27 de octubre de 2007

Tintas a medias

Dice el diccionario que las medias tintas son los hechos, dichos o juicios vagos y nada resueltos, que revelan precaución o recelo. No estoy muy seguro de si se puede aplicar el calificativo a lo que aquí hago. Lo estoy mucho más de este otro: “tintas a medias”. Y lo estoy porque, como bien saben los fieles parroquianos, la cantidad de asuntos no terminados que pueblan estas páginas se aproxima peligrosamente al infinito.

Confieso que no es este el único lugar donde se me quedan las cosas a medias (no olviden que el confundido Confucio situaba la virtud, como muchos fetichistas, en las medias). Tanto es así que hasta hay quien se ha atrevido a enviarme un PPT (cosa que le tengo prohibida a todo el mundo) celebrando las virtudes de terminar las cosas. O, al menos, de terminar las botellas de whisky y las cajas de condones (mercancías que, por cierto, nunca me ha costado terminar). Pero vamos a lo que vamos, que para encontrar consejos de “autoayuda” ya están las estanterías de los VIPS llenas.

Más de uno me acusará de inconstante y, aún llevando razón, pecará de injusto. Primero porque ninguno de mis proyectos está abandonado. Algunos hibernan, lo reconozco, pero es porque así les conviene. Y segundo porque, por alegre y resuelta que tengan la imaginación, estoy seguro de que jamás alcanzarían a sospechar las caóticas circunstancias en que se desenvuelven mís días últimamente. No teman. No se las desvelaré. No soy, como Montaigne, la materia de mi blog. No soy materia de ninguna clase pues desde Einstein sabemos que la materia es energía. Precisamente lo que a mí me falta.

Pero sí me gustaría dejar aquí registro de (casi) todos mis incumplimientos blogueriles. Entiéndaseme, no quiero que esto suene a compromiso. Tan sólo es pública declaración de lo que sé o creo que les debo. O más bien, de lo que me debo a mí mismo. Haré lo que esté en mi mano para terminar todos menos uno.

Queda a medias, por empezar, la transcripción de mi cuaderno de notas que, al fin y al cabo, sólo tenía por objetivo ilustrar mi postura acerca de la novísima literatura que padecemos (bueno, en realidad yo no la padezco, para qué engañarnos). Antes o después la tendrán completa aquí, pero bien me podría haber ahorrado la cosa colocando este escueto resumen: la literatura ha de sostenerse por sí misma y todo texto que precise de explicaciones, estudios o cualquier otra clase de añadidos no vale una mierda.

La pobre Rosario sigue allí, delante de Ulises. Y allí seguirá hasta que resuelva la extraña excursión organizada por el Tranviario tras descuidar un autobús de línea y en la que, por razones aún no aclaradas, cargaron los habituales de La Esquina con el singular cuadro que algunos imaginativos lectores han querido atribuir al mismísimo Archibald Fenster-Parrish. A los impacientes puedo decirles que cuando Ulises despertó, Rosario seguía allí, arropada con el lienzo. No es mucho, pero ya es más de lo que sabían hasta ahora.

Las Estampas Tapihianas de Atansio Farniente, convenientemente anotadas, andan también manga por hombro, cosa que lamento porque les niega la oportunidad de conocer personajes memorables, como Ausencia Pérez o Rosa María Baumgarten. A la primera nadie la ha visto jamás. La segunda, por el contrario, llevó hasta extremos inimaginalbles la idea de llevar una doble vida. Sabrán de ellas, aunque no sé cuándo.

De hecho hay otras obras de Atanasio Farniente también en el tintero. Una de ellas, no prometida, es Appleby el enciclopedista, pieza considerada menor que cada vez creo más importante para una cabal comprensión de las intenciones de Farniente (fueran estas buenas o malas). Y esta comprensión proporciona indudables beneficios el más destacable de los cuales es, así lo creo, esconder aún más las mías, mis intenciones.

Sigue a medias, además, el final de mi extensa reseña del importantísimo artículo de los profesores Stierscheiße y Eselbohrung, El secreto tapihiano, que venía a demostrar que todo lo que hasta ahora sabíamos o sospechábamos sobre Tapihi era totalmente falso, pero que más vale seguir creyéndolo por el bien de tanto tapihiano de bien y por el mal de tantas otras personas de mal que mucho disfrutarían saqueando y mancillando el único escondrijo para desesperados del que queda noticia. En cuanto me aclare con los mapas y el diario de navegación del capitán Cook habrá que retomarlo, por más que ninguno haya mostrado el menor interés por él.

Por quedar pendiente, queda el final de la cronología biográfica que dediqué al excelso a veces Teddy Mars, el guitarrista que hizo de la vulgaridad un arte. Como saben algunos, ligeros problemas técnicos me han impedido culminar esta obra imprescindible. Con todo pesar les confieso que las dos últimas entregas nunca verán la luz. Sin embargo, por si alguno conserva algún interés, debo señalarles que por los pagos patrios anda últimamente su único discípulo, Eddie Gordini. No es lo mismo pero menos es nada. Ahora bien, si tienen ocasión de ver actuar a Los Gordini no digan que no les avisé: no esperen encontrarse una recreación de las memorables noches de Le Perroquet Bléu. De momento, poco se sabe sobre Los Gordini, pero entre eso poco se cuenta su incapacidad para reunirse al completo y organizar ensayos en condiciones. Por eso sus apariciones públicas siempre son impredecibles y suelen deparar sorpresas. Es más, hasta el simple hecho de que aparezcan es impredecible por más que carteles y anuncios proclamen lo contrario como si el mundo tuviera algun orden o, de tenerlo, nos fuera permitido conocerlo.

Allí, en los enlaces del último párrafo tienen toda la información de la próxima aparición prevista de Los Gordini. Si finalmente aparecen o comparecern, tal vez me encuentren por allá demostrando que conservo intactas las capacidades para terminar cajas de cerveza. Otra cosa es la capacidad para terminar cajas de condones (profiplásticos, que decían por ahí), que se demuestra mejor en privado y sobre la que no me pronunciaré por no romper el elevado estilo que esta página siempre ha tenido, sobre todo ahora que va camino de cumplir sus tres añitos.

Y ahora, para empezar a enmendarme, lo mejor será que termine estas letras con el término término, que no es “termino” sino este:

FIN