4 de marzo de 2008

Debates

La pasada semana, asqueado por la estulticia exhibida por todos los implicados en el primero de los “““debates””” (con muchas comillas) celebrados entre los dos principales candidatos a la presidencia del gobierno, reproduje aquí un par de páginas de una fascinante novela que creía venían muy al caso. Nótese que digo ‘todos los implicados’. No fueron sólo los dos protagonistas del combate los causantes de mi desazón. De hecho ellos fueron los que menos me decepcionaron, aunque sólo sea porque bien poco o más bien nada esperaba de ellos. Los demás, por desgracia, consiguieron ponerse por debajo de su ya de por sí minúscula estatura, ya fueran supuestos periodistas, “expertos” en cosas peregrinas o, por supuesto, los ubicuos ciudadanos camuflados bajo esa cosa etérea que llaman “la ciudadanía”.

Desde el anuncio del evento, convertido en magno acontecimiento a base de perversa insistencia, se hizo harto evidente lo absurdo de semejante ejercicio. Singulares analistas florecieron por doquier y pasaron horas teorizando en público sobre corbatas de colores, alturas de mesas, temperaturas, distancias, contraplanos y demás elementos a su juicio fundamentales. Tan enjundiosos asuntos calaron bien hondo en las conciencias de todos. Tanto fue así que se hizo necesario contratar cronometradores baloncestísticos para asegurar la exacta igualdad de tiempos usados por los contendientes. Daba igual lo que fueran a decir, lo importante era que tardaran lo mismo en decirlo. Por fortuna, ninguno de los dos es tartamudo y en razón de este hecho nadie se vio, al parecer, en desventaja.

Se molestaron muy mucho en delimitar de qué se podía hablar y, por supuesto, de qué no se podía hablar (¿debate? ¿es esto debate? Ya me gustaría a mí debatir así). Se nos vendió la cosa como un éxito de la democracia y hasta, en el colmo de los colmos; como una exigencia democrática de primer orden. Yo, siento decirlo, no creo que la democracia exija la celebración de estos espectáculos televisivos. Tendrían su valor si fueran verdaderos debates, que no lo son, pero la democracia es otra cosa que exige otras cosas, entre ellas ciudadanos responsables y comprometidos.

No se engañen. No lo somos y por eso todo lo fían a corbatas de colores, alturas de mesas, temperaturas, distancias, contraplanos y sobre todo a repetir machaconamente la “idea fuerza” haciendo oídos sordos a todo lo demás. Si se molestan a poner una detrás de otra las declaraciones de varios líderes políticos del mismo partido durante la campaña, comprobarán sin esfuerzo que se limitan a colocar el llamado “argumentario” con independencia de lo que se les haya preguntado. Y les funciona. La culpa es nuestra. No niego que ambos apuesten por el diálogo, me limito a añadir que se trata del diálogo de sordos.

Tan descorazonador asunto me tenía, a pesar de las risas inevitables , con el ánimo algo bajo y por eso hice lo que hice. Pero, ay de mí, la decisión de publicar aquellas páginas se volvió en mi contra. Para cuatro lectores que uno tiene, resulta que se conjuran para llamarme vago y críptico. No me parece cosa terrible ninguna de ellas (cosas peores me han llamado en otros sitios). Y aunque lo fueran, no puedo menos que admitir que sí, que soy vago y que procuro ser críptico y a veces, las menos, hasta lo consigo. Hoy, sin embargo, me veo obligado a confesar que ni la vagancia ni la intención oscurantista andaban esta vez tras mis intenciones.

Que no fui vago se puede demostrar fácilmente: confesando que al final del “debate” pergeñé un largo y farragoso texto que venía a decir, creo que de aún peor manera, algunas de las cosas que anteceden y muchas otras que me alegra no haber publicado. Resistiré, precisamente por ello, la tentación de transcribir aquellas líneas. Considero peor el remedio que la enfermedad.

Pero volvamos al asunto. Aquellas páginas que publiqué, ya lo saben, procedían de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, singular obra que debemos agradecer, háganlo por favor, a Laurence Sterne. Que sus páginas venían a cuento es cosa evidente desde su primera página, en la que se cita el Enquiridión de Epícteto: No son las cosas mismas, sino las opiniones sobre las cosas, las que perturban a los hombres. Es esta verdad muy arraigada en los políticos de hoy en día, despreocupados en extremo de las cosas y preocupados de forma obsesiva por crear o controlar las opiniones sobre las cosas. Por desgracia, incluso aquellos que pretenden hacer de la alegría su bandera, carecen de uno de los elementos principales del Tristram Shandy, el humor. Así nos va.

Pero yo publiqué aquí dos páginas muy concretas de la novela. La primera de ellas es conocida como la página de mármol. En el volumen III, al final del capítulo treinta y seis (ojo los que manejen la edición de Cátedra porque en ella la página está mal ubicada, al final del capitulo treinta y siete), Sterne decidió incluir una página de ‘papel mármol’, ya saben, ese que solía usarse para las contratapas. Tal ocurrencia fue una pesadilla para los impresores, pues en aquella época no había otra forma de hacerlas que a mano. Por esta razón cada ejemplar de las primeras impresiones del Tristram Shandy es, en cierta medida, un ejemplar único. Por desgracia, no creo que nuestros candidatos sean ejemplares únicos. Les sobran congéneres y puede decirse con cierta autoridad que son fungibles, cosa en nada tranquilizadora. Pero entremos en harina. El capítulo treinta y seis finaliza así:

Read, read, read, read, my unlearned reader! Read, –or by the knowledgeof the great saint Paraleipomenon– I tell you before-hand, you had better throw down the book at once; for without much reading, by which your reverence knows, I mean much knowledge, you will no more able to penetrate the moral of the next marbled page (motly emblem of my work!) than the world with all its sagacity has been able to unraval the many opinions, transactions ans truths which still lie mystically hid under te dark veilof the black one.

O lo que es lo mismo (en traducción de Javier Marías):

¡Lea, lea, lea, lea usted, mi ignorante lector! Lea, –o, por el saber del gran San Paraleipomenon,– ya se lo digo de antemano, mejor hará usted en tirar el libro inmediatamente; porque sin mucha lectura, por lo que, como su reverencia sabe, entiendo mucho saber, no será usted más capaz de comprender la moral de la jaspeada página que viene a continuación (¡el abigarrado emblema de mi obra!) de lo que lo ha sido el mundo, con toda su sagacidad de desvelar las muchas opiniones, transacciones y verdades que aún yacen místicamente ocultas bajo el oscuro velo de la que estaba en negro.

Esa página que estaba en negro, segunda de las que reproduje, cierra el capítulo doce del primer volumen de la obra. Sucede al fallecimiento del párroco Mr. Yorick, para muchos, trasunto del propio Sterne.

Para los que desconozcan al gran San Paraleipomenon, aclaro aquí que la palabra Paraleipomena o Paralipomena hace referencia a los escritos omitidos o desatendidos que suelen añadirse como apéndice de una obra desde que Schopenhauer inaugurara esa costumbre al publicar sus Parerga und Paralipomena. Yo recuerdo muy bien cuándo la conocí, la palabra, quiero decir. Se la debo a una temprana lectura de la Teoría Estética de Theodor W. Adorno, obra póstuma e inacabada que fue necesario componer a partir de los papeles que el filósofo dejó a su muerte. Era inevitable que quedaran piezas sueltas. Piezas que, al menos en la edición que manejo, la ya clásica de Taurus de 1980, fueron convenientemente reunidas bajo ese preciso título, Paralipomena.

En una de ellas, Adorno, no podía ser de otra forma, establece una relación dialéctica (he aquí, al fin, la famosa tensión que nos rodea) entre lo práctico y lo ornamental en un párrafo que no me resisto a transcribir aquí por si a alguno se le ocurre alguna relación con el “debate” (descontextualizando, por supuesto).

También el concepto de lo ornamental, opuesto al de lo práctico, tiene su dialéctica. Afirmar que el barroco es decorativo no lo dice todo. El barroco es decorazione assoluta, como si ésta se hubiera emancipado de cualquier otro objetivo, aún del teatral y hubiera desarrollado su propia ley formal. No sirve para decorar algo sino que es sólo decoración, por lo que puede reírse de la crítica.
T.W. Adorno, Teoría Estética, Paralipómena, Taurus, 1980, p.383

No seré yo quien les destripe aquí la oculta moral de la página de mármol ni mucho menos las opiniones, transacciones y verdades que aún yacen místicamente bajo el oscuro velo de la página en negro. Ni falta que hace porque, ya les avisé, su aplicación al caso que nos ocupa pasa por dejarlas “convenientemente sacadas de contexto”. Hecho esto, son infinitas las posibilidades interpretativas. Unos dirán que uno es de mármol y el otro negro. O que sus palabras lo eran. Otros, más realistas, que ambos tienen la cara de mármol y es nuestro futuro el que es negro. Habrá quienes digan, con equivocado recurso al texto que no reproduje, que falta mucha lectura para desentrañar sus gestos o palabras. Aquellos propensos a los viajes exóticos tal vez se hayan planteado la tensión (dialéctica, eh, dialéctica) entre lo ornamental y lo práctico y concluyan las razones por las que nuestros políticos se toman tan a broma las críticas que se les hacen. Yo he recibido algunas más por correo a lo largo de estos días. Que si los candidatos se limitan a acuñar frases “para el mármol”; que si no hay quien los entienda.

Ninguna de ellas, por supuesto, es mi interpretación, aquella que me movió a reproducir aquellas páginas. Pero no se alarmen, o alármense, lo que prefieran, no se la voy a revelar. Si entonces no quería ser críptico, aunque por lo visto lo fui, hoy sí lo pretendo y espero haberlo sido. Háganse ustedes con la suya, su interpretación. Así es mucho más divertido.


P.S. Ni que decir tiene que he escrito todo esto con anterioridad a la celebración del segundo asalto perpetrado hace algunas horas. Esperemos que Mariano y José Luis, o José Luis y Mariano, tanto monta, monta tanto, no me hayan obligado a retomar este desagradable asunto.

[Hasta el martes que viene]