12 de febrero de 2008

Autor con trato

Tal vez alguno recuerde la irrupción en estas páginas, y por ende en mi vida, de don Juan Gómez-Jurado. Andábamos por aquí aquellos lejanos días haciendo chanzas sobre los recursos y triquiñuelas de los autores de best-sellers, entendiendo por tal barbarismo antes un género que un conjunto definido por las cifras de ventas. Fue el señor Aquende quien nos hizo saber del lanzamiento de cierto libro que, a la vista de la publicidad, creímos que encajaba como un guante en nuestra nada seria discusión. Y don Juan llegó, sin complejo alguno, dispuesto a defender su obra.

Su obra, aquel libro descubierto por Monsieur Aquende, era por entonces Espía de Dios, ópera prima de incuestionable éxito comercial toda vez que ha sido publicada, según insiste machaconamente la publicidad, en cuarenta países. Pasamos buenos ratos en amable y algo frívola discusión pero, todo ha de tener un pero, con poca enjundia ya que ninguno habíamos leído la novela y no teníamos fácil abandonar el terreno de los lugares comunes.

Lejos estaba yo de saber entonces que precisamente el hecho de no tener complejos es el rasgo más característico de don Juan Gómez-Jurado. Por eso escribió Espía de Dios y por eso lo defendía con total desparpajo, cosas ambas siempre de celebrar. La primera, el haberlo escrito, porque es de justicia agradecer los esfuerzos de todo aquel que se propone y logra llevar a cabo una tarea tan sospechosa, ingrata y poco reconocida. La segunda, salir en su defensa, porque es una de las dos cosas que cabe exigirle a un autor (la otra es denostar la propia obra; lo execrable son las medias tintas, entre las que se cuenta, por supuesto la falsa modestia).

En aquella discusión un servidor, inocente hasta las cachas aunque no lo parezca, se comprometió, por sugerencia del autor, a redactar una crítica despiadada de Espía de Dios. Tal compromiso fue, ahora lo sé, un error garrafal. No tanto porque se me den mejor las críticas ‘piadadas’ o piadosas, que se me dan igual o peor que las despiadadas, cuanto porque me obligué a leer el libro de la única forma en que no puede disfrutarse ningún libro.

Tuve ocasión de hacerme con un ejemplar en su presentación en Madrid donde, además, pude conocer personalmente al autor, que me dedicó amablemente el libro calificando mi prosa de ‘tenebrosa’, calificativo que debe tomarse como todo un acierto si lo que quiere decir es que es ‘poco radiante’, ‘falta de brillo’. Me disgustan, en general, las presentaciones de libros. Suelen parecer la representación teatral de un anuncio por parte de una compañía de tercera. La liturgia es muy semejante en todas ellas. Primero algún escritor más o menos conocido y reclutado para la ocasión se deshace en elogios provocando el rubor del autor y a veces hasta el del público. Luego, el autor, la persona menos indicada para hacerlo, toma la palabra para…, bueno no se sabe muy bien para qué, cosa que suele acarrear severas miradas del representante de la casa editora. Y todo queda casi siempre en eso. Son escasísimos los autores que verdaderamente han ascendido al olimpo editorial y se pueden permitir un tercer capítulo, la dispensa a los asistentes de pinchos de tortilla y unas copillas de vino o cerveza.

La presentación de Espía de Dios no fue muy disímil del cuadro que les he pintado pero, como les digo, me sirvió para hacerme con un ejemplar dedicado, aunque he de confesar que tardé en empezarlo. Por aquellos días tenía una pila de libros en cola a la que, además, se vinieron a añadir los diarios de León Bloy y la Vida de Samuel Johnson de James Bosswell, dos obras que no me pude resistir a col(oc)ar entre los primeros de la lista y con los que deberían hacer ustedes lo mismo.

Cuando por fin me embarqué en su lectura, me di cuenta de que la obligación de escribir una crítica era toda una losa sobre mis espaldas (tengo varias, espaldas y losas). En lugar de leer como Dios manda, me dedicaba a rebuscar técnicas y recursos en el texto. Cabe establecer un paralelismo con el cine para aclarar esta idea. Yo recuerdo los viejos tiempos del Alphaville, cuya cafetería me resultaba más fascinante que las propias salas y que no pocas de las películas que en ellas se proyectaban. Allí entre ‘cinéfilos’ y cinéfilos (hay que ver cómo unas simples comillas cambian el sentido de una palabra) nunca faltaba una voz alabando un traveling o tecniquería similar en la película de turno. Mi respuesta era entonces la misma que hoy: si el espectador, por especializado que sea, ve recursos técnicos en lugar de una película, esta es un fracaso.

Y así me vi yo. Forzado a desentrañar los vericuetos y detalles de Espía de Dios. Pude apreciar la utilización de algunos de los recursos que había parodiado en mi Curso de literatura democrática en cuatro partes, cosa que me hizo cierta gracia, pero, en general, la cosa se me iba poniendo muy cuesta arriba. En cada página, en cada frase me asaltaba la pregunta: ¿qué le digo? ¿qué le escribo? Estarán conmigo en que no es forma de leer.

Cuando uno ya ha acumulado muchos fracasos, es mi caso, resulta sencillo añadir uno más a la lista. Y así, al fin, decidí renunciar a la crítica. Las cosas tomaron inmediatamente otro cariz. Ahora, con el libro leído sin espíritu critico, tal vez esté en mejores condiciones de redactar esa prometida crítica. Pero no quiero hacerla. Lo más parecido serán estas líneas y con ellas habrán de conformarse.

Es cierto que Espía de Dios abunda en cosas que no son muy de mi gusto. Puedo mencionar algunas, como la sobredocumentación. Todo va, como digo, en gustos y manías, pero considero que una novela, por más que sea libro con texto, puede ser cualquier cosa salvo libro de texto. Recuerdo que cuando José Manuel Lara, el original, parió, él que podía, uno de tantos resurgimientos de la ‘novela histórica’, declaró ufano que su éxito se basaba en que el lector, a la vez que disfrutaba, aprendía. Semejante aserto podría haber sido aún más ridículo, pero solo si el todopoderoso editor se hubiera puesto a sí mismo como ejemplo.

Dejando aparte el hecho de que no se ofrece razón alguna para explicar por qué los lectores anteriores al ‘resurgimiento’ no aprendieran a la par que disfrutaban, la afirmación me parece toda una idiotez. Lo cierto es que, por regla general, poco se aprende de las ficciones. Muchas de ellas de hecho desinforman. Y no está mal que así sea. Esta apelación al ‘instruir deleitando’, cuyas raíces se encuentran en la Epístola a los Pisones de Horacio, siempre se ha entendido muy mal. No está de más, por eso mismo, traerles aquí a Horacio (tampoco está de más recordar que con esas mismas palabras, Instruir deleitando, se tituló una edición española de La filosofía del tocador del Marqués de Sade).

Los poetas quieren ser útiles o deleitar, o al mismo tiempo
decir lo que es ameno e idóneo para la vida
(Arte Poética, 333-334)

Horacio dijo, o así lo entiendo yo, ‘o una cosa o la otra, o las dos al mismo tiempo’, pero lo dijo en tiempos en que las fronteras eran muy otras y no era descabellado componer un poema didáctico (por citar a alguno de los que nos visitan con cierta frecuencia, ahí tienen a Lucrecio o la misma Epístola a los Pisones o Arte Poética de Horacio, que es todo un curso acelerado de literatura). Hoy, cuando esas fronteras aunque difusas son otras, la documentación es un recurso al servicio de la obra no de la instrucción del lector.

En un plano más personal, debo decir que algunas escenas del libro se me atragantaron algo. Es cierto que don Juan Gómez-Jurado centró su novela en un escabroso asunto, los actos pederastas de ciertos sacerdotes católicos. No creo, de todas formas, que hubiera necesidad de narrar con todo detalle uno de esos actos repugnantes. Si la autoridad de Horacio se invoca en defensa del ‘instruir deleitando’ no habrá razón para que yo haga lo mismo en defensa de lo que ha de callarse (aunque habrá quien interprete lo que sigue en el exacto opuesto del sentido que yo le doy).

O la acción ocurre en escena o se relata lo ocurrido.
Las mentes tardan más en impresionarse con lo oído
que con lo que está sujeto a los fieles ojos y lo que
el propio espectador se cuenta a sí mismo. Ahora bien,
no saques a escena lo que debería pasar fuera, y aparta
de la vista bastante que luego sea narrado vívidamente;
que Medea no degüelle a sus hijos ante el pueblo
ni el impío Atreo cocine a la vista entrañas humanas
ni Procne se convierta en ave, Cadmo en culebra.
No me creo exhibiciones de esa clase y me repugnan
(Arte Poética, 179-188)

A la vista de lo escrito hasta ahora podría pensarse que no aprecio virtudes en los trabajos de don Juan Gómez-Jurado. No es cierto. Las tienen, y algunas nada desdeñables que los distancian del best seller canónico. Es, o parece ser, cierto que don Juan vende muchos libros, aunque no los suficientes como para justificar la mariscada que nos apostamos en su día. Se habla de medio millón de ejemplares vendidos de Espía de Dios, y por eso colocan a don Juan junto a otros dos autores con éxito mercantil en los mercados internacionales: Carlos Ruiz Zafón y, agárrense, Javier Sierra. El primero supo hinchar el globo con cierto oficio hasta que le fallaron las fuerzas. La sombra del viento es un libro que se deshincha de forma estrepitosa a mitad del relato y eso, es lógico, consituye un rotundo fracaso cuando lo único que se pretende, para espanto del repartidor de decálogos don Juan Cueto, es atrapar al lector en una historia. Del segundo prefiero no hablar.

Es este un mal muy extendido en el género bestseleril. Para seguir hinchando un globo se necesita cada vez más presión y a la mayoría de los que se adentran en el género les faltan pulmones antes o después. La primera novela de don Juan Gómez, por el contrario, no se deshincha, mantiene la tensión hasta el final y eso, como digo, es cosa de mérito y poco frecuente.

Achacaba yo en aquellos viejos escritos míos al best seller tipo de limitarse a utilizar el cartón piedra en la composición de personajes. Sé que es una simplificación, pero creo, ahora como entonces, que una simplificación no muy alejada de la realidad. Me resultan estomagantes todos esos personajes, y son legión, que se mueven, piensan y actúan como autómatas lelos sin que uno llegue a explicarse nunca por qué hacen lo que hacen.

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que uno deba declararlo todo y psicoanalizar a todo aquel que le asoma por una página. Espía de Dios tiene un personaje, el padre Fowler, que funciona precisamente por todo lo contrario, porque su autor no lo trata. Es el hombre enigma y de ahí su interés (y precisamente por ello considero que cierta revelación sobre el mismo que llega hacia el final de la novela es del todo innecesaria).

A título personal cuento con una demostración fehaciente del éxito de don Juan Gómez-Jurado en el tratamiento de personajes gracias a uno de ellos, la periodista española Andrea Otero. Seré yo muy raro, pero desde su primera aparición se me atragantó. Despierta en mi odios atávicos y me hace echar espumarajos por la boca. En definitiva, no la aguanto y eso, sin duda, debe considerarse un éxito del autor porque es una de las formas canónicas de dar vida a un personaje. Por eso he recibido con sentimientos encontrados la noticia de que don Juan haya recuperado el personaje en su segunda novela.

Por que sí, señores. Don Juan ha reincidido y ya tiene en las librerías la segunda de sus novelas, Contrato con Dios, al parecer un homenaje a la película En busca del arca perdida (ya les dije que se trata de un autor sin complejos). El pasado día cinco de febrero se presentó en Madrid y su autor, amablemente, me invitó a asistir al evento. Un servidor, como no podía ser de otra forma, aceptó agradecido y se personó a la hora convenida en un conocido supermercado de libros de capital francés. No hubo tortilla ni copas para mi desgracia, pero pasamos un buen rato descubriendo intimidades tales como que don Juan escribía obras de teatro en sus exámenes de economía. Tambien hubo ocasión de confirmar el buen criterio de su santa esposa, que le tiene prohibido, sin éxito, que cuente chistes en los actos públicos.

Por supuesto, me hice con un ejemplar dedicado de la novela y, durante el regreso a mi casa, tuve ocasión de leer sus primeras cuarenta y cuatro páginas (a mi llegada, la señora Rus secuestró el ejemplar y habré de esperar a que ella lo termine para leerlo). A pesar de tan escasa información, creo poder decir con fundamento que Contrato con Dios está escrito con soltura, que entretiene y que cuenta con las mismas virtudes que su antecesor y alguna nueva (aunque tengo pésimas referencias sobre el trabajo del corrector de pruebas, defecto que, de ser cierto, comparte con la edición de la Vida de Johnson hecha por Espasa Calpe). En definitiva, que don Juan Gómez-Jurado demuestra en su nuvo libro que va cogiendo oficio. Yo, desde luego, pienso leerlo sin espíritu crítico.

Recordarán los fieles las risas que nos echamos a cuenta de Mr. Juan Cueto, fanático obsesivo de los decálogos y el YouTube sin el que, por lo que se ve, no le resulta concebible la literatura. Si hemos de atender a su juicio, los lectores de don Juan Gómez-Jurado han (hemos) de ser, por fuerza, decimonónicos seres carentes de vida y necesitados de historias. Unos parias, en suma y por usar la palabra que no se atrevió a escribir. Lo curioso es que, por lo que deduje de lo que se dijo en la última presentación, el libro de Juan Gómez-Jurado está repleto de gadgets y cacharrería de última generación. Lo mismo hasta sale el imprescindible YouTube, donde don Juan tiene su propia página, vayan ustedes a saber (les informaré a su debido tiempo). Yo sólo sé que estoy seguro de que quienes lo lean se divertirán. Sólo hace falta no tener complejos.

Dijo también don Juan en la presentación que no pretendía pasar a la historia de la literatura sino procurar un buen rato a sus lectores con sus historias. Nada hay más absurdo que proponerse pasar a la historia de la literatura aunque a alguno le haya salido bien la jugada. Thomas Mann, sin ir más lejos. Pero la mayoría de los que se lo han propuesto han hecho el más espantoso de los ridículos (ah, esa manía de reinventarlo todo). Hace muy bien, pues, don Juan, en no proponerse metas absurdas.

El diario barcelonés La Vanguardia ha publicado, al parecer, que Juan Gómez-Jurado es el sucesor de Ken Follet. No sé en qué ha podido basarse el autor de tal afirmación. Sobre el señor Follett debo decir que sólo conozco su contribución al desarrollo de la escultura en el País Vasco. De todo corazón espero que, por su bien, a Don Juan Gómez-Jurado no le pongan una estatua en Vitoria junto a la de su antecesor. Aunque venda muchos libros, que eso sí se lo deseo. A ver si esta vez me gano la mariscada. Por si acaso, y en vista de que hoy andaré de viaje allá por donde vive, procuraré tomarme una cervecita con él, si se deja.

Vosotros, escritores, escoged materia a la altura de
vuestras fuerzas y sopesad qué rehúsan, con qué pueden
vuestros hombros. Al que elija un asunto a su medida,
ni la facundia le abandonará ni un orden brillante.
(Arte Poética, 38-41)