22 de enero de 2008

Tocada por las Musas

Quien más quien menos, todo el mundo ha experimentado alguna vez el llamado ‘síndrome del folio en blanco’. No es necesario ser novelista de postín o renombrado columnista. Nadie está a salvo. Hay demasiadas situaciones de riesgo, tal vez al redactar una carta de amor adolescente o un simple trabajo escolar. Yo mismo he experimentado el síndrome del folio en blanco, más bien de la cuartilla en blanco, al hacer la lista de la compra. Ya saben de qué hablo. De ese extraño momento en que se queda uno embobado, con esa expresión que, para mi total asombro, se ha dado en llamar “mirar al infinito” y que más bien parece mirar hacia la nada.

Por lo visto, la cosa consiste en que falta la inspiración, que según el más oficial de nuestros diccionarios es el efecto de sentir el escritor, el orador o el artista el singular y eficaz estímulo que le hace producir espontáneamente y como sin esfuerzo. Tanto al novelista de postín como al renombrado columnista le cabe el recurso de tirar de oficio y producir con esfuerzo y sin espontaneidad porque les van los garbanzos en ello. Al común de los mortales, sin embargo, la cosa le supone un terrible problema porque él sí depende enteramente del capricho de las musas.

Y no nos engañemos, las musas son caprichosas en grado patológico. Van y vienen cuando y donde les viene en gana y no suelen atender las tradicionales invocaciones de los poetas, como la propia historia de la literatura demuestra. Pocas han sido las ocasiones en que alguna de ellas se ha apiadado del escritor, el orador o el artista y le ha procurado el singular y eficaz estímulo que las ha hecho célebres, pero así de injusta es la vida.

En los tiempos antiguos, cuando las musas vivían en el monte Helicón (nada que ver con el supuesto instrumento de Hana Krásová), la cosa no planteaba mayores problemas. Se invocaba a la musa y si a esta le venía en gana, asunto resuelto: versos, notas o palabras florecían con total naturalidad. Pero claro, dice el lugar común que tres son multitud. Nueve, de acuerdo con la misma lógica, ha de calificarse de muchedumbre. Y cuando las musas alcanzaron este número, alcanzando con ello la categoría de ‘masa’, no les quedó más remedio que tomar dos graves decisiones. La primera fue trasladarse al Parnaso, mucho más espacioso que el Helicón. La segunda, especializarse. Así, el reparto de funciones quedó como sigue:

  • Calíope: poesía épica.

  • Clío: historia.

  • Erato: lírica y poesía amorosa.

  • Euterpe: música y poesía lírica.

  • Melpómene: tragedia.

  • Polimnia: poesía sacra y geometría.

  • Talía: comedia.

  • Terpsícore: danza.

  • Urania: astronomía y astrología.

Cualquier español medianamente formado ya verá venir los problemas porque don José Ortega y Gasset ya nos alertó sobre los males del especialismo, la nueva barbarie. Porque el especialista nada sabe fuera del campo de su especialización. Y claro, el autor desprevenido, ignorante de estas sutilezas, puede verse inspirado por la musa equivocada, tal vez la más alejada de su intención inicial. ¿Acaso no hay tragedias que mueven mayormente a la risa? Pues ya saben por qué ocurre así. Tal vez si a Ortega le hubiera dado por escribir un breve opúsculo titulado ‘La rebelión de las Musas’, todo esto les habría quedado más claro.

Yo mismo tiemblo cada vez que invoco a las musas, y lo hago aquí cada martes. No hay forma de predecir cuál de ellas se presentará, las más de las veces para dar al traste con lo que podría calificarse de buena idea. Ni siquiera puede saberse si vendrá alguna. A mí casi nunca me visitan. Hoy mismo llevo ya aquí un buen rato y parece que andan ocupadas con otra cosa. No veo forma, pues, de escribirles algo sobre mujeres guitarristas, que ese era mi propósito inicial.

Tal vez cayeran en la cuenta al leer aquella vieja entrevista al legendario Teddy Mars que publiqué aquí en dosis homeopáticas. En ella, tan particular guitarrista pasaba revista a las que tanto él como yo nos resistimos a llamar “influencias” por no faltarles al respeto. Y en aquella larga lista de músicos no aparecía una sola mujer. ¿Acaso no hay mujeres guitarristas?

Las hay. Y las hay de lo más inspiradas. Por eso quería traérselas por aquí, pero las Musas parecen empeñadas en negarme y negarles la visita. Había pensado hablarles en primer lugar, por razones estictamente cronológicas, de Bonnie Raitt, una mujer que ha hecho del slide su seña distintiva. Aunque mi idea era trareles un vídeo de 1977 en el que no recurre a esta técnica.

Pensaba hablarles de Susan Tedeschi, que no peude decirse que sea una instrumentista muy técnica, pero a la que siempre he visto algo, eso que llaman con toda propiedad un ‘no sé qué’ queriendo decir un ‘qué sé yo’. Y también pensaba traerles otro vídeo para su disfrute y entretenimiento.

Pero, ya les digo, las Musas no han asomado por aquí y no me veo en condiciones de tirar de un oficio que ni tengo ni espero sin su ayuda. Sospecho, de todas formas, que su ausencia se debe a que andan todas alrededor de una tal Ana Popovic. Con ese nombre cualquiera diría que es la última tenista resultona llamada a revestir las carpetas escolares de los quinceañeros. No se equivoquen. Esta joven serbia emigrada a Amsterdam es otra cosa. Otra cosa tocada por las Musas, como su propia guitarra.

Si todo funciona como es debido, a continuación debería aparecer todo un recital de la muchacha. Espero que sirva como excusa por no haberles escrito nada como cada martes.