25 de marzo de 2008

Mis dos carretas me las robaron

Dicen que tiran más dos tetas que dos carretas y es verdad como un templo, porque dos carretas no tiran nada. Nada de nada. Por eso hay que recurrir a un par de mulos, o mejor de bueyes, para moverlas. Bien es verdad que dos tetas, así, sin más, tiran más o menos lo mismo que dos carretas, es decir, rien de rien. Pero una vez que aparecen junto a aquellos instintos que unos llaman bajos y otros naturales, la cosa cambia bastante. En tal concurrencia dos tetas tiran pero bien. Vaya que si tiran.

En razón de tan rotunda verdad, desde la noche de los tiempos el género sicalíptico y perdulario ha gozado de gran predicamento por más que no suela reconocerse en público con frecuencia. Un producto, cualquier producto, con un buen par de tetas, no nos engañemos, se vende mucho mejor. Hasta los reposteros recurren a esta clase de artimañas. Y si se prescinde del producto y lo que se vende es directamente el par de tetas, qué puedo decirles que ya no sepan.

Pero, como digo, por estas cosas de la hipocresía, la sicalipsis suele contarse entre los géneros menores y ha venido sufriendo periódicos vaivenes que abarcan desde la prohibición absoluta hasta la tolerancia más o menos vergonzante. Yo nací en tiempos de la primera de ellas y tuve ocasión, vaya si la tuve, de conocer la eclosión de la segunda.

Pues sí, no hace mucho, aunque a algunos les parecerá una eternidad, hubo un tiempo en que floreció, de forma harto notoria por estos pagos, el cine digamos picante, porque no pasaba de ahí . La cosa o más bien su ímpetu ha de agradecerse a los cuarenta años de sequía anteriores debidos a un ferrolano bajito sospechoso de llevar una vida sexual botánica. Desaparecido el causante, la masa se arrojó con total impudor al disfrute de lo que durante tanto tiempo se le había negado.

Imagínense, treinta y tantos millones de personas,en su mayor parte ignorantes de estas cuestiones, lanzándose sin miramientos al procaz libertinaje. La cosa no prometía mucho y poco bueno trajo salvo hacernos pasar buenos ratos aunque cueste creerlo. Yo me contaba entre los ignorantes. No tanto por razones históricas como naturales: era por entonces un tierno (es licencia poética) adolescente. Tuve la fortuna o desdicha de ver coincidir los despertares que la naturaleza me tenía reservados con el despertar de todo un país lanzado al desenfreno, o más bien, a lo que el país, no muy bien informado, creía que era el desenfreno. No quedó rincón sin su par de tetas, por supuesto.

No había actriz, por aquellos días, que no se quitara la ropa a las primeras de cambio aunque, y en eso insistían hasta la saciedad, sólo si “lo exigía el guión”. Hoy en día, por lo visto, los guiones ya no son tan exigentes aunque siempre garantizan alguna que otra exposición carnal por asegurar la taquilla y darle un toque “europeo” a la cosa. A fin y al cabo se entiende que sin subrepticio pezón o nalga entrevista, no hay obra capaz de despertar el interés del público más exigente.

Gracias a una legislación poco clara, los intrépidos cineastas y distribuidores que se lanzaron al negocio del destape no tuvieron más remedio que recurrir al método del ensayo y el error. No estaba nada claro hasta donde podía llegarse. Nunca muy lejos, en todo caso. De ello proviene el esplendoroso ridículo del cine clasificado “S”, que es la base de su encanto.

Pero, en fin, a lo que iba. Yo todavía recuerdo la primera película clasificada “S” que vi en mi vida. Me colé, siendo menor de edad, en un céntrico cine en compañía de un ocasional lector de estas páginas. Se titulaba algo así como Las aberraciones sexuales de una rubia caliente. Después supe que los títulos se los colocaban a las películas por sorteo y no había necesidad de rubia, caliente o no, para que algo se llamara así.

Por aquellos días, mucho mas tranquilos que estos que nos han tocado, no era un suceso trágico que un par de menores accedieran a una sala donde se proyectaban películas para mayores de edad. Pasaba a diario y nadie se rasgaba las vestiduras. Todos ganaban con la práctica. Los del cine se sacaban sus sesenta o setenta pesetillas, y nosotros, los tiernos (insisto, es licencia poética) infantes la más que necesaria ración de desahogo.

Pero ya les digo, era menor. No pasaba de los dieciséis años de entonces, que no tienen comparación con los dieciséis de hoy en día. Era, por tanto, de lo más ingenuo. Tan ingenuo era, no hablaré en nombre de mi acompañante, que aquello me pareció el colmo del erotismo. Durante mucho tiempo tuve aquella cinta idealizada, como una cumbre de la sensualidad.

Cuando algunos, muchos años después, me empeñé en volver a verla, no pude salir de mi asombro. Me costó encontrarla. Los títulos adjudicados por sorteo suele tener vida corta y aquella película había sido reestrenada cientos de veces con diversos títulos (vaya aquí la lista que he localizado: Die Teuflischen Schwestern, Sexy Sisters, The Devilish Sisters, Deux soeurs vicieuses, Frenesie erotiche di una ninfomane, y el ya mencionado). Pero al fin di con ella. Una pena. Habría preferido seguir recordándola como la recordaba. Y eso que todavía le encuentro cierto encanto. De otra índole, pero encanto al fin y al cabo (los valientes pueden ver el trailer aquí).

Esto del desnudo, las fascinación por el mismo quiero decir, me resulta, no obstante, algo sorprendente. Vivimos en un país en el que las playas están repletas de gentes como Dios las trajo al mundo (haciendo abstracción de las chanclas, la riñonera y, en el peor de los casos, el iPod, ese moderno e infernal sustituto del transistor de toda la vida). Sin embargo, cada vez que cualquier célebre casquivana luce sus carnes (‘artísticamente’ aunque con poco arte) y permite su pública contemplación, se hacen colas en los quioscos a la manera en que hace treinta años se perseguía el avistamiento de un par de tetas. Los corrillos, públicos y privados, y cada vez son mas los primeros, no hablan de otra cosa, como si fuera la primera vez que ven algo así.

Nacemos desnudos y, al menos según la tradición cristiana, hasta fuimos creados desnudos, cosa que resulta de lo más fastidiosa. Piénsenlo, de haber sido creados con traje muchas dudas que atenazan a la humanidad habrían quedado resueltas desde el principio. Sabríamos si son los pantalones de campana o lo pantalones pitillo los más convenientes, y nos habríamos ahorrado a los pelmas de los modistos cambiando de criterio cada temporada (con la ventaja adicional de que los telediarios contendrían noticias de principio a fin y no dedicarían sus minutos finales a esa incesante sucesión de ‘propuestas’ desfilantes siempre orientadas, según se nos dice, hacia ‘la mujer de hoy que sabe lo que quiere’; que los modistos hagan trajes para las mujeres de hoy y no para las de hace doscientos años me parece de lo más lógico, no entiendo, por el contrario, que se obsesionen tanto con las que saben lo que quieren, lo normal sería que se dirigieran a las que no lo saben).

Pero ya ven. A finales de los años setenta a mí me parecía de lo más normal que dos tetas tiraran muchísimo más que dos carretas. Que lo hagan ahora, por el contrario, no acabo de explicármelo. Tal vez sea la edad.




(Está bien, sigan para abajo, que al fondo les he dejado un par de carretas de la época con fines meramente ilustrativos. Así comprobaran que aunque no se vivía entonces con la opulencia de estos días, las mujeres estaban igual o mejor alimentadas. Y de paso, dejaré de ser el único blog que jamás ha publicado desnudos)