25 de diciembre de 2007

¿Tienen ombligo los piojos iletrados?

Aquí, en la anatomía de un piojo, les traigo una prueba de la Providencia divina.
Jan Swammerdam

Allá por las noches originarias de estas Salidas asomó por aquí la desasosegante y recurrente cuestión de si tenían ombligo Adán y Eva, que el divulgador matemático Martin Gardner había rescatado de un libro firmado por unos tales Bruce Felton y Mark Fowler (The Best, Worst and Most Unusual). A cuento de aquello pudimos recorrer y disfrutar algunos pasajes de la Pseudodoxia Epidemica de Sir Thomas Browne, aunque pronto nos desviamos del tema hacia el más escabroso asunto de la hipotética ascensión a los cielos del santo prepucio. Creo oportuno regresar hoy a la cuestión umbilical para tomar otro desvío. Al toro.

El artículo de Gardner decía, ente otras cosas, lo siguiente:

En 1752, según Felton y Fowler, se publicó en Alemania el tratado definitivo sobre el tema. Se titulaba «Untersuchung der Frage: Ob unsere ersten Uraltern, Adam un Eve, einen Nabel gehabt». Tras discutir todos los aspectos de esta difícil cuestión, el autor, el doctor Christian Tobías Ephraim Reinhard, llegaba por fin a la conclusión de que la famosa pareja carecía de ombligo.

En su día, cuando yo me topé con este artículo, allá por 2003, no necesité confiar en la autoridad de los señores Felton y Fowler, quienesquiera que sean, para saber de las variadas habilidades intelectuales del doctor Reinhard. Había conocido su “onfálica” obra unos veinte años antes. Permítanme reproducirles en extenso el pasaje en que la descubrí.

Como premio intelectual, esta gente de oficio teológico se comporta en la historia del cristianismo occidental (latino) de una manera quizá harto curiosa.

En primer lugar, se tiene la impresión de que unos y otros teólogos –hay muchas y promiscuas clases de ellos– rara vez, si alguna, ciñen su actividad doctrinal y literaria al theo(s) –de su teología. Los «cerros de Úbeda» parece el habitual escenario de sus correrías especulativas, hasta el punto de merecer bien cumplidamente la punzante ironía del más o menos volteriano apóstrofe, de omni re scibili, et de quibusdam aliis.

En consecuencia, es fácil ver en el teólogo –exégeta, traductor, moralista, hermeneuta, o qué sé yo– un fastidioso metomentodo, y las quejas sobre la pertinaz intromisión temeraria (el teological trespassing) de esta divina tropa de doctores en ultratumba, no han sido insusitadas, ni en el pasado ni en el presente occidental.

Sin duda, muchas de estas quejas descansaban en puros infundios, propalados con hipócrita indignación; pero otras sonaban plausibles, y quizá hasta razonables, a los torpes oídos del falaz sentido común, escandalizado tal vez por las reiteradas ediciones –como si de un best seller moderno se tratase– de un admirable volumen, que no parece haber llegado al conocimiento de Jorge Luis Borges, y cuyo copioso título en germánica jerga discurre así: «Untersuchung der Frage: Ob unsere Uraeltern, Adam und Eva, einen Nabel gehabt» [Investigación de la cuestión, si nuestros primeros padres, Adán y Eva, tuvieron o no ombligo], publicado –según puntual noticia de Arturo Graf, erudito italiano de peregrinos saberes– por vez primera en Hamburgo, en 1752, y siendo su autor el polinómico señor Cristiano Tobías Efrem Reinhard, quien nunca estuvo solo en éste y otros campos, ni dejó de tener rivales de cuantía, como el preopinante Lesser, con su «Versuch einer Heliothoelogie oder elner natuerlichen und geistigen Betrachtung der Sonne» [Ensayo de una Helioteología, o Estudio Natural y espiritual del Sol], hacia 1744. Obra a la que siguieron una «Lithotheologie»; interesante, sin duda, esta «Teología de la Piedra», pero muy superada por la insuperable y sartriana «Teología del Insecto» (Insektotheologie).

Friedrich Christian Lesser, como el doctor Reinhard, es un personaje rigurosamente real. Nació en 1692 en una ciudad con la que tal vez me encuentre emparentado, pues su nombre se cuenta entre mis apellidos, y de la que se tuvo primera noticia gracias a un regente de sugerente nombre, Enrique el Pajarero. Yo no puedo pensar en su «Teología de la Piedra», uno es como es, sin recordar el Lapiario Portátil de Juan Perucho, imprescindibe opúsculo a sus aún más imprescindibles Historias Secretas de Balnearios, incluídas en su todavía más imprescindible Trilogía mágica. Lapidario que se abre con estas palabras fascinantes:

Las piedras, al igual que las plantas desarrollan una virtud mágica que, aparte de los iniciados, casi nadie conoce, La doctrina secreta de estas entidades se halla contenida en los lapidarios, que traen origen muy remoto pero que la ciencia moderna desdeña con singular altivez, rpocurando desprestigiarlos en todo momento. Por ello es muy difícl consultar hoy un lapidario o tratado de las piedras. Los que existen son producto de la imaginación popular, basados en experiencias miserablemente degradas por el tiempo.

Por su parte, la «Teología del Insecto» no puede evitar recordarme al ilustre biólogo y microscopista Jan Swammerdam, autor de la cita que abre esta entrada y del que tuve noticia al leer aquella conferencia de Max Weber titulada Wissenschaft als Beruf, aquí traducida como “La ciencia como vocación”:

Si recuerdan la frase de Swammerdam («aquí, en la anatomía del piojo, les traigo una prueba de la Providencia divina»), verán ustedes que el trabajo científico, indirectamente influenciado por el protestantismo y el puritanismo, se consideraba a sí mismo en aquel tiempo como el camino hacia Dios.

A esta misma frase se refirió el innominado autor que me hizo conocer las disquisiciones teológicas del “polinómico señor Cristiano Tobías Efrem Reinhard”, el cual, en otro ensayo, escribió:

Sería curioso contrastar este postulado marxiano con el devoto fervor teológico con que el famoso zoólogo holandés Jan Swammerdam (1637-1680) creyó deber presentar sus trabajos microscópicos a sus contemporáneos y afirmar que «…les traía la demostración de la Providencia divina en la anatomía del piojo», según nos cuenta Max Weber.

Supongo que ya se estarán preguntando por el nombre de este autor. Por comenzar a saciar dudas avanzaré que era granadino consciente y ejerciente. Tanto, que en el primer ejercicio de sus oposiciones llegó a escribir: “Tantas y tan singulares calidades portentosas del escondido espectáculo natural no dejan de sellar con indeleble huella a quienes tienen la ventura desventurada, la feliz culpa, de ser granadinos”. En Granada, seguía diciendo, reina “la cruel Musa de la autocrítica. Es la Musa que siempre hiere, que nunca levanta y que muchas veces frustra. Pero es la Musa de la autenticidad despiadada… Es la Musa del intelecto, del honor intelectual y de la probidad sin granjería. Pero es también la Musa de la cavilación; la fiera Musa que aniquila. Es la caviladora que, si queréis ser oradores, os hará balbucear, y si escritores, la obsesión de perfección que tanto caviláis os secará el cerebro”.

Catedrático de Derecho Político, bosquejó unos «Breves apuntes críticos para un programa moderadamente heterodoxo del derecho político y de su muy azorante enseñanza» que llamaba “el delantal”, en el sentido coloquial de algo que hay que llevar por delante para protegerse de previsibles salpicaduras. Me refiero a Nicolas Ramiro Rico, autor que nunca será suficientemente leído porque todas sus letras, bien escasas, le dejan a uno siempre hambriento, con ganas de más. Se trata, probablemente, del más ilustre ágrafo de la intelectualidad española. Murió en abril de 1977. El 28 de mayo de ese mismo año Francisco Murillo Ferrol, Carlos Ollero y Luis Díez del Corral publicaron en el diario El País un articulo necrológico titulado “Una muerte silenciosa” en el que podía leerse:

Nicolás Ramiro era ágrafo por la gracia de Dios. Para la letra impresa, se entiende, porque se pasó la vida oscuramente escribiendo miles y miles de papeles luminosos, que hoy forman un ingente archivo. Operaba con unos altísimos niveles de autoexigencia, plenamente consciente de su responsabilidad para con la cultura y de su función como intelectual universitario. Se insertó en una tradición de ágrafos geniales, que en la vida científica corre paralela -aunque con menos ruido, como es natural- a la de los copígrafos o grafómanos.

(…)

Deja sobre su mesa un libro de antropología política, inacabado para sus normas de exigencia, porque a cada una de sus múltiples redacciones le anteponía cuidadosamente la advertencia de que no era definitiva. Pero que alcanza un grado de cuidadosa meditación que ya quisieran para sí la mayoría de los trabajos que se publican y republican a diario.

En este original inédito se hace un análisis del pensamiento de Marx que sorprendería por su respeto y originalidad a muchos de los marxólogos de catón al uso. Junto a este original nos deja montañas de apuntes y notas, un riquísimo archivo inverosímil, y una inteligente biblioteca, formada durante años de privaciones y sacrificios.

Poco después, parte de ese material vio la luz, gracias a la editorial Alianza y al trabajo de los profesores Murillo Ferrol y Díez del Corral, en un volumen que lleva por título El animal ladino y otros estudios políticos, un texto que no debiera perderse nadie. Dos frases de su prólogo tal vez ayuden a entender por qué.

…era la suya, como advertirá el lector, una prosa trabajada, de artesanía, pulida, muy a remolque del pensamiento y no al contrario.

…era un catador de curiosidades de toda suerte, especialmente literarias e históricas, sin incurrir en ninguno de los dos peligros opuestos, el diletantismo y la pedantería.

Yo lo he recordado no tanto porque doña Ana nos trajera por aquí interesantes apreciaciones sobre el idioma ladino, cuanto porque Nicolás Ramiro fue siempre especialmente sensible a los problemas de la traducción. En efecto, en aquel artículo de El País podía y puede leerse que Nicolas Ramiro en ocasiones –se consideraba un Filólogo frustrado– era un traductor de increíble responsabilidad y poder creador. Cuando traducir suele ser con frecuencia un menester subalterno que dificulta en castellano el entendimiento de los textos originales. Su versión de Barraclough, por ejemplo, hoy agotada y olvidada, puede pasar como modelo de precisión, galanura y estilo. Y una traducción es lo que originó cierta discusión en los comentarios de mi última entrega.

De hecho, la cita sobre el tratado umbilical del doctor Reinhard procede de un ensayo, inédito hasta la aparición de El animal ladino y titulado La tarea de traducir, que se me ocurrió releer al hilo de aquella discusión por más que no viniera muy a cuento con lo que nos traíamos en ella. Les ahorraré el viaje a los vagos: El único vecino taoista de Jack London que este rincón ha conocido tuvo a bien reaparecer por estos pagos trayendo bajo el brazo una cuestión harto dificultosa para regocijo de los parroquianos. Se trataba de encontrar una traducción aceptable de la siguiente frase inocente:

I am the proud parent of a bilingual, biliterate student.

El problema, como el lector perspicaz hará notado ya, radica en que la palabra bilingüe tan sólo se refiere a los que hablan dos lenguas. Tendemos a pensar que las personas bilingües son capaces de escribir en dos idiomas pero, tal y como nos aclara don Daniel, en California no todo el que habla dos idiomas puede leer y escribir en ellos y se hace necesario precisarlo, sobre todo en el marco de los llamados “programas de inmersión dual”. Por eso, al parecer, se ha extendido por aquellas longitudes el uso de la palabra “biletrado” en traducción directísma de biliterate.

No está de más señalar una obviedad, y es que las palabras son hijas del tiempo y lugar, ahora llamado espacio-tiempo, en el que viven. En Tapihi, por ejemplo, al que habla y escribe en dos idiomas se le llama analfabeto. Son por allí de la opinión de que la ignorancia de una sola lengua de las que en el mundo son o han sido (con excepción del volapuk y del esperanto) constituye una carencia grave. Pero si en un exacto tiempo y lugar, pongamos por caso, la California de nuestros días, alguien se ve en la necesidad de distinguir de manera concisa y eficiente entre el individuo bilingüe que sólo domina de forma oral uno de sus idiomas de aquel otro que sabe defenderse por escrito en ambos, alguna solución habrá que buscar a su problema.

Porque, convendremos todos en esto, si se hubiera traducido la frase de nuestros desvelos con un simple: “Soy orgulloso padre de un estudiante bilingüe”, el lector californiano hispanoparlante, natural destinatario de la traducción, quedaría sumido en una terrible duda al no ser capaz de discernir si el muchacho (o muchacha) en cuestión es iletrado, monoletrado o biletrado (aquí, en España, la probabilidad de la primera opción es tan abrumadora que cabe descartar las otras dos). Yo, que no soy californiano pero sí desconfiado, incluso pensaría en la posibilidad, no despreciable, de que el joven pudiera ser incluso triletrado, pues no son pocos los capaces de escribir en latín sin saber hablarlo. De colarse el griego antiguo entre las sospechas hasta cabe pensar en un tetraletrado que, ya sólo por ese nombre, merecería figurar en los bestiarios medievales.

Ahora bien, lo anterior no significa que admita con agrado el término “biletrado”, por más que sea de correctísima construcción. Todo va en gustos y a mí no me suena bien. Además, tampoco lo creo necesario. Ni es cierto que para cada cosa exista una palabra, ni mucho menos lo es que la haya de haber. No es problema, lo confieso, al que haya dedicado mucho tiempo porque siempre me ha preocupado más la afirmación contraria, a saber, la extendidísima y errada costumbre de considerar que para cada palabra existe una cosa, terrible idea que lleva a muchos a suspender el juicio sobre la existencia de lo que acaban de nombrar (algo de ello hay en la tradicional derrota del idealismo en la tapihiana batalla filosófica de almohadas). Pero esta no deja de ser la opinión de un semiletrado monotemático, bípedo y trilero.

En definitiva, si los hispanoparlantes californianos consideran necesario un neologismo para referirse a los individuos capaces de escribir en dos idiomas hacen pero que muy bien en inventarlo. Mi modesta y tal vez inapropiada sugerencia es que también deberían inventar un neologismo para “Programa de Inmersión Dual”, o dos si resulta necesario aclarar si la inmersión es con escafandra o a pulmón (los programas de aquí, y ya lo siento, son todos a pulmón por gracia y ventura de los nacionalismos periféricos).

No es necesario que se pongan a ello de inmediato. No parece el día de Navidad el más apropiado para tales menesteres. Mejor será repartir regalos y buenos sentimientos, como la tradición aconseja. Mi regalo, no es poca cosa, es haberles presentado a Nicolás Ramiro Rico. Y ya puestos, también al polinómico doctor Reinhard, y a Friedrich Christian Lesser y hasta a Jan Swammerdam, cuya “Anatomía del piojo”, sospecho, habría sido muy del gusto de don Tito Monterroso. A aquellos que ya los conocieran, les debo una. Feliz Navidad.