3 de octubre de 2007

¡Qué merendilla!

El ya clásico anuncio no dejaba lugar a dudas. Decía: Nocilla ¡Qué merendilla! y, sin saberlo, había fijado con gran antelación la conclusión del asunto que me dispongo a traer hoy aquí. Bien es verdad que podría añadirse algún matiz, pues meriendas las hay de muchas clases. Yo quisiera destacar una, la popular merienda de negros, singular refrigerio que a lo largo de todo un siglo, el que lleva el número XIX, ha visto modificados sus ingredientes de forma sutil aunque radical. A finales del siglo XVIII la merienda de negros consistía principalmente en confundir y enmarañar algún negocio o dependencia, a fin de alzarse con el útil, perjudicando a los que debían tener parte en él. Casi medio siglo después se había transformado sutilmente en meter a barato una cosa, quedándose con ella aquellos que la manejan y traen entre manos. A finales del XIX acabó siendo una confusión y desorden en que nadie se entiende. Convendrán conmigo en que cualquiera de las tres goza de gran popularidad en el exacto punto del espacio-tiempo en que nos encontramos.

En las fiestas infantiles de mis hijos siempre hay unos cuantos niños que aparecen disfrazados de superhéroes. Nunca falta un Batman, un Spiderman o una Tortuga Ninja, qué sé yo. Con toda su buena voluntad, que a esas edades es mucha, se empeñan en desfazer entuertos y enfrentarse a las fuerzas del mal y es cosa que a todos hace mucha gracia. No sé muy bien a qué edad deja de tenerla, ni siquiera Cervantes lo sabía y por eso se concedió un amplio margen a la hora de endilgarle años a don Alonso Quijano. Tengo para mí, en todo caso, que la cosa se vuelve ridícula mucho antes y que no cabe tomarse en serio a nadie mayor de edad que se presente en mallas y con los calzoncillos por fuera en defensa de cualquier causa, por noble que sea.

Sin embargo, y muy singularmente desde principios del siglo XX, los superhéroes abundan en el mundo del arte. Entiéndanme, me refiero a individuos inasequibles al desaliento que se enfrentan en solitario a las fuerzas de la tradición, confabuladas para acabar con su imprescindible renovación formal sin la que el mundo perdería todo su sentido. A veces nos hablan de mitos románticos sin caer en la cuenta de que nada hay ya más romántico que su absurda cruzada. Rebeldes sin causa, en suma, en una sociedad que precísamente ha convertido la (supuesta) rebeldía en producto de consumo.

El caso es que un joven (que tiene nombre: Agustín Fernández Mallo), representante de una “generación literaria” (que, miren por donde, también tiene nombre: Generación Nocilla), ha publicado un artículo o nota en el diario La Vanguardia para salir al paso de otro en el que al parecer se le criticaba (o se criticaba su obra, o lo que es peor, sus postulados). Vaya por delante que desconozco tal obra por completo. Mi única referencia es lo publicado en el diario La Vanguardia. Soy consciente de que, en consecuencia, mis juicios tendrán un fundamento más bien endeble. Pero es lo que hay.

Uno de ellos, de mis juicios (insisto, tal vez injusto), es que al señor Fernández Mallo parecen sentarle muy mal las críticas que se le hacen. Me baso simplemente en que todas le parecen “reaccionarias” lo que, qué quieren, me suena algo mesiánico. Yo soy el progreso, la verdad y la vida, me parece leer en sus quejas. Aunque quién sabe, tal vez sea yo reaccionario, cristiano y newtoniano sin saberlo, como aquel que hablaba en prosa. O tal vez lo sea, en la misma ignorancia, don Agustín, que recurre a modos y maneras muy manidas en auxilio de su argumentación. Con la esperanza de llegar a algún puerto, aunque no sea Ítaca, he creído oportuno repasar exhaustivamente sus palabras. No esperen que les hable de literatura, eso quedará para otro día.

Arranca don Agustín refiriéndose a cierto artículo de Vicente Verdú, el cual “se convirtió en un texto de referencia para mí y, por lo que pude comprobar, también para otros escritores que creíamos que al igual que en la música hay un movimiento indie, un movimiento independiente que cultiva la estética de lo extraño pero popular (pop), también eso debería existir en la narrativa y la poesía españolas”.

Mal empezamos (o mal empiezo). La educación tradicional, cristiana y newtoniana, que es la que yo he padecido, me imposibilita la comprensión de esta frase. No sé si ese “debería existir” se refiere a una obligación o a una posibilidad (no sé qué sería peor). Su siguiente frase tampoco es que ayude mucho a comprender su sentido.

Y más si tenemos en cuenta que las grandes compañías discográficas apostaron a mediados de los años 90 por ese indie sin pretender desvirtuarlo, cosa que jamás ha ocurrido en la literatura de este país de una manera seria hasta hoy.

En mi ingenuidad newtoniana y cristiana siempre he creído que no se puede ser independiente a secas, se es independiente, en todo caso, de algo (y difícilmente de todo). Por eso nunca he entendido tanta celebración de lo indie, al menos mientras no me aclaren de qué pérfidas influencias y manejos nos estamos librando. Imagino, por ese “sin pretender desvirtuarlo”, que hablamos de “independencia creativa”, lo que es como no decir nada porque todo creador está sujeto a numerosísimas restricciones (por ir más lejos, sostengo que la creación precisa de restricciones para ser tal, lo otro es lo del Altísimo y así le fue; no insisto en ello por no contradecir el credo cristiano y newtoniano). Así que o me dicen de qué diablos son independientes o dejémonos de chorradas y vayamos al grano.

Quisiera dejar claro, antes de proseguir, que no se me alcanza qué cosa pueda ser la “estética de lo extraño pero popular” (expresión para la que Google sólo devuelve una referencia al artículo de don Agustín), pero son tantas las cosas que no se me alcanzan que no ando muy preocupado por ello.

Aquel artículo de Verdú llevaba por título ¿Vivir o leer novelas? En él se venía a afirmar la inutilidad de la novela hoy frente a la potencia y ficción de realidad con la que nos dotan los nuevos medios de comunicación. Escribir y leer novelas sería algo así como un acto meramente folklórico, del pasado, en tanto que el folklore, por definición, nunca se presenta, sino que se re-presenta, y ése es el primer signo de una cultura en vías de extinción.

Por fin hay materia: la novela se ha vuelto inútil (pongan “ha devenido inútil” si quieren respetar los cánones imperantes de la estupidez). Habrá que volver sobre ello, pero prefiero seguir leyendo. Me resulta curiosa la asociación de foklore y pasado. Según don Agustín el folklore, por ser cosa del pasado, “nunca se presenta, sino que se re-presenta”. Me imagino que debe andar pensando en aquellos certámenes de coros y danzas regionales tan frecuentes en los tiempos de aquel gallego bajito que padecimos por aquí, y no en lo que significa la palabra folklore (folclore para los newtonianos miembros de la Real Academia Española de la Lengua). A mí me parece que el messenger, los piercing, las pastillas y el trance ya forman parte del folklore, sobre todo porque la idea de “pueblo” (Volk) siempre ha encerrado un componente borreguil que casa muy bien con todas estas cosas. Es decir, que, tal y como yo lo entiendo, lo que se “re-presenta pero no se presenta” será cualquier cosa menos folklore. Reconozco que esta idea de folklore rompe su asociación con la tradición, pero es que hoy día las costumbres cambian casi con cada estación y difícilmente pueden transmitirse entre generaciones. Espero que se acepte, al menos, que lo que seguro que ya no es folklore son los trajes regionales y esas cosas.

Por mor del rigor, de todas formas, será conveniente echarle un vistazo al seminal artículo de Vicente Verdú no fuera a ser que no dijera lo que dicen que dice. Empecemos por transcribir un párrafo.

Hoy, en países con sentido crítico actualizado y con algún debate no necesariamente vasco, resulta más notorio que la novela es un quehacer desfallecido. Nuestros mejores novelistas –dos o tres– lo saben y lo proclaman cuando se les atiende. Casi todo lo interesante que puede ofrecer hoy una novela pertenece a otro género: al ensayo, a la autobiografía, al diario, al cine, a la antropología, a la filosofía. Cuando se argumenta aún que en la novela “cabe todo” es que, efectivamente la novela se encuentra vacía. ¿Contar una historia? Todavía hay diversos novelistas que alardean de que su máxima pasión, su vocación sagrada, lo que de verdad les mueve es contar historias. Que se hagan guionistas. Si conserva algún sentido ejercer la episodiología es, sin duda, el estilo; si tiene algún sentido escribir es producir algo que sólo se pueda decir por la escritura. Las historias las cuenta mucho mejor el cine, el vídeo, la televisión, los comics, incluso.

Los habituales de este rincón ya sabrán que carezco de sentido crítico actualizado y sólo esa es la razón de que el párrafo anterior me parezca, por decirlo suavemente, una soberana simpleza no exenta de truco. Vaya usted a saber por qué don Vicente apoya su argumento en dos o tres personas que destacan en el yermo e inútil campo de la novela (nuestros mejores novelistas, dice). Entiendo, sin embargo, que sólo se dediquen a proclamar sus tesis cuando se les atiende. No le veo mucho sentido a ponerse a proclamar cosas cuando a uno no se le atiende. Ya me gustaría a mí saber quiénes son esas dos o tres lumbreras cuyo nombre se nos hurta, pero tampoco es cosa que me quite el sueño.

La verdad es que no acabo de aclararme. De un lado se nos dice que la novela no vale, que sus únicos valores hoy día residen en lo que no es novela (cosa que es “notoria” a poco que tenga uno su “sentido crítico” al día; en otras palabras, sólo los carcas pueden disentir de don Vicente, de hecho es su disensión la prueba de su antigüedad). No ayuda mucho que no se nos diga qué demonios es una novela y menos todavía que se la reduzca y amplíe a la vez equiparándola al acto de “contar historias” (acto que, quiérase o no, no ha visto crisis desde que existe la memoria). Muchos géneros (la novela entre ellos) “cuentan historias” y la novela, sea lo que sea, no se queda en eso. De toda la vida, que se decía antes.

Además, yo no creo que ejercer la “episodiología”, sea lo que sea esta curiosa creación de Monsieur Verdú (no confundir con Monsieur Verdoux), conserve ningún sentido. Por más estilo que uno le ponga, la episodiología es disciplina condenada a pervivir o desaparecer sólo entre las líneas de don Vicente (una vez más, Google sólo devuelve un enlace al poner “episodiología”, ¿adivinan adonde apunta?; claro que en unos días, cuando el Googlebot quiera, me incorporaré yo a esa exclusiva lista).

El que quiera contar historias tiene a su alcance muchas posibilidades. Puede, desde luego, hacerse guionista, como puede hacerse muchas otras cosas. Por poder, hasta puede limitarse a contárselas a sus amigos en el aperitivo de los domingos. ¿De qué demonios estamos hablando? Y ya puestos ¿qué es eso de que las historias las cuenta mejor el cine, el vídeo, la televisión e incluso los cómics? ¿Todas las historias? ¿Son todas las historias cinematográficas? ¿Son todas las formas de contar una historia cinematográficas?

Nadie con sentido crítico, actualizado o no, puede asumir esa petición de principio sin reparos. Desharé ahora mi particular trampa para tratar de poner en contexto la tesis de don Vicente. Este es el párrafo que antecede al que he transcrito más arriba.

No exagerando, podría decirse que la más común justificación de la novela tipo –con aspiración de best seller– es un argumento policiaco, se trate de una acción ambientada en la contemporaneidad, en la postguerra española, en una dictadura latinoamericana o en los romanos. Los autores de novelas, a primera vista individuos de comportamiento normal, con hábitos y gustos de nuestro tiempo, se transfiguran en sujetos al menos del siglo XIX cuando abordan el empeño de “hacer literatura”. Son, en el discurrir cotidiano, personas que van al cine; que visten en Massimo Dutti, conducen un coche y manejan Internet, pero cuando se trata de la literatura tienden a investirse del “artista obsoleto”. Y no es eso lo peor: lo peor es que escriben novelas, novelitas o novelones, que se siguen considerando artículos alienables con la novedad, se expenden en mesas donde se anuncian como “novedades” y los consumidores las compran en el engaño de que pertenecen a una oleada flamante. El malentendido que sigue rigiendo en Espana –relativamente aislada del mundo intelectual por su padecer político/terrorista– se irá deshaciendo, pero por el momento vivimos, a traves del éxito de la novela (mala, regular o buena), un particular anacronismo que recuerda los retrasos del franquismo.

Si yo lo he entendido bien (ya saben que soy pésimo lector), parece que en realidad estamos hablando de la “novela tipo” y no de la novela. Si lo que afirma su tesis es que muchos de los grandes éxitos editoriales en nuestro país responden a fórmulas decimonónicas y poco aportan a la historia de la literatura no puedo sino estar de acuerdo. Es verdad. Tienen bien poco o mas bien nada de novedosas, aunque no creo que la cosa se deba al secular aislamiento y atraso celtibérico (que, de existir, poco tiene que ver con el padecer político/terrorista; esto del atraso y el aislamiento se ha vuelto un lugar común insufrible).

Los simples (y cristianos y newtonianos) tendemos a ver las cosas de forma simple. En nuestro país se lee muy mal (qué mejor ejemplo que yo mismo). En los países de eso que llaman “nuestro entorno” la cosa tampoco está como para tirar cohetes a pesar de la actualidad de su “sentido crítico”. A los simples nos parece muy notorio.

Ahora bien, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué gozan de tanto éxito las fórmulas literarias de hace cien o doscientos años? Pues, por lo visto, porque la gente “no tiene historia” y necesita de otras.

Los novelistas que siguen siendo novelistas –ante todo– “para contar historias” persisten gracias a la gente que no tiene historia. Todos los demás, progresivos habitantes urbanos de biografía cambiante, de empleos nómadas, de residencias portátiles, de amores mutables, no irán necesitando el auxilio de esas páginas. O les proporcionan argumentos que ya conocen en vivo o reconocen que les están mintiendo con un género muerto. La literatura, antes y ahora, sólo se legitima en la escritura-escritura, pero antes la novela podía reemplazar informaciones inexistentes, aventuras irrealizables, amores ilícitos y visiones que la moral vedaba. Poco a poco, en los países más abiertos y dinámicos, la demanda de no ficción gana terreno, sin embargo, a la ficción, porque es la existencia de realidad de lo que cada vez carece más la cultura capitalista. Demanda pues de realidad, de criterios para dilucidar y no de falsas intrigas. Y tambien, cláro está, demanda de literatura auténtica, sin trucos o enredos, para degustar la vida.

Vamos, que al hombre de hoy Madame Bovary no le dice nada porque ya conoce unas cuantas mujeres de similar clase y condición, porque puede ver la(s) película(s) (la última, de Claude Chabrol, de 1991) y porque todo el mundo sabe que la tal madame nunca existió (Cioran lo expresaba con mayor lucidez, pero eso es harina de otro costal y en otro costal lo dejo). Uno (yo mismo) se pregunta ¿qué clase de idea de la literatura tiene este caballero? Yo nunca he leído una novela “para conocer la historia”. Cualquiera con dos dedos de frente, y hasta sin ellos, hace lo mismo. El que sólo busca la historia hace pero que muy bien en buscarla en el cine, la televisión, el vídeo e incluso los cómics (aunque me parece injusto condenar todos esos medios a meros contadores de historias). La literatura es otra cosa y siempre se ha sabido (tal vez porque forma parte del folklore).

Pero volvamos a Mr. Fernández en el punto exacto donde lo dejamos, abominando de la folklórica y vetusta novela (¿o será de la novela folklórica y vetusta?).

Naturalmente, no pocos sectores críticos estéticamente reaccionarios pusieron el grito en el cielo; ante esa reacción, los indies, ni caso, seguimos trabajando. Pero ya no pudimos seguir trabajando de la misma manera, ya que Verdú estaba en lo cierto: la novela tal como la habíamos venido entendiendo hasta entonces era un producto inútil, o en terminología de Vicente Luis Mora: era tardomoderna. Había que plantearse comenzar a hacer novelas de otra manera si no queríamos caer en una ridícula esterilidad.

Ya me parecía raro a mí que aquellos convencidos de la inutilidad de la novela dedicaran tanto tiempo y tal vez esfuerzo a escribir novelas. A ver si nos aclaramos, ahora resulta que no, que no es la novela lo que está en crisis. Es la forma de hacer novelas la que lo está, por eso hay que “comenzar a hacer novelas de otra manera”, para evitar la vasectomía intelectual.

Yo no sé muy bien cómo “había venido entendiendo” don Agustín la novela y, en consecuencia, no me siento capaz de juzgar su inutilidad (la de la novela entendida por don Agustín, que quede claro). Es más, estoy predispuesto a creerle: es casi seguro que la novela, tal como la ha venido entendiendo Agustín Fernández Mallo (sólo o en compañía de otros) es un artefacto completamente inútil. No hay que darle más vueltas.

En aquel momento pergeñé lo que después llamé Poesía Postpoética, algo que se ajustara a mi manera de entender el hecho poético. El caso es que esa sensación de inutilidad respecto a la novela (y respecto a la poesía ya ni digamos) persiste en la población lectora; no tanto en el escritor. En mi opinión, su cura pasa por entender los géneros literarios de una manera diferente: un vínculo sinergético, es decir, como un todo en el cual muchas causas se conciten para dar lugar a un efecto inédito que las supere. Reunión de causas, sí, pero no dialécticas a la manera hegeliana, sino a la manera de Baudrillard, es decir, que se seduzcan las unas a las otras.

Lo ignoro todo de esa poesía de rimbombante y contradictorio nombre así que pasaré de largo por este punto. Hay que hacer notar que por fin se nos caracteriza algo esta “crisis” de la novela: al fin sabemos que se trata de una “sensación de inutilidad” (reconozco que no es fácil buscarle utilidades, aunque yo una vez utilicé una bien gorda para sujetar un radiador que había perdido un anclaje) y que esta persiste más bien en los malvados lectores, los cuales tal vez, como yo, carezcan de sentido crítico actualizado y lo mismo son cristianos newtonianos de la peor ralea.

Considero toda una desfachatez considerar que todo este humo constituye un diagnóstico. Decir que la novela es “un quehacer desfallecido”, que “está vacía”, que es inútil, es no decir nada. Dígase por qué (pero de verdad, no me valen los trucos de Verdú). Hay novelas, muchas, del todo impresentables y que gozan de gran éxito y consideración. Pero siempre las ha habido. La mala literatura siempre ha superado en número a la buena.

Pero, en este curioso mundillo la ausencia de diagnóstico no impide el desarrollo de la terapia (menos mal que buena parte de los médicos son cristianos y newtonianos y se empeñan en saber qué le pasa a uno antes de recetarle las pastillas o los supositorios). Basta crear un vínculo sinergético entre los géneros literarios que, al parecer, no existía antes y se acabó el problema.

Renuncio aquí a explicarles a Hegel. De todos es sabido que es un autor difícil (tampoco es de los peores) y la academia ha hecho cuanto estaba en su mano para dificultar aún más el acceso a sus ideas (cada vez que recuerdo los manuales de filosofía del colegio me echo a temblar). Me permitiré, en descargo de mi renuncia, una recomendación de buena fe. Sé que hoy día es un autor denostado y que sólo nombrarlo me granjeará más de un enemigo, pero ya estoy curado de espanto y no me asustan los censores. Me refiero a Herbert Marcuse, que en1941 publicó un libro llamado Razón y revolución cuya primera parte (243 páginas en mi edición de bolsillo) lleva por título Fundamentos de la filosofía hegeliana. Creo que se trata de una de las exposiciones más interesantes de la obra de Hegel y bien puede servirles, a don Agustín y a ustedes, para aclararse un poco.

Renuncio también a explicarles por qué estoy convencido de que Jean Baudrillard tampoco se enteró de nada al leer a Hegel, si es que lo hizo. El día que el señor Chin me rogó, con motivo de su fallecimiento (el de Baudrillard, Dios guarde al señor Chin muchos años), que escribiera sobre el finado confieso haber sacado de las estanterías todos sus libros (los de Baudrillard, los del señor Chin no los tengo en casa). Sólo sirvió para que volviera a preguntarme cómo es posible que perdiera tanto tiempo con semejantes memeces. No tuve fuerzas para más. Tal vez, se lo he visto hacer en otras ocasiones a otro nocillero, se me acuse de no haber entendido a Baudrillard (o a Derrida, para el caso). Pues muy bien, estoy hasta dispuesto a admitirlo con tal de no perder un segundo más con ello (los intrigados investiguen el concepto Baudrillardiano de seducción y llénense de espanto). Yo a lo mío.

Y es que hay que decirlo ya: así como las artes plásticas hace muchos años que han dado el salto de la modernidad a la posmodernidad (posmodernidad que ya incluso es antigua), la narrativa y poesía españolas no lo han hecho salvo en casos muy aislados (de entre los autores ya muy cuajados se me ocurre Rodrigo Fresán, entre otros). Eso, para empezar, es grave. Los géneros se han vuelto muy previsibles, muy acotados, han entrado en ese camino sin aparente retorno que los clásicos llamaban amaneramiento y que hoy llamaríamos esclerotización: demasiado colesterol en las venas que las vuelve rígidas, que las rompe.

Pues habrá que decirlo ya: los escritores (menos los de la nocilla) se nos han quedado obsoletos (estoy tentado de decir que folklórikos), ya no sorprenden a nadie y se dedican a repetir fórmulas archisabidas que a nada conducen. ¿Será esto cierto?

Confieso entre mis pecados, no digan que no lo advertí, que abomino la posmodernidad. Entiéndase, no abomino el mundo en que vivo. Abomino la sarta de majaderías de unos cuantos a cuento de esto. La wikipedia proporciona un buen ejemplo de este tipo de bobadas:

En la literatura el posmodernismo -no confundir con posmodernidad- provocó la fusión del espacio y del tiempo en la narración y la percepción difusa de la realidad, así como los distintos puntos de vista del o de los narradores, junto a la simultaneidad de los géneros, especialmente en la novela, llevó a la ruptura de las técnicas clásicas, abolidas por una absoluta libertad tanto en estilo, forma y fondo. La literatura de imágenes donde la realidad y la ficción comparten el mismo espacio-tiempo se asemeja a la cinematografía, donde los dibujos animados comparten los mismos lugares y la misma vida que los actores de carne y hueso.

Cuidandome mucho de no confundir posmodernismo y posmodernidad, debo decir que no sé qué diantres es eso de la fusión del espacio y del tiempo en la narración (no creo que nadie pueda llegar a saberlo, pero la vacuidad nunca ha sido un problema en el posmodernismo o en la posmodernidad, vaya usted a saber). Un señor antiguo que atendía por Henry James fue bastante más lejos de la “percepción difusa de la realidad” y, de paso, rompió más “técnicas clásicas” que muchos posmodernos (o posmodernistas). Lo que pasa es que hay que saber leer para darse cuenta. La “absoluta libertad” (concepto de una ingenuidad sin precedentes), por su parte, no es más que otra de las caras de ese pretendido “relativismo” que nos asola o asuela (y que no parece tal, porque la “novedad” se ha convertido en valor absoluto).

Más de una vez he declarado que el relativismo, cultural o de cualquier otra índole, se cura a bofetadas. Un buen mamporro demuestra con asombrosa facilidad que hay cosas que no son relativas. Lo que pasa es que ya no se estila la educación a la antigua (supongo que cristiana y newtoniana) y por eso nos están saliendo unas generaciones aquejadas de ética posmodernista, preocupante enfermedad por más que se la quiera vestir con ropas que ni el profesor Teufelsdrockh pudo haber siquiera imaginado. Volvamos a la Wikipedia:

La postmodernidad, por más polifácetica que parezca, no significa una ética de carencia de valores en el sentido moral, pues precisamente su mayor influencia se manifiesta en el actual relativismo cultural y en la creencia de que nada es totalmente malo ni absolutamente bueno. La moral postmoderna es una moral que cuestiona el cinismo religioso predominante en la cultura occidental y hace énfasis en una ética basada en la intencionalidad de los actos y la comprensión inter y transcultural de corte secular de los mismos.

Yo no sé muy bien donde vivo (y este blog es buena prueba de mi desubicación), pero tengo claro que debe ser bien lejos de la “cultura occidental” porque no acabo de ver predominar “cinismo religioso” alguno por ninguna parte. De entrada me parece que cinismo y religión son cosas que casan bastante mal. Lo único que les encuentro en común es el estar en las antípodas de lo que creía “cultura occidental contemporánea”. La ética posmoderna (pasemos de largo por eso de la “intencionalidad de los actos”) no es más que el acomodo supuestamente teórico de quienes efectivamente carecen de sentido crítico (me atrevería a decir que de sentido a secas). Presupone la inacción, emite juicos morales falsos porque no conducen a nada.

Pero volvamos a don Agustín, alarmado porque la literatura española no acaba de dar el salto a la posodernidad.

Y es grave porque la condición necesaria, aunque no suficiente, para que un género artístico o una disciplina científica sean fecundos es, precisamente, que los límites, los lindes, de esa disciplina o género estén desdibujados, estén en continua vía de definición. Sólo en esas fronteras híbridas se da el ADN necesario para que surja vida artística o intelectual. Lo saben muy bien los científicos que se dedican a la rama de la ciencia más innovadora hoy por hoy, la física de los sistemas complejos,donde por primera vez varios ámbitos y escalas del conocimiento de solapan en una nueva frontera (física, química, biología, teoría de la información, computación, etcétera). Algo que está por definir, y de ahí su fertilidad. ¿Cómo se podría aplicar eso a la novela y la poesía?

Parece que no nos libramos de esa absurda manía de recurrir a la terminología científica para adornar las cosas. Recuerden, por ejemplo, la colección que Alain Sokal rescató de entre las obras de Baudrillard: “el espacio euclidiano de la historia” (nada que ver con “el espacio no euclidiano de finales de siglo”, en el que “una curvatura maléfica desvía invenciblemente todas las direcciones” y en el que, por lo visto, tuvo lugar la Guerra del Golfo), o aquella otra joya del “hiperespacio de refracción variable” que, al parecer, nos separa del final (de cualquier cosa). Admitamos lo del ADN como licencia poética, pero la referencia a los sistemas complejos no tiene un pase. Ni es una disciplina (o muchas) de fronteras desdibujadas, ni su “fertilidad” depende de que nadie sepa muy bien a qué está jugando (bien que lo saben sus practicantes). Hace mucho tiempo, a cuento de cierta discusión en el Congreso de los Diputados, se trató en este lugar sobre el fenómeno de la turbulencia (que bien puede enmarcarse entre los sistemas complejos). Fue un buen ejemplo de cómo ayuda la ignorancia a construir un buen dialógo de besugos a poca voluntad que ponga uno de leer en las cosas lo que le venga en gana.

En sentido estricto, no estaría de más distinguir la “fertilidad”, esto es, la capacidad de reproducirse, de la “fecundidad”, que es la consecuencia efectiva de la reproducción: el fértil puede tener hijos, el fecundo los tiene (tengan cuidado si se manejan en inglés: fertilidad se traduce como fecundity y fecundidad como fertility). Pero en fin, ¿cabe afirmar que la “fecundidad” de un género artístico y de una disciplina científica estén sujetas a los mismos condicionantes? Yo no lo creo. Como tampoco creo que la “indefinición de fronteras” explique nada. Entre otras cosas porque todavía está por verse una frontera definida en las cosas del espíritu. Las fronteras entre géneros nunca han estado, por fortuna, definidas. Yo lo expresaría de otra forma pero ¿acaso no creó Thomas Carlyle un “vínculo sinergético” entre los géneros con su Sartor Resartus? Hay ejemplos a patadas.

En ese marco de nuevos paradigmas, una serie de narradores han surgido, se han hecho visibles (mal que les pese a algunos) y se están haciendo notar. Algunos de esos críticos reaccionarios antes aludidos ponen pegas francamente débiles y a mi modo de ver, como mínimo, sorprendentes y hoy por hoy desacreditadas. Una pega típica es afirmar que ya antes existían narradores que mezclaban géneros y fragmentaban sus composiciones. Cierto pero simplista.

El uso del palabro “paradigma”, horrible peste que no hay manera de erradicar, me daría para otro ladrillo de la misma extensión que este, así que lo dejaré estar por el momento. En todo caso las cosas se complican. Ahora resulta que no es que haya un nuevo “paradigma narrativo”. Al parecer hay un montón. Supongo que por eso el mundo se ha vuelto insufrible. Pero a pesar de la confabulación judeo-masónica, un puñado de valientes y aguerridos héroes resiste valerosamente. Por más que los críticos reaccionarios hagan uso de toda su artillería contra ellos, se mantienen en pie. Entre otras razones porque tal artillería resulta, a su entender, bastante ligera. Quede claro, de todas formas, que a mí no me pesa en absoluto que los narradores se hagan visibles. Faltaría mas.

Se nos cuenta que es cierto que mezclar géneros y fragmentar no es nada nuevo. Ya ha habido antes escritores (¿a qué tanta insistencia en la palabra “narradores” cuando lo que no vale es “contar historias”?) que lo han hecho (yo añadiría que hasta filósofos, toda la obra de Heráclito conocida está en fragmentos). Pero aducir eso como crítica es “simplista” (no como el artículo de don Agustín, que ni la Física de Sistemas Complejos podría desentrañarlo al completo)

Evidentemente antes que nosotros hubo otra generación hoy ya asentada y excelente como Loriga, Casavella o Magrinyá, entre otros muchos, que experimentó con esos conceptos, y antes que ellos, otra en los años 70, y antes que ellos otra en los 60, y mucho antes que ellos las vanguardias, y en origen de todo ello, Homero. Pensar que todo experimentalismo es el mismo es no haber entendido un hecho fundamental: cada generación reinventa la literatura en el sentido de cómo dar forma a unos contenidos, aunque la palabra experimentación sea, en efecto, la misma.

Es tranquilizador comprobar que don Agustín es consciente de no ser el primer escritor de la historia y ya puestos, de que esta es muy larga y llega hasta Homero y más lejos si nos ponemos quisquillosos. Yo no pienso que todo experimentalismo es el mismo. No creo que nadie piense eso. Sólo digo que mezclar géneros y mezclar géneros, así en abstracto, sí es lo mismo. Será simplista, pero además es una verdad como un templo. Más verdad que eso de que cada generación “reinventa la literatura” y que recuerda más bien a un anuncio de automóvil (ya saben , cosas como “el Seat 850, reinventa el confort”).

Siempre he descreído de esa extraña concepción grupal del arte. Puedo aceptar que la literatura ha tenido “reinventores” (yo no los llamaría así, pero bueno, más de uno ya sabrá por qué), pero se han hecho sus “reinvenciones” ellos solitos, no en pandilla. Las revoluciones formales no son batallas generacionales. Pero sigamos.

En términos de lógica podría decirse que lo que se mantienen son unos receptáculos vacíos, unas cajas vacías (denominados conceptores) en los que cada generación va introduciendo su propia construcción del mundo, sus propios conceptos,y después los baraja para emitir su artefacto.

Si la expresión “en terminos de lógica” quiere decir “en términos de lógica” (no vaya a ser que pase lo mismo que con los experimentalismos, que aunque se llamen igual son la noche y el día), lo que me faltan son los términos de lógica. En su lugar me encuentro unas cajas vacías de extraño nombre (en sentido estricto, conceptor es el que concibe y no un envase, pero debe ser que yo me quedé en una lógica muy antigua, tal vez newtoniana y cristiana) en las que don Agustín y sus amigos van echando cosas (supongo que tras haber vaciado lo que otros pusieron antes en ellas) hasta que salga algo que al final se pueda “emitir”.

Esto es lo que hay y no hay otra. Generación tras generación se produce el mismo fenómeno (no es tan novedoso, por tanto). Llegan unos cuantos, vacían unas cajas, perdón, conceptores, las vuelven a rellenar y emiten. Quien no esté de acuerdo es que es muy muy chungo.

Pensar lo contrario responde a esa cosmovisión básicamente cristiana y newtoniana que afirma que el tiempo, y por lo tanto la propia Historia de la literatura, es una línea recta acumulativa que un día no da más de sí (dogma Creación-Apocalipsis).

Supongo que el dogma de marras debe encontrarse ente los escritos esotéricos de Newton (que son muchos) porque en la mecánica newtoniana el tiempo no tiene fin ni principio. Claro que la mecánica clásica tampoco guarda relación alguna con el cristianismo. Pero, por lo que se ve, o traga uno con los conceptores o es preso de la pérfida cosmovisión cristiana y newtoniana que sólo conduce al Juicio Final (aunque no se pueda llegar a él porque deambulamos por un hiperespacio de refracción variable, que se lo pregunten a Baudrillard o, en su defecto, al capitán Kirk).

Hoy día está de moda descreer de la linealidad del tiempo. Es frase que queda muy bien gracias a que no se aclara qué se entiende por “linealidad”. En su sentido más simple el tiempo es perfectamente lineal: después del lunes viene el martes incluso en la sociedad posmoderna. Pero don Agustín se empeña en traernos otra posibilidad.

Más bien el tiempo es un bucle que se reinventa cada cierto tiempo de manera distinta y sinergética.

Pues bueno, pues vale, pues será eso (algo tiene de la idea platónica del tiempo, ¿o no será más bien el bergsoniano (y poco indie en mi opinión) “tiempo psicológico”?). Y la vida son los ríos que van a parar al mar…

Para empezar, es imposible que los narradores que hoy están innovando escriban como los que innovaron hace diez años porque en aquel tiempo no existían un internet generalizado ni una serie de tecnologías que configurase no ya las obras literarias sino algo mucho más medular, la propia manera de pensar.

Yo iría más lejos. Es imposible que los narradores que hoy están innovando escriban como los que innovaron hace diez años porque entonces no estarían innovando, digo yo. Y lo digo con independencia de la existencia de tecnologías que, mucho me temo, más bien configuran la manera de no pensar (propia o ajena).

Hay una cosa que creo que hay que tener clara, y que podría resumirse en la frase: "Antes se creaba desde el conocimiento, ahora desde la información".

Conviene tener claras muchas cosas, cuantas más mejor. Yo cada vez tengo menos y la lectura de este artículo ha contribuído en algo a ello. Conocimiento e información (que, según cómo, hasta podrían entenderse como sinónimos) nos proporcionan una nueva dicotomía que parece imprescindible entender. Pongan todo su esfuerzo en desentrañar el sentido de esta cosa del conocimiento y la información porque si no lo hacen es seguro que harán el más espantoso de los ridículos.

El crítico que aborde el hecho literario sin tenerla más o menos en cuenta fracasará seguro, y no por culpa de unos autores y unos editores empeñados en fastidiarles, no, sino porque el mundo hoy es así, y patalear ante eso equivale a caer en el ridículo.

Afortunadamente don Agustín nos ofrece algunas pistas para huir del ridículo.

Antes el autor escribía desde la intimidad y la hacía visible al mundo (mito romántico). Hoy toma los materiales directamente del mundo (información en bruto) y los maneja en una intimidad que luego emite. Ya no se edita, sino que se emite. Hace poco tiempo relataba en una entrevista George Steiner los temas científicos en los se está trabajando ahora en Cambridge, y terminaba: "Ante todo eso, no se ofenda, hasta las novelas más finas y elegantes me parecen prehistóricas".

Ya ven. Antes el autor escribía desde la intimidad, sin tomar materiales ni nada, ex nihilo. Ahora “sinencambio” toma materiales para recluirse en la misma intimidad que el autor antiguo. Por eso el autor de antes escribía y el de ahora sólo maneja materiales. Y lo que es más, antes el autor hacía visible al mundo (es forma cursi de decir “publicaba”, que es “hacer publico”), no su obra sino su intimidad (¿?). Ahora, el autor emite (¿publica?) su intimidad tras “manejar materiales” (eso es lo que dice, no sé si intencionadamente, don Agustín). Sólo hay algo invariable: antes y ahora se publican (o emiten) intimidades, no obras (o “manejos”).

Editar no es más que publicar de forma impresa. Emitir es echar fuera. Emitir, por tanto, comprende editar y decir que “ya no se edita sino que se emite” o no tiene sentido o sólo significa que don Agustín está dispuesto a dar a conocer su obra por otros medios distintos del impreso (cuento que, por otra parte, no se aplica a sí mismo, al menos Goytisolo regalaba videojuegos con sus libros). Será que don Agustín “emite desde la información” pero no “desde el conocimiento”. Asumida esta tesis se aclaran muchas otras.

George Steiner está en todo su derecho a sentirse fascinado por los modernos avances científicos. Debe tener, de todas formas, gran afición por la prehistoria ya que ha consagrado su vida a la critica literaria y lo ha hecho, por cierto, con bastante más lucidez, que don Agustín.

Tenemos que aprender los poetas y novelistas de ese espíritu einsteniano. Einstein fue un gran indie. Y es que el riesgo y la audacia se parecen mucho al concepto mismo del arte: un recipiente finito que contiene algo infinito. Asomarse a ese abismo infinito da miedo, sí, pero es la única manera de avanzar. Lo supo Cristóbal Colón, lo supo Heisenberg, lo supieron Marco y su mono Amedio y hasta lo supo el Equipo-A.

El espíritu einsteniano del Equipo-A es indiscutible, como el de Marco y su mono Amedio. Tiemblo de pensar lo que hubiera podido ocurrir si al Equipo-A le hubiera dado por ayudar a Marco, con o sin mono, a encontrar a su madre. Menudo festival indie habríamos tenido. Pero no tengo tan claro que Einstein fuera un gran indie (claro que tampoco sabemos qué demonios es eso de ser indie). A no ser que Einstein sea el de los posters sacando la lengua y no el de las teorías de la relatividad. Es posible que Heisenberg, que se pasó unos cuantos años intentando desarrollar una bomba atómica para el régimen nazi, fuera indie, pero me falta información para afirmarlo con rotundidad. Cristóbal Colón, por su parte, anduvo empeñado en encontrar una ruta hacia las indias, pero no sé si esas “indias” guardan relación con estos “indies”.

Otra pega puesta por la crítica reaccionaria -que no siempre coincide con la de más edad biológica, es más, diría que, sorprendentemente, mi experiencia me dice que casi es al contrario- es que esta nueva generación posee un pretendido pathos anticomercial cuando en realidad sus integrantes están locos por vender y publicar en grandes editoriales. Francamente, jamás he visto a un escritor de mi generación decir tal absurdo. Todo el mundo quiere vender y publicar en editoriales que les den visibilidad, sean grandes o pequeñas, y afortunadamente en los últimos años pequeñas editoriales como Candaya, DVD, Berenice, La Periférica o Plurabelle están adquiriendo una presencia en el mercado gracias a un trabajo editorial excelente.

Sinceramente yo tampoco he visto muchos escritores empeñados en no vender (tampoco es nada malo, ahí está Kafka). Además, la hipocresía del autor en nada afecta a la calidad de sus obras. Si esas son todas las críticas que le hacen debería andar de lo más contento. A mí, que soy de natural mal pensado, de todas formas, me parece este un párrafo metido con calzador y cuya única función es justificar su reciente contrato con Alfaguara no vaya a ser que haya quien piense que traciciona su “espíritu indie” (recuerden que las grandes compañías discográficas tuvieron el detalle de “no intentar desvirtuarlo”).

La ecuación Visibilidad= Mala Literatura es insostenible hoy por hoy. Para empezar porque, como ya apuntara Baudrillard, el crimen perfecto se ha cometido, lo que está fuera del mercado no existe por la sencilla razón de que fuera del mercado ya no hay nada. El -si se me permite la cursilería- espíritu indie nada tiene que ver con publicar por narices en editoriales minoritarias, sino al contrario, igual que ocurrió en la música, hacer también venir a las editoriales mayoritarias a nuestro terreno, hacer que se mojen y cambien sus filosofías de ventas maximalistas. Creo que eso ya está ocurriendo. Es éste un debate que en otras artes más evolucionadas socioeconómicamente, como las visuales o la música, serían irrisorias y anacrónicas. Así nos luce el pelo.

Sigo sin saber qué diablos es el cursi “espítiu indie” y de nada me sirve que se me asegure que tiene que ver con que las editoriales mayoritarias se muden a la finca de don Agustín y sus compinches y, de paso, cambien sus filosofías de ventas maximalistas (¿qué es lo maximalista, la filosofía o las ventas?). Así de corto soy. Tan corto que hasta se me había escapado que las artes sufren (o disfrutan de) una “evolución socioeconómica” cuyo alcance, que apenas vislumbro, se me antoja maravilloso. Así me luce el pelo.

Lo cierto es que la hornada de nuevos narradores y poetas en este país está saliendo de bombonas de gas periféricas por una espita que cada vez es más difícil cerrar.

Alarmado por el descubrimiento de un horno, aunque sea de narradores, con una espita de gas abierta que además cada vez es más difícil de cerrar sólo se me ocurre señalar que la explosión parece inevitable. Pónganse todos a cubierto.

No hay más que asomarse a la actualidad literaria para ver la cantidad de convenciones, congresos, jornadas y reuniones a los que los nuevos poetas y narradores llegan bien armados. Somos empollones, sí, dejamos para otros anacrónicos procesos de voluntaria malditización. Más que una generación -término que nos importa bien poco- yo estaría hablando de una red de personas con intereses comunes y cosmovisiones parecidas, que son radicales en el sentido etimológico, es decir, que están agarrando el problema por la raíz.

No entiendo esa insistencia en afirmar su renuncia al “malditismo”. El simple hecho de estar proclamando sus cosillas en un periódico de amplia tirada ya lo deja claro. Agradezco muy mucho que recupere la palabra radical en su sentido original y me atrevo a pedir a esa red de personas con intereses y cosmovisiones comunes que, ya que tienen el problema “agarrrado por la raíz”, nos digan de una santa vez cuál es. Lamento, por otra parte, que sean empollones. No porque considere que eso tenga algo de malo sino porque, ya que empollan, lo suyo es que les hubiera servido de algo. Pero vayamos al delirio.

De la misma manera que el Universo se expande al mismo tiempo que los humanos no paramos inútilmente de encerrar gases, clausurar espacios, acotar ríos, etcétera, la literatura también se expande aunque algunos traten de cerrar sus válvulas.

Es de sobra sabido, por más que uno se empeñe en encerrar gases estos acaban encontrando el orificio de salida y suelen escapar en el momento más inoportuno acompañados de cierta sonoridad. Lo que no acabo de ver es el sentido de la comparación: la literatura se expande aunque haya quien trata de impedirlo ¿de la misma forma que el Universo se expande a pesar de que intentemos, por educación, aguantarnos los pedos? ¿Quién demonios se opone a la “expansión” del Universo?

Es más, no sólo el Universo se expande sino que ahora se ha descubierto que existe una Energía Oscura que a distancias cósmicas lo acelera. Esa Energía Oscura es muy indie, y la constituirían estos nuevos escritores que están tratando de acelerar la investigación narrativa y poética, los afterpop, como los ha llamado el crítico Eloy Fernández Porta, o los I+D, como los denominó Jorge Carrión en este mismo diario. Diría que no pocos críticos ya se están dando cuenta de que necesitan otras armas de análisis para abordar ese fenómeno; por desgracia, como recientemente hemos comprobado, otros ni se enteran.

Fíjense, la energía oscura, hipotético campo que abarca todo el espacio, es muy indie. Es decir, que toda la literatura está llena de indies acelerando su inevitable expansión. No se entiende entonces su preocupación por acabar con las fuerzas de la reacción. Están condenadas a fracasar. ¿O es que no acaban de creerse “energía oscura”? Por lo demás, no puedo pronunciarme sobre si los críticos necesitan otras armas de análisis mientras desconozca cuales son las unas, las que ahora manejan. Reconozco que la crítica literaria me la refanfinfla. Es mi derecho como lector pasármela por el escroto.

Pero, ¿no se les hace raro tanta mención de Baudrillard, Derrida y la posmodernidad y que la mecánica cuántica no aparezca por ningún lado? Pues es que son unos impacientes, el fetiche de estos pseudopensadores no puede faltar nunca. Don Agustín nos lo trae de forma contradictoria pero original.

Desde Homero, el mundo de la literatura siempre fue el reino de la improbabilidad o de la probabilidad cuántica, nunca cristiana o newtoniana.

En opinión de don Agustín, el mundo de la literatura, de toda toda la vida, ha sido… una de dos o el reino de la improbabilidad o el reino de la probabilidad cuántica. Hasta él estará de acuerdo en que no se puede ser esas dos cosas a la vez (a no ser que considere la literatura un fenómeno cuántico, en cuyo caso, apaga y vámonos). Yo no sé muy bien qué entender con eso de que la literatura es el reino de la improbabilidad: ¿acaso que la literatura se dedica a narrar hechos improbables? ¿o más bien que la propia literatura es improbable? A este paso va a ser lo segundo.

Lo que me parece evidente es que la literatura jamás ha sido el reino de la probabilidad cuántica (que no es más que una probabilidad monda y lironda, todo hay que decirlo). De serlo, el pobre Homero, que no tenía mucha vista, habría andado más despistado que el sufrido gato de Schrödinger y tal vez nos habríamos perdido la Ilíada o la Odisea. Por fortuna, tanto Aquiles como Ulises se manifestaron en el nivel macroscópico y se pudo cantar sus andanzas. Seamos serios, ¿qué coño tiene que ver la probabilidad cuántica con el mundo de la literatura? Se lo digo yo: nada. Nada de nada. Cero patatero. Rien de rien.

Ahora bien, la idea de este señor sobre la “probabilidad cuántica” es novedosísima (como casi todo lo que hace). Según su pintoresca interpretación el gran error de Newton fue no tener en cuenta que las monedas lanzadas al aire pueden caer de canto (¿¿??). Como lo oyen o lo leen (un consejo bienintencionado: vuelva usted a estudiar a Newton, que seguro que se lleva una sorpresa).

Se tira una moneda al aire, ¿qué probabilidad hay de que caiga de canto? Ante esa pregunta enmudecemos, no hay respuesta, las newtonianas cara y cruz se llevaron toda la probabilidad de la que disponíamos.

Lo cierto es que en la mecánica clásica (newtoniana si quieren) la probabilidad de que una moneda real, con su masa y su volumen, caiga de canto, existe, es no nula. Siempre ha sido así. Ante esa pregunta sólo enmudecen don Agustín y sus amigos. Cualquier estudiante de bachillerato (del bachillerato de mi época al menos) puede respondérsela sin problemas.

Pareciera que hemos fracasado, pero la audacia, la pirueta indie, una vez más debiera venir a salvarnos haciendo oídos sordos a posturas críticas hoy por hoy desprestigiadas, porque en ese canto de la moneda, ese canto en apariencia sin probabilidad, es en donde se lo juegan todo la poesía y la novela.

Desde luego a mí me parece que ha fracasado. Al menos en aprender algo de física elemental y matemáticas. Desoir las críticas hoy por hoy desprestigiadas por don Agustín y compañía (ignoramos si por alguien más) puede no parecer una actitud muy correcta, pero siempre he sido de la opinión de que lo mejor que puede hacer todo escritor es desoir todas las críticas. Desoiga usted, don Agustín y, ya puestos, dedíquese a escribir y no a hacer sus propias críticas o contracríticas. El futuro de la novela y de la poesía depende sólo de eso y no del canto de una moneda que sólo a usted le parece completamentre improbable según nuestros cristianos y newtonianos cánones.

Abusando de la mecánica cuántica podríamos decir que existe una probabilidad real de que la moneda caiga vertical, en su filo. Y abusando aún más, diríamos que esa probabilidad finita contiene algo potencialmente infinito y proteico que no podríamos definir sin destruirlo pero que sí debiéramos autores y editores investigar. ¿Vivir o leer novelas?: la cuántica nos dice que ambas actividades son la misma cosa. El sentido común indie también.

Que don Agustín abusa de la mecánica cuántica es cosa evidente y notoria. Que la probabilidad de que una moneda caiga de canto es no nula (todas, pero todas todas las probabilidades son finitas; aunque no se lo crean, en cosa que se deduce de su propia definición) es un resultado elemental de la mecánica clásica (newtoniana) y nada, pero nada de nada, tiene que ver con la mecánica cuántica (que sólo maneja monedas a la hora de repartir el presupuesto para investigación).

Sin embargo, debo coincidir con don Agustín en que afirmar que esa “probabilidad finita contiene algo potencialmente infinito y proteico” es aún mayor abuso. No sé yo cómo una probabilidad puede contener nada, ni sé cómo el infinito puede ser proteico (en cualquiera de sus acepciones). Otra cosa es eso de “potencialmente infinito”, que al menos puedo entenderlo como el aristotélico infinito potencial, tan del gusto de Gauss y que está en la base del cálculo infinitesimal tradicional (vamos, que la literatura, o su literatura, puede hacerse tan grande como se quiera).

Así que primero andaban los nocilleros o nocillistas atrincherados en sus paradigmas, defendiéndolos a capa y espada contra las hordas retrógradas que no tiene nada mejor que hacer, y resulta que ahora los encontramos a todos haciendo equilibrios en el canto de una moneda que no creo que pase de dos céntimos, en busca del infinito con un cazamariposas (de peor calidad que el de Nabokov, un autor que vaya si se ha quedado antiguo). Un infinito frágil e indefinible que requiere toda la atención de autores y editores por más que nadie se entienda, como en las modernas meriendas de negros. Y luego nos quejamos. Es para darse con un improbable canto en los dientes.

Pero ya ven, a don Agustín la mecánica cuántica le dice más cosas que al resto de los mortales. Le dice hasta que vivir y leer novelas son la misma cosa, un resultado asombrosamente similar al que proporciona el “sentido común indie”. Quién nos lo iba a decir.

Que no se engañen. Nadie les persigue y menos una horda de viejos retrógrados con el bastón alzado. Si andan extraviados y no saben muy bien qué hacer, bienvenidos al club. Nos pasa a todos y no es un fenómeno cuántico. La condición humana es así. Dedíquense a escribir y déjense de chorradas. Yo, lector, pondré la parte que me toca. Aunque, por el momento, don Agustín me ha puesto muy difícil que me entren ganas de abrir sus libros. Yo no digo que no haya que ser moderno, o rebelde, o incluso reinventor sinérgico. Lo que digo es que conviene no ser imbécil. Por antiguo que suene.