1 de enero de 2008

Dos piezas menores

Bueno, ya pasó. Los más, quiero pensar, hemos sobrevivido a fastos, galas y celebraciones para despedir el año. Toca ahora recuperarse y, los más ingenuos, llenarse la cabeza de loables propósitos que nunca dejarán de ser otra cosa que eso, propósitos. Comprenderán que no me encuentre hoy para alegrías. No me veo hoy capaz de darle a la tecla. Por eso he rebuscado por los más olvidados rincones de mi disco duro con intención de encontrar algo para salir del paso. Quede claro, por tanto, que lo que sigue son letras que en su día consideré impropias de ser publicadas. Ni que decir tiene que es consideración que todavía mantengo.

Gerundios

A poco que se fijen estoy seguro de que coincidirán conmigo al enumerar las características maestras del funcionario contemporáneo. Mi lista es la que sigue.

  • Es invariable. Llueva o nieve siempre está igual tras su ventanilla. Con la misma cara, la misma postura y la misma desgana.

  • Es completamente impersonal. Es decir, que no parece una persona sino mas bien parte del mobiliario.

  • Las más de las veces se llama Fernando, Armando, Servando o cosas similares.

  • Sus tareas parecen eternas, sin fin. Da la impresión de que los expedientes sobrevivirán a a la historia.

  • Se expresa con malos modos, impone condiciones, dispone con alegría contenida del tiempo ajeno, todo ello sin motivo, aunque a veces haga concesiones, según lo dicten las circunstancias.

  • Tiene un no sé qué de constructo absoluto, ajeno a las contigencias cotidianas.


Por todo ello, a mí siempre me han recordado a los gerundios, cuyas características, según los manuales al uso, son las que siguen:

  1. Es una forma invariable.

  2. Es forma no personal.

  3. Termina en –ando, -iendo, o –yendo.

  4. Denota acción o estado durativo.

  5. Puede expresar modo, condición, tiempo, motivo, concesión y otras circunstancias.

  6. Se emplea a veces en construcciones absolutas.

Hace ya unos meses nos vimos sorprendidos por la prohibición del gerundio en la admnistración pública de cierto distrito brasileño. La cosa, que fue tomada con simpatía por las agencias de noticas de todo el mundo, es más alarmante de lo que parece a primera vista. De alguna forma, lo que se pretende es introducir algo de humanidad en la administración y no se me ocurre idea más descabellada que esa. La administración es una máquina perfectamente engrasada gracias a que sus partes y piezas son tan sólo eso, partes y piezas. Por eso funciona. ¿O es que a nadie sorprende que a final de ejercicio se haya ejecutado la totalidad del presupuesto de cada organismo público?

Dejemos a los funcionarios en paz con sus modos y maneras tradicionales, que no son tan caprichosas como a primera vista parece. No está de más, no obstante, recordar que el Padre Isla creó un personaje, fray Gerundio de Campazas, que dio lugar a una segunda acepción, hoy en desuso, de la palabra ‘gerundio’: Persona que habla o escribe en estilo hinchado, afectando inoportunamente erudición e ingenio. Fíjense, doña Ana tildandome siempre de adverbio cuando lo que siempre he sido es todo un gerundio.

Literatura multipropósito

En estos tiempos de desvarío continuo en todos los ámbitos de la vida no son pocos los que se preguntan por el sentido del arte. Una vez al año, cuando cierto mercadillo, que evitaré nombrar llamándolo “porción contínua de una curva”, abre sus puertas, esta cuestión se vuelve recurrente en los medios. Por supuesto, es cosa extensible a otras actividades distintas de mancillar lienzos o amontonar desperdicios con pegamento Imedio. Atrevámonos pues con la pregunta: ¿Para qué sirve la literatura?

El lector perspicaz ya habrá dado con la terrible respuesta. La literatura no sirve para nada y de ahí su mala prensa, de ahí el escaso reconocimiento que recibe por parte del público, incapaz, y con razón, de respetar a la caterva de señores con bufanda (esto es licencia literaria) que campan por ahí opinando con inmerecida autoridad sobre lo divino y sobre lo humano, sobre todo sobre lo humano. ¿Quién diablos se iba a preocupar por algo completamente inútil en estos días en que todo se juzga por criterios prácticos?

Ahora bien, la pregunta anterior esconde una formulación falaz que impide apreciar en todas sus dimensiones la acuciante cuestión que he querido traer hoy aquí: La “utilidad” (con comillas, porque no es tal) percibida por escritor y lector no es necesariamente la misma. De hecho es necesariamente distinta y hasta podría decirse que opuesta. Al fin y al cabo unos cobran y otros pagan (sin que esté claro quiénes son cuáles o cuáles son quiénes) y las cosas, más que del cristal con que se miran, dependen de si uno se encuentra en el debe o en el haber.

Digámoslo de una vez para poder avanzar en la cuestión: la literatura es completamente inútil. No reporta beneficio alguno ni a autores ni a lectores, más allá de tres o cuatro ilusiones que el tiempo se encarga de echar por tierra. A los ingénuos les parecerá que las (exiguas) legiones existentes de escritores y lectores muestran o demuestran lo contrario. Algo habrá –dirán– cuando unos y otros insisten en tales vicios. Yerran y mucho al suponer indicios de racionalidad en los actos humanos. No los hay. Nunca los ha habido. Nada más irracional que tal suposición.

De todas formas soy de la opinión de que no hay motivos para el pesimismo. Que algo sea del todo inútil no es obstáculo para que, pequeñas reformas mediante, se torne valioso y eficaz. Lo importante es tener claro el objetivo, el propósito y después lanzarse con convicción en pos de su consecución. En definitiva, lo que afirmo es que ya es hora de producir libros que sirvan para algo.

Choca aquí uno con una primera dificultad, la indefinición de ese “ámbito utilitario”. Un libro, dicho así, tan en general, puede servir para muchas cosas. Yo mismo, hace años, utilicé uno para sujetar un radiador que había perdido uno de sus anclajes. Muchos años antes, en una las muchas horas muertas que pasaba en la abandonada biblioteca de la casa que tenían mis abuelos en Málaga, descubrí que donde solía sentarme no era una banqueta, sino un voluminoso tratado arquitectónico del siglo XIX. Estas y otras experiencias similares me mostraron muy temprano que los libros sí pueden servir para algo. Sólo hay que saber descubrirlo.

De todas formas, malo sería, estarán conmigo, que estas “utilidades”, legítimas sin duda, agotaran las posibilidades del provecho bibliográfico. Por fortuna las hay infinitas y creo llegado el momento de reflexionar seriamente sobre ello. No seré yo quien lo haga por falta de capacidad, que no de voluntad.

He aquí mi innovadora propuesta: la literatura del futuro, del presente a poco que se me haga caso, deberá plantear y definir con precisión quirúrgica su función, en definitiva, su propósito concreto. En otras palabras, todo libro debiera declarar, alto y claro, para qué sirve. Y ya que la ambición nunca ha sido mala cosa o eso dicen quienes gozan de mayor discernimiento que quien esto firma, no estaría de más exigir que fueran varios los objetivos a lograr, cuantos más mejor. Demos de una vez la bienvenida a la literatura multipropósito frente a la actual, a la que, a falta de término mejor, he dado en llamar literatura despropósito.