8 de enero de 2008

Breves apuntes sobre ciertos ungulados artiodáctilos de la antigüedad

…este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas.
(DQ, 1ªP, Cap.XVIII)


En la última y lamentable entrada de estas Salidas, doña Ana nos trajo algunas palabras de Alberto Manguel sobre uno de los primeros escritos conocidos. Transcribo, literalmente, parte de su comentario que, a su vez, transcribía, no tan literalmente, la evocación mangueliana, manguelista, o como quiera que se diga.

Debe haber en un museo de Bagdad, si la guerra las ha respetado, unas tablillas de arcilla que constituyen una de las muestras más antiguas de escritura de las que disponemos. Contienen pocos símbolos, un par de esquemas que podrían hacer alusión a una cabra y una oveja y otro más que parece que significa el número diez. El mensaje, escueto y carente de significación literaria, puede resultar sin embargo profundamente conmovedor porque nos permite evocar la voz de un pastor que vivió hace seis mil años, de cuyo mundo ya no queda nada, tan sólo tres símbolos que dan testimonio de su existencia: “Aquí hay diez ovejas y diez cabras”.

No pocos han sido los estudiosos, tanto académicos profesionales como adelantados amateurs, que han dedicado sus esfuerzos a desentrañar tan “escueto y carente de significado” mensaje, convencidos todos ellos de lo contrario, a saber, de que el mensaje ni es escueto ni mucho menos carente de significado. Los más, por abundar en ello, se han mostrado seguros de que dichas tablillas esconden profundas verdades, secretos místicos, el sentido de la vida, el por qué de las cosas y hasta el por qué de la vida. A tenor del número de páginas que han llenado habrá que convenir en que llevaban razón.

Tal vez el menos interesante de entre todos los estudiosos del asunto sea el primero del que tenemos noticia, Markus Reiter, severo tratadista germano de bien ganadas famas de riguroso y cruel. Todavía hoy se le recuerda en la Universidad de Turingia por sus excesos en la aplicación de castigos corporales y por la fina y sutil elegancia de sus conferencias y comunicaciones. De acuerdo con su ensayo titulado ‘Apuntes para una historia de la literatura caprina’ (Gesammelte Schriften, Vol. VII), la dichosa tablilla de marras es un simple documento contable, un albarán. Y como tal fue tomado por muchos años ya que la autoridad del profesor, apoyada o no en la razón, era entonces indiscutible y, en consecuencia, indiscutida.

Jean Batiste Sanseverino fue el primero en poner en duda la doctrina oficial. Como estudiante de intercambio que era, se veía obligado a completar sus exiguos ingresos con los más diversos trabajos, entre ellos el reparto de paquetes a domicilio. Gracias a tan primaria ocupación supo darse cuenta de que los albaranes se firman a la entrega de las mercancías y como quiera que la tablilla no mostraba rúbrica alguna era improbable que se tratara de un albarán. Dedicó todo un semestre a avanzar interpretaciones alternativas que publicó en la revista estudiantil y le costaron el definitivo suspenso que acabó con su prometedora carrera intelectual.

Una de aquellas interpretaciones gozó de cierto éxito gracias a las investigaciones posteriores de Claudio Paccioli, decadente esteta que aborrecía en gran manera la documentación burocrática en general y la documentación contable en particular. Algunos psicólogos, influídos en demasía por las peregrinas ideas freudianas, han querido explicar esta fobia por el hecho de que en su juventud hubo de ocuparse de la llevanza de los libros del negocio familiar, un establecimiento de ultramarinos hoy reconvertido en exitoso comercio de delicatessen variadas.

El caso es que Paccioli, inspirado por los exhaustivos pero incomprendidos trabajos de Seanseverino, decidió insistir en la idea de que la tablilla, que, según aceptaba, decía “Aquí hay diez cabras y diez ovejas”, no se refería al patrimonio del autor. No constituía escritura de propiedad alguna, ni mucho menos documentaba una transacción. De acuerdo con su interpretación, quienquiera que escribiera aquello se refería al corral de su vecino. Se trataba, por tanto, del primer registro escrito conocido de las envidias humanas.

Lo normal habría sido que sus trabajos pasaran desapercibidos por haberse empeñado en hacerlos en verso, forma poco respetada y hasta repudiada por los más preclaros ensayistas de su época. Pero, para bien o para mal, sus elucubraciones, lujosamente editadas en folio de forma privada gracias a los beneficios del negocio familiar, cayeron en manos de un grupo de intelectuales autodenominado “Círculo Pre-Trostskista-Leninista”, fundado en 1879 y que ya prefiguraba el pensamiento revolucionario que habría de venir. Uno de sus integrantes, Max Slegne, publicó un incendiario panfleto titulado “La cabra y la oveja: Nuevo discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”, que fue muy bien recibido en París y que, como se supo tiempo después, inspiró el fallido intento revolucionario de 1881 en Liechtenstein del que ya poca noticia queda porque, como bien se sabe, los acontecimientos sin derramamiento de sangre nunca han despertado el interés de los historiadores.

Max Slegne sostenía con inusitado fervor que la tablilla era la primera y más valiosa formulación de la lucha de clases, y que entroncaba con una larga tradición popular europea en la que cabe contar numerosas manifestaciones culturales. Al lector español no le ha de resultar ajena aquella coplilla que decía:

Tengo, tengo, tengo. Tú no tienes nada. Tengo tres ovejas en una cabaña.

Según Slegne, la relación entre la tablilla ancestral y este tipo de folklorismos está fuera de toda duda. Así lo ha interpretado, por ejemplo, Ismael, el carismático líder de la Banda del Mirlitón, en su imprescindible recopilación de cantos populares y tradicionales que, lamentablemente, no ha encontrado el reconocimiento que merece. Pero mientras Slegne avanzaba el desarrollo de los movimientos revolucionarios del siglo XX, otra línea de interpretación, más conservadora, se abría paso por curiosos caminos. Se formuló por primera vez en 1924 en una oscura revista cultural checoslovaca bajo la firma, falsa, de Edvard Kundera, un escritor pelmazo que pronto negó la paternidad del artículo y propició una investigación policial sobre la identidad de su verdadero responsable.

Se supo así que aquellas líneas se debían a Hana Krásová, trombonista de una orquesta de cabaret que habían conocido, tanto ella como la orquesta, mejores tiempos en Berlín. Fue allí, en Berlín, donde Hana Krásová había vivido un tórrido romance con Nicolás Palmintieri un diletante toscano que había coincidido en la escuela con Claudio Paccioli y, con el tiempo, se había convertido en su albacea testamentario. No es de extrañar que la Krásová, mujer de sugerentes curvas y líbido tormentosa, despertara los instintos de aquel anciano italiano de ademanes artistocráticos que había llegado a la ciudad alemana por haber tomado un tren equivocado en lugar del que había de llevarle a tomar las renombradas aguas de Aix-les-Bains.

El encuentro entre Palmintieri y Krásová tuvo lugar en una destartalada pensión regentada por un obnubilado inmigrante que atendía, cuando atendía, por Josef K. Cabe suponer que Palmintieri, en razón de su avanzada edad, anduviera ya cerca de los días en que el espíritu se ve invadido por cierto hastío vital y poco sentido se le encuentra a la existencia. Fuera o no ésta la razón, lo cierto es que el anciano tenía por costumbre recogerse bien temprano, mientras que la Krásová, por razones profesionales, había de moverse en ambientes noctámbulos, faranduleros y perdularios, muy poco recomenables para el mantenimiento de la reputación de una señorita de bien. Por todo ello, bien pudiera haber ocurrido que no se cruzaran jamás, el uno animal diurno y la otra dejando transcurrir sus días con total nocturnidad no exenta de cierta alevosía.

Pero quiso la fortuna que un resfriado mal curado, complicación grave para un instrumentista de viento, pues impide la correcta, sentida y necesaria interpretación del foxtrot, retuviera a Hana Krásová en la pensión durante todo un fin de semana, circunstancia que los hizo coincidir en el comedor. Cuando sus miradas se cruzaron el mundo pareció detenerse. Nada, salvo el tufillo de la sopa de pollo con que el señor Josef K. agasajaba a sus huéspedes los fines de semana, se antojaba real. Ambos supieron que estaban condenados a entenderse desde mucho antes de intercambiar una sola frase (frase que, según se cuenta, fue ‘¿podría pasarme el salero, por favor?’). Fue por causa de aquel encuentro y de los alegres y despreocupados días que le siguieron que Hana Krásová tuvo conocimiento de los trabajos de Paccioli, con los que se llegó a obsesionar porque le recordaban la perdida inocencia de los días de su niñez en la granja de su familia en Moravia.

Hana Krásová fue encarcelada por suplantación de personalidad y difusión de ideas peligrosas y nunca volvió a saberse de ella, aunque se ha sugerido que Palmitieri hizo valer algunas influencias diplomáticas para sacarla de su cautiverio. No pocos han querido creer que ambos finalizaron sus días en felices y alegres amor y compañía en una apacible villa toscana. No parece haber acuerdo, sin embargo, sobre si estos se dieron con los adecuados recato y decoro, con alguna que otra pincelada de admisible concupiscencia o con escandalosas muestras de desenfrenada y lujuriosa lascivia. Hay que reconocer, no obstante, que, aunque deseables, son todas ellas posibilidades harto improbables habida cuenta de cómo se las gastaban los carceleros checos por entonces.

La idea central de su seminal artículo era que los antiguos, muy rudimentarios en la conjugación de los tiempos verbales, no eran capaces de expresar con claridad las diferencias entre presente y pasado y que, en consecuencia, en aquella olvidada tablilla debía leerse “Aquí había diez cabras y diez ovejas”. Según la trombonista cautiva, la tablilla era el primer lamento escrito conocido, un pastor llorando la pérdida de su rebaño. Nada sabemos, decía, de las causas de la pérdida. Tal vez una catastrofe natural, quizá alguna injusticia. El pastor sólo sabe que había diez cabras, que habia diez ovejas, y que ya no le queda nada salvo una cochambrosa tablilla que le resulta completamente inútil por más que a la posteridad sí le haya servido para llenar páginas y páginas, no todas ellas memorables.

Sobre esta base, un grupo de investigadores suecos con mucho tiempo libre, entre los que es preciso nombrar al por otras razones inquietante Gunnar Andersson, retomó la que cabe denominar como “línea burocrática”. Presentaron un artículo centrado en demostrar que la tablilla era, con seguridad, una denuncia. En su favor argumentaban la elevada presencia de faltas de ortogafía, soprendentes en un texto de sólo tres palabras pero inevitables en todo atestado levantado por un agente de la ley. La repercusión de sus propuestas fue mínima por no contarse el sueco entre los idiomas más extendidos por la academia, pero quiso el destino que un marinero de fortuna envolviera algunas de sus más preciadas pertenencias con las páginas de aquel artículo. En su compañía cruzaron el Atlántico y viajaron a América, donde acabaron en manos de Augusto Ribeiro, un avaro prestamista que no tuvo mejor idea que enmarcarlas y hacerlas pasar por documentos históricos, razón por la cual acabaron entre los elementos decorativos del Museo Metropolitano de Buenos Aires.

Allí fueron descubiertas por Adolfo Becquer, mediocre tenista que acababa de leer la Historia de la literatura escandinava de Jorge Luis Borges y María Esther Vázquez más de veinte años antes de su publicación. Se tomó el hallazgo con juvenil ilusión. Tras ímprobos esfuerzos por descifrar aquellas ininteligibles palabras nórdicas llegó a la conclusión de que en la antigüedad el sentido de la propiedad ganadera no anduvo tan desarrollado como había llegado a estarlo en su propio país. Resolvió entonces componer una serie de poemas, que tituló pomposamente ‘Cantos pecuarios’, en los que sugería que la vieja tablilla, que él situó por error en Malmo, formaba parte del cuerpo de pruebas de un proceso judicial abierto en la antigüedad y sobre cuyo fallo nada sabemos.

Aunando los equívocos del aficionado Becquer con las más sentidas páginas de Hana Krásová, Heriberto Santaolalla se ayudó tiempo después a superar los rigores de la posguerra española redactando un voluminoso estudio dedicado a la cuestión. Se publicó en 1949 en la imprenta de don Marcial Ferrer en Barcelona, aunque, al parecer, existió una versión anterior que vio la luz en Valladolid sin permiso de su autor y que contenía numerosos errores de bulto el más grave de los cuales era, sin duda, que confundía la cabra y la oveja con el asno y el buey del portal de Belén, cosa que a punto estuvo de costarle la excomunión.

Santaolalla, hombre de salud frágil y renuente a salir a la calle, había pasado quince años sin abandonar su humilde morada en Roa de Duero, sita sobre los actuales yacimientos arqueológicos de la Edad del Cobre que tanto están ayudando a comprender los pormenores de la vida primitiva. Allí escudriñó, hasta donde la vista le permitió, las imperfectas reproducciones de la tablilla que había logrado reunir. Aficionado como era a los vinos de la región, sus interpretaciones pronto se alejaron de las de sus predecesores. Por esta razón, se le ha querido relacionar, sin éxito, con el naturalista escocés Macintosh. El día de Navidad de 1944, según se desprende de sus minuciosos diarios, se le hizo la luz. Ni albarán, ni denuncia, ni leches –escribió con enérgica prosa.

No es fácil dar con la explicación de don Heriberto sobre el significado de la misteriosa tablilla, oculta en un sinfín de páginas de deslavazado discurso. Su obra, compuesta a la antigua usanza, comprende una introducción de seiscientas páginas y una exposición de otras quince, a las que se añade una prolija bibliografía que muchos han tildado de innecesaria y excesiva, pues abarca desde las consideraciones de Aristóteles sobre la estupidez de las ovejas hasta la monumental History of Ancient Ungulates de Sir Geoffrey Burton, de la cual a día de hoy sólo se han publicado sus primeros trescientos siete volumenes y de la que don Heriberto no pudo conocer más allá de una cuarentena.

La introducción del libro de Santaolalla presenta con todo rigor y precisión la historia de las exégesis de la tablilla. No hay detalle que don Heriberto haya pasado por alto. Así, pueden leerse, por ejemplo, iluminadas lecturas de las más engimáticas páginas que el visionario silesio Quirinius Kuhlmann dedicó a la cuestión. Ni siquiera falta la refutación de las doctrinas de Paracelso debidas al nunca bien ponderado monje franciscano Giovanni Colpocorto. Buceando en tan ingente acumulación de sabiduría y erudición uno puede toparse con las historias más asombrosas, como aquella que refiere la agria disputa entre cierto pastor anglicano y uno de sus feligreses acerca de si la tablilla no era más que un recurso inductor del sueño, una forma sofisticada de contar ovejas. Pocos recuerdan ya que aquel debate y, sobre todo, su trágico desenlace, le servirían algo después a Ford Madox Ford de materia prima para uno de sus más inquietantes relatos.

Tampoco falta el pormenorizado relato de las avatares y peripecias del repostero letón Mikhail Bartaševičs, más conocido por haber rescatado del olvido algunas de las más exquisitas recetas tradicionales curonias. Este mago de los dulces y pasteles se empeñó en demostrar que aquella tablilla era la primera versión conocida, aunque incompleta, del famoso cuento de la lechera. Casi lo consiguió, pero fue arrollado por un carruaje cuando se disponía a cruzar la calle para presentar ante la Academia Vienesa de Ciencias Estrictas los resultados de sus averiguaciones. Nada pudo rescatarse de entre los documentos que portaba salvo un pequeño trozo de papel en el que podía leerse: ‘Ir por lana y salir trasquilado’, una frase ilegible, y, al final, ‘estás como una cabra’.

Casi todo lo que hoy les he contado aquí, y es ínfima muestra de lo que atesora, procede de este exuberante compendio aunque, lo confieso, me he permitido algunas licencias acerca de la fascinante Hana Krásová, ya que en realidad no se sabe si su instrumento era el trombón de varas o el helicón. El cuerpo central de la obra, esto es, sus últimas quince páginas, propone, en forma oscura y barroca, que en aquellos pueblos primigenios, siempre dados a las diversiones salvajes carentes de todo refinamiento, era costumbre arraigada la celebración de peleas de animales y que la tablilla simplemente dejaba registro del resultado de un combate y tenía por función facilitar el pago de las apuestas.

Un reciente estudio hecho público por el Instituto Vulcano ha puesto en duda esta idea por considerar que, de ser cierta, las ovejas habrían ganado a las cabras por goleada o, en la más suave interpretación posible, al menos habrían empatado, posibilidades ambas que no caben en cabeza alguna. El estudio concluye, tal vez con exceso de sentimentalismo, con palabras que quisiera dejar aquí registradas:

Con todo pesar hemos de concluir que la tablilla es, probablemente, un albarán rudimentario que carece de firma porque, como todo el mundo sabe, el boligrafo fue inventado en 1938 por el inventor y periodista húngaro nacionalizado argentino Laszlo Biro, con ayuda de su hermano Gero.