29 de enero de 2008

Sueños

Don Pedro Calderón de la Barca dejó escrito que los sueños, sueños son. Aunque por mor del rigor sería mejor decir que lo puso en boca de Segismundo de Polonia, protagonista de La vida es sueño, que es quien afirma en un archiconocido monólogo lo siguiente.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Lejos estaba de saber que semejante afirmación iba a ser contestada en los albores del siglo XX por otro Segismundo que, decidido a colocar sus propios problemas entre los fundamentales de la humanidad, se empeñó en convencernos de que los sueños son vida. Sea una cosa o la otra, entre Segismundos parece andar el juego.

No mucho antes del estreno de La vida es sueño, Quevedo, que no se llamaba Segismundo, sino Francisco, anduvo soñando sus sueños, cinco para ser preciso. Todos ellos alimentaron la sospecha de que los sueños, al menos los de Quevedo, son cualquier cosa menos sueños. Supongo que por eso don Arcadi Espada ha decidido bautizar su cotidiana autopsia del diario El Mundo con el título de uno de ellos.

Más o menos sobre la misma época en que Quevedo soñaba sus cosas se tuvo noticia de cierto príncipe escocés cuya vida parecía, efectivamente un sueño. Ya se lo he traído por aquí antes, aquel lejano día en que nos díó por hablar de traducciones.

Life’s but a walking shadow, a poor player
that struts and frets his hour upon the stage
and then is heard no more. It is a tale
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing.

Cada uno a su manera y según su entender todos parecen afirmar que todo, el todo quiero decir, no es más que ficción, un teatrillo, idea que, como es lógico, abre muchos más interrogantes de los que cierra. ¿Quién es el autor de la obra representada? ¿Quién el director de reparto? Y ya puestos, ¿Quién es el público?

Macbeth pensaba que el autor era un idiota, idea no muy alejada de las reflexiones teológicas de Nathaniel Jesús Fernández-Waddington. Un idiota, de todas formas, capaz de hacernos soñar los cálculos financieros de la hipoteca. Un bárbaro ilustrado, en suma. Don Pedro Calderón de la Barca, y con él muchos otros, se inclinaba más por considerar autor al Autor, esto es, al Supremo Hacedor. Así lo muestra en El gran teatro del mundo, auto sacramental en el que, por si su Segismundo no lo había dejado claro, insiste:

que toda la vida humana
representaciones es.

No deja de tener su interés el hecho de que los dos versos anteriores los pronuncie precisamente el Autor, con mayúscula porque es personaje y no autor del auto aunque sí del autor, tratando de justificar ante el pobre el que le haya tocado ese ingrato papel. En Hollywood, a pesar de su evidente decadencia, se siguen agradeciendo los papeles cargados de penurias y sinsabores porque lucen mucho más. Aquí, por lo visto, ocurre lo contrario al ser pocos los convencidos de que la vida es sueño con lo que duele. Por eso llamamos ‘soñador’ al que tiene poco contacto con la realidad.

René Descartes, Renato para los amigos, sospechaba de los sentidos y no se le ocurrió mejor manera de ilustrarlo que afirmar que el sueño es indistinguible de la vigilia. De su sospecha se deduce que los consideraba distinta cosa pues poco sentido se le ve a afirmar con tanta solemnidad que algo es indistinguible de sí mismo. Así pues tenemos en un lado del ring a aquellos convencidos de que vida y sueño son la misma cosa. Al otro, los que los creen distintos aunque no sepan muy bien por qué. Entre estos últimos, cierto paseante solitario cuyas ensoñaciones podrían ser vida, pero otra vida en todo caso. En medio, ese lugar en el que algunos ingénuos quisieron colocar la virtud pero suelen encontrarse las víctimas, están los que reciben guantazos de todos lados.

Epicuro, uno de los pensadores con más enemigos en todos los bandos, creía que sólo algunos sueños eran vida (aquellos simulacros que tanto incomodaron a Horacio en su viaje a Brindisi) y que no toda la vida es sueño. No fue esta, no obstante, la única razón del continuo vilipendio que han padecido sus cosas desde que le dio por hacerlas públicas. Sus simulacros andan ya cerca de lo que más bien son deseos, que no sueños.

Y es que todo se complica por causa de la natural tendencia humana a confundir sueños y deseos. Martin Luther King, por ejemplo, nunca tuvo el sueño que dijo haber tenido. Todos los especialistas en la materia coinciden en ello. Pero de haber dicho aquel lejano día de 1963 que tenía un deseo, tal vez no estaría yo ahora recordándole aquí.

Yo, que no soy Martin Luther King, tengo un deseo. Es poca cosa. Las ambiciones con el tiempo se marchitan, cuando menos menguan. No estoy ya para grandes deseos. Pero no sé si todo esto es un sueño, ni si tiene sentido tener un deseo dentro de un sueño. Tampoco sé, como aquel pobre de Calderón de la Barca, por qué me ha tocado el papel que me ha tocado. Tengo para mí que se trata de un grave error de casting, como poner a Roger Moore haciendo de James Bond.

Mayor gravedad, no obstante, presenta la ópera, donde año tras año se empeñan en convencernos de que Montserrat Caballé es una quinceañera enamorada de un tal Romeo. Tal vez la vida sea, en efecto, un teatro. Pero parece un teatro de ópera. O más bien de opereta, pues su trama es del todo inverosímil y disparatada. Tanto, que muchos acaban convencidos de que la vida es sueño.

Mi particular opereta parece andar cerca de su catástrofe, lo que no debe sembrar alarma alguna porque sólo quiere decir que prótasis y epítasis han tocado a su fin. Dejo pues el teclado por hoy para comparecer en el otro teatrillo en busca de una victoria pírrica.

Dicen por ahí que Segismundo es nombre que significa ‘aquel que protege para la victoria’. A mí lo que me parece es que si ‘aquel que protege para la victoria’ está convencido de que la vida es sueño, de poco puede servir su protección. Tal vez todo esto no sea más que un mal sueño. Esta misma tarde lo sabré.