5 de septiembre de 2007

Teoría del desnudamiento de monas

Andan las luminarias patrias en una muy encendida (que no iluminada) discusión a cuenta de la asignatira denominada, con poca fortuna, ‘Educación para la ciudadanía’. A mí, qué quieren que les diga, ya el nombrecito me hace preguntarme para qué o quienes era la educación que teníamos hasta ahora. Claro que yo siempre he pensado que lo que necesitan aprender los jóvenes es matemáticas, latín y a beber, tres disciplinas fundamentales cada vez más olvidadas. Supongo que por tales opiniones se me hace poco caso y tal vez sea lo correcto.

Pero si traigo este asuntillo no es por terciar en tan absurdo debate sino por la alarma, menor pero alarma, que me suscita la escasa categoría con que se nombra hoy día a las disciplinas académicas. No hace mucho se introdujo algo llamado ‘Conocimiento del medio’ que, en puridad, abarca la totalidad del conocimiento pues nada hay fuera de él. ‘Educación para la ciudadanía’ a mí me suena igual que ‘gorro para la cabeza’, ‘ensalada para comer’ o ‘zapatos de claqué para bailar claqué’. La educación, si no es ‘para la ciudadanía’ es simple adiestramiento, es decir, lo que se hace con los perros.

Augusto Comte, uno de los mayores lerdos que ha dado la historia, se inventó una disciplina a la que puso por encima de cualquier otro saber. La llamó ‘sociología’ y no faltó quien le recriminó la fea unión de una palabra latina y otra griega. Hoy día, de haberse visto afectado por las modas pedagógicas, la habría llamado ‘ciencia de las cosas humanas’ o, lo que es peor, ‘conocimiento de nosotros’.

De alguna manera todas estas majaderías me recuerdan a Diógenes Teufelsdröckh, catedrático de la Universidad de Weissnichtwo que no habríamos conocido de no ser por Thomas Carlyle. La cátedra de Teufelsdröckh era la de ‘Ciencia de las Cosas en General’ que, no se engañen, es algo muy distinto de ‘Ciencia del Todo’. Las cosas en general difieren de forma fundamental de las cosas en particular. Gracias a ello, el español medio puede permitirse seguir creyendo que las rubias son tontas o que la selección de fútbol jamás logrará un éxito deportivo a pesar de haberse casado con una rubia y no perderse un campeonato mundial.

Esta realidad, cruda como ninguna, se manifiesta prácticamente en todos los ámbitos de la existencia. Todo el mundo cree que la publicidad ejerce una influencia decisiva en las pautas de consumo, pero nadie se reconoce influido por ella. Quienes se ofenden por las supuestas perfidias de la nueva asignatura lo hacen porque creen que ocasionará un perjuicio a los demás, nunca a ellos mismos, que siempre están a salvo de los oscuros manejos de la ideología. Da gusto ver la confianza del ciudadano en sí mismo.

Yo no confío tanto. Ni en mi mismo ni, por supuesto, en el ciudadano, individuo virtual que ya ha dado sobradas muestras de incapacidad para casi todo. Ya va siendo hora de clasificar al ‘ciudadano’ junto al resto de creativas entelequias con que se distraen en determinados círculos como, por ejemplo, el ‘consumidor’, rey de la creación según algunas mentes estrechas (¿se lo imaginan? ‘Y dijo Dios, no es bueno que el consumidor este sólo’). Ya va siendo hora de establecer una distinción clara entre las cosas en general y las cosas en particular (Teufelsdröckh la tenía muy clara) para poder dar un paso más (el que Teufelsdröckh dio en su día) y estudiar lo que de verdad importa: el traje, las apariencias.

De dos lugares comunes, que ‘las apariencias engañan’ y que ‘todo es apariencia’, cabe deducir que todo es engaño. Yo me resisto a creerlo, pero cada vez con menos fuerza por la abrumadora evidencia en sentido contrario. El traje, modernamente conocido en las pasarelas como ‘propuesta’, lo ha acabado siendo todo. Por eso, atemorizados ante tan terrible hecho, en los desfiles de moda ahora se llama ‘modelos’ a quienes visten lo que en verdad son los ‘modelos’, esto es, los trajes. No es más que una forma de engañarse que a nada conduce.

Pero, tristemente, a eso se reduce todo hoy día, a vestir monas con encajes de seda. Cojan un periódico, cualquier periódico, el de hoy mismo, y podrán comprobarlo a poco que sepan leer. El nacimiento de un nuevo partido político es celebrado por tirios y troyanos por el daño que, se supone, le hace al contrario (a pesar de que las caras no acompañene tal celebración). No es que veamos en las cosas lo que queremos ver, es que hemos desarrollado una espectacular capacidad para vestirlas con toda clase de ropajes que acaban por esconder lo que hay bajo ellas, la simple mona que nunca hemos dejado de ser.

Este último mes, por ilustrar la cosa, se ha producido un importante incremento del desempleo. Según el señor ministro de Economía, la cosa “corresponde a una lógica de un modelo por el que venimos luchando desde el principio de la legislatura” ya que “nos gustaría tener menos construcción y más otras cosas”. Según la oposición, lo que ocurre es que “la herencia del PP se ha acabado”. Cualquiera diría que hasta están de acuerdo, el uno luchando por acabar con la “herencia” del gobierno anterior y el otro lamentándolo. A mí me recuerdan al hechicero satisfecho que ha visto llover justo después de ejecutar la danza de la lluvia, pero en realidad no son más que malos sastres para una realidad que se les escapa.

Cuando yo era niño había un chiste popular de lo más adecuado para esto que digo. Contaba la historia de un pobre hombre que iba a recoger un traje que había encargado a un sastre. Este último era tan desastroso como el modelo que había confeccionado, cosa que se hizo evidente nada más probárselo el cliente. Al ver las mangas desiguales el hombre pidió una explicación. La respuesta del sastre fue simple: “alce usted un poco el hombro derecho y ya verá como se igualan”. Ante cada problema el sastre salía con una solución de circunstancias: “gire un poco el torso hacia la izquierda para que la sisa le quede bien”, “flexione un poco las rodillas y gire el pie izquierdo hacia adentro”, … Tras hacer caso a todas las recomendaciones del sastre el hombre, todo contrahecho y haciendo esfuerzos por mantener la absurda postura en que le habían dejado, salió a la calle para oir decir a unos viandantes: “el sastre de ese hombre ha de ser un genio, ¡hay que ver lo mal hecho que está y lo bien que le sienta el traje!”

Y así, por ejemplo, el contenido de una ley resulta irrelevante. Sólo importa su traje. Lo mismo vale para un detergente. Si este lleva ‘mega pearls’ o ‘ultral’, aquella responde a ‘lo que interesa a los ciudadanos’, recurrente coletilla multiusos de nuestros prohombres. Yo no sé si la ‘Educación para la ciudadanía’ adoctrina’ o ‘forma en valores’. Sólo sé que tiene un nombre horrísono y que todo el mundo anda empeñado en vestirla como más le interesa. Unos la quieren de lagarterana y otros de fallera. Y mientras tanto, los jóvenes y los no tan jóvenes siguen sin saber matemáticas, latín y beber, las tres cosas imprescindibles para desvestir a una mona en condiciones. Con la falta que nos hace.