11 de diciembre de 2007

Cómo está el tiempo

Es cosa bien conocida, al menos entre los aficionados a los deportes norteamericanos, que el hockey sobre hielo es una disciplina en la que lo fundamental es liarse a estacazos con el contrario y donde las reglas y demás convenciones sólo existen para asegurar la coincidencia de los contendientes en los mismos tiempo y lugar, requisito sin el que la trifulca resultaría imposible. Algo tienen los palos de hockey que liberan al cro-magnon que todos llevamos dentro y le impulsa irrefrenablemente a repartir estopa por doquier y sin miramientos. De eso quería hablarles hoy, más concretamente de un palo de hockey en particular y de los garrotazos que se dan con él. Para lamento de muchos, me veré obligado a un breve excurso de esos que tanto odian.

Breve excursus (sin ánimo de encuadrar el debate)

No pasa día sin que uno se vea asaltado por las terribles amenazas del “cambio climático” y las aún más terribes catástrofes que se nos vienen encima. Cosas como esa de que si no espabilamos, en diez años (y no en cien, como se creía,) todos calvos: (algo así dice este infantil titular). No faltan propuestas bienintencionadas para luchar contra el terrible peligro de destrucción del planeta. Sheryl Crow, sin ir mas lejos, ha lanzado la valiente propuesta de limitar a un simple cuadradito el papel higiénico a utilizar por cada evacuación (salvo, claro está, que circunstancias específicas que no es elegante detallar aconsejen elevar el límite ocasionalmente). Es verdad que en 1975 se nos amenazaba con lo contrario, con el terrible enfriamiento global que acabaría con las cosechas y nos traería las más espantosas hambrunas imaginables, pero era porque los de antes eran mucho más tontos que nosotros. Qué mejor prueba de ello que el climatólogo James Hansen, uno de los primeros en alertar sobre calentamiento global.

Hacia finales de los años 80 Hansen compareció ante varias comisiones del congreso norteamericano (en el documental algoriano “Una verdad incómoda” pueden ver parte de una de ellas, la que tuvo lugar el 8 de mayo de 1989) para afirmar que a finales del siglo XX la temperatura de la tierra habría aumentado 0,3º y el nivel del mar se elevaría varios metros. Hansen, que no es un cualquiera, dirige el NASA Goddard Institute for Space Studies, llevaba desde principios de aquella década dirigiendo estudios que concluían que la concentración de CO2 en la atmósfera llevaría a un calentamiento global mucho antes de lo que las previsones indicaban. De hecho, Hansen afirmaba tres cosas

  • Que el cambio ya se estaba produciendo

  • Que para el año 1990 sería perfectamente apreciable

  • Que sería difícil convencer a los políticos y los ciudadanos para actuar en consecuencia

Todo un profeta, como ven. A día de hoy, Hansen se ha visto obligado a rebajar muy mucho sus cálculos y predicciones hasta el punto de que su último balance energético tan sólo descuadra por 0,85W/m2 (ay, qué tiempos aquellos en que se decía que era de 60W/m2, pero no es del efecto invernadero de lo que quería tratar hoy).

Hagamos un poco de historia burocrática. El profesor Charles Northcote Parkinson aconsejaba, si uno quería que su nombre pasara a la historia, presidir una comisión dedicada a temas muy dispares de forma que resultara mucho más práctico referirse a ella con el nombre de su presidente, la Comisión Pérez pongamos por caso. Líbreme el cielo de afirmar que Medio Ambiente (que es término redundante, el medio y el ambiente son la misma cosa) y Desarrollo, sean asuntos en nada relacionados, pero algo así le sucedió a la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo creada en 1983 por la ONU que no les sonará de nada porque todo el mundo la llama, a pesar de no ser fácil de pronunciar, Comisión Brundtland.

Gro Harlem Brundtland era (y es) una doctora (en medicina) y política noruega (efímera presidenta de su país durante 1981) que dirigió los trabajos que culminaron con la publicación en 1987, ya se sabe que las cosas de palacio van despacio, de un informe titulado, con cursilería tal vez excusable, “Nuestro futuro común”. El informe situaba en la pobreza de los países subdesarrollados y en el consumismo extremo de los países desarrollados las causas fundamentales de la insostenibilidad del desarrollo y la crisis ambiental. Su indiscutible éxito se basó precisamente en la acuñación de un término que hoy día aparece hasta en la sopa (siempre que ésta sea de letras, como aquella sopa tapihiana): desarrollo sostenible.

Sospecho que el éxito inusitado del desarrollo sostenible también se basó en un pequeño detalle: el informe Brundtland no se preocupó mucho de aclarar qué demonios era eso de la “sostenibilidad”. El “desarrollo sostenible” se definió de forma tan ambigua como esta: aquel que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Como cabía suponer, luego vinieron las tortas a la hora de ponerse de acuerdo en cuáles eran esas “necesidades”. Tal vez si la Comisión Brundtland hubiera recurrido nuestro viejo español como idioma de trabajo las cosas habrían estado más claras.

necesidad.
(Del lat. necessĭtas, -ātis).
1. f. Impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido.
2. f. Aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.
3. f. Carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida.
4. f. Falta continuada de alimento que hace desfallecer.
5. f. Especial riesgo o peligro que se padece, y en que se necesita pronto auxilio.
6. f. Evacuación corporal de orina o excrementos. U. m. en pl.

Yo me quedo con la cuatro y la seis, que son las únicas que identifican sin ambages las necesidades humanas y dejan perfectamente claro de qué estamos hablando (me da a mí que Sheryl Crow sólo piensa en la última).

Pero sigamos con las consecuencias del informe Brundtland, que recomendaba la convocatoria de una Conferencia Internacional sobre estos asuntos (que no quede problema sin su Conferencia Internacional, por favor). En 1989, la ONU aprobó una Conferencia sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo que tras laboriosas revisiones, consultas, negociaciones y supongo que chalaneos culminó con la celebración de la llamada Cumbre de Río (de Janeiro, claro) en 1992 y el nacimiento de la llamada Agenda 21. Poco antes, en 1988, la ONU, a través de la WMO y su Programa Ambiental creó un organismo de horrísono nombre que no ha procurado la fama parkinsoniana a ninguno de sus presidentes. Me refiero al Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC), marco en el que “centenares de científicos y otros participantes” se organizan para “analizar, de forma exhaustiva, objetiva, abierta y transparente, la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender los elementos científicos del riesgo que supone el cambio climático provocado por las actividades humanas, sus posibles repercusiones y las posibilidades de adaptación y atenuación del mismo” (ya pueden respirar). Seguro que lo han oído nombrar cientos (¿cienes?) de veces durante el último mes.

El IPCC se organiza en tres grupos de trabajo y un “equipo especial”:

  • El primero de ellos “evalúa lo aspectos científicos del sistema climático y del cambio climático”.

  • El segundo “evalúa la vulnerabilidad de los sistemas socioeconómicos y naturales al cambio climático, las consecuencias negativas y positivas de dicho cambio y las posibilidades de adaptación al mismo”.

  • El tercero “evalúa las posibilidades de limitar las emisiones de gases de efecto invernadero y de atenuar los efectos del cambio climático”.

  • El equipo especial sobre los inventarios nacionales de gases de efecto invernadero “se encarga del Programa del IPCC sobre inventarios nacionales de gases de efecto invernadero”.

El IPCC nos ha bendecido hasta hoy con cuatro informes de evaluación (1990, 1995, 2001 y 2007). El último todavía está calentito (llevamos todo el año conociendo su contenido con cuentagotas, pero al fin el pasado 17 de noviembre se ha aprobado en Valencia su versión definitiva; pueden bajarse el informe de síntesis aquí, y si investigan por su web, encontrarán los informes completos de todos los grupos de trabajo).

En un alarde de realismo impropio de los tiempos que corren, el IPCC, sabedor de que su mamotretos resultan ilegibles para todo aquel que no quiera tomarse muchas molestias en informarse, publica unos resúmenes para políticos, esos individuos tan reacios a las molestias. Por triste que parezca, la mayor parte de los que se las dan de informados sobre estas cosas en los medios no han pasado de echar un vistazo a esos resúmenes. Hay quién dice que son un tanto tendenciosos, pero no es cosa de ponerse tiquismiquis por un quítame allá esas pajas.

Y hasta aquí el excurso.

Estacazos

En fin, vamos a lo que vamos. En 2001,como he dicho o escrito, se publicó el tercer informe de evaluación del IPCC (al que llaman TAR, no sé si por ser el Third Assessment Report o porque “tar”, en inglés, significa “alquitrán”), el que acabó de desatar todas las alarmas. En su resumen para políticos jugaba un papel preponderante un gráfico apocalíptico que pronto fue conocido como “el palo de hockey” (o más bien hockey stick, no me acusen de impreciso). Aquí lo tienen.


Esta es la terrible amenaza. Vean cómo se calienta el planeta. No es de extrañar el terrible griterío que oímos por doquier. Sin embargo, no todo el mundo se lo tomó con tanta alarma. Un señor canadiense con vocación de tocapelotas, lo que ya me lo hace simpático, prefirió revisar un poco los datos antes de rasgarse las vestiduras. Se llama Steve McIntyre y tal vez su reacción se debió a que recordó lo que los señores del IPCC habían publicado en su informe de 1990, en el que el mismo gráfico era así:



Observen lo evidente. Con un gráfico como este, todas esas cosas que decía el alquitranado informe, como que “la decada de los noventa ha sido la decada más cálida del milenio y 1998 el año más cálido” no quedan tan bonitas y sugerentes. Ni siquiera resulta fácil echarle las culpas al terrible CO2, el mortal enemigo de la humanidad en los últimos tiempos. Y todo por culpa del llamado Medieval Warm Period (MWP), el periodo comprendido aproximadamente entre los años 1100 y 1300 en el que muchos lugares del mundo mostraron condiciones anormalmente cálidas y muy superiores a las actuales, algo sobre lo que existe una evidencia abrumadora (a pesar de la insistencia de Al Gore en referirse al termómetro del Dr. Thompson para refutar este hecho, ya hablaré sobre esto otro día, que no puedo estar en todo). Para alegría de agoreros, el palo de hockey había hecho desaparecer de la historia el MWP.

Este palo de hockey se atribuye al Dr. Michael Mann, miembro del departamento de Geociencias de la Universidad de Massachusetts, aunque en honor a la verdad tiene otros dos padres porque tres fueron los firmantes de los artículos publicados en Nature y Geophysical Research Letters que dieron lugar a todo. Mann y sus colegas se plantearon hacer algo interesante y novedoso: una reconstrucción del clima en el hemisferio norte durante mil años (seiscientos en su primera versión). Una feliz idea con no tan feliz desarrollo. Medir la temperatura en el pasado, estarán conmigo, no parece tarea sencilla. No disponemos (ni dispondremos), como Angus Floridablanca, de la capacidad de viajar en el tiempo armados con un termómetro y una libreta (o Blackberry los que sepan para qué sirve). No queda más remedio que recurrir a vías indirectas, cosa que, como manda la lógica, es lo que hicieron estos caballeros.

En general, los científicos recurren a multitud de técnicas para esto. Por ejemplo agujerear el suelo para extraer información sobre las temperaturas del pasado, técnica al parecer bien documentada. Otro recurso muy socorrido es la medición de la anchura de los anillos de los troncos de los árboles, que, por lo visto, puede dar una buena aproximación de las temperaturas padecidas o disfrutadas por estos. Mann, Bradley y Hughes recurrieron a un amplio conjunto heterogéneo de datos en el que estas mediciones jugaban un papel dominante.

En la primavera de 2003 Steve McIntyre, que no es un científico o al menos no pone eso en su tarjeta de visita, simplemente llamado por la curiosidad o escamado por el palo de hockey, le pidió al Dr. Michael Mann las series de datos que había utilizado para su estudio. El Dr. Mann accedió a enviarle un fichero y pronto McIntyre pudo jugar con los datos descubriendo, junto a una serie de errores menores, que era incapaz de reproducir los resultados del estudio con ellos.

Con la colaboración de Ross McKitrick, economista de la Universidad de Guelph en Canadá, escribió un artículo, que fue publicado en la revista Environment and Energy, dando cuenta de todos los errores y problemas que había detectado. Les transcribo el resumen con el que es tradición abrir los artículos científificos porque no deja títere con cabeza.

The data set of proxies of past climate used in Mann, Bradley and Hughes (1998,“MBH98” hereafter) for the estimation of temperatures from 1400 to 1980 contains collation errors, unjustifiable truncation or extrapolation of source data, obsolete data, geographical location errors, incorrect calculation of principal components and other quality control defects. We detail these errors and defects. We then apply MBH98 methodology to the construction of a Northern Hemisphere average temperature index for the 1400-1980 period, using corrected and updated source data. The major finding is that the values in the early 15th century exceed any values in the 20th century. The particular “hockey stick” shape derived in the MBH98 proxy construction – a temperature index that decreases slightly between the early 15th century and early 20th century and then increases dramatically up to 1980 — is primarily an artefact of poor data handling, obsolete data and incorrect calculation of principal components.

De entrada Mann se defendió a la manera de ARQ, diciendo que el fichero de datos que habían manejado era incorrecto. En defensa de su argumento envió a los dos canadienses un segundo fichero que, en palabras de McKitrick, “era prácticamente idéntico al que habían manejado aunque difería de forma importante de la descripción del conjunto de datos que Mann había publicado en la revista Nature”. McIntyre y McKitrick enviaron a la revista una lista de las discrepancias que habían observado entre el fichero y lo declarado en Nature y sus editores solicitaron a Mann una corrección (que ellos, tan sabios, llaman Corrigendum).

El Dr. Mann prosiguió su defensa objetando que McIntyre y McKitrick no habían reproducido exactamente su código informático.En efecto, no lo habían hecho. Nadie ha sido capaz de reproducirlo nunca para llegar a sus resultados (y ha habido quien lo ha intentado, se lo aseguro). Por eso la pareja canadiense le pidió a Mann su código y aquí ya el caballero decidió que era más prudente negarse (a partir de aquí ya puede decirse con propiedad que Mann tenía algo que ocultar). Por algún lado leí que llegó a decir que no tenía por qué estar atendiendo las demandas del primer aficionado que se presentara. Yo me he leído las escasas explicaciones que Mann (et al.) ha(n) dado sobre la validez de sus resultados y debo decir que me resultan profundamente insatisfactorias.

McIntyre, que ya les he dicho que es un tocapelotas vocacional, no se arredró por la negativa y decidió desarrollar un programa que emulara los resultados del Dr. Mann. A día de hoy es quien más ha conseguido aproximarse a los resultados del palo de hockey y, en consecuencia, quien tiene una idea más clara de qué clase de manejos hicieron Mann, Hughes y Bradley para llegar a sus resultados. Le ha echado muchas horas a la cosa y ha encontrado de todo. Por ejemplo, probó la técnica “no standard” de Mann con series aleatorias de datos técnicamente conocidas como “ruido rojo” y comprobó que en la gran mayoría de los casos, más del 99% de sus 10.000 pruebas, los resultados producen un palo de hockey. Ni que decir tiene que las técnicas standard no los producían casi nunca con los mismos datos.

Entonces, Mc Intyre y McKitrick decidieron enviar una carta a la revista Nature (a veces conocida como “la prestigiosa revista Nature”) dando noticia de estos problemas y errores. La respuesta fue un tanto sorprendente: sus editores decidieron no publicarla por exceder del límite previsto de 500 palabras y por ser “demasiado técnica”. El Dr. Mann, sin embargo, publicó su Corrigendum, en la que explicaba que su método no era, efectivamente, standard pero insistía en que ello no afectaba a los resultados sin aportar prueba alguna de ello.

Sin salir de su asombro, McIntyre y McKitrick decidieron continuar su investigación. Entre otras cosas identificaron una serie de datos con un comportamiento anómalo. Se trataba de una cronología de mediciones de anillos de pinos Bristlecone, publicada en 1998 por D.A Graybill y S.B. Idso, que mostraban un fuerte e inexplicado crecimiento a lo largo del siglo XX que no casa con los registros de temperaturas del lugar. Por esta razón tanto Graybill e Idso como otros muchos autores han afirmado que no son datos adecuados para la representación de temperaturas (hay propuestas varias explicaciones para su extraño comportamiento, entre ellas, que se trata de datos erróneos).

McIntyre y McKitrick probaron a reproducir su algoritmo emulatorio del de Mann con todos los datos referidos a Norteamérica salvo la serie de Graybill e Idso y, como por arte de magia, el palo de hockey desapareció. En otras palabras, incluso recurriendo a una técnica que tiende a encontrar palos de hockey donde no los hay, los datos se resisten a reproducirlo. Sólo la incorporación de información que los expertos consideran inadecuada permite obtener un palo de hockey.

McIntyre y McKitrick han seguido estudiando y desgranando el asunto y no es cosa de que les siga aburriendo con sus hallazgos. Ambos mantienen un interesante blog en el que pueden encontrar detalladas todas sus disputas con el Dr. Mann, quien a su vez, se defiende o ataca, según convenga en este otro lugar. El Wall Street Journal se hizo eco de esta disputa en 2005, pero, hay que a treverse, merece la pena conocerla en todos sus detalles técnicos (un poco de análisis multivariante al año no hace daño). Paséense por ambos frentes.

Con independencia de si Steve McIntyre lleva razón en sus críticas, creo que hay una cosa clara en toda esta historia: que una de las partes se ha preocupado de explicar, explicitar y documentar sus afirmaciones, como mandan los cánones, mientras la otra se ha limitado a esconder el ala cuando no a cosas peores. Si esta es la calaña en la que se basan todas las alarmas, aviados estamos. Que Mann enviara inicialmente sus datos prueba que creía en sus resultados, pero con sus respuestas posteriores no cabe ser tan indulgente.

No digo con ello que haya que tomarse a chirigota los papeles del IPCC, simplemente que, como es aconsejable en otros ordenes de la vida, deben ser leídos con espíritu crítico y la mejor información posible. Hay entre sus autores gentes que obran de buena fe (no todos, por supuesto, como en todas partes) e incluso quienes no comparten algunas de (o todas) las alarmas del cambio climático (otro día hablaremos de John Christy).

Y en esto llegó en cuarto informe de evaluación del IPCC. En su resumen para políticos ya no hay palo de hockey (ni MWP), ¿para qué meterse en líos y tentar a los tocapelotas del mundo? Yo no he sido capaz de localizar algún gráfico similar en el informe completo del WG1 (ya ven qué cosas leo), pero ya habrá tiempo de hablar en detalle de lo que dice. Aunque me temo que cuando vuelva sobre estos asuntos (tranquilos, tardaré algún tiempo) lo haré con la misma torpeza que hoy, así que será mejor que no me hagan mucho caso y recurran al esperadísimo (mega)post de Alejandro Polanco que, de cumplirse el calendario previsto, se publicará mañana mismo.

Referencias
(todas se pueden descargar desde Climate Audit)

  • Mann, M.E., Bradley, R.S. y Hughes, M.K., (1998); “Global-Scale Temperature Patterns and Climate Forcing Over the Past Six Centuries”, Nature, 392, 779-787

  • Mann, M.E., Bradley, R.S. y Hughes, M.K., (1999); “Northern Hemisphere Temperatures During the Past Millennium: Inferences, Uncertainties, and Limitations”, Geophysical Research Letters, 26, 759-762

  • McIntyre, Steven y Ross McKitrick, (2003); “Corrections to the Mann et. al. (1998) Proxy Data Base and Northern Hemisphere Average Temperature Series.” Environment and Energy 14(6) pp. 751-771

  • Mann, Bradley and Hughes (2004) Corrigendum, Nature July 1, 2004, page 105

  • McIntyre, Stephen and Ross McKitrick (2005) “The M&M Critique of the MBH98 Northern Hemisphere Climate Index: Update and Implications.”. Energy and Environment 16(1) pp. 69-100

  • McIntyre, Stephen and Ross McKitrick (2005); “Hockey Sticks, Principal Components and Spurious Significance”. Geophysical Research Letters Vol. 32, No. 3, L03710 10.1029/2004GL021750 12 February 2005