1 de septiembre de 2007

Mil y una noches

Si reparan en la leyenda que está bajo mi retrato, si es que puede llamarse retrato sin rubor, comprobarán que “ya son 1001 los días que llevo aquí”. No es difícil deducir, por tanto, que también son mil y una las noches de este modesto blog que, además, nació con total nocturnidad aunque ausente de alevosía. Tal vez por ello lo he llamado en más de una ocasión “rincón de mis desvelos”.

Lo confieso, nunca imaginé llegar tan lejos. No es fácil plantearse mil y una noches por delante. Ni siquiera Scheherezade creo que tuviera esa cifra en mente cuado arrancó a contar el primer cuento de lo que sería El Libro de las mil y una noches, un título que, coincido en esto con Borges, “es uno de los más hermosos del mundo”. El argentino, más modesto, sólo alcanzó a escribir Siete Noches en 1980. En una de ellas, casualmente dedicada a Las mil y una noches, intenta explicar la belleza de la expresión:

Creo que reside en el hecho de que para nosotros la palabra “mil” sea casi sinónima de infinito. Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables noches. Decir “mil y una noches” es agregar una al infinito… La idea de infinito es consustancial con Las Mil y una noches.

Algo de esto hay en la creencia árabe de que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el final. Gracias a la editorial Cátedra, que acaba de editar la traducción que Vicente Blasco Ibáñez hizo de la traducción del doctor Mardrus, pueden ustedes intentarlo ochenta eurazos mediante. De lo que estoy seguro es de que nadie puede leer estas Salidas de principio a fin, aunque por razones bien diferentes. Si aquellas noches se antojan infinitas, éstas, las mías, son tan finitas como su autor (y eso que nunca me he puesto a dieta). Si aquellas resultan seductoras y agradables, éstas son áridas y, en alguna medida, maleducadas (está muy feo poner en dificultades a los huéspedes).

Las primeras son de origen incierto: Tenemos una serie de cuentos –escribe Borges–; la serie de la India, donde se forma el núcleo central, según Burton y según Cansinos-Asséns, autor de una admirable versión española, pasa a Persia; en Persia los modifican, los enriquecen y los arabizan; llegan finalmente a Egipto. Esto ocurre a fines del siglo XV. A finales del siglo XV se hace la primera compilación y esa compilación procedía de otra, persa según parece: Hazar afsana, Los mil cuentos.

A Europa llegaron de la mano de Antoine Galland, que comenzó a publicar su traducción en 1704. Añade algunos de los cuentos que no se hallan en las noches originales (si existe algo que pueda llamarse así), como Aladino y la lámpara maravillosa. En occidente alcanzaron una reputación que jamás han tenido en el mundo musulmán. Vuelvo a Borges: Los más famosos y felices elogios de las 1001 noches –el de Coleridge, el de Tennyson, el de Edgar Allan Poe, el de Newman– son de lectores de la traducción de Galland. Sin embargo, J.L.B. añade algo más: Palabra por palabra, la versión de Galland es la peor escrita, la más embustera y la más débil, pero fue la mejor leída. Si tienen interés por seguir la pista de las traducciones de Las mil y una noches, no está de más que echen un vistazo al ensayo que el argentino incluyó en su Historia de la Eternidad. Allí tendrán noticias de la versión “obscena” del fascinante Burton, de la “veraz” del doctor Mardus, de la “franca” de Enno Littmann, y de muchas otras entre las que quiero citar la de Cansinos-Asséns, porque es la única, hasta donde yo sé, traducida directamente del árabe al español.

Volviendo a mis Salidas, mis particulares mil y una noches, debo decir que también tienen un origen incierto, aunque esta incertidumbre reside más bien en mis propias limitaciones. No sé, nunca he sabido, por qué abrí este rincón. No he sido capaz de imaginar, inventar o suponer un propósito. Las he dejado discurrir azarosamente aunque obligadas por su pasado. Buen ejemplo de ello es Tapihi, que nació sorpresivamente cuando se me ocurrió relatar las peripecias de un explorador tan impreciso que nunca fue capaz de localizar sus descubrimientos. Lejos estaba yo aquella noche, una entre mil y una, de imaginar que semejante peñasco en medio de la nada se iba a poblar a semejante ritmo. Les confieso que desde hace tiempo no puedo manejarme sin mi ejemplar del Who’s who tapihiano, que entre personajes ya públicos y aquellos otros que aún no conocen ya tiene una dimensiones considerables. No es fácil retener toda esa jungla en la cabeza (preguntas para expertos: ¿Cómo se llama el Comisionado especial para asuntos turísticos de Tapihi? ¿Quién escribió La zanahoria y el palo? ¿Ven como no es tan fácil?) y a este paso supongo que acabaré sustituyendo el manual por el padrón general de habitantes de la isla.

Las Mil y una noches, las de verdad, son una colección de narraciones encerradas unas dentro de otras, como las muñecas rusas (las de artesanía, no sean mal pensados). Yo no he llegado tan lejos. A veces las encadeno, como cuando me dió por traer una extraña serie que narraba la curiosa transformación de las investigaciones de un peculiar naturalista escocés del siglo XVIII en el fracasado intento de rodar una película pornográfica en la isla de Malta, novelas negras y bebop mediante. Sólo algún eslabón llamó la atención (las desventuras del Basil Winthorpe, aquella oveja negra de Baltimore, fueron honradas por Libro de Notas, que sigue siendo página de referencia fundamental). Tal vez lo más parecido sea el ladrillo en curso que les estoy soltando sobre el mapa tapihiano que, créanme, sé que les aburre, pero me está resultando muy útil para poner a cada tapihiano en su sitio. Admito, aunque lo negaré de aquí en adelante, que para mí cada una de esas piezas no es si no una caja para guardar algo. De todo he metido en ellas, hasta reproches familiares, pero no esperen que se los señale. Estaría feo por mi parte

Ya ven. Mil y una noches encerradas en estas garambainas. Muchas de esas noches también son suyas. Lo que hayan leído en ellas les pertenece porque hay tantas Salidas como lectores han tenido (tampoco muchos, para ser honesto; aunque para mí, más que suficientes). Sólo en ese sentido pueden llamarse infinitas mis bobadas. Si las han disfrutado, es culpa de ustedes. Claro que, de ser así, yo, modestamente, se lo agradezco, porque con seguridad habrían disfrutado más de las verdaderas mil y una noches.

Es un libro tan vasto que no es necesario haberlo leído, ya que es parte previa de nuestra memoria y es parte de esta noche también.
(Siete noches)


Dicen los árabes que nadie puede
leer hasta el fin en Libro de las Noches.
Las Noches son el Tiempo, el que no duerme.
Sigue leyendo mientras muere el día
y Shahrazad te contará su historia.
(Historia de la noche)