara menos pero queda uno como más interesante.

Los cientificos que se han dedicado a estas cosas han comprobado que el instrumento musical con una onda más similar a una sinusoide es la flauta dulce. Ignoro cómo demonios han llegado a tener noticia sobre el sabor de tan indigesto instrumento, pero habrá que creerles que para eso llevan bata blanca.

A la intensidad, el tono y el timbre debe añadirse una cuarta característica, la duración, pero ya llegará el momento de tratar tan enjundioso asunto.

Las notas musicales

La semana tiene siete días y el año doce meses. A nadie se le ocurre decir que el año tiene siete meses o la semana doce días. Por eso no es fácil explicar por qué se ha vuelto lugar común decir que las notas, que son doce, son siete. La razón más probable para tan sorprendente circunstancia descansa sobre la arraigada tendencia humana a hacer distingos.

Así, lo mismo que suele hacerse con las personas se hace con las notas musicales. Se nos dice: de acuerdo, las notas son doce, pero sólo siete son las notas fetén, las de primera categoría, las que tienen derecho a un nombre propio. Y dicho y hecho. Sólo siete notas tienen nombre propio. El que todos ustedes conocen y que proviene del Himno a San Juan Bautista escrito por el historiador lombardo Paulus Diaconus y que decía y dice así:

Ut queant laxis
Re sonare fibris
Mira gestorum
Famuli torum
Solve polluti
Labii reatum
Sancte Ioannes

Con el tiempo, el “Ut” fue sustituido por el “Do” (derivado de Dominus) y la cosa quedó más o menos así:

Do – Re – Mi – Fa – Sol – La - Si

Pero aquí no acaba la cosa. No es que las otras pobres cinco notas marginadas no disfruten de un nombre propio, es que, como se las nombra por referencia a las adyacentes, ni siquiera hay forma de aclararse con ellas. Fa#, por poner un ejemplo, es exactamente la misma nota que Solb. Para entender este despropósito deben olvidar la definición de tono que les di antes y quedarse con esta otra.

Un tono es la sexta parte de una octava.

Se preguntarán ahora, ¿y qué demonios es una octava? Pues, miren por donde, eso si es sencillo de explicar: una octava es un intervalo de seis tonos. Vean a continuación una octava completamente desnuda:

Do – Do# ó Reb – Re – Re# ó Mib – Mi – Fa – Fa# ó Solb – Sol# ó Lab -Si

No me digan que no tiene bemoles la cosa. Pero no hay injusticia sostenible eternamente. Todas, antes o después, encuentran su libertador. En Rusia, por ejemplo, Vladimir Ilich Ulianov puso todo su empeño en la liberación del proletariado. Con poco éxito, todo hay que decirlo, porque igualdades no es que lograra muchas. Más bien cambió unas diferencias por otras. En hispanoamérica (o iberoamérica, o latinoamérica, o como quiera que los manuales de corrección política llamen a tan vasto territorio), Simón Bolívar vino a hacer tres cuartos de lo mismo.

En el caso de la música, el revolucionario fue, era de esperar, Arnold Schonberg, que se empeñó en poner las notas en pie de igualdad. No era mala idea, pero tropezó con una penosa política de marketing a la hora de colocar su invento ¿Cómo puede uno esperar el éxito de algo con un nombre tan horrísono como “dodecafonismo”? Es más que evidente que el palabro combina los sonidos y el tiempo con muy poco arte.

Tiempo

Pero las notas, en tanto que sonidos, presentan, como ya les dije, una cuarta característica que viene a añadirse a las tres que antes les he presentado. Me refiero a la duración. Hay notas cortas y largas, las hay que se hacen largas e incluso, aunque son las menos, algunas resultan demasiado cortas.

Hasta no hace mucho a nadie le pareció necesaria mayor distinción. Los monjes dedicados al canto gregoriano distinguían tan sólo dos notas, la longa y la brevis. Pero según se fueron complicando las cosas, triste consecuencia de la condición humana, no quedó más remedio que crear una amplia variedad de duraciones.

Al decir de los entendidos, las notas blancas duran más que las negras, afirmación que en más de una ocasión les ha valido la acusación de racistas. Todavía hay parientes más pobres, las corcheas son aún más cortas y todavía más lo son las semicorcheas. El colmo de la cortedad son las fusas y semifusas. Sólo una cosa es más corta que una semifusa, y es el autor de estas líneas.

Pero por más que se empeñen los compositores por establecer la duración de sus notas calificándolas de corcheas o semifusas, escapa a su control lo deprisa que el intérprete o ejecutante (en general es preferible el segundo término) las reproduzca. Por eso se inventó el “aire”. Cuesta entender por qué a la velocidad de ejecución se le llamó aire. Yo siempre he creído que la cosa tiene que ver con los aspavientos del músico y/o del director: cuanto más rápido tocan o dirigen, más aire levantan a su alrededor.

El caso es que la ortodoxia ha fijado una serie de “aires” desde el más lento, llamado Grave, hasta el más rápido, llamado Prestissimo. Les dejo aquí para su deleite la lista completa:

  • Grave - Es el aire más lento de todos
  • Largo - Muy lento, pero no tanto como el Grave
  • Larghetto - Un poco menos lento que el Largo
  • Adagio - Moderadamente lento
  • Andante - Moderado, ni rápido ni lento
  • Andantino - Semejante al andante, pero un poco más acelerado
  • Allegretto - Moderadamente rápido
  • Allegro - Andamento veloz y ligero
  • Vivace - Un poco más acelerado que el Allegro
  • Presto - Aire muy rápido
  • Prestissimo - Es el aire más rápido de todos

No contentos con esto, los compositores musicales, siempre melindrosos, han dedicado enormes esfuerzos por calificar sus aires más por liar la cosa que por dejarla clara. Así, uno encuentra con frecuencia en las partituras indicaciones tales como, Andante con moto, sin especificar la cilindrada de esta. Tal vez el más preclaro ejemplo de esto sea el Quinteto de Vientos de Johann Sebastian Mastropiero, cuyos tiempos son:

  • Allegro molto
  • Andantino grazioso
  • Allegro piacevole ma con un attimo de nostalgia meridionale senza perdere di vista il chiaro rallentando delle pasione humane e il fiatto semplici della luminose mattine dove gli uccelli felice cantavano lasciato ni esperanza voi che entrate assai

Si a esto unimos el paralelo empeño por controlar también la intensidad de las notas a ejecutar con indicaciones absurdas como, “piano”, queriendo decir que hay que tocar bajito tenemos un batiburrillo surrealista en el que no hay forma de aclararse.

Armonía

Una cosa muy principal y que, por alguna razón que se me escapa, tienden a olvidar los divulgadores de los secretos musicales cuando les da por repartir su saberes, es, no ya la combinación de los sonidos con el tiempo, sino la combinación de los sonidos entre sí. A eso lo han llamado armonía como consecuencia del ansia humana por ponerle nombre a todo lo que se deje y es lo que diferencia los politonos del despertador Casio de hace unos años.

La sabiduría popular, que por muy lo segundo que sea no deja de tener algo de lo primero, siempre ha afirmado que tres son multitud. Por eso me permito decir ahora que la armonía trata precisamente con y de las multitudes. Su punto de partida, el llamado “acorde”, consta de, al menos, tres notas distintas. Tres personas no pueden jugar al mus y dos notas no pueden formar un acorde. Es así de simple. Ahora bien, alguno se preguntará ¿y por qué? A pesar de las pesadumbres que suele acarrear el excesivo conocimiento responderé a la pregunta en el siguiente párrafo.

Tres personas no pueden jugar al mus porque se juega por parejas (la costumbre ha establecido el número de parejas en dos, pero no es impensable una partida de tres parejas). Dos notas no pueden formar un acorde porque no tienen forma de definir la “modalidad”, abstrusa idea que me permite abrir el siguiente apartado.

Modos

Los modos, que no deben confundirse con los modales, son, por lo visto, dos. Ya me he referido antes al afán discriminatorio que anida en las profundidades del alma, por lo que no abundaré en el asunto y me limitaré a informarles de que se les ha llamado “Mayor” y “Menor” por personas que, sin género de dudas, no atendieron las sabias explicaciones de Coco en Barrio Sésamo, porque no se ve por ninguna parte que el uno sea más grande que el otro.

¿Que en qué se diferencian ambos modos? Pues en una cosa muy sutil. Tan sutil que es digna de Duns Escoto: la tercera. Y no me refiero a las sesudas disquisiciones con que nos regala el diario ABC en su tercera página, sino a al intervalo de tercera en la escala musical. Si la tercera es mayor (para entendernos, entre la primera y la tercera nota hay una distancia de dos tonos), el modo es mayor. Si la tercera es menor (es decir, una diferencia de un tono y medio), el modo es menor.

Ahora bien, les he dicho que el modo, o la modalidad si se ponen pedantes, es una cosa de lo más misteriosa y me los imagino ahora sorprendidos al no ver misterio por parte alguna. Vean la escala de Do mayor:

Do – Re – Mi – Fa – Sol – La - Si

Y vean ahora la escala de La menor:

La - Si – Do – Re – Mi – Fa – Sol

Es decir, la misma pero empezando por otra nota a la que llaman tónica. Son iguales, la misma, lo que no impide a los profesionales del asunto afirmar con contundencia que las composiciones en modo menor son tristes y melancólicas y las composiciones en modo mayor alegres y optimistas. ¿No es de lo más misterioso?

La tónica no se llama así en honor al infame brebaje con que suele arurinarse la buena ginebra sino porque “da el tono”, cosa distinta de dar la nota. Y es que los grados de la escala musical, de cualquier escala, tienen nombre y ninguno tiene desperdicio.

I. Tónica
II. Supertónica
III. Mediante
IV. Subdominante
V. Dominante
VI. Superdominante
VII. Sensible

Urge una interpretación de esta extraña terminología en términos políticos que me siento incapaz de hacer aquí. Tampoco sería mala idea una novela. No me negarán que el relato de las tormentosas relaciones entre un superdominante y un sensible puede dar mucho juego (ahí tienen, sin ir más lejos, al matrimonio Macbeth).

El intervalo tritono

Introduzco aquí un asunto menor pero de cierta enjundia. Ya que, llegados a este punto, en el que ya sabrán de acordes e intervalos, no le resultará difícil comprender lo que sigue. ¿Se imaginan un intervalo tritono, es decir, de dos notas separadas por tres tonos? Los doctores medievales sí se lo imaginaron y se llenaron de espanto. Vieron en él nada menos que al mismísimo diablo mucho antes de que Marilyn Manson asaltara las tiendas de discos. Es lugar común que el sonido del intervalo tritono es “siniestro”, lo que no deja de ser una arbitrariedad consagrada por la costumbre. A mí me parecen mucho más siniestros David Bisbal, King Africa o la pelandusca esa de los micrófonos aunque sus intervalos sean angelicales (cosa que está por ver).

Conclusión precipitada

Y alcanzado este punto, tengo para mí que ya he acumulado información suficiente como para considerar demostrada mi no declarada intención: introducirse en la música es cosa que no sirve para nada, llena de sinsentidos enfrentados a todo uso de razón y que no conduce a nada bueno. Para tocar el clarinete lo que hay que hacer es soplar y darle a las llaves (preferiblemente a la vez y con cierto orden), eso es todo. Para tocar el clarinete en una orquesta lo que hay que hacer es justo lo contrario, no soplar y procurar que el director no se de cuenta. Si todos los músicos de la orquesta hicieran lo mismo, la de paz que nos traerían.