5 de octubre de 2007

Aclaraciones innecesarias

Mucho me temo que el tostón que solté aquí en mi última comparecencia haya hecho sospechar a más de uno que un servidor es un anciano retrógrado, cascarrabias, malhumorado por la gota, prepoético hasta las cachas, unidimensional recalcitrante, euclidiano a su pesar, ptolemaico por la mañana y newtonianio por la tarde (o al revés), antimultidisciplinar, averso al riesgo, cobarde, gris, feo, católico, sentimental y muchas cosas más a cual peor. Este temor me ha convencido de la conveniencia de redactar, con mayor sosiego, algunas aclaraciones cuyo objeto sea, no puede ser de otra forma, confirmar las sospechas.

Lo malo es lo que los habituales ya saben de sobra. Que me faltan el sosiego y la capacidad de redactar con corrección, claridad e inteligencia. Enfrentado a este problema, recorrí a la inversa el camino seguido por Lenin. Me pregunté primero ¿qué hacer?, y sólo tras haber hallado una respuesta me enfrenté al ¿por dónde empezar?

Confieso que no tardé mucho en hallar respuesta a mi primer interrogante. Desde mucho antes de que don Eduardo Torres lo expusiera con sus habituales brillantez y elocuencia se ha sabido que las ideas son pocas, que no todo el mundo es bendecido con alguna propia y que es fatalidad necesaria el recurso a las ajenas. Por eso, desde hace años, llevo una libreta en la que voy anotando cuanto de interés encuentro por ahí. Me pareció que podría salir de este incómodo brete transcribiendo aquí esas anotaciones.

Ahora bien, ¿por dónde empezar? Todo cuaderno de notas se caracteriza por una elevada entropía y convertirlo en discurso exige ingentes cantidades de energía. Podría ordenarlo, pero no me veo yo en tal pía actitud. Sé que dejarlo como está, fragmentado, les transfiere a ustedes la responsabilidad de reconstruirlo (con ‘r’) y, lo que es peor, también sé que al hacerlo corro el riesgo de que más de un despistado me tome por posmoderno y quién sabe si por indie. Allá ellos. Yo sé desde hace tiempo que la pérdida de la inocencia es una inocentada.

Vaya aquí pues la transcripción de mi libreta sin más enmienda que las correcciones ortográficas. Les aseguro que, leídos sus fragmentos en (y con) el desorden adecuado, proporcionan una imagen fiel, de esas que tanto gustan a los contables, de las ideas que he hecho mías (siempre que no las tomen al pie de la letra, déjense llevar por la sugestión). Pero sean cuidadosos, otros muchos desórdenes conducen a resultados catastróficos. Me consta que uno de ellos compone una Historia universal de la alfarería a la que muy pocos son capaces de enfrentarse sin grave riesgo.

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…los artistas no ayudan, son cada vez menos explícitos y más crípticos cuando toca hablar de su trabajo, hablan para enriquecerlo semánticamente.
[Stanislaw Lem; El castillo alto; Ed. Funambulista; Madrid, 2006, pág. 172]

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Señores, la novela ha muerto. Es hora de (no)velar su cadáver.
[Alirio Gutiérrez, pronunciado en el café La Esquina]

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Que el tiempo es un bucle es cosa que se demuestra de forma palmaria al constatar que a todo lunes sigue un martes, que a todo martes sigue un miércoles, que a todo miércoles sigue un jueves, que a todo jueves sigue un viernes, que a todo viernes sigue un sábado, que a todo sábado sigue un domingo y que a todo domingo sigue un lunes que reinicia el proceso, como cuando Windows se cuelga. Esto lo supieron muy bien los pueblos antiguos, que en su extravío existencial hubieron de echar mano del eterno retorno.

Pero llegó un día Dios con ánimo de confundir a los hombres. Alzó su brazo y, señalando con el dedo, afirmó con severidad: es por allí. Desde entonces hemos vivido engañados en la ilusión de que hay camino y lleva a alguna parte que ha conocido muchos nombres: Roma, Salvación, Progreso, Quintanilla de Onésimo,…

La memoria es frágil y los hombres consideraron oportuno señalizar el camino no fuera a ser que a Dios, que también ha conocido muchos nombres, le diera por morirse. Fue un bigotudo incomprendido y sin conocimientos médicos quien firmó su certificado de defunción, pero nadie se atrevió a practicarle una autopsia en condiciones. Para entonces ya estaba todo lleno de carteles señalando la dirección al futuro y la muchedumbre prosiguió su camino excepto tres o cuatro ovejas de esas que se le extraviaban a Aristóteles en los peñascos.

No fue un viaje fácil y no fueron pocos los que creyeron reconocer en las farsas que se les representaban los trágicos parajes que habían dejado atrás. Pero todos, sin excepción, obcecadamente, siguieron mirando en la misma dirección que había señalado Dios con el dedo. Poco a poco todos abandonaron la prepoesía. Algunos hablaron de manos invisibles que les marcaban el camino, otros de razones trascendentales que les empujaban con denuedo,… De todo se pudo oir con tal de no desviar el rumbo.

Sólo recientemente una caterva de salvadores desinteresados se ha atrevido a cuestionar toda esa vacua retórica. Alzados sobre los hombros de gigantes, insistieron en mirar a derecha e izquierda y, con el cíclico paso de los días, llegaron a reunir arrestos para mirar hacia atrás. Lo que vieron los dejó asombrados: el horizonte. Sospecharon entonces que caminaban en círculos y lo consideraron demostrado al comprobar que todas las perdices, sin excepción, estaban mareadas.

En esas estamos.
[Warren Sánchez, Warren tiene todas las respuestas; 2ª Ed. corregida y aumentada, Miami, 1999, XIV,3 y ss.]

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De la utilidad del arte


[Antonio Fraguas de Pablo, Forges; Tinta sobre papel; de la serie Forgendros; circa 1972]

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En primer lugar, es el placer lo que capta la atención del lector y la mantiene cuando ya está en su poder. En otros aspectos no hay dos lectores que busquen la misma cosa, pero el placer engatusa a todos por igual, a no ser que alguien sea demasiado estúpido como para no ser sensible a los goces de la literatura.
[Erasmo de Rotterdam, Carta a Martin Dorp, 1515]

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Como bien saben Erasmo de Rotterdam, mucho antes de dedicarse a patrocinar becas de estudios, se divirtió un buen rato elogiando la estulticia. No se le ocurrió mejor manera de hacerlo que ponerse en su lugar, en el de la propia estupidez, y demostrar por escrito que nada puede ser más provechoso y ventajoso que ser imbécil.

Algún tiempo después sesudos analistas, en su mayor parte magníficamente retratados en ese mismo libro, cayeron en la cuenta de que si la propia estupidez dice que ser idiota es una bendición, tal vez haya razones para pensar lo contrario. No resulta fácil encontrar alguna pero, cuando menos, cabe sospechar que ella, la estupidez, debe ser poco proclive a dar en el clavo con sus juicios.

Pasaron los años y nos trajeron más analistas, aunque menos sesudos y más tristones, que insistieron en señalar el tramposo juego del divertimento de don Erasmo. Fueron injustos, aunque no está muy claro por qué. Unos decían que donde no hay juego no puede haber trampas. Otros, más resabiados, que donde no hay reglas no puede haber juego.

Sobre las ruinas de sus palabras todavía se erigieron nuevos analistas. Trajeron espejos y humo y emularon a Dédalo construyendo un laberinto que llegó a confundir a la propia estulticia. Todavía discuten si para escapar es mejor construir unas alas o armarse de paciencia y un cordel.
[Geert Geertsz Jr.; Conferencia pronunciada con motivo de la celebración del IV Campeonato Mundial de Filosofía sobre patines; Ulan Bator, 2005]

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—¿Como por ejemplo? —dije yo.
—Lo siguiente. Tú sabes que la idea de «creación» (poíesis) es algo múltiple, pues en realidad toda causa que haga pasar cualquier cosa del no ser al ser es creación, de suerte que también los trabajos realizados en todas las artes son creaciones y los artífices de éstas son todos creadores (poiétai).
—Tienes razón.
—Pero también sabes —continuó ella— que no se llaman creadores, sino que tienen otros nombres y que del conjunto entero de creación se ha separado una parte, la concerniente a la música y al verso, y se la denomina con el nombre del todo. Únicamente a esto se llama, en efecto, «poesía», y «poetas» a los que poseen esta porción de creación.
[Platón, El Banquete]

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No es descabellado fechar el nacimiento de la razón en el día en que el hombre tomó conciencia de que la manzana es un fruto de forma globosa algo hundida por los extremos del eje, de epicarpio delgado, liso y de color verde claro, amarillo pálido o encarnado, mesocarpio con sabor acídulo o ligeramente azucarado, y semillas pequeñas, de color de caoba, encerradas en un endocarpio coriáceo. Antes de ello, nadie habría osado hablar de manzanas ideales, de la manzana en sí o de que la posibildad cognoscitiva no sea “el en si”, como una morphe platonizada o una hyle cartesiana, sino la experiencia (praxis) racionalmente (críticamente) estructurada (construida) de comerse una manzana.

Además de esencia y existencia, la manzana tiene zumo. De éste se obtiene la sidra. De la sidra se obtiene el calvados. Y del calvados, según el comisario Maigret, se obtienen las soluciones de los casos criminales. Cabría pensar, por tanto, que ante tales beneficios habrán de ser legión quienes las tienen en estima. Nada más falso, pues si bien las manzanas, desde la noche de los tiempos y tal vez desde antes, han estado íntimamente asociadas a la evolución espiritual, no es menos cierto que siempre traen problemas. Sólo Steve Jobs, John Lennon y Paul McCartney han mostrado durante el último siglo algún aprecio por estos frutos.

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Dios, que es muy suyo, algo en lo que todos los teólogos coinciden, ya recurrió a las manzanas para poder apostar a que un par de desgraciados, aunque por entonces no lo eran, podrían pasarse sin ellas. Los pobres no resistieron ni dos telediarios y eso que tuvieron la fortuna de residir en el Jardín del Edén y no en el Jardín de las Hespérides, donde las manzanas son mucho más valiosas y apetecibles. Tampoco debe olvidarse la célebre manzana de la discordia con la que Eris hizo honor a su cargo.

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Con semejante historial no es de extrañar que a lo largo de los siglos el género humano haya desarrollado una visceral aversión manzanil que explica con creces las bajísimas ventas de Trina Manzana. Tal vez el más conspicuo representante de esta actitud sea cierto ballestero helvético, de Burglen para más señas, que no dudaba en poner en riesgo la vida de su propio hijo con tal de poder mostrar públicamente su aversión por las manzanas asaeteándolas sin piedad.

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Los personajes de los cuentos de los hermanos Grimm son completamente irreales y nada creíbles. Descerebrados al servicio de la historia. Sólo así se puede explicar que Blancanieves comiera de la manzana que le ofreció su madrastra.

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En la jerga de los músicos norteamericanos de los años 30 a las ciudades se las llamaba apple (manzana). Por eso Nueva York es conocida como The Big Apple. No es casualidad que el término apareciera cuando las ciudades comenzaron a mostrar su carácter demoníaco.

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Debemos a Voltaire el conocimiento preciso de las circunstancias concretas que interrumpieron la siesta de Sir Isaac Newton obligándole primero a reflexionar sobre el movimiento de los cuerpos y después a sospechar que todos ellos experimentan una fuerza de atracción entre sí que es directamente proporcional a su masa e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Newton sabía que la manzana tiene “forma globosa algo hundida por los extremos del eje”, pero no cayó en la cuenta de que precísamente por eso jamás puede caer de canto. Por culpa de ese descuido hubo que inventar la mecánica cuántica, otra desgracia que cabe incluir entre las que debemos a las manzanas.
[Carmelo Cotón; Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la división entre angiospermas y gimnospermas, recogido en Hernández y Fernández (Eds.); El fruto de la razón: Historia crítica de la manzana; Ed. Miramientos, Teruel, 2005]

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Mal que nos pese, la vida, como la termodinámica o el estado de Oklahoma, tiene sus leyes. Nada sabemos del legislador. O sólo una cosa: que debió o debe ser malvado y protervo, pues su crueldad no conoce límites. Sólo se ha preocupado por disponer condenas haciendo gala de una imaginación desbordante que ya quisiera para sí Fu Manchú. Somos seres condenados porque ser es estar condenado.

Confiado en sus capacidades, el hombre ha querido identificar sus condenas desde que le colocaron la primera, el uso de razón. No siempre lo ha logrado. Durante muchos años, por ilustrar este extremo, permaneció convencido de que había de ganarse el pan con el sudor de su frente por más que algunos no dieran señales de transpiración y los más sudaran hasta por las ingles. Se inventó mil excusas para mantener su creencia, como que además del pan había que ganarse la mantequilla y la mermelada, y después un tostador, y luego una cubertería de plata, y más tarde una vajilla de porcelana de Limoges y, para acabar, una Playstation, un BMW y un iPod. Agotado el mundo material no quedó más remedio que sudar para ganar signos. A poco que uno se fije, apreciará que sólo los fabricantes de signos se han librado de los sudores.
[Laurent Saint Simon, La vida es una tómbola; Tulsa Time Publishing, Tulsa, 2002, pág. 198, trad. propia]

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Refinada soberbia es abtenerse de obrar por no exponernos a la crítica.
[Miguel de Unamuno]

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¡Que reinventen ellos!
[Miguel de Inhumano; según otras fuentes lo que dijo es ¡Que revienten ellos!]

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De lo que no cabe duda es de que cada generación está obligada a reinventarlo todo, desde el paraguas hasta la literatura. Y reinventar no es cosa fácil, como inventar, ni en general está bien visto. Muy pocos de los más grandes reinventores de la historia han prestado su nombre a suntuosas calles y avenidas y gozan de prestigio: Louis Daguerre, que reinventó lo que ya había inventado Joseph Nicéphore Niépce (quien a su vez casi reinventó la bicicleta antes de que la inventara Kirkpatrick Macmillan), o Alexander Graham Bell, que reinventó lo que ya había inventado Antonio Meucci.

Sin duda el campo donde la reinvención goza de un mayor desprestigio es el de la literatura. Prácticamente ningún reinventor literario puede salir de su casa tranquilo, sin temor a que le arrojen verduras y hortalizas e incluso escupitajos por donde quiera que vaya. Pagan un precio muy alto por mantener sus elevadas convicciones y realizan inhumanos esfuerzos que la posteridad, siempre tan caprichosa, no suele reconocer.

(…)

El proceso de reinvención es harto complejo y sólo en los últimos años se ha logrado arrojar algo de luz sobre su estructura. Al principio se creyó necesario destruir, derribar lo inventado para poder reinventarlo. Por fortuna, un aventajado gabacho se dio cuenta de que la palabra alemana destruktion no quería decir lo que parece querer decir. Las apariencias, a pesar de ser portadoras de esencias, siempre son engañosas. La destruktion es más bien “deconstrucción”, acción y efecto de un proceso que, a falta de una palabra mejor, se ha querido bautizar como “derridar”.

Hoy sabemos que cuando uno derrida en condiciones acaba en presencia de una extraña caja vacía y lo invade el desasosiego. El arte, esa cosa tan huidiza y que nunca se ha sabido muy bien para qué demonios sirve, se ha mostrado como la única acción capaz de rellenar ese vacío. Esta y no otra es la razón de que al fin dos dispares disciplinas hayan convergido de forma asombrosamente sinérgica: la teoría estética y la teoría del embalaje.
[Vicente Mundano; Introducción a los juegos florales; Ed. Vergel, Almería, 2004, págs. 17-18]

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El todo siempre es mayor que la suma de las partes (salvo en el caso de las partes pudendas). La escolástica medieval ya apuntó algunas demostraciones de este sorprendente hecho, pero sólo recientemente nos ha sido concedida una prueba irrefutable: el descubrimiento de que la conjunción de leche, cacao, avellanas y azúcar excede muy mucho la simple adición de sus individualidades. Es algo que se venía sospechando desde que se tuvo noticia de las migas con chorizo o del café con leche, pero sólo ahora lo sabemos confirmado.
[Fernando Mercado; Márketing para principiantes; McGraw Gil, Úbeda, 1983]

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En el siglo XVIII se descubrió la posibilidad de poner en duda que aquel siglo fuera efectivamente el XVIII. No deja de ser una convención –clamaban unos. También la palabra convención es una convención –respondían otros, airados. Y así siguieron hasta el punto de fundar un hotel para sus convenciones. Se quedó pronto pequeño porque nadie hizo caso de los temores de un tal Hilbert.
[Aquiles Tortuga; Sobre la posibilidad de embotellar el infinito, tomado del folleto publicitario de una marca de whisky]

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Al parecer fue Jonás el primero en percatarse de la escasa capacidad digestiva de los cetáceos, pero sus observaciones jamás pasaron a engrosar el corpus de nuestra disciplina por ese extraño orgullo que siempre nos ha condenado.
[Jean Jacques Apneau; Ictiología elemental; Ed. Palos de Moler, Col. Escafandrismo y Cultura, Huelva, 1971]

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Sabido es que las pescadillas tienden a morderse la cola con idea de tomar la forma de un toroide, como queriendo representar el nudo que constituye el sujeto y que supera a la esfera como imagen de la totalidad. Consciente de tan asombroso hecho, Jacques Lacan pasó toda su vida intentando morderse la cola. Que se sepa, no lo logró jamás. Quien sí lo consiguió fue el pornógrafo Ron Jeremy, cuya hazaña dio lugar a la expresión “¡Estás hecho un toro!” que la tradición ha tergiversado para no alterar las puritanas conciencias que todavía hoy nos limitan.
[Atribuído a Lemuel Wickpick; tomado del Almanaque Espurio del Club de Amigos de lo Referente correspondiente al año 2002, Tapihi]

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El sueño de la razón produce el regocijo de las musas.
[Francisco de Cervantes, de madrugada]

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[Ya seguiré transcribiendo otro día, que es muy cansado]