24 de septiembre de 2007

Pleitos tengas...

De todos es sabido que las cabeceras de prensa tienden a sobrevalorar informaciones de escasa trascendencia frente a otras que, por poco análisis que uno se moleste en hacer, resultan de mayor gravedad, interés y significación. Estos días estamos viviendo un caso palmario. Si se toman la molestia de revisar las portadas de los periódicos de los últimos días hoy comprobarán que están dominadas por planes de vivienda, corruptelas varias o amenazas terroristas. En definitiva, asuntos menores de los que nadie tendrá recuerdo dentro de pocas semanas. Por el contrario, hay otras noticias, ocultas entre las páginas interiores y con mínima extensión, de importancia incontestable. Una de ellas, en concreto, es la que me ha animado a iniciar estas líneas.

Ya sé que les tengo un tanto dejados de la mano de Dios. No es cosa de mi gusto, pero no veo forma de afrontar la sequía. El bosque de neuronas que me acompañaba se ha transformado en páramo estéril, supongo que por falta de riego (interesante juego de palabras, ¿no creen?). Y así estamos. Confieso mi culpa. Soy yo el responsable de mi inactividad aunque habrá quien crea que lo es esa mano de las que les he dejado. ¡Qué socorridas son las circunstancias para justificarse!

Ya conocen el tema. Tanto un servidor como muchas cabezas mejor dotadas y amuebladas que la mía llevamos tiempo insistiendo en un acuciante problema que no parece ser percibido en toda su gravedad por los más. El azar ya no se entiende como lo que es. Cuando un caballero se cae por un socavón y se rompe varios huesos, jamás piensa en achacar el incidente a la mala suerte o a su propia torpeza. No. Será el Ayuntamiento o algún responsable de obra el que cargue con las culpas. Nunca es difícil encontrar alguna perdida ordenanza o regulación sobre la que apoyarse: que si la señalización era deficiente, que si la valla sólo tenía 105 centímetros en lugar de los reglamentarios 120, que si el cartel de peligro no estaba escrito en la “lengua vehicular”, etc.

Esta pasíón por encontrar responsables ajenos en lo puramente azaroso o en lo exclusivamente personal choca con la afición paralela por exculpar a los que sí son verdaderamentre responsables de algo. Un atracador yonqui es una “víctima de la sociedad” y no cabe exigirle resposabilidades por los seis navajazos que le propinó a una pobre anciana. Tal vez incluso la anciana incumpliera alguna ordenanza al pasear de noche por calles solitarias (el corpus reglamentario tiende al infinito y supera con creces lo que puede ser leído en toda una vida; no sé por qué me viene a la memoria aquella Historia de la literatura extremeña que, según contaba el profesor Murillo, superaba en extensión a la propia literatura extremeña).

Sé que hay quienes no comparten esta crítica. Entre ellos, aquellos que niegan la existencia del azar. Todo, según su parecer, ocurre por causa de algo y, en consecuencia, siempre existe un responsable por más que muchas veces no resulte fácil identificarlo. Dentro de este grupo, destacan los que sí lo identifican, siempre y con toda claridad: todo ocurre por voluntad divina. Dios es, en definitiva, el último responsable de todo cuanto ocurre aunque luego haya que meter con calzador el espinoso asunto del libre albedrío.

Pues bien, repasen sus periódicos. Fíjense en la letra pequeña. Antes o después darán con la noticia. El senador Ernie Chambers ha demandado a Dios por causar muerte destrucción y terror entre los millones de habitantes de la tierra. Se ignora, yo lo ignoro, si Dios ha designado ya abogado y qué puede alegar en su defensa (yo sugeriría algo como “merecéis eso y mucho más”). No me negarán que es cosa que tiene mucha más miga que los alquileres juveniles (inmobiliarios, por supuesto, no sean mal pensados).

Desconozco las particularidades del sistema judicial norteamericano. Sólo sé lo que vemos en el cine y que siempre me ha aterrado: discursos que sólo apelan al patetismo (recurran a la definición y no se igualen a aquella cantante de nombre cambiante) e ingoran los hechos por completo. Tienen un buen ejemplo en la serie estrella que ha estrenado un canal televisivo y que protagoniza un supuesto fiscal de élite que primero “demuestra” que el acusado apuñaló a la víctima, cuando le echan por tierra la argumentación “demuestra” que fue envenenado y, al final, tras otro chasco similar, “demuestra” que la estranguló con la cuerda de un piano, que siempre ha sido arma de lo más efectista.

Pero ya que el caso divino, al parecer, ha sido admitido a trámite, es de suponer que se concederá un plazo a Dios para personarse en el procedimiento. Transcurrido éste sin manifestación del altísimo, es lógico deducir que se le juzgará en rebeldía, lo que le da a la cosa todavía más enjundia. También cabe contar con que Dios acabará representado por un abogado de oficio que podrá poner en su currículo haber defendido a tan ilustre cliente, aunque habrá de sufrir la absoluta escasez de precedentes. Pocos dioses han pasado por el banquillo de los acusados.

El jurado, esa desafortunada institución, se verá en un difícil brete. De un lado se apelará a que valoren los verdes prados llenos de florecillas e infestados de felices mariposas que revolotean al son de las más alegres páginas de Haydn. De otro, se les pedirá que recuerden el extensísimo catálogo de masacres y catástrofes que compone la historia del género humano. Ocurra lo que ocurra, es seguro que no se hará justicia. De haber justicia en el mundo, las actas de este juicio deberían convertirse en un best seller inmediato.

El teólogo tapihiano Nathaniel Jesús Fernández-Waddington, al que con toda probabilidad no se llamará a declarar y eso que se perderán los norteamericanos, decía no entender la insistencia de los creyentes en afirmar que los hombres se crearon a imagen y semejanza de Dios. No concebia nada más blasfemo que proclamar el más mínimo parecido entre el Supremo y el pozo de miserias que somos. De haber Dios –decía–, no puede ser un abyecto imbécil. De haberlo –añado yo–, ¿qué culpa tiene el pobre del empeño humano en descender de forma acelerada hacia el mono como bien supo ver aunque no expresar mister Darwin?

Pero en fin, si quieren una opinión algo más optimista, les dejo con un extracto de la carta de Jean Jacques Rousseau a Christophe de Beaumont que declara inocentes tanto a Dios como a los hombres:

[No es] necesario suponer que el hombre es malo por naturaleza, cuando se puede mostrar el origen y el progreso de su maldad. Estas reflexiones me condujeron a nuevas reflexiones sobre el espíritu humano en el estado civil, y encontré entonces que el desarrollo de las luces y de los vicios se hacía siempre de la mismna forma, no en los individuos sino en los pueblos, distinción que siempre he hecho cuidadosamente, y que ninguno de mis detractores ha podido concebir jamás.

No es como para cantar de alegría, pero ayuda a entender esos otros titulares que sí aparecen en portada y a cinco columnas.