19 de febrero de 2008

Gestas memorables

Titulo hoy con un pleonasmo, según mi gusto, porque don Salvatore Fugazetta, catedrático interino en excedencia de una prestigiosa universidad calabresa, ha recurrido al mismo para rescatar unas cuantas gestas del olvido, aquellas que tenía y tiene en mayor estima. Toda gesta es, por el mero hecho de serlo, memorable. El diccionario las define, de hecho, como un conjunto de hechos memorables, es decir, dignos de ser recordados. Pero la dignidad, como todo el mundo sabe, no garantiza nada. Yo mismo soy persona digna de crédito y no por ello encuentro facilidades en los bancos, que me tienen cerradas todas las puertas y hasta las ventanas.

Podría discutirse mucho acerca de cuales son los factores y circunstancias que aseguran la memorabilidad. Los criterios del señor Fugazetta son, cuando menos, originales y debo decir que próximos a los del que esto suscribe. Así, por ejemplo, don Salvatore concede los máximos honores al maestro espiritual Meher Baba, cuyas últimas palabras fueron, según la tradición, «Don’t worry, be happy», y cuyo mérito es haberlas pronunciado más de cuarenta años antes de morir. En 1925 decidió callarse y mantuvo silencio hasta su fallecimiento en 1969. Toda una gesta.

A mi juicio, una de las más interesantes de entre todas las que refiere don Salvatore es la atribuida a un tal Murray J. Sarmiento. En vista de que no se me ocurría nada que escribirles hoy, me he decidido a transcribir el brevísimo capítulo que a él se le dedica en las recientemente traducidas al castellano Gestas memorables, capítulo que a su vez procede en su mayor parte de la biografía publicada, tras grandes padecimientos, por el singular Rudolph Staunton.

No es hoy el día para referir la sorprendente peripecia vital de Staunton, baste saber que le costó Dios y ayuda encontrar editor para su obra. Los más, aquejados del conservadurismo que siempre ha caracterizado la profesión, no se atrevieron a asumir el riesgo de publicar una obra que traicionaba y mucho tanto el espíritu como la letra de las enseñanzas, si así se las puede llamar, de Murray J. Sarmiento. Todos creyeron que el respeto a su memoria exigía una biografía que pudiera imprimirse en el reverso de un sello de correos. La de Staunton, para espanto de muchos, tal vez de todos, contaba más de setenta y cinco mil palabras, en su mayoría distintas entre sí. Fugazetta, ya fuera por respeto o por pereza, consiguió reducirlas, dejándose lo esencial por el camino, a lo que sigue.

El discreto lenguaraz
por Salvatore Fugazetta

Murray J. Sarmiento fue hombre de pocas palabras. No es de extrañar que nunca pronunciara algunas, como por ejemplo ‘hopalanda’ o ‘tegumento’, que yo mismo he usado aquí por vez primera. Pero resulta sorprendente que otras más familiares, tales como ‘brasero’ o ‘legumbre’, jamás asomaran por sus labios. Se cuenta que fue capaz de arreglárselas con tan solo ciento treinta y ocho palabras. Con ellas fue capaz de decir todo lo que dijo, que no es poco aunque todavía hoy su sentido siga sujeto a discusión.

Su nacimiento tuvo lugar dentro del río Tormes en el año de 1813. Su madre, doña Antona Sarmiento, natural de Tejares, aldea de Salamanca sin que este hecho tenga relación alguna con su preñez, andaba a deshoras tratando de cruzar el río cuando le tomó el parto y allí mismo, entre ambas orillas, lo parió. La mujer, soltera por naturaleza, tradición y convicción, protagonizaba, con demostrada profesionalidad, el número de la mujer barbuda en una feria ambulante de cierto renombre en las comarcas colindantes. Ni que decir tiene que todo el número era una farsa a base de postizos, apliques y componendas, pues doña Antona tenía por costumbre afeitarse a diario. El caso es que entre tantas idas y venidas por los pueblos de España, en la soledad del carromato que hacía las veces de vivienda y camerino, parece ser que un día sucumbió a la llamada de la carne y quedó en estado, de no muy buena esperanza pero estado al fin y al cabo. Nunca quiso revelar el nombre del padre, tal vez por preservar en algo la honra. Del padre, se entiende. Muchos han supuesto que su insistencia en bautizar a la criatura con el nombre de Murray dejaba claro que debía tratarse de Murray Fitzherbert, oficial inglés que había desertado de las tropas del duque de Wellington poco antes de la batalla de Arapiles porque, según confesión propia, no hay honores que justifiquen tanta incomodidad.

Fuera o no fuera Fitzherbert el padre de la criatura, algo que estamos condenados a ignorar, el caso es que Murray J. Sarmiento jamás conoció a su padre, circunstancia que, según los esclarecidos psicólogos que se han ocupado de su caso, marcó profundamente el desarrollo de su personalidad. De marcado carácter taciturno, a Murray le llevó más de cuatro años pronunciar sus primeras palabras. Palabras que, en contra de lo que suele ser habitual, no fueron ‘papá’, por razones obvias, ni ‘mamá’, tal vez por verse confundido por la profesión de su madre, sino ‘pan’ y ‘agua’. No fue hasta dos años después, durante el crudo invierno del 19, cuando la tercera salió de su boca, ‘frío’.

Alarmada por la parquedad del vocabulario del muchacho, que por otra parte no parecía mostrar tara alguna, doña Antona solicitó el consejo de don Venancio Santaolalla, por aquel entonces célebre ilustrado y hoy tan sólo recordado por ser antepasado directísimo del estudioso don Heriberto Santaolalla, mente preclara que tanto ha aportado para desentrañar el último sentido de algunas de las inscripciones más antiguas que se conocen, en concreto aquellas que se refieren a cabras y ovejas.

Don Venancio se tomó el caso con particular interés. Una de sus primeras resoluciones fue abrir un libro registro de todas las palabras que salieran de la boca de Murray. Lejos estaba de saber el ilustrado señor que aquel pequeño volumen encuadernado en octavo y que le acompañaría toda su vida jamás vería cubiertas la mayor parte de sus páginas. En 1828, el libro contaba tan solo con treinta y nueve palabras. Para entonces ya había tomado al muchacho a su cargo y no se separaba de él bajo ninguna circunstancia por no perderse algún posible añadido al registro.

Lo que más maravillaba a don Venancio era el hecho de que Murray J. Sarmiento conseguía expresarse con toda claridad a pesar de lo limitado de su léxico. Daba lo mismo el asunto al que Murray se refiriera, prosaico o elevado, mundano o filosófico. Las más de las veces don Venancio corría a consultar el registro para saber si había habido novedad y confirmaba, con gran decepción, que no la había, que Murray seguía sin ampliar su lista de palabras. Cada adición, por el contrario, era celebrada con alborozo. La noticia solía correr como la pólvora y muchas tabernas solían invitar a una ronda cuando el hecho se producía. Por eso en muchas de ellas todavía hoy se dice ‘hay nueva de Sarmiento’, aunque ya son pocos los que conocen el origen de la expresión.

Se sabe cierto que don Venancio presentó el caso en el Ateneo Científico y Literario de Madrid el 27 de noviembre de1835 aunque, por razones no del todo aclaradas, la dirección actual del Ateneo afirma que no consta en su poder acta con esa fecha y manifiesta sus dudas sobre la realización de tal reunión. Es seguro, no obstante, que Santaolalla hizo gala de sus habituales erudición y elocuencia. Pero lo que más sorprendió a los asistentes fue la comunicación leída por el propio Murray J. Sarmiento y que versaba, al parecer, sobre la vanidad de las palabras, asunto que ya había tratado don Miguel de Montaña en sus célebres Essais, aunque con menores perspicacia y agudeza. Según cuenta don Mariano de Quismondo en sus memorias, la intervención de Murray J. Sarmiento asombró a todos por su profundidad, alcance e ingenio. Tanto fue así que ninguno de los presentes cayó en la cuenta de que el discurso, haciendo honor a su asunto, contaba tan sólo setenta y tres palabras distintas.

Al fallecimiento de don Venancio Santaolalla, que tuvo lugar en el año de 1848, el registro alcanzaba las ciento treinta y siete palabras. Don Agustín Cerezales, fiel secretario de don Venancio durante más de cuarenta años y a la sazón albacea testamentario del mismo, tomó la decisión de continuar el proyecto iniciado por su maestro y mentor haciéndose cargo de la llevanza del libro registro de Murray J. Sarmiento. No hay en el mismo, sin embargo, apunte alguno debido a su mano. Por más que procuró no separarse jamás de su lado. Asistió expectante a cada momento en que el hombre, alzando su mano, hacía ademán de decir algo, pero nunca tuvo la fortuna de asistir a un estreno.

En 1850 Murray J. Sarmiento contrajo matrimonio con la señorita doña Bárbara de Zurzulludo, agraciada joven de buena familia e intachables costumbres. Don Agustín le permitió cortejarla en privado a cambio de su palabra de confesar cualquier posible adición al registro que tan especial circunstancia pudiera propiciar. No se produjo confesión alguna y habrá que creer, pues Murray siempre fue hombre de palabra, que las ciento treinta y siete le bastaron para ganarse el amor de la muchacha. Durante la ceremonia nupcial tan sólo pronuncio las consabidas ‘sí, quiero’, términos ambos que ya habían sido incluidos en el registro en 1821. Desde entonces hasta su muerte, la vida de Murray J. Sarmiento transcurrió sin grandes complicaciones aunque quiso la fortuna que no fuera bendecida con la alegría de la descendencia.

En 1874 Murray J. Sarmiento contrajo unas fiebres palúdicas de las que nunca se recuperó. Pasó sus cuatro últimos meses en cama sufriendo grandes dolores y molestias, pero no por ello dejó de recibir a sus habituales compañeros de tertulia, los cuales coinciden en afirmar que el mal en nada afectó a su gracia e ingenio. El 3 de enero de 1875, estando ya muy debilitado por la enfermedad y sabedor de la llegada inexorable de la muerte, Murray llamó a sus más allegados para despedirse. Su voz se había convertido en un débil eco, casi inaudible entre sordos estertores. Por ello, sólo su mujer, que lo abrazaba desconsolada, pudo escuchar con claridad su emotivo adiós. Supo de inmediato que para tan trascendental momento Murray J. Sarmiento había reservado el último asiento de su libro registro de palabras.

Fue doña Bárbara quien, a petición de don Agustín Cerezales, escribió en él, de su puño y letra, la última palabra de Murray J. Sarmiento, aquella que hacía la número ciento treinta y ocho, el número de las que bastan para toda una vida. Con ella se cierra un documento excepcional que hoy puede contemplarse, previo pago de una modesta cantidad, en el Museo de Desperdicios de Edimburgo. La palabra, como es bien sabido puesto que no son pocos los que han tomado la actitud de Murray J. Sarmiento por guía y norte de sus actos, es: ‘mecachis’.



[Hasta el martes que viene]