18 de marzo de 2008

Cabal y de orden

Don Federico de Orillegas y Vihuela, hombre doctísimo y concienzudo ensayista, dedicó buena parte de su vida y esfuerzos al estudio y degustación de la langosta. Sus excelentes y reveladores trabajos académicos, no obstante, han caído en el más injusto olvido. Su caso, entre tantos otros, es buena muestra del páramo en el que han tenido que crecer y desarrollarse las mentes más preclaras de la nación. Ha sido el nuestro, de siempre, país proclive a la celebración de la ocurrencia frívola y poco dado a impulsar la excelencia intelectual. No son pocos los historiadores que coinciden en negar la existencia de una ilustración española e incluso, lo que tiene su punto hiriente, en que hablar de “ilustración española” viene a ser como hablar de Balnibarbi o del reino del preste Juan.

Es de justicia, sin embargo, convenir en que algo de razón llevan tan descreídos juicios y la relación de algunas de las vicisitudes que hubo de enfrentar don Federico bien puede ilustrar al lector contemporáneo sobre algunos de nuestros más atávicos vicios. Vicios en los que puede hallarse la raíz de los males de estos días, en los que cualquier saltimbanqui majadero se arroga el título de intelectual y vocifera a diestro y siniestro haciendo gala de una sordera de espíritu que bien puede compararse a la de tantos otros sordos ilustres con excepción de Francisco de Goya y Ludwig Van Beethoven. A ello, a dejar constancia de algunos hechos de la vida de don Federico, dedicaré estas líneas con la esperanza de que no caigan en saco roto y contribuyan, con toda modestia, a enderezar el sendero por el que discurren todavía hoy los desvaríos de las lumbreras patrias.

Cuentan los que le conocieron que fue hombre socarrón cuya aparente severidad escondía no poca retranca. El padre Huidobro, autor de una amable y documentada noticia biográfica que fue publicada en el Boletín de la Real Sociedad de Amigos del Universo, llegó a afirmar que siempre andaba “riendo para sus adentros”, afirmación perfectamente compatible con el hecho de que nadie le viera jamás esbozar la más mínima sonrisa. Es de suponer que fue precisamente su adusta aunque sólo aparente seriedad la que contribuyó a cerrarle tantas puertas, pues de todos es sabido que por estos pagos son los saraos y jaranas de toda índole, en los que el mal llamado ‘don de gentes’ juega un papel primordial, los que abren las puertas del reconocimiento público.

Solía pasar los veranos en tierras cántabras, donde disfrutaba de su clima benévolo. Todas las tardes tomaba baños de bastón antes de dirigirse al que llamaban Café de París, aunque en realidad se llamaba Bar Paquito, donde debatía con propios y extraños sobre los más variados temas siempre que fueran estos de una elevación acorde con su altura de espíritu, que no física, pues no levantaba más de metro sesenta y eso sólo a primera hora de la mañana, cuando la implacable gravedad aún no se ha hecho sentir en toda su grandeza sobre los hombros.

Don Federico jamás gozó del ‘don de gentes’, aunque que nunca lo echó en falta. Se opuso, con toda la vehemencia de la que fue capaz, a lo que llamaba el “mal del ubicuo jardinero”. Tan extraño nombre derivaba del ejemplo que solía utilizar para ilustrar lo que consideraba un proceder inadmisible y que no era otra cosa que el argumento de autoridad en su más grosera variante. Más o menos solía exponerlo así:

– ¡Qué flores mas bonitas!
– ¡Ojo, que soy jadinero!

Seguro que todos ustedes, sobre todo si viven en España, se han visto en una situación similar. Si uno habla del buen día que hace, el de al lado le manda callar y le coloca un curso acelerado de meteorología sin venir a cuento. Si, por el contrario, se le ocurre decir que le agrada alguna tonadilla, no faltará quien le silencie apoyándose en no sé qué estudios de armonía y composición. Ya saben de qué les hablo y, sobre todo, saben que en ninguna de estas situaciones asoma, siquiera levemente, un sólo argumento, la única cosa que don Federico echaba de menos.

Por los tiempos de su juventud y madurez, los miembros de los departamentos universitarios solían reunirse en los tablaos flamencos, donde, si la bebida y la música lo permitían, se trataban los asuntos académicos urgentes. Por fortuna, algo hemos mejorado desde entonces gracias al invento de las Universidades de Verano, que ha permitido un desarrollo inusitado del cante y el baile (gracias, por supuesto, a verse cantaores y bailaores libres de la perniciosa influencia de catedráticos y profesores). En ellos, en los tablaos, y sólo en las contadas ocasiones en que se le permitía la entrada, don Federico insistía en su demanda de argumentos con escasísimo éxito.

Contrariamente a lo usual entre los cartesianos convencidos, don Federico existía luego pensaba. A todo buscaba un por qué y a veces, las menos, se lo encontraba. Era esta actitud la que enervaba a la clase intelectual, acostumbrada a no tener que dar explicaciones.

A pesar de ello, alguna que otra institución, más por caridad que por convencimiento, consintió en contarlo entre sus filas, ente ellas cierta academia que acabaría jugando un importante papel en la vida de don Federico. En efecto, su discurso de investidura como académico de número de la Real Academia de las Artes y las Ciencias Hortofrutícolas fue recibido con frialdad, pero despertó tan encendidas pasiones en el extranjero que hubo de pasar todo un verano de gira por los principales casinos europeos releyendo, no siempre con la misma encendida pasión, aquellas líneas sobre las alternativas al cultivo de la remolacha azucarera que había compuesto apresuradamente durante los periodos de veda de la langosta.

A su regreso pudo comprobar que sabios y dilectos se habían dividido en dos bandos a cuenta de su periplo europeo. De una parte estaban los envidiosos, que no le perdonaban un éxito que ellos mismos creían merecer en mayor medida. De otra, los descreídos, convencidos ellos de que todos los males se originaban allende nuestras fronteras, afirmación que los laureles alcanzados por don Federico no hacían, a su juicio, sino confirmar. Tan sólo coincidían en una cosa, en que era prudente y hasta necesario ningunear al nuevo académico. Ni que decir tiene que eso fue lo que hicieron. Desde entonces no hubo reunión, desde las formales juntas académicas hasta las informales tertulias de café, en que se hiciera el más mínimo caso a las demandas y afirmaciones de don Federico, que acabó convertido en un energúmeno que sólo gritaba. ¿Por qué? ¿Por qué?

Pero nadie le contestaba. Los más hacían como que no le oían, como si no estuviera allí, cosa que no resultaba nada fácil pues don Federico emitía, como dicen los cantantes, con poderosa facilidad. Los crecendo, sin embargo, no son sostenibles eternamente y cuando el que atañe a este caso se volvió insostenible no hubo más remedio que darle respuesta a don Federico.

Ésta llegó por escrito, de la mano de don Laureano de Orihuela y Villegas y de forma pública y notoria ya que se apareció en un diario nacional de gran tirada y mayor prestigio. Don Laureano escribió un encendido ataque contra don Federico en forma de carta que tituló Yo le explico (Santana Marín afirma, con su habitual meticulosidad, que el verdadero título es el mucho más desafortunado Yo me explico, pero he preferido conservar el que la tradición ha consagrado como auténtico). El decoro más elemental me impide transcribirlo aquí. Baste saber que el vitriolo es mucho menos ácido.

Ahora bien, aquel escrito, hiriente y descarnado, tenía una curiosa característica que lo distancia mucho de lo que era y es común: ofrecía una argumentación racional desprovista de toda floritura. Tanto es así que hasta los académicos españoles, poco acostumbrados a estos ejercicios, convinieron en que se trataba de la demostración irrefutable de que don Federico era un majadero incapaz cuyo descrédito era bien merecido, un cretino superlativo, un sandio redomado, en definitiva, un imbécil modélico. Incluso el propio don Federico, que llevaba toda su vida demandando razones, dio éstas por buenas.

Y así, en un último gesto de grandeza intelectual resolvió retirarse de la vida pública. Sus últimos años los pasó en el Bar Paquito en completo silencio, privándonos, tal vez, de algunas felices ideas que bien podrían aliviar, siquiera en parte, los sinsabores de la vida contemporánea. Otro gallo habría cantado de haber contado al menos con una docena de personajes de similar altura dentro de nuestras fronteras. Es una pena que su ejemplo no haya cundido. No se me ocurre de quien más podría decirse que fue hombre cabal y de orden.