18 de diciembre de 2007

Filosofía deportiva

Con asombrosa recurrencia aparece en los programas televisivos algún majadero afirmando con solemnidad que el patinete, el surf, el hula-hoop o hacer cabriolas por la calle es una “forma de vida”. A veces la osadía va más lejos y tales aficiones alcanzan la categoría de “filosofía”. Vayan ustedes a saber qué demonios entienden semejantes semejantes por vida y por qué la reducen a algo tan nimio, pero de lo que estoy seguro es de que nada saben sobre esa cosa abstrusa que llaman filosofía por no haber encontrado mejor palabra con que referirla y que da para llenar páginas y páginas que a veces hasta dicen algo de interés.

Hace tiempo, bendecido por la ingenuidad de la juventud, me ofendían sobremanera tales declaraciones. Mis razones era harto evidentes: se pasaba uno horas, días, semanas, meses e incluso años entre libros para comprobar que Husserl era un gañán mientras cualquier mozalbete con casco y rodilleras se arrogaba con total desparpajo la más elevada práctica filosófica. Con el tiempo, no obstante, me he ido calmando y hasta he llegado a respetar tales asertos. He hecho mía la convicción de que nada hay de malo en que estos pretendidos “deportes” sean calificados de “filosofía” siempre y cuando la verdadera filosofía pase a engrosar la categoría de deporte. Así, todos contentos. Unos más y otros menos, claro.

Lo curioso es que mientras andaba enfrascado en estos absurdos pensamientos, he descubierto con sorpresa que en Tapihi, no podía ser de otra forma, tan peregrina idea está de lo más asentada. Tanto que anualmente se celebra el Campeonato Mundial de Filosofía, que ya va por su vigésimo octava edición. La cosa, al parecer, nació una tarde de total vagabundaje en que dos tapihianos andaban sintiendo la tierra rodar, que es lo que se hace por allí las tardes de total vagabundaje. Se llamaban, y hasta donde yo sé todavía se llaman, Crisanto Jennings y Godofredo Guillermo Flórez. Ambos tenían un turbio pasado como recolectores de azafrán que poco viene al caso ahora y, por lo visto, andaban conversando mientras el sol caía con la habitual languidez de la primavera isleña provocando una multiplicidad de colores a la que sólo la paleta de Archibald Fenster-Parrish ha sabido hacer justicia.

– Andaba yo pensando, Crisanto, si existe fundamento gnoseológico objetivo para afirmar la capacidad crítca trascendente de la razón formal.
– Eso no me lo dices en la calle– contestó el otro.
– Pero… ¡si ya estamos en la calle!
– Precisamente por eso te lo decía…

Y así se fue calentando la cosa con palabras cada vez más gruesas y afiladas. No diré que la tensión se mascaba en el ambiente por no pasar por comentarista deportivo y porque en Tapihi es costumbre mascar otra clase de cosas. Pero sí diré que los rostros de ambos fueron mudando de color, enrojeciéndose primero y adentrándose después en el invisible espectro infrarrojo. Esas venas que habitualmente surcan apacibles las sienes parecían a punto de explotar en ambos contertulios.

No tardaron los lugareños en formar un corrillo y comenzar a cruzar apuestas porque una de las sorprendentes virtudes de los tapihianos es que sus discusiones suelen alcanzar alguna conclusión y ninguno tiene empacho en conceder una victoria dialéctica al contrario si estima que la merece. Eso mismo fue lo que ocurrió entre los dos tapihianos, aunque la extensión y complejidad de su final acuerdo es tal que me resulta imposible registrar aquí sus detalles. Queden pues para mejor ocasión. El caso es que hubo gran regocijo y divertimento y no fueron pocos los que concibieron la idea de institucionalizar de alguna manera aquello que habían presenciado.

Para el año siguiente se decidió ponerle a la cosa algo de organización y se construyó un cuadrilátero equipado con marcador electrónico yunas campanillas que hacían las delicias del público. Una comisión informal se encargó de ingeniar las pruebas y disciplinas que darían materia y forma a lo que ya estaba claro que había de ser un gran campeonato en toda regla, esto es, con sus reglamentos, sus árbitros y sus vendedores de perritos calientes. Ni que decir tiene que fue un éxito rotundo, incuestionable.

Imagino que más de uno se andará preguntando cómo diantres puede organizarse un campeonato de filosofía. Lo más osados tal vez piensen en una serie de encendidos debates o en cosas similares a la discusión entre Jennings y Flórez. No van por ahí los tiros. El Campeonato Mundial de Filosofía en nada se parece a un aburrido congreso de esos que se organizan exlusivamente para el intercambio de tarjetas de visita y donde los bostezos contagiosos imponen su ley implacable.

La primera jornada está dedicada a las competiciones de Lógica, donde la prueba reina es conocida como “La mía es más larga”. Se trata, como ya habrán deducido aquellos que no tengan ideas preconceibdas en la cabeza, de ver quien consigue la demostración más larga de cierto enunciado seleccionado al azar con el mínimo número de premisas. Por supuesto, hay otras pruebas que también despiertan pasiones, como la famosa “A tomar por Q”, en la que los participantes deben descartar una premisa (la premisa Q, claro) sin invalidar el resultado de un desarrollo lógico.

Al día siguiente tienen lugar las competiciones de Estética. La variedad de pruebas es en este campo amplísima. En una de ellas, los participantes deben preparar una conferencia sobre el la objetividad congnoscitiva del hecho estético sin mencionar ni una sola vez a Walter Benjamin, cosa bastante más difícil de lo que a primera vista parece. Cada cita de sus textos suma un punto y la mención de su nombre cinco. Por supuesto, si el discurso es una estupidez, cosa habitual, la descalificación es automática. Aquel con menor puntuación es considerado vencedor. En caso de empate se concede la victoria al que tenga el bigote más largo.

La jornada se cierra con una prueba que siempre despierta gran expectación. Los participantes deben presentar una disertación crítica sobre algún aspecto de la estética contemporánea mientras una agraciada joven (o un musculoso bombero, si así lo aconseja la orientación sexual del competidor) realiza un sensual striptease ante sus narices. Pocos son los que sobrepasan las tres frases y menos aún los que llegan a decir algo con sentido.

El día siguiente está dedicado a la Metafísica y, como puede suponerse, es en el que más corre la bebida. La comisión sobre dopaje se encarga con todo rigor de asegurar en los participantes una tasa de alcohol en sangre superior a los dos gramos por litro de forma que se garantice la mejor metafísica posible. Poco puedo contarles, de todas formas, sobre las pruebas que se desarrollan porque al dia siguiente nadie las recuerda.

Por fin, el último dia, justo antes de la ceremonia de clausura, tiene lugar la Gran Batalla de Almohadas entre Materialisrtas e Idealistas. Es más un acto simbólico que una verdadera competición, porque los materialistas ganan de calle todos los años al ser los únicos a los que está permitido rellenar sus almohadas con ladrillos. No se pueden imaginar lo que se aprende sobre la vida y sus injusticias.