4 de diciembre de 2007

Que no, que no me he ido

Lamento desilusionar a todos los que creían haberse librado de mí. Dicen que la mala hierba está a salvo de los rigores del cambio climático, como los viejos rockeros y hasta Miguel Ríos, al que el tiempo ha ido convirtiendo en lo primero y no está muy claro si en lo segundo. Yo, no hace falta decirlo, no me creo ni mala hierba ni viejo rockero. Y mucho menos me atrevo a tildarme de Ave Fénix. Entre otras cosas porque ésta siempre ha mostrado un plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente que casa mal con mis inclinaciones cromáticas. Pero el caso es que aquí estoy, al pie del teclado si se me permite tan absurda expresión.

Vaya en primer lugar la excusatio non petita. Una ausencia tan prolongada creo que la justifica. Hace ya tres años abrí este blog como simple válvula de escape. No tenía otra intención que procurarme un tiempo alejado de mis problemas cotidianos, algo de lo que tenía verdadera necesidad a tenor de mi ritmo inicial de publicación. Pero, como le ocurría al evangelista Kirk Cameron, mis problemas fueron creciendo. No sólo eso, además se volvieron aún más cotidianos. Casi estoy convencido, como los perspicaces Ortega y Gasset, de que ya forman parte de mí y hasta de que nada soy sin ellos.

Aquella saludable intención de alejarme de mis problemas explica que nunca haya querido traerlos aquí. Pero como imagino que a alguno le picará el gusanillo, me traicionaré hoy con un resumen algo críptico: Hace tiempo puse algo parecido a un circo y los enanos no sólo se desarrollaron de forma notoria (hasta el punto de llegar a figurar en las primeras posiciones en los drafts de la NBA), sino que les dio por subirse, a la manera newtoniana que tanto disgusta a algunos, sobre los hombros de gigantes para darme con más facilidad papirotazos que luego se volvieron estacazos y que luego se volvieron puyazos y cosas peores. En semejante situación uno puede llegar a perder los papeles, el juicio y hasta la autoestima. De haber tenido yo alguna de estas tres cosas, estoy seguro de que la habría extraviado de inmediato.

No busco excusarme con esto. Cualquier otro, seguramente, habría sabido enfrentar la situación y salir airoso de ella. Yo no fui capaz. Tomé el camino contrario, la espiral hacia abajo que me gustaría poder nombrar de forma elegante pero para la que sólo se me ocurre una expresión: concatenación de cagadas. No es de extrañar que acabara prácticamente ahogado y sin capacidad para cocinar nada.

Y claro, así no le queda a uno más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, algo que, no se engañen, no hace casi nadie. La expresión “cruda realidad” es muy gráfica. Deja muy clara la idea de fondo: quién más quien menos, con mayor o menor arte, cocina la realidad para hacerla tragable, porque tal cual es no hay quien la digiera. Los anglosajones perfieren decir “la verdad desnuda”. Ellos se dedican a vestirla con lo que encuentran a mano y supongo que por eso el profesor Diógenes Teufelsdröckh gozó en las islas británicas de mucho más predicamento que en nuestro país, donde sigue siendo un desconocido. Pero los ropajes o harapos con que el inglés viste la realidad no son muy diferentes de lo que nosotros hacemos en los fogones, procurarnos una realidad estofada, o cocida, o simplemente escalfada. En definitiva, que viene a ser lo mismo que lo de los británicos aunque con aceite de oliva y otros destacables manjares.

A poco que uno lo piense convendrá en que es lógico que a los anglosajones les diera antes por hilvanes, zurcidos y remiendos que por las artes culinarias. Al fin y al cabo cuando se suelta a un inglés en una cocina la probalidad de que salga con algo parecido al Porridge tiene a uno. Y, estarán conmigo, poco consuelo puede encontrarse en un porridge de realidad. La dieta del sur, mediterránea o no, resulta mucho más apropiada para estos fines aunque no alcance las excelencias de las recetas del célebre bandolero Frasquito.

Pero será mejor que retome el hilo, si es que lo había. Perdida mi capacidad culinaria me vi abocado, entre otras cosas que no diré, a crear otra realidad, estas Salidas. Enfermiza respuesta a mi anómala situación. Debo decir que, mal que bien, han cumplido su papel, que no era otro que distraerme (y ya puestos distraerles a ustedes). Creo, sin embargo, que ya es hora de cambiar. Me explicaré, no sin dar antes un breve rodeo.

Multitud de voces alarmistas claman por doquier alertando de los peligros de la disminución de la biodiversidad. A pesar de ello y de ellas, no son pocas las especies que están conociendo un desarrollo inusitado. Por ejemplo los gurús, que, una vez liberados de sus vinculaciones con el hinduismo, se han puesto a pontificar sobre casi cualquier cosa. Por eso la RAE se ha visto obligada a introducir en su imprescindible diccionario una segunda acepción para este término: Persona a quien se considera maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce autoridad intelectual.

Lo cierto es que este planeta blogueril al que ya le va quedando poco de planeta es uno de los lugares en los que más evidente resulta la sobrepoblación de gurús o gurúes (que vaya usted a saber cómo han decidido que sea el plural del término los señores académicos que tanto velan sin éxito por procurarnos un medio eficaz de entendernos). Prácticamente no hay piedra bloguera bajo la que no se esconda un santón en taparrabos repartiendo reglas a diestro y siniestro. Sobre todo a siniestro, que es flanco que les es más propio. Bien los saben los habituales y ya nos hemos reído aquí lo suyo de tanto profeta iluminado. Es verdad que no son los únicos. Aquí, por no ir más lejos, hemos tenido noticia de gurús o gurúes literarios (Monsieur Verdú, por ejemplo, que ha seguido inistiendo en su cantinela o cantilena, lo que suene más moderno). Y cualquier hijo de vecino, sea este vecino español o venezolano, bien sabe de la particular afición de la clase política a esparcir reglas, las más de las veces amenazantes, para procurarse un sueño tranquilo.

El gurú contemporáneo, y de forma especial el gurú bloguero, muestra una curiosa tendencia a encontrar revoluciones y transformaciones radicales en todas partes, sobre todo allí donde el común de los mortales sólo ve la cosa más normal del mundo. A su decir y entender, todo esto de que hasta el más tonto entre los tontos pueda exponer (emitir en el caso de AFM) públicamente sus sandeces (intimidades en el caso de don AFM) nos ha traído infinidad de bendiciones aunque no se ponen muy de acuerdo sobre cuáles puedan ser estas (que si acabar con la tiranía de los medios, que si democratizar no sé qué,…). Tal vez la razón les asista, aunque he de decir que lo dudo muy mucho, pero tengo claro que a título personal este blog no ha revolucionado ni transformado nada. Sigo siendo el mismo gañán que llegó aquí hace tres años. Con más canas pero igual de imbécil.

Yo no sé muy bien lo que empuja o motiva al blogger medio (aunque ya se sabe que todos los bloggers están por encima de la media) a ponerse a publicar. Sospecho que por regla general no es nada edificante o digno de elogio. Yo, nunca se lo he ocultado y menos en esta entrada, estoy aquí huyendo aunque debo confesar que en estos tres años no he llegado muy lejos. Todas las maldiciones han proseguido su implacable persecución y durante los últimos meses prácticamente me han dado alcance. No otra es la razón de mis recientes ausencias. Por eso, he llegado a la conclusión de que la huída, mi huída, debe mudar de estrategia, aunque con ello traicione las luminosas enseñanzas de los santos gurús o gurúes de la cosa esta.

Ya se lo he dicho o escrito varias veces. Hoy se cumplen tres años de mi aterrizaje (alunizaje sería más apropiado) en este mundillo (inmundillo sería más apropiado, o teatrillo, para ser más clásico). No me siento con fuerzas para hacer balance (todavía recuerdo haber escrito que don Pelu era todo un anciano en esto por llevar tres años deleitándonos con sus entregas, cómo pasa el tiempo). Las pocas que me quedan prefiero dedicarlas a asumir un compromiso con ustedes: comparacer semanalmente en este rincón.

Insisten los gurús o gurúes en que un blog no es, o no debe ser, una simple columna de opinión (o de creación, que para el caso). Mucho me temo que, de llevar razón estos maestrillos, mis Salidas dejarán de ser un blog. Seguirán sin revolucionar nada y no serán mucho más (ni menos) que una columna semanal. Cada semana me sentaré y escribiré el par de folios que me salga (no diré de dónde), sobre lo que me apetezca. El tema será el de siempre: ninguno (o todos, según se mire). Opinaré, me inventaré opiniones y supongo que hasta me inventaré personajes que también opinarán. Les seguiré aburriendo, espantando, ofendiendo y deleitando en la medida de mis posibilidades. Y por supuesto, estaré al tanto de sus amables comentarios como siempre. Nada muy diferente de lo que por aquí ha sido costumbre durante este trienio (que funcionarial suena esto, ¿verdad?). Así que me despido de ustedes hasta el día 11 de este mismo mes, en el que regresaré con asuntos bien distintos, que ya está bien de hablar de blogs y de mí mismo, los únicos temas que verdaderamente me aburren.