5 de febrero de 2008

El valor de las palabras

Hasta hace bien poco no he conocido el verdadero valor de las palabras. Nótese que digo palabras, no palabrería, cuyo valor, es bien sabido, es nulo salvo en campaña electoral. Pues bien, por lo visto una palabra vale poco más de treinta y séis centavos de dólar (estadounidense, por supuesto). Como sé que se más de uno se andará preguntando cómo sé yo esto, se lo contaré, pero no sin rodeos.

La primera y más básica instancia del valor es el valer. Valor de uso que le dicen. Las palabras han de valer para algo. Para expresarse, por ejemplo. Sólo cuando una palabra ha demostrado que vale para expresarse puede ponérsele precio. Valor de cambio que le dicen. En consecuencia, las palabras que no valen para expresarse no valen nada. Son gratuitas.

Ahora bien, convendrán conmigo en que, en aras de la eficiencia, lo suyo es recurrir al mínimo necesario, limitarse a usar sólo aquellas palabras que valen algo. ¿Para qué llenarse la cabeza de palabras inútiles? La pregunta es, por tanto, la siguiente: ¿Cuál es el conjunto mínimo de palabras que uno precisa para expresarse sin cortapisas? Habrá a quien le parezca una pregunta frívola o sin sentido. No se engañen, no lo es. Y ese secreto número, al menos para nuestro viejo y conocido idioma español, nos ha sido revelado. Son nada más y nada menos que ciento treinta y ocho.

No es raro encontrar en la prensa, con cierta periodicidad, lamentos diversos por lo limitado del vocabulario de los jóvenes, de los estudiantes y hasta de los ciudadanos en general o de algunos en particular. Los que de esto entienden o dicen enteder gustan de distinguir entre los conceptos de léxico disponible y el léxico básico. El primero es, según tengo entendido, el conjunto de palabras que los hablantes tienen en la cabeza, y suele referirse a un ámbito concreto. El segundo, aquel subconjunto de palabras utilizadas con mayor frecuencia, con independencia del tema o asunto a que se refieren.

Por lo que he podido apreciar en los diversos estudios que he consultado, todos ellos constatan una drástica reducción de los léxicos básico y disponible de los hablantes. No parece, no obstante, cosa muy alarmante porque todavía andan lejos de quedarse reducidos a las ciento treinta y ocho palabras que antes les he mencionado. Es necesario empobrecer aún más el idioma para alcanzar esta cota de eficiencia aunque, al paso que vamos, no parece que falte mucho.

¿Por qué son ciento treinta y ocho y no, por ejemplo, ciento cuarenta y una? Yo me he enterado gracias a Mr. Marcus Santamaría, una caballero que, a pesar de su nombre, no es tapihiano (ni proviene, aunque lo parezca, del futuro, como Angus Floridablanca). También debo dar las gracias al todopoderoso Google y más particularmente a los anuncios contextuales (o como quiera que se llamen) que aparecen en mi cuenta de correo y con los que la Agencia Española de Protección de Datos, con muy escaso criterio, quiere acabar por no se sabe muy bien qué exceso de celo protector.

El caso es que hace un par de días me encontré con un anuncio con muy atractivo slogan: 138 words is all you need. Como es comprensible, me tiré de cabeza y me vi dirigido a la página web de algo llamado, con excesiva pompa para mi gusto, Synergy Spanish.

Se trata, según pude comprobar, de la obra magna de Mr. Marcus Santamaría, genial ilustrado que ha sabido separar el grano de la paja y quedarse con lo fundamental, las únicas 138 palabras con las que es dado expresar todo lo expresable o, al menos, todo lo que merece la pena expresar. El resto, las demás palabras, si hemos de creer lo que dice y no veo razones para dudar de ello, simplemente sobran.

Si a alguno le quedan dudas no tiene más que pasearse por la amplia lista de beneficiarios de su descubrimiento que, previa fotografía sonriente, se deshacen en alabanzas hacia Synergy Spanish. Jan Woodhouse, por ejemplo, padeció tres años de clases nocturnas de español sin lograr articular una sóla frase. Es cierto que su confesión siembra serias dudas sobre la calidad de la academia a la que asistía, pero lo verdaderamente edificante es que gracias al mágico decubrimiento de Mr. Marcus Santamaría podrá al fin ver cumplido su lógico y comprensible sueño de retirarse en Orihuela. Neil Ellson tiene a sus amigos mexicanos impresionados y mira que es difícil impresionar a un mexicano, lo sé de buena tinta por razones familiares. Rosemary Bull al fin, tras cuatro años de fracasos, ha podido comunicarse con sus vecinos mallorquines, no sé si para decirles que pongan la música más baja o para que dejen de sacar la basura a horas inconvenientes. Confiemos en que ello haya servido para mejorar su calidad de vida, algo que no puede asegurarse con la escasa información disponible.

Y si después de tanto ejemplar ejemplar aún queda algún escéptico incrédulo que duda del poder de las ciento treinta y ocho palabras mágicas, no tiene más que reflexionar friamente para darse cuenta de que no es una idea tan descabellada. Pongamos, por ejemplo, que uno siente un irrefrenable deseo de decir algo como esto:

¡Oh, qué bonito es este estroboscopio!

Es obvio que si hemos de reservar una palabra para cada cacharro que la calenturienta imaginación humana es capaz de idear pronto agotaríamos el cupo de palabras, por grande que sea este. «Estroboscopio» es, a todas luces, palabra innecesaria. Mejor sería decir algo así:

¡Oh, qué bonito es este instrumento que permite ver como lentos o inmóviles objetos que se mueven de forma rápida y periódica, mediante su observación intermitente!

Pero claro, en este segundo ejemplo aparecen unas cuantas palabras sospechosas de inutilidad o gratuidad. Es necesario limpiar el aserto y dejarlo, como habría dicho Cervantes, al que le sobraban las palabras inútiles y gratuitas, simple, llano y significante. Mi propio intento lo ha dejado así.

¡Qué bonito es este instrumento que hace ver como quietas cosas que se mueven deprisa y de forma repetida al mirarlas varias veces en espacios de tiempo separados por igual en el tiempo!

Estoy seguro de que puede mejorase muy mucho, pero es que yo no he estudiado con Mr. Marcus Santamaría. He visto en su página que es posible descargarse la primera lección de forma gratuita, pero no me he atrevido a hacerlo. Si alguno es más valiente que yo y lo hace, le ruego me envíe copia para evaluar la conveniencia de pagar los $49.95 que cuesta el libre acceso a esta imprescindible fuente del saber. De ella he deducido el verdadero valor de las palabras: ciento treinta y ocho a $49,95 sale a unos 36 centavos la palabra. No parece mal precio, ¿verdad?

Soy consciente, y por eso esta apresurada reflexión mía, de la necesidad de simplificar mis letras. Mis palabras, quiero decir. Pero reducirlas a ciento treinta y ocho me parece que podría resultar, de ahí mis miedos, traumático. Al fin y al cabo en esta sola entrada ya hay un buen número de palabras distintas (incluso si descontamos Marcus, Santamaría y estroboscopio) y no alcanzo a imaginar cuántas habré utilizado en total al considerar las 329 entradas que la han antecedido.